La obsesión por la muerte y lo macabro en la cultura española

España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Moderndidad

Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente

Madrid, Desperta Ferro Ediciones, 2026

240 págs.

La muerte es una cuestión de imágenes. No solo existe a nivel biológico —la extinción de la vida—, sino que ha sido entendida, pensada e imaginada a lo largo de la historia de formas muy distintas. Ya desde el Paleolítico, el ser humano ideó rituales para las inhumaciones y se sirvió de distintas creencias religiosas que le ofrecían un sentido tranquilizador frente a este hecho inevitable. Al mismo tiempo, existió también una verdadera fascinación por la muerte y todo lo relacionado con ella, que roza, en ocasiones, lo macabro. Ha sido el arte precisamente el encargado de encauzar esta morbosa atracción por la parca, una forma quizá de canalizar esos miedos y también de exorcizarlos.

Se trata de un tema de mucho interés y, en cierto modo, inabarcable, ya que cada cultura y cada periodo han tenido su propia forma de lidiar con este terror, de crear imágenes sobre la muerte. Por este motivo, tiene un valor inmenso el libro que acaba de publicar la editorial Desperta Ferro. España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad escrita por Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente. Una magnífica edición de pasta dura y con numerosas imágenes que recorre varios siglos de obras macabras dispersas por la geografía española. Se trata de un libro extraordinariamente bien documentado que explica de forma atractiva, científica y esmerada este complejo fenómeno. Uno de estos textos que eran necesarios desde hacía tiempo.

Como comentan los autores al comienzo del libro, «cuando nuestros miedos se acrecientan necesitamos plasmarlos en imágenes para enfrentarlos, pues solo así seremos capaces de diluir y controlar su poder». Esto sucedió especialmente a partir del año 1347, cuando la peste mató a casi la mitad de la población europea. Entonces aparecieron las imágenes más brutales sobre cuerpos putrefactos y esqueletos, una forma de dar respuesta a ese apocalipsis. Poco después, en el siglo XV, y gracias a la llegada de la imprenta, comenzaron a publicarse libros dedicados al Ars moriendi, «arte de bien morir», con grabados de diablos atormentando al moribundo o escenas de agonía, cuyo objetivo era guiar especialmente a los que estaban a punto de fallecer. Un género literario que funcionaba como una advertencia hacia los vivos de que habría un juicio final.

Otro fenómeno que tuvo aún más relevancia en España fue la propagación de imágenes de la muerte persiguiendo a los vivos, escenas que aparecen con cierta frecuencia en relieves de fachadas de iglesias, en cementerios, y en grabados y pinturas. Se basaban en un antiguo relato que ya aparecía en la literatura antigua conocido como el «Encuentro de los tres vivos con los tres muertos», en el que tres cadáveres se topan con tres vivos a los que advierten de lo que pronto les sucederá. Estos «encuentros» comenzaron a aparecer a partir del siglo XIII y tendrán un éxito tremendo en el XIV, de tal forma que, según la región y la época, adquirirán nuevos detalles. Vemos imágenes sobre este relato tanto en el fresco del Triunfo de la muerte (1340) que se halla en el Camposanto monumental de Pisa, en Italia, como en la iglesia de San Juan y San Pablo de Peñafiel, Valladolid, del siglo XIV.

Junto con este tipo de imágenes, aparecieron asimismo las famosas danzas de la muerte. Al parecer, durante la Edad Media existía la costumbre de cantar y «bailar con cadáveres o alrededor de ellos», una práctica sobre la que hay distintos testimonios escritos que aparecen por ejemplo en Llibre Vermell de Montserrat (1399). Esta danza posteriormente se representó con alguien disfrazado de muerte que bailaba junto a personajes que representan distintos estamentos de la sociedad. Tenían especial relevancia en los momentos de mayor mortandad. Algunas de ellas todavía se practican en distintos pueblos como Verges (Girona). Desde un punto de vista visual, tuvieron gran repercusión los grabados de Hans Holbein publicados bajo el título Danza de la muerte (1538); escenas terroríficas en las que los esqueletos se llevan a la fuerza frailes, campesinos o nobles.

La muerte se va personificando y adquiriendo más protagonismo en espacios religiosos a lo largo de la Edad Moderna. Se realizan esculturas de esqueletos de gran verismo que imitaban la carne putrefacta para impresionar al espectador, caso de la famosa escultura de La Muerte (1522) realizada por Gil de Ronza, que se halla en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid. Las hallamos en capillas o en catedrales como la de León. Se trata de un memento mori, un recuerdo constante de que la muerte está ahí. Además, como apuntan los autores, también comenzaron a propagarse imágenes de dolor y sufrimiento en retablos que representaban las penas del infierno con figuras desnudas que sufrían distintas torturas; un aviso de lo que podía suceder a aquellos que no cumplieran con la doctrina católica. En esta misma línea, aparecen imágenes sobre mártires y santos mutilados o directamente decapitados. Esto llegó a tal punto que era posible ver simplemente cabezas cortadas, ya sin cuerpo, en multitud de iglesias, como en el caso de la Cabeza de San Juan Bautista (siglo XVII) atribuida a Juan de Mesa en la Catedral de Sevilla, y que permite ver en su base la tráquea, huesos y venas cortadas.

Por supuesto, la propia figura de Cristo en la cruz adquirió tintes cada vez más macabros gracias al uso de la policromía. Algunos de estos cristos estaban incluso articulados, de forma que podían mostrar distintos movimientos que acentuaban su patetismo. Surgen asimismo los milagros asociados a la aparición de sangre o al crecimiento de vello. Es el caso de un Santo Cristo (siglo XIV) que se exhibe en la Catedral de Burgos y cuya leyenda asegura que le crecían la barba y las uñas. Su apariencia era además la de un cadáver, y en el interior de su pecho había una calabaza que hacía manar sangre por un costado.

Pero quizá el ejemplo más significativo que muestra en España esta pasión por lo macabro y la muerte la hallamos en las reliquias de santos, a las que tan aficionados eran tanto los campesinos como los reyes. Y aquí el caso de Felipe II es paradigmático. En esta sección, el libro muestra sus imágenes más truculentas. Como comentan López de Munain y Beltrán Valiente, «el país se convirtió en un fantástico depósito de huesos y restos de todas naturalezas», la mayor parte de ellos de origen más que dudoso y que procedían de supuestos restos de mártires hallados en las catacumbas de Roma o cualquier otro lugar. Solo en El Escorial se almacenaban más de 7.500 reliquias. No había iglesia que no tuviera la suya, ya que su prestigio dependía de los huesos que guardaba. Se adornaban además de forma extravagante, como los cráneos cubiertos con joyas y costosas telas o se construían costosísimos relicarios. También se exhibían cuerpos incorruptos, muchas veces cubiertos por finas capas de cera que otorgaban la sensación de vida. En el Museo Diocesano de Arte Sacro de Vitoria-Gasteiz hay por ejemplo una figura de una mujer cuyo cráneo se abre y que en su interior contiene restos de una de las Once Mil Vírgenes (1520). Otras cabezas, como el relicario de plata de san Vitor de Gauna (1616) de Álava, permitían introducir líquido en su interior para que este entrara en contacto con la reliquia y luego, ya bendecido, saliera por la boca. Los feligreses bebían después el sagrado líquido.

Ya en pleno barroco, a partir del siglo XVII, aparecen cuadros cuyo tema es la vanitas, el recuerdo de lo efímero de la vida, representado a través de imágenes de esqueletos y un gran sentido escenográfico. Son memento mori que hablaban una vez más sobre lo efímero que es todo lo que hace el hombre y que dieron como resultado magníficas pinturas como El sueño de caballero (1650) de Antonio de Pereda y Salgado, o In ictu oculi (1670-72), «en un abrir y cerrar de ojos», de Juan de Valdés. Aparecieron también en iglesias cuadros menos sutiles que mostraban cuerpos putrefactos y que buscaban espantar al visitante.

Pero más allá de estas imágenes, en este libro nos encontramos ante una verdadera geografía del espanto formada por lugares tenebrosos: conventos, ermitas, monasterios, osarios, o siniestras criptas adornadas por obras de arte (algunas, no tanto), reliquias y cuerpos incorruptos que, a día de hoy, todavía siguen causando gran impacto. Nos hablan de cómo este miedo y esta fascinación nunca en verdad ha finalizado, porque, tal y como apuntan los autores, si antes esta fijación por la muerte y lo macabro estaba ligada a lo religioso, ahora la descubrimos en películas sobre muertos vivientes o directamente en el cine gore. De este modo, cada época se enfrenta a la extinción de forma distinta.

España Macabra es así un libro que marca un antes y un después sobre este tema, y que, gracias a un siniestro y entretenido recorrido, permite comprender cómo ha evolucionado y cambiado nuestra percepción de la muerte durante los últimos siglos y la peculiar pasión por lo macabro de la cultura española.

Daniel V. Villamediana es escritor, cineasta, y doctor en humanidades. Actualmente es profesor en la Universidad Pompeu Fabra. Su última novela es Las siete vidas de Max von Spiegel (Ediciones B, 2025).

El sueño del caballero, Antonio de Pereda, 1650. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid
El sueño del caballero, Antonio de Pereda, 1650. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid

Ficha técnica

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