El segundo día del Festival de las Ideas llega sin el nerviosismo del primero, pero con una expectativa palpitante en el aire, como la segunda cita con alguien con quien sabes que hubo una conexión, pero aún queda mucho por descubrir. El hielo ya está roto, pero persiste esa incertidumbre, esa pequeña duda: ¿será tan bueno como la primera vez? Ya no se trata de averiguar si somos compatibles, sino de profundizar en lo que ya se despertó. ¿Cómo continuar la conversación sin perder el pulso? ¿Cómo seguir explorando sin que se diluya la intensidad del primer encuentro?
Por eso elegí comenzar el día con una conversación tan sugerente como necesaria: las inteligencias no humanas. Harta del ruido en torno a las inteligencias artificiales —tan frías, tan inhumanas—, la idea de reflexionar sobre la inteligencia de las plantas y los animales me cautivó desde que se publicó la programación del Festival. Y el espacio no podía ser más apropiado: el Círculo de Bellas Artes, que pronto cumplirá cien años.
Ayer, Valerio Rocco, su director, reivindicaba la idea del Ágora como ese lugar donde aún es posible el encuentro, el intercambio, la palabra. En tiempos en los que lo digital parece ocuparlo todo, pero a la vez nada, un espacio sin espacio, recordaba que todavía existen lugares físicos que resisten, que perviven, destinados precisamente a eso: a pensar en común. El edificio, diseñado por el arquitecto español Antonio Palacios, se erige como símbolo de esa resistencia. Y en la sala Ramón Gómez de la Serna, tres voces se reunían para continuar esa conversación: Paco Calvo, Susana Monsó y Javier Moscoso.
Moscoso, director de contenidos del Festival, abrió la conversación con una pregunta tan sencilla en apariencia como profundamente compleja: si la definición de la inteligencia humana ya es problemática, ¿qué ocurre cuando intentamos definirla desde otros parámetros?
Paco Calvo, catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Murcia y autor de Planta Sapiens (2023), lanzó la primera piedra con una provocación: «¿De qué nos creemos que vamos los Homo sapiens cuando hablamos de inteligencia?». Su proyecto de investigación parte de una premisa radical y a la vez simple: comprender la inteligencia de organismos que no tienen órganos. Trabaja con plantas, las trepadoras, con seres que no tienen cerebro, ni sistema nervioso, ni ojos, ni boca. ¿Pueden, aun así, ser inteligentes? La pregunta no es caprichosa. En realidad, lo que a Calvo le interesa, como confesó abiertamente, es comprender al ser humano. Pero lo hace de la forma en la que la filosofía nos ha invitado siempre a abordar los temas complejos, dando un rodeo: en lugar de buscar la inteligencia en los seres que más se nos parecen, decide irse lo más lejos posible en el árbol de la vida. No al chimpancé, sino a la planta.
«Esto va de estar vivo», dijo. «Porque si estás vivo ―añadió―, y no te has extinguido, si sigues heredando tus genes, es porque estás haciendo algo muy bien». En el laboratorio no buscaban respuestas dentro del canon. Las preguntas que se hacían no estaban en los libros de biología ni de psicología. Había que salir del establishment, mirar desde otro lugar y hacerse las preguntas desde la filosofía. Y así llegó a observar intencionalidad en las plantas: una trepadora que se estira buscando luz para poder hacer la fotosíntesis no actúa al azar. Hay metas, hay adaptabilidad, hay flexibilidad conductual. «Cuando tardas en alcanzar tus metas, como una planta, tienes que ser muy previsor».
Susana Monsó, filósofa y autora del libro La zarigüeya de Schrödinger. Cómo viven y entienden la muerte los animales (2021), puso el foco en los sesgos que se cuelan en la ciencia, especialmente el antropocentrismo emocional. Cuando estudiamos el duelo animal, por ejemplo, tendemos a buscar en los otros lo que se parece a nosotros: lágrimas, gestos de tristeza, ritos. Pero ¿y si lo hacen de otra manera? «Un chimpancé no es como un niño de cuatro años», subrayó. «Es un adulto. Tiene la inteligencia que necesita para su entorno». Lo mismo ocurre con las hormigas. A nivel individual, podrían parecer «tontas», pero en grupo despliegan formas de inteligencia colectiva altamente eficientes. La inteligencia, entonces, no es un absoluto, sino una medida de cuán bien estás adaptado a la vida que vives. Por eso, conceptos como «instinto» o incluso «inteligencia» misma, deben usarse con cautela, o directamente dejar de usarse cuando ya no explican nada, propuso Monsó.
Moscoso, con su habitual agudeza, llevó la conversación hacia la idea de comprensión. ¿Qué significa comprender algo? ¿Qué implica decir que un animal «comprende» la muerte? Monsó puntualizó: en los humanos, comprender la muerte implica saber que quien muere no volverá a hacer lo que hacía, que ha desaparecido de forma irreversible. Pero en otros animales, la comprensión puede tener formas más funcionales. Las hormigas, por ejemplo, al detectar el ácido oleico que emite un cadáver, lo sacan del nido. No porque tengan un concepto filosófico de la muerte, sino porque discriminan lo vivo de lo muerto y actúan en consecuencia. Esa discriminación, aunque básica, implica un tipo de comprensión.
Volvieron entonces a las plantas. ¿Qué es anticipar, en un organismo que no se mueve, sino que crece? Calvo ofreció un ejemplo fascinante: algunas plantas, al percibir las vibraciones de un polinizador cercano, incrementan la producción de néctar. No reaccionan después, sino que se anticipan. Y para eso, todas las partes de la planta trabajan en conjunto hacia un objetivo común. ¿No es eso, en algún sentido, también una forma de inteligencia?
Monsó trajo otro ejemplo que, bajo mi punto de vista, fue fascinante: las hormigas que, tras interactuar con termitas y resultar heridas, son tratadas por otras hormigas al volver al hormiguero. Si una extremidad está demasiado dañada, es amputada. El resto del grupo se encarga del tratamiento para que puedan volver a caminar. Es un comportamiento estereotipado, sí, pero complejo. En los chimpancés se han documentado casos similares: individuos que se curan a sí mismos utilizando hojas o insectos. Aunque raramente tratan a otros, el cuidado personal ya indica un nivel de conciencia corporal y de experiencia.
Entonces llegó la frase que podría haber servido como epígrafe de toda la sesión: «En el fondo somos más cuerpo que cabeza», dijo Calvo. Tal vez eso sea lo que nos deja el estudio de la inteligencia vegetal: la intuición de que no todo pasa por el pensamiento abstracto, por el lenguaje o la conciencia. Que la vida, en su esencia, es adaptación, conexión con el entorno, capacidad de anticipar y reorganizarse. Y como concluyó Monsó, la ciencia no puede operar sin filosofía: «Porque las preguntas que realmente importan necesitan algo más que datos».
Al cerrar el acto, me acerqué a saludar a Moscoso y recordé una conversación que tuvimos no hace mucho, en la que hablábamos sobre si los animales tienen conciencia moral. Como siempre, Moscoso me sorprendió al traer a colación un tema de investigación menos común: la inteligencia de las gallinas. Al mencionarle esa charla, me respondió con una sonrisa cómplice: «Paco y Susana seguramente responderían que sí».
Seguí mi recorrido, mientras aún pensaba en hormigas y trepadoras, y entré a la Sala de las Columnas. Allí se encontraba la neurocientífica Nazareth Castellanos a quién conocí a través de su libro Neurociencia del cuerpo: Cómo el organismo esculpe el cerebro (2022), rodeada de un público entregado y con la expectativa latente ante las palabras de la investigadora. La conversación empezó con un tema en auge, tan de moda como Marco Aurelio con el surgimiento del «nuevo» estoicismo: la meditación. ¿Qué es respirar? preguntó María Azurmendi, responsable de los contenidos web del CBA. Castellanos respondió desde su enfoque neurocientífico, pero con su particular voluntad divulgadora: «cuando fijamos la atención en la respiración, el cerebro la reconoce como algo propio», indicó. Es un gesto de observación interoceptiva. No se trata sólo de inhalar y exhalar, sino de reconocerse en el acto mismo de estar vivo. Lo interesante, dijo, es lo que se ve en el cerebro: «hay una zona que se activa —muy cerca de la frente— relacionada con el yo narrativo, ese que construimos con historias, roles, nombres. Pero a medida que se avanza hacia regiones más profundas, se accede al yo esencial, el que está vinculado directamente al cuerpo, al organismo y que permanece más allá de quiénes creemos ser. Un yo sin adjetivos. Un yo que simplemente es». «El yo narrativo está cargado de problemas», dijo Castellanos. Y por eso, quizá, necesitamos entrenar la atención para volver, una y otra vez, a ese núcleo más esencial. El público ojiplático no paraba de aplaudir. Parecía como si Castellanos hubiese dado en el clavo.
Castellanos continuó: «Antes, en la sociedad, existían los analfabetos». «Hoy, hay muchos analfabetos en inteligencia emocional». Apenas estamos comenzando a aprender ese nuevo lenguaje en esa otra forma de inteligencia. Y como en todo proceso de aprendizaje, necesitamos espacios, apuntó Azurmendi, lugares de calma y de contención. Antes, tal vez, eran las iglesias. Hoy, en esta era sin templos, la pregunta es dónde encontramos cobijo. ¿Cómo construir nuestras iglesias del siglo XXI? Pero Castellanos no respondió, sino que apuntó hacia la inteligencia colectiva que nos llega en el momento en el que podemos conectarnos con el entorno, con el otro, «porque tenemos la responsabilidad de cuidarnos unos a otros», afirmó. Sorge en términos heideggerianos, mencionó Castellanos. Pero aquí conviene hacer una pausa. El concepto de Sorge [cuidado], presente en el capítulo sexto de Ser y Tiempo, no se refiere a un comportamiento, como bien nos advierte Heidegger, sino a la estructura existencial del ser humano [Dasein]. Es decir, no hay que esforzarse por cuidar, sino que inevitablemente el ser humano tiene una relación de ocupación en el mundo. Se proyecta existencialmente hacia posibilidades, está arrojado, ya en el mundo. Tampoco Sorge se refiere a una ética relacional. Ya estamos, desde el comienzo, en el mundo con los otros. Pero la apelación a la Sorge heideggeriana que realizó Castellanos quizás se refiere, o eso espero, a la capacidad que tenemos de responder ante la demanda del otro, incluido yo mismo. El cuidado hacia el otro implica responder a sus demandas. Y la meditación en eso puede ser una herramienta útil, en tanto que nos permite parar en medio del laberinto, para prestar atención.
Sobre esto también conversó la filósofa Victoria Camps con la socióloga Clara Tió en la tarde del viernes en Plaza de España: ¿cómo habitar los laberintos de la ética? A propósito del libro recién publicado de Camps, La sociedad de la desconfianza (2025), la conversación se decantó por diagnosticar las grietas morales que atraviesan nuestras democracias.
Victoria Camps, con la serenidad que la caracteriza, puso el foco en la ética institucional. Habló de los principios éticos que deberían guiar a las empresas y a la administración pública: la ayuda, la dedicación al otro, la transparencia. Pero también advirtió de algo más profundo: echamos de menos un lenguaje que entendamos. Las palabras de la burocracia, la de la administración, la de los abogados, puntualizó, parecen pensadas para no ser comprendidas. Y ahí, dijo, reside una de las raíces de la desconfianza: no es que no haya transparencia, es que no hay comunicación real. «El problema es que no nos escuchamos mutuamente».
Desde su experiencia como senadora, defendió el valor de la presencia. «Una reunión telemática no es lo mismo que una presencial», subrayó, en un momento en el que la inmediatez tecnológica ha desplazado al tiempo lento de la conversación. Escuchar, realmente escuchar, se ha vuelto un acto subversivo. Y la ética, recordó, no es una teoría abstracta, sino filosofía aplicada: conversar, mirarnos, escucharnos. En resumen, reconocernos.
La ética, sin embargo, no se resuelve con códigos. «Cuando falla la ética, (la empresarial) la respuesta suele ser hacer un nuevo código ético y así parece que todo se soluciona», ironizó. Pero la historia está llena de códigos impecables firmados por instituciones profundamente corruptas. «Lehman Brothers tenía un código ético perfecto ―recordó Camps― y ya sabemos cómo terminó todo».
En este contexto, las desigualdades no solo son un problema social: son un vector de desconfianza. En sociedades supuestamente avanzadas, dijo, se han producido desigualdades laborales, salariales y estructurales que nunca debieron permitirse. La idea de que los hijos vivirán mejor que sus padres se ha desvanecido. «Y una democracia que no garantiza un mínimo de igualdad, no solo fracasa en lo económico, sino que fracasa en la confianza», afirmó.
Aun así, no todo está perdido. Camps cerró con una apelación a la responsabilidad compartida: nos conciernen problemas como la inmigración, dijo. Aunque no tengamos todas las respuestas, sí podemos contribuir. La ética no da soluciones definitivas, pero sí abre preguntas que nos obligan a salir de nosotros mismos, a mirar al otro no como amenaza, sino como parte del mismo mundo que intentamos habitar.
El historiador canadiense Michael Ignatieff, premio Princesa de Asturias 2024, conversó al final de la jornada con la filósofa Carmen Madorrán sobre su libro Las virtudes cotidianas. Orden moral en un mundo dividido (2018). Una virtud, dijo Ignatieff, «es un principio moral encarnado. Se convierte en virtud no cuando se habla mucho de ella, sino cuando se practica».
Su libro nace de un viaje —de muchos, más bien— por algunos de los lugares del mundo más golpeados por la pobreza y la violencia, como lo son las favelas de Río de Janeiro o las villas miseria en Sudáfrica. Lugares que, desde fuera, suelen describirse como espacios de desorden y de caos. Pero lo que él encontró fue algo muy distinto: «Un orden moral intrincado, tejido en la vida cotidiana y sostenido por lazos invisibles de cooperación».
En una favela, contó, «hay violencia, sí, pero también ves niños haciendo sus deberes en ordenadores compartidos; en una villa sin agua ni luz, ves madres que barren el suelo de su chabola como un acto de dignidad. ¿Por qué barrer el suelo de una casa hecha de cartón?», se preguntó. «Porque es una afirmación de agencia, de dignidad como madre, de humanidad. Porque es el intento mínimo, pero profundamente moral de ofrecer a un hijo un espacio donde pueda crecer con un poco de orden y de cuidado».
Ignatieff no ignoró el odio, la desconfianza, la violencia que también habitan esos espacios. Pero quiso fijarse en aquello que permite vivir incluso en medio del desastre: en esa confianza microscópica, como la llamó, que se establece entre dos vecinos que comparten un mismo techo de hojalata y, aun en la precariedad absoluta, no se roban. Esas prácticas sociales mínimas son también prácticas morales: «Hacemos que extraños sean compañeros, convertimos la adversidad en algo soportable».
En su reflexión final, Ignatieff defendió la necesidad imperiosa de practicar una ética cosmopolita, no como una utopía globalista, sino como una exigencia urgente. Una ética que nos obliga a mirar más allá de nuestro grupo, de nuestras seguridades, para reconocer que aquello que sostiene la igualdad es la diferencia. Una reflexión tan oportuna en tiempos en los que la tendencia parece situarse en la eliminación de lo distinto.
Al finalizar, mientras la entrada en la noche se profundizaba y la jornada se disolvía en conversaciones dispersas, me quedé pensando en todo lo que había quedado dicho —y lo que aún faltaba por decir— sobre las inteligencias, la dignidad, el cuerpo, el «Otro» y la confianza. Ignatieff había mostrado que incluso en el límite de la supervivencia, la vida moral persiste. No como teoría, sino como acto, como gesto. Y fue entonces cuando recordé el ensayo del fenomenólogo Anthony Steinbock sobre la confianza, publicado en el libro Emociones morales. El clamor de la evidencia desde el corazón (2022), y que ahora volvía con una nitidez inesperada: la confianza, decía, es un salto mediante el cual me enlazo libremente a otro en su libertad, «relajándome en» o «descansando en» el otro. Tal vez no haya definición más precisa para nombrar lo que este segundo día del Festival, en el fondo, intentó convocar.
Lorena Santos-de-Torregroza es investigadora en la Universidad Complutense de Madrid y el CSIC-CCHS, donde realiza su tesis doctoral en filosofía titulada Fenomenología de la violación sexual. Es miembro del proyecto de investigación «Cultural History of Gestures» (PID2022-141667NB-I00) y coautora del libro: Política de las emociones (Universidad del Rosario, 2022).






