El firmamento de los afectos

El cielo raso

ÁLVARO POMBO

Anagrama, Barcelona

324 págs.

2.500 ptas.

La clausura (ética y sentimental) en que habita cierta burguesía más o menos ociosa ha sido el espacio habitual por el que han deambulado los personajes de Álvaro Pombo, un recinto (como bien saben los lectores de El metro de platino iridiado) cuya peculiar configuración permite al narrador abstraer de sus moradores una completa metafísica de los afectos. El cielo raso, última novela del autor santanderino, persevera en esa mirada que desvela, con las armas que proporciona un pensamiento y un estilo deslumbrantes, los entresijos privados de unas existencias extraviadas en el laberinto de la soledad y la insatisfacción. Utilizar el término «laberinto» no es sólo un vago socorro metafórico. La disposición estructural de la novela, su voluntad de perseguir a los personajes por las tortuosas galerías de sus conciencias, e incluso la existencia de un auténtico laberinto en el frecuentado piso de Leopoldo de la Cuesta, advierten significativamente que la novela pretende trazar un intrincado plano de las relaciones humanas.

La narración arranca con la evocación de un recuerdo de la infancia de Gabriel Arintero. Se trata de la relación con su primo Manolín, la profunda sensación de placer, amor e intimidad que experimentó con él el joven Arintero, junto con la primera conciencia de que esa experiencia pertenecía al dominio de algo prohibido, casi innombrable. Esa conciencia progresa, durante la juventud del protagonista, hacia una mezcla de culpa y de rabia, para desembocar en la necesidad de buscar una vivencia satisfactoria de su homosexualidad. En gran medida (y sobre todo en su primer tercio) la novela constituye una indagación seria y emocionada sobre esa lucha por la autenticidad de la condición homosexual de Arintero, una lucha que parece perdida durante su estancia en Londres, pero que experimenta un cambio decisivo, casi brutal, a raíz de su «huida» a El Salvador. Su relación con Osvaldo, un joven revolucionario, unida a la progresiva implicación en la realidad política y social del país, propician un inesperado reencuentro con la esperanza. Sin embargo, con su expulsión del país, Arintero debe afrontar un período de espera e incertidumbres, complicado con el reencuentro con varios personajes del pasado.

Es aquí (hacia el ecuador de la novela) cuando se produce una cierta ruptura del planteamiento inicial, ya que el punto de vista deja de atender casi exclusivamente a Arintero para emprender un incesante trasiego por las vidas de quienes lo rodean. Así se van perfilando los conflictos de un buen número de personajes, congregados en torno a la elegante casa de Leopoldo de la Cuesta en virtud de vínculos de diversa naturaleza (desde la consanguinidad, pasando por la –siempre dudosa– amistad, hasta la coyuntura laboral del servicio doméstico). Bajo el cielo raso de esa casa (tan distinto del firmamento de El Salvador) transitan o se cobijan personajes desorientados y frágiles, mordidos por la necesidad de afecto, como Esteban, el ahijado de Leopoldo, como la criada Siloé, o como Carolina de la Cuesta, que desde los umbrales de la vejez contempla el esfuerzo baldío de toda una vida por sustituir con la serenidad la ausencia del amor. El regreso del casi olvidado Arintero supone una especie de revulsivo negativo, la activación de una serie de pequeñas maniobras (casi todas propiciadas por Leopoldo) en las que los personajes manifiestan sus deseos, pero sobre todo sus resentimientos y sus miserias. En este sentido, y a la luz del trágico desenlace, la novela arroja un saldo fundamentalmente pesimista, leve e ingenuamente coloreado por el reencuentro final de Arintero con Osvaldo.

El cielo raso, como casi todas las novelas de Pombo, da muestras del talento de su autor para la creación de personajes complejos, en cuya configuración interviene decisivamente un acertado empleo del estilo indirecto libre. Sin embargo, el interés que despiertan los personajes y el examen de sus conflictos se ve seriamente dañado por diversos aspectos de la composición. En primer lugar, el paso de novela de «un solo protagonista» (Gabriel Arintero) a novela casi coral, supone una ruptura de las expectativas del lector, pero sobre todo de la coherencia narrativa, al no contar con ninguna justificación interna de peso para tal viraje. Da la impresión de que estamos ante dos o tres novelas distintas y posibles que han sido engarzadas por un resorte tan endeble como es el simple encuentro o reencuentro de los personajes, sin que ello los modifique o cree conflictos nuevos. Esto contribuye a crear una cierta sensación de arbitrariedad o incoherencia (véase la fulminante determinación con que Arintero se marcha a El Salvador, o el incomprensible odio que éste suscita en Esteban) que al final, invalida –o al menos vuelve contingente– la estructura de contrapunto en que se apoya casi toda la novela.

Resultado de estos planteamientos es una obra desigual, donde los innegables logros en la construcción de personajes y en el ejercicio de una prosa flexible, personalísima, quedan empañados por un relato discontinuo que aporta poco en el plano del sentido y que, en cambio, entorpece el ritmo narrativo. Por otro lado (cosa bastante extraña en el autor) hay cierta tendencia a repetir situaciones casi idénticas, así como a insistir demasiado en determinadas facetas de los caracteres de los protagonistas, con lo que la progresión dramática y la nítida percepción del tiempo que debe acompañarla padecen un lastre adicional. Todo lo cual vuelve, por momentos, algo indigesta la lectura de esta novela, interesante pese a todo, pero que tal vez hubiera requerido una labor de depuración más exigente.

Ficha técnica

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