DISCUSIÓN

La derecha iliberal en Polonia: «Un muro a su derecha»

 

En 1992, Lech Wałęsa, el primer jefe de gobierno democráticamente electo de la Polonia poscomunista, fue durante criticado en el congreso nacional de Solidaridad, el sindicato que él había encabezado durante la década de los ochenta. Curiosamente, los sindicalistas no le criticaron por haber llevado a cabo un plan de privatizaciones (el Plan Balcerowicz) que hizo que la inflación creciese hasta el 175% y el paro al 13%, y que el PIB cayera al 17%. No, le criticaron por ser un «espía de los comunistas», que querían acabar con la comunidad nacional católica polaca, esto es, de estar al servicio de un tipo de régimen que ellos mismos habían contribuido a derrocar en toda Europa del Este apenas unos meses antes. Esta anécdota ilustra a la perfección el ambiente intelectual de Polonia durante la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI: un país atrapado en los fantasmas del pasado. Como había escrito Cyprian Kamil Norwid en 1867: «Los buenos polacos profesan un patriotismo cósmico, un patriotismo de chucrut adobado con leyendas de bandoleros».

Durante la ocupación de Polonia por el Tercer Reich, los nazis no estaban interesados en colaborar con los nativos, a los que calificaban de «infrahumanos», así que muchos grupos antisemitas y protofascistas, como los nacionalradicales, murieron luchado contra el invasor y su prestigio se mantuvo en la posguerra. Bolesław Piasecki, el fundador del Campo Nacional Radical ‒una organización estudiantil que en el período de entreguerras reclamó que los judíos no entrasen en la universidad o, en todo caso, que se sentasen en bancos separados en el aula‒, pudo continuar su actividad durante el comunismo bajo el nombre de la Asociación Pax: Piasecki murió en 1979 como miembro del Parlamento polaco y propietario de un imperio comercial que incluía una de las editoriales más grandes del país.

Władysław Gomułka, secretario general del Partido Obrero Unificado Polaco nada más terminar la Segunda Guerra Mundial, dio rienda suelta al nacionalismo dentro de su «comunismo de sayal». Resulta que el territorio de la República Popular Polaca coincidía aproximadamente con las fronteras de Polonia durante la dinastía Piast, en el siglo XI, un momento de uniformidad étnica y baja penetración del catolicismo como el país no había conocido desde entonces. No es de extrañar que Gomułka buscase apoyos entre los neopaganos de la secta «Zadruga», un término académico popularizado por Jan Stachniuk para referirse a la economía comunitaria sureslava. Mientras los nazis ejecutaban la Solución Final, Stachniuk escribía un libro sobre La cuestión del comunismo en el que criticaba a Hitler por ser demasiado liberal y el artífice del símbolo de Zadruga, Stanisław Szukalski, acuñaba el neologismo «negrosemitas». Pese a este historial, el zadruguista Feliks Widy-Wirsky ascendió a gobernador provincial (voivoda) de Poznań en la posguerra, y en 1947, a vicesecretario del Ministerio de Cultura, responsable de información y propaganda.

En el período de entreguerras, un cuarto de los miembros del Partido Comunista Polaco era judío en una sociedad en la que los judíos representaban un décimo de la población, pero la mayor parte de ellos fueron deportados por Stalin o ejecutados por Hitler, de modo que después del Holocausto apenas quedaban en Polonia cuatrocientos mil judíos, la mayoría de los cuales emigraron a Israel después del pogromo de Kielce en 1946. En 1967, cuando todos los firmantes del Pacto de Varsovia salvo Rumanía rompieron sus relaciones diplomáticas con Israel con motivo de la Guerra de los Seis Días, quedaban en Polonia a lo sumo treinta mil judíos que fueron objeto de una campaña antisemita orquestada por el gobierno. Mieczysław Moczar, ministro del Interior y líder del «ala partisana» del Partido, hizo una lista de los judíos dentro de la Administración según criterios similares a los aplicados en las leyes nazis de Núremberg y, siguiendo el consejo del mariscal soviético Serguéi Biriuzov («Un ejército encabezado por judíos y contrarrevolucionarios no puede utilizarse en la lucha contra el imperialismo»), se purgó de las Fuerzas Armadas hasta a los sospechosos de tener amistades judías.

Si puede hablarse de un Mayo del 68 polaco, este comenzó en una reunión en la que Paweł Jasienica denunció que la Administración estaba repartiendo propaganda antisemita

Si puede hablarse de un Mayo del 68 polaco, este comenzó en una reunión del Sindicato de Escritores en la que el historiador Paweł Jasienica denunció que la Administración estaba repartiendo propaganda antisemita y, a modo de respuesta, le prohibieron publicar hasta la fecha de su muerte. Y era cierto: unos folletos publicados por el Partido en Łódź citaban la conspiranoia de Los protocolos de los sabios de Sion y el periódico hitleriano Der Sturmer como fuentes fiables sobre el «carácter antipolaco» de los «sionistas-trotskistas». El responsable de estas publicaciones, Władysław Ciastoń, dimitió, pero más tarde ascendió a director de los servicios de seguridad y viceministro del Interior. Contra esta situación se pronunciaron viejos marxistas heterodoxos como Jacek Kuroń o Karol Modzelewski y jóvenes profesores de la Universidad de Varsovia que tarde o temprano tuvieron que emigrar, como el filósofo Leszek Kołakowski, el sociólogo Zygmunt Bauman o el economista Włodzimierz Brus. La prensa, incluido el diario publicado por la Asociación Pax, se cebó con el origen semita de los alumnos que les apoyaron: a Aleksander Smolar, que posteriormente se convertiría en un importante politólogo, le echaron en cara que su padre editara el periódico en yiddish Folks-Sztyme. La televisión transmitió en directo manifestaciones organizadas por el gobierno con eslóganes como «¡Sionistas, iros a Sion!», «¡No al antisemitismo, sí al antisionismo!» y el juego de palabras «¡Sionistas a Siam!» (Syjoniści do Syjamu!). La editorial académica estatal despidió a los redactores de una enciclopedia que, en la entrada sobre los campos de concentración, destacaba a las víctimas judías por encima del sufrimiento de los «étnicamente polacos». Hasta veinte mil personas, aproximadamente dos tercios de la población judía del país, se vieron obligadas a salir de Polonia; entre ellos, el escritor Henry Grynberg, el director Aleksander Ford y la actriz Ida Kamińska. Con este historial de purgas, a nadie sorprendió que Polonia, antes sinónimo de plurinacionalidad y multiconfesionalidad, fuese, al caer el comunismo, uno de los países étnicamente más homogéneos, con un 98% de polacoparlantes sociológicamente católicos. Y es que la desestalinización en Polonia fue de la mano del nacionalismo y el antisemitismo. Un análisis del discurso pronunciado por el secretario general del partido, Edward Gierek, el 8 de febrero de 1971 muestra que las palabras «comunismo» o «comunista» sólo aparecen tres veces, mientras que «patriotismo» lo hace doce veces, «patria» trece y «nación» una veintena de veces.

A finales de la década de los setenta, la oposición al régimen estuvo encabezada, en el exterior, por el papa Juan Pablo II, que visitó Polonia en 1979, y Czesław Miłosz, premio Nobel de Literatura en 1980; y en el interior, por el Comité de Defensa de los Trabajadores (KOR), en el que participaban Marek Edelman, el superviviente del gueto de Varsovia que creó la costumbre de conmemorar anualmente el levantamiento de 1943, y Jan Józef Lipski, autor de una de las críticas más duras contra el nacionalismo polaco: Dos patrias, dos patriotismos. En 1980 se fundó en Gdańsk el sindicato Solidaridad, que con diez millones de afiliados en una población que apenas llegaba a los cuarenta millones de polacos llegó a ser calificado por sus dirigentes como «la nación organizada». Solidaridad también tenía su ala antisemita, representada por Marian Jurczyk, líder sindical por Szczecin, la segunda ciudad industrial del país, quien llegó a afirmar que tres cuartas partes del politburó eran judíos que merecían ser ahorcados. Ante la amenaza de una intervención soviética, como ya había pasado en Hungría en 1956 y en Checoslovaquia en 1968, el gobierno polaco impuso la ley marcial sobre Solidaridad. Los más antisemitas del Partido, reorganizados alrededor de la Asociación Grunwald (el campo de batalla donde los polaco-lituanos vencieron a los caballeros teutones en 1410), convocaron una manifestación en recuerdo de los represaliados por el estalinismo y contra los fiscales judíos que les juzgaronEntre los miembros de Grunwald descuella el director de cine Bohdan Poręba, una suerte de Nikita Mijalkov o Mel Gibson local, al servicio de las organizaciones de extrema derecha, uno de los pocos dirigentes comunistas que no votó por la disolución del Partido en 1990, y una de cuyas últimas películas es un lacrimógeno documental sobre la diáspora polaca en el continente americano.. Como escribió Adam Zagajewski en 1982: «Solidaridad intentó resucitar la historia, una historia llena de controversias, problemas e incluso escándalos, pero al este del Elba la historia no puede existir, sólo hay cosechas de cereales, recolecciones de frutos y sesiones del Politburó».

En 1982, el general Wojciech Jaruzelski instauró una dictadura comisarial bautizada con el pomposo nombre de Movimiento Patriótico por el Renacimiento Nacional, que contó con la participación de Maciej Giertych, asesor de Józef Glemp, cardenal primado de Polonia. Esta aproximación táctica a la oposición religiosa supuso la entrada en el gobierno de los nacionaldemócratas o endeks: un movimiento surgido tras la represión del levantamiento contra el dominio ruso de 1864 que identifica la nacionalidad polaca con el catolicismo. Maciej Giertych es hijo de uno de los intelectuales endeks más destacados del siglo XX, Jędrzej Giertych, quien caracterizó de este modo su compromiso político: «Somos uno de esos movimientos como el fascismo italiano, el hitlerismo alemán, el salazarismo portugués, el carlismo y falangismo españoles, que están echando abajo el viejo sistema judío-socialista-plutócrata-masón y construyendo un nuevo orden, un orden nacional». Exiliado en Londres desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Giertych fue el editor de las obras completas de Feliks Koneczny, un filósofo de la historia en la línea de Arnold Toynbee y Oswald Spengler que consideraba a Polonia como el «puesto avanzado» de la «civilización latina» frente a la «civilización judía», una «comunidad trágica» que no aceptó a Jesús como el Mesías.

En 1989, las autoridades convocaron una «mesa redonda» con la oposición que dio comienzo a la transición poscomunista en Polonia. Las elecciones de 1990 estuvieron marcadas por la demagogia de Stan Tymiński, un hombre de negocios polaco-canadiense que quedó en segunda posición con un 25% de los votos, y de Lech Wałęsa, el dirigente de Solidaridad que prometió dejar a los ladrones «en pelota picada». Más allá la retórica, todos los gobiernos democráticos de Polonia se han comprometido con un programa económico de privatizaciones y un programa político de incorporación del país a «Occidente», esto es, la Unión Europea y la OTAN. A pesar del aumento del desempleo y de la inflación, la transición polaca fue la más exitosa de Europa del Este: según una encuesta de 1995, el 50% de los polacos estaban satisfechos con el desarrollo de la democracia, frente a un 30% de húngaros, un 27% de eslovacos y un 6% de rusos. Según esa misma encuesta, un 62% de los polacos seguían a favor de la economía de mercado, frente a un 39% de los eslovacos, un 38% de húngaros y un 19% de los rusos. Y, sin embargo, la Constitución de 1997 fue aprobada con la participación de solo el 43% del electorado y un estrecho margen del 52,7% de los votos. Entre los motivos de esta «resistencia silenciosa» estaba el hecho de que el presidente de Solidaridad, Marian Krzaklewski, hubiese comparado la nueva Constitución con la invasión bolchevique de 1920 y hubiese reclamado infructuosamente que se modificara el artículo en que se declaraba a Polonia una república para reconocer la entronización de Cristo Rey.

En la década de 1990, la derecha iliberal polaca estaba encabezada por Bolesław Tejkowski, un oportunista que en los años cincuenta había sido asistente de Zygmunt Bauman y miembro de la disidencia después de haber intentado trepar fallidamente en el Partido, que en los años sesenta se había convertido en un partisano nacionalcomunista y había testificado en los tribunales político-mediáticos contra sus antiguos compañeros, y que en los años setenta había participado en una secta neopagana mientras trabajaba en la Asociación por la Promoción de la Cultura Secular, una organización atea financiada por el Estado. En febrero de 1992, Tejkowski encabezó una marcha de cuatrocientos cabezas rapadas en Zgorzelec, en la frontera polaco-alemana, en la que quemaron banderas israelíes y atacaron a los germanoparlantes por la calle. Tejkowski fue condenado a un año de cárcel, pero en abril de 1996 persuadió al alcalde de Auschwitz de que le concediera el permiso para organizar una manifestación antisemita bajo la amenaza de hacerlo de todos modos, ilegalmente, interrumpiendo la Marcha de los Vivientes, la conmemoración anual de la Shoah, que iba a celebrarse un mes después.

No fue el último escándalo vinculado con ese campo de concentración y exterminio. En 1984, las carmelitas habían erigido una cruz de ocho metros en el lugar del campo donde habían sido asesinados los prisioneros políticos polacos y distintas asociaciones judías habían pedido reiteradamente que se retirase, pues lo consideraban un insulto redentor a la condición judíaComo afirma James Carroll: «Cuando el sufrimiento se contempla al servicio de un plan de salvación universal, su carácter particular como mal y tragedia siempre disminuye. Se hace brillar al sinsentido con la esperanza escatológica. [...] Para los cristianos, hablar entre nosotros sobre el asesinato de seis millones de personas como una suerte de crucifixión puede parecer una epifanía de la compasión, en la que los judíos pagan el tributo más alto, como si el residuo de Israel se hubiese convertido finalmente, de este modo, en el Cuerpo de Cristo. Pero esta espiritualización parece realizar lo que debería ser imposible, que es empeorar la situación: la eliminación de la condición judía del lugar donde los judíos fueron eliminados» (James Carroll, Constantine’s Sword. The Church and the Jews, Nueva York, Houghton Mifflin, 2001, pp. 6-7).. En 1998, en respuesta a la presión internacional sobre el tema, grupos nacionalcatólicos ocuparon Auschwitz durante meses para plantar más cruces. La acampada no sólo no fue sancionada, sino que cuatro años después fue elegido alcalde del pueblo Janusz Marszałek, contrario a la influencia israelí sobre las decisiones municipales. De este modo se generalizó la impunidad del antisemitismo: en 1999, los tribunales dictaminaron que Dariusz Ratajczak, un investigador de la Universidad de Opole, había infringido la ley contra la negación del Holocausto en su libro Temas peligrosos, pero que el crimen era «socialmente inofensivo», y los dos periódicos de mayor tirada del país, la Gazeta Wyborcza y Rzeczpospolita, argumentaron que no debía ser inhabilitado en nombre de la libertad de expresión.

Otra controversia sobre la «cuestión judía» estalló en el año 2001, cuando el novelista Jan Tomasz Gross y la directora de cine Agnieszka Arnold publicaron una novela y realizaron una película con el mismo título y sobre el mismo tema: Vecinos, la historia del asesinato de mil seiscientos judíos en el pueblo de Jedwabne en 1941 a manos de los polacos. Ambos documentos cuestionaban la versión puramente victimista de la historia que suele contarse en Polonia y algunos medios de comunicación respondieron justificando el pogromo apelando a la colaboración de los judíos con el reparto nazi-soviético. La conferencia episcopal se disculpó públicamente ante Dios por los pecados cometidos por los polacos durante la Segunda Guerra Mundial, pero el cardenal primado Glemp exigió que, a cambio, los judíos se disculparan por «haber impuesto el comunismo en Polonia» y Henryk Jankowski, el sacerdote más notable dentro de Solidaridad, desplegó en su iglesia de una reproducción del cobertizo en que habían sido quemados los judíos y sugirió que el crimen no había sucedido.

Birkenau

Otro personaje de la derecha iliberal de la época es Janusz Bryczkowski, expulsado del Partido Verde por haber declarado que «es necesario fusilar a un millón de personas para restaurar el orden legal en Polonia» y «soy un nacionalsocialista y voy a lanzar una lucha sin precedentes contra el sistema judío»: fundó un campo de entrenamiento paramilitar en Bryczkowski para que se muscularan los gamberros que daban palizas a los vagabundos. Con motivo de la elección del antiguo comunista y entonces socialdemócrata Aleksander Kwaśniewski como presidente en diciembre de 1995, se organizó en la ciudad de Lublin una manifestación en honor de Eligiusz Niewiadomski ‒el endek que asesinó al presidente Gabriel Narutowicz en 1922‒ bajo el lema «Fuera Stolzman» (el apellido judío de Kwaśniewski) y una pancarta en la que un revólver apuntaba a la cabeza del recién electo presidente. En Solidaridad, mientras tanto, el líder sindical en el ramo de la fabricación de tractores, Zygmunt Wrzodak, afirmaba que «los liberales, extranjeros y judíos» son la «raíz de todo mal» y calificaba retrospectivamente a los miembros del Comité de Defensa de los Trabajadores como «hienas rosas polacofóbicas».

Pero la organización más activa de la derecha iliberal de la época era Renacimiento Nacional Polaco (NOP): abogaban por la prohibición de los partidos «antinacionales» (favorables a la integración en la OTAN y la Unión Europea) y, consecuentemente, asaltaron la sede del Partido Socialista en 1989; se manifestaron contra el papa Juan Pablo II en su visita a Polonia de 1997 por «traidor de la fe», pues ellos secundaban el sedevacantismo (la doctrina de que los pontífices posteriores a Pio XII son ilegítimos), y, sin miedo a contradecirse, ilustraron la portada de su revista, Szczerbiec, con los dibujos neopaganos de Stanisław Szukalski y elogiaron a Osama bin Laden por el atentado de las Torres Gemelas. Uno de los miembros más notables Renacimiento Nacional Polaco es Bartłomiej Zborski, propietario de los derechos de autor de las traducciones de George Orwell al polaco y empleado del Ministerio de Defensa, en cuya editorial intentó publicar las obras de David Irving, el negacionista del Holocausto. La popularidad de Renacimiento Nacional Polaco cayó en picado cuando se reveló que proveían de entrenamiento paramilitar al Partido Nacionaldemocrático Alemán bajo la consigna de que «por primera vez desde 1936 los nacionalistas polacos y alemanes se sientan a la misma mesa». No obstante, algunos miembros de la organización encontraron futuro en otras: Michał Kamiński, artífice de la campaña «Polonia para los polacos», en la región multiétnica de Białystok, y uno de los polacos que viajó a Londres para presentar sus respetos a Augusto Pinochet «por los servicios prestados a la cristiandad», se convirtió en 2009 en el líder del grupo «reformista y conservador» dentro del Parlamento Europeo.

Ningún partido iliberal de derechas obtuvo más del 0,1% de los votos en ninguna de las elecciones generales celebradas durante los años noventa y, sin embargo, el nacionalcatolicismo estaba perfectamente instalado en las fuerzas parlamentarias mayoritarias. En enero de 1999 se promulgó una resolución en conmemoración de los «logros patrióticos» de Roman Dmowski, el líder de los endeks durante el período de entreguerras. Las elecciones parlamentarias de 2001 fueron una sorpresa en la medida en que aparecieron tres partidos explícitamente iliberales que, juntos, sumaban casi un tercio de los sufragios: Autodefensa de la República de Polonia (con un 10,2% de los votos), Ley y Justicia (con un 9,5% de los votos) y la Liga de las Familias Polacas (con un 7,9% de los votos).

Autodefensa es un partido de campesinos empobrecidos por los tipos de cambio de los años noventa que, en un primer momento, formaron su propia milicia, la Guardia Nacional, para impedir con las armas en la mano que los acreedores se apropiasen de sus tierras. (Hay que recordar que una de las particularidades del comunismo polaco había sido la propiedad privada de la tierra desde los años cincuenta.) El antisemitismo se incorporó, naturalmente, a las prácticas de Autodefensa. En 1994 grabaron a cuchillo una estrella de David en la frente a un cobrador de deuda al que previamente habían dado una paliza, y uno de los fundadores del partido, Tadeusz Dębicki, afirmó que «un judío bueno es un judío muerto» en una sesión del consejo en Poznań. Ideológicamente, Autodefensa ha hecho bandera del «tercerposicionismo». A pesar de recibir el apoyo de los sectores más conservadores de la Iglesia, nunca descartaron la legalización de la marihuana y del matrimonio homosexual, y Mateusz Piskorski, un neopagano zadruguista, es su experto en política exterior. Su líder, Andrzej Lepper, era un porquero con las pintas de los dirigentes antiintelectuales que han marcado la historia del país durante los últimos doscientos años: Jakub Szela, el cabecilla de la revuelta contra la servidumbre de 1846, y Wincenty Witos, el campesino que llegó a ministro en la década de 1920, y Stanisław Mikołajczyk, el fundador del Partido Agrario que protagonizó la disidencia anticomunista nada más terminar la Segunda Guerra Mundial. El himno de Autodefensa muestra estos orígenes plebeyos: una estridente versión disco polo de la canción «Rota», sobre el reparto del territorio polaco por Prusia, Rusia y Austria en el siglo XVIII. Esta rudeza también se transmitió a la retórica política: después de uno de los múltiples encontronazos entre las fuerzas paramilitares del partido y la policía, Lepper se lamentó públicamente de que «no hubiera más policías heridos» y en una entrevista confesó que «si hubiera un dictador que mantuviera la disciplina, introdujera la ley y el orden y el desarrollo económico en el país, yo estaría completamente a favor». Este discurso fue sintetizado por Grzegorz Ciupiński, antiguo miembro del Consejo Nacional del Partido Socialdemócrata y militante de Autodefensa desde mediados de los años noventa:

Al menos cinco mil personas deben ser deportadas de Polonia a Siberia o Kazajistán: ladrones, alcaldes corruptos, oficiales de pueblo, hombres de negocios y todas esas empresas privadas que estafan. Sólo Lepper actúa como Janosik [el equivalente polaco de Robin Hood]. Cuando tomemos el poder, robaremos a los ricos para dárselo a los pobres. Sea como fuere, nuestro presidente tiene un carácter demasiado suave para Polonia. Necesitamos alguien más duro, como Hitler o Stalin.

No es de extrañar que los intelectuales polacos movilizasen todos sus prejuicios elitistas cuando Autodefensa se convirtió en el tercer partido más votado en las elecciones de 2001. El profesor liberal Marcin Król tildó a Lepper de «estridente primitivo», «golfo granuja», un «chacal» que «se alimenta del cadáver de la democracia» y representa «una forma posmoderna de la política irracional». Demasiado tarde: la imagen pública de Lepper ya había sido blanqueada en 2000, cuando el Instituto del Bienestar Animal, con sede en Nueva York, le concedió la Medalla Albert Schweitzer por unas declaraciones en las que condenaba los métodos industriales de producción de carne como «campos de concentración de carne» y decía tratar a sus cerdos con «respeto, dignidad y simpatía». Huelga decir que Autodefensa no es precisamente una asociación antiespecista. En más de una ocasión, los líderes del partido han puesto en huelga de hambre hasta la muerte a sus cabezas de ganado en protesta por las políticas de los gobiernos no afines. Sea como fuere, Autodefensa se convirtió a principios de la primera década de este siglo en un partido fuerte en las ciudades pequeñas del noroeste, previamente en manos de Prusia, especialmente entre los más jóvenes (mayores de veinticuatro años) y los más ancianos (mayores de sesenta y cinco años), y, en general, personas de escasa formación académica y género masculino (un 14% de apoyos entre los varones frente a tan solo un 8% entre las mujeres).

En el referéndum de entrada en la Unión Europea, solo votó el 20% del electorado. Dariusz Gawin describió la situación con los términos «anomia social» y «egoísmo familiar»

El perfil del votante medio de la Liga de las Familias Polacas no era muy distinto: un partido fuerte en las ciudades pequeñas del sureste, previamente en manos de Rusia y Austria, especialmente entre los jóvenes (menores de treinta y cuatro años) y los ancianos (mayores de cincuenta y cinco años), y, en general, personas de escasa formación académica y ‒he aquí la principal diferencia‒ género femenino (sólo un 8% de apoyos entre los varones frente a un 16% entre las mujeres y un 37% entre las amas de casa). Esta feminización resulta sorprendente si tenemos en cuenta que la Liga es una reconversión del Partido Nacional Democrático, próximo a la muy machista escena de los cabezas rapadas de Wrocław, ciudad en la que el grupo punki Konkwista 88 organizó un festival en homenaje a Hitler en 1992. No resulta tan sorprendente si tenemos en cuenta que esta reconversión fue promovida por Radio Maryja, la emisora ultracatólica preferida por las amas de casa en Polonia, fundada por el cura Tadeusz Rydzyk y financiada por Jan Kobylański, un millonario emigrado en Uruguay. «Maryja» es una expresión arcaica para referirse a la Virgen que aparece en los primeros versos de la canción medieval «Madre de Dios» que presuntamente declamaron los caballeros polacos antes de la batalla de Grunwald.

Otra de las cosas que tienen en común Autodefensa y la Liga es el antisemitismo. Zygmunt Wrzodak, antiguo miembro de Solidaridad y diputado por la Liga en el Parlamento, afirmó en Radio Maryja en 2002: «Es sabido que la Unión Europea está controlada por la francmasonería [...] y que sus intereses son los siguientes: empoderar a dos naciones, la nación judía global y la nación alemana europea». Roman Giertych, el último miembro de la dinastía endek, ha publicado bajo seudónimo la novela Más allá de la cortina azul, que termina con el arresto de miles de francmasones traidores a la patria. Su padre, el líder de la Liga, Maciej Giertych, prefiere el fundamentalismo religioso a la conspiranoia. En julio de 2006, con motivo del septuagésimo aniversario del golpe de Estado contra la Segunda República española, dio un discurso en el Parlamento Europeo en el que agradecía a Francisco Franco el haber erradicado «el ataque comunista sobre la España católica» y concluía que «la presencia de figuras como Franco, Salazar o De Valera en la política europea ha asegurado que Europa haya mantenido sus valores tradicionales». En octubre de ese mismo año, Giertych, licenciado en Ciencias Forestales y doctorado por la Universidad de Toronto con una tesis sobre la fisiología de los árboles, impartió un seminario creacionista y antidarwiniano para los miembros del Parlamento Europeo en Bruselas con el título «La enseñanza de la teoría de la evolución en Europa: ¿están adoctrinando a vuestros hijos en la escuela?» En el resto de campos, la posición de La Liga es deliberadamente ambigua, flexible y confusa: en 2007 pasaron, en cuestión de un mes, de estar en una coalición con Autodefensa, intervencionista en materia económica, a estar con Unión de la Política Real, una organización anarcocapitalista.

El tercer partido sorpresa en las elecciones de 2001 fue Ley y Justicia, fundado por los hermanos gemelos Jarosław y Lech Kaczyński, miembros del Comité de Defensa de los Trabajadores en los años setenta, de Solidaridad en los años ochenta y del Acuerdo de Centro en los años noventa, un ejemplo de intelectualidad progresista piłsudskiana hasta que descubrieron que no había espacio político libre en el centro-derecha. En palabras de Jarosław Kaczyński:

El mundo de Żoliborz [el barrio progre de Varsovia] sigue siendo mi mundo, pero uno tiene que buscar una fórmula más amplia. Uno tiene que disparar con las armas que están disponibles. [...] Primero tengo que ganar las elecciones. Por esa razón me he movido a la derecha tanto como he podido, no tanto como Orbán en Hungría ‒él se hizo con un electorado extremista nacionalista‒, pero, de todas formas, uno no puede ganar las elecciones sin Radio Maryja. En una ocasión intenté hacerlo de otra forma. El Acuerdo de Centro fue un intento de basarse en los votantes centristas. Terminó siendo un fracaso.

Los Kaczyński pasaron de criticar a Radio Maryja por su vinculación con los servicios secretos rusos a apoyarse ideológicamente en su audiencia. Dejaron de calificarse como «republicanos comunitarios conservadores», una expresión demasiado sutil como para que el votante medio se excite con ella, y empezaron a utilizar palabras que no se utilizaban en polaco desde los años treinta: «polonismo», «polonizar», etcétera. En 2003 convocaron una «convención constitucional» para crear un «Estado nuevo», la Cuarta República Polaca, en la que el presidente tuviera más poderes y la Constitución «no perdone las tendencias nihilistas». Unas tendencias nihilistas que se expresarían en la bajísima participación electoral: en el referéndum de entrada en la Unión Europea de 2003, tan solo votó el 20% del electorado. No en balde, el sociólogo Dariusz Gawin describió la situación de Polonia a comienzos de la primera década de este siglo con los términos «anomia social» y «egoísmo familiar».

En las elecciones municipales de 2004, Lech Kaczyński se convirtió en alcalde de Varsovia gracias al apoyo de la Liga. En el siglo XX, la homofobia había sido un punto menor en la agenda política de la derecha iliberal, pero a partir de la primera década de este siglo se convirtió en una prioridad. En 2001, una organización nacional-radical llamada Juventud Panpolaca se manifestó delante del consulado holandés en Poznań con el lema «Eutanasia para los queers» y en 2005, con motivo de una manifestación contra la discriminación de género, Wojciech Wierzejski, un dirigente de la Liga, propuso a la policía «que les peguen con una porra, que ya verás como no vuelven, nada más sientan el dolor, pues los gays son cobardes por definición». En consonancia con este espíritu, Lech Kacyński prohibió durante dos años consecutivos la marcha del orgullo gay en Varsovia bajo el argumento de que atentaba contra la moral pública. Ideológicamente, su alcaldía dio una de cal y otra de arena: un día abrían un museo dedicado al levantamiento del gueto de Varsovia de 1943 y al siguiente erigían una estatua a Roman Dmowski, promotor de sucesivos boicots al comercio judío durante el período de entreguerras.

En las elecciones parlamentarias de 2005, Ley y Justicia apostó todas sus fichas por el populismo. A pesar de defender la pertenencia de Polonia a la Unión Europea y a la OTAN, jugaron la carta del euroescepticismo de derechas. «En Europa Occidental quieren prohibir el árbol de Navidad y criminalizan a los que critican la homosexualidad. En cualquier momento van a ir a por las iglesias ‒llegó a afirmar Jarosław Kaczyński‒ es una cuestión de hechos, no de opiniones». Para desprestigiar al candidato de la oposición, Donald Tusk, enfatizaron su ascendencia kashuba ‒una minoría alemana de la región de Gdańsk que fue reclutada forzosamente por la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial‒ y sugirieron que su abuelo, Franciszek Tusk, había luchado del lado de los nazis, cuando había sido internado en el campo de concentración de Stutthoff. Airearon las teorías de la conspiración de Andrzej Gwiazda y Anna Walentynowicz sobre las componendas de Lech Wałęsa con los comunistas durante la transición, sin desvelar que los hermanos Kaczyński habían desempeñado un papel protagonista en las negociaciones. Acusaron al periódico de mayor tirada del país, la católica-liberal Gazeta Wyborcza, de publicar noticias falsas en la «tradición del Partido Comunista Polaco». Y, por último, se apoyaron en el escándalo de Lew Rywin, vicedirector del Comité de Radiofonía y Televisión, que había intentado vender fraudulentamente un canal de televisión por satélite, para sostener que había una «trama» que controlaba la política y los negocios en Polonia. El estilo demagógico se consolidó en la opinión pública polaca con la aparición del tabloide Fakt, que ‒sin perjuicio de pertenecer a una casa editorial alemana, Axel Springer SE‒ se volcó en la retórica germanofóbica.

Y ganó la demagogia. En 2006, Ley y Justicia, la Liga y Autodefensa formaron un gobierno de coalición. Lech Kaczyński fue nombrado presidente, Jarosław primer ministro, Lepper ministro de Agricultura y Roman Giertych de Educación, no sin antes retirarle la competencia sobre los intercambios estudiantiles con Israel para evitar escándalos internacionales. Giertych eliminó de las lecturas obligatorias escolares a autores extranjeros como Kafka, Goethe o Dostoievski y a polacos «poco o nada patriotas» como Witold Gombrowicz, Bruno Schulz, Stanisław Witkiewicz y Joseph Conrad, que fueron sustituidos por una lista de los escritores preferidos por el nacionalcatólico Jan Dobraczyński. El viceministro de Educación, Mirosław Orzechowski, hizo unas declaraciones sobre la teoría de la evolución que ofendieron incluso al obispo de Lublin: «Para mí es una pura ficción literaria. [...] Es básicamente una idea peregrina de un señor mayor, un no creyente, que percibía el mundo de manera acorde. Quizá porque era vegetariano y le faltaba ese fuego interior. [...] No deberíamos enseñar mentiras, del mismo modo que no deberíamos enseñar lo malo en vez de lo bueno o lo feo en vez de lo bello». Uno de los objetivos del ministerio fue devolver la autoridad, la disciplina y los uniformes a las aulas con una política educativa de «tolerancia cero» a los adolescentes particularmente problemáticos: se llegó a barajar la apertura de escuelas de reeducación dirigidas por veteranos del ejército.

Jarosław Kaczyński

En materia de medios de comunicación, se promulgó una exención de impuestos para «emisoras sociales» de la que se benefició exclusivamente Radio Maryja, el Estado cofinanció la universidad privada que estaba construyendo la cadena y se tanteó la creación de un Centro Nacional de Monitorización de los Medios, pues, según Jarosław Kaczyński, «salvar la civilización requiere introducir cierto tipo de censura». Como portavoz del gobierno se nombró a un miembro de una secta neopagana black metal que había publicado panfletos con títulos como Nacionalsocialismo: principios y objetivos. A Piotr Farfał, el editor de la revista Skinhead Front, fue puesto a la cabeza de la televisión pública y a Paweł Lisiecki, un colaborador habitual de la prensa conservadora, se le puso a la cabeza del periódico Rzeczpospolita, del que el Estado tenía el 50% de las acciones: ambos medios de comunicación se convirtieron en marionetas del gobierno. Se presionó a la cadena de televisión privada Polsat para que despidiera a su principal crítico político, Tomasz Lis, y este se despidió de los televidentes con un «Buenas noches y buena suerte», una referencia al macartismo en Estados Unidos durante la Guerra Fría.

Jarosław Kaczyński intentó moderar la imagen de su gobierno pregonando que «hay cierto mínimo liberal-democrático que no vamos a cuestionar: estamos a favor de la democracia parlamentaria, el libre mercado, las libertades cívicas», para puntualizar a renglón seguido que, «en mi opinión, cierto cercenamiento de estas libertades es aceptable y no socaba ese mínimo liberal-democrático. En fin de cuentas, el sistema democrático ha aceptado la pena de muerte y las limitaciones morales, incluso drásticas, tales como castigar a los homosexuales, y nadie ha cuestionado el sistema democrático». En consecuencia, la Administración abolió la Comisión para el Igual Estatus del Hombre y la Mujer y lanzó una infructuosa investigación sobre el vínculo entre las asociaciones de gays, el narcotráfico y los «círculos de pedofilia». Como Defensora de los Derechos de la Infancia se nombró a Ewa Sowińska, una de las divulgadoras en Polonia de la teoría del reverendo Jerry Falwell sobre los teletubbies como «agitprop de la homosexualidad».

El gobierno utilizó el pasado y la corrupción como una herramienta política. Se aprobó una ley de lustración conforme a la cual funcionarios de diversas ramas profesionales (académicos, abogados, periodistas, etc.) tenían que certificar bajo amenaza de despido que no habían trabajado como informadores de las autoridades comunistas y sus declaraciones se contrastaban con los archivos de la policía secreta, en manos del recién fundado Instituto de Memoria Nacional. Se creó un Buró Central Anticorrupción fuera de control parlamentario y dirigido por una persona que rendía cuentas exclusivamente ante el presidente, descrito por la oposición como «la policía política de Ley y Justicia». El tertuliano oficial del partido, Zbigniew Ziobro, se jactó públicamente del caso Barbara Blida, una antigua ministra socialdemócrata que se suicidó en su casa antes de que su arresto por malversación de fondos públicos se transmitiera en directo por televisión. Ley y Justicia utilizó la «máquina del fango» incluso contra sus socios de gobierno. Jarosław Kaczyński destituyó a Lepper después de haberlo pillado aceptando un soborno en su despacho, una trampa montada por los «lustrados» funcionarios del Ministerio de Agricultura. Lepper convenció a Giertych de romper unilateralmente la coalición y convocar elecciones anticipadas. Quienes habían sido aliados se convirtieron en enemigos. Como los medios de comunicación estatales seguían provisionalmente en manos de la Liga, durante la campaña electoral se reprodujeron noticias antisemitas sobre la visita oficial que había hecho el gobierno a Israel hacía meses; la foto de Jarosław Kaczyński con una kipá delante del Muro de las Lamentaciones apareció a modo de afrenta en todas las portadas y telediarios.

En las elecciones de 2007, Ley y Justicia perdió la reelección, quedando segundos con un 32% de los votos, pero la Liga y Autodefensa se desplomaron conjuntamente por debajo del 3%. Jarosław Kaczyński valoró los resultados con esta frase: «Hay una regla, que creo que formuló por primera vez Konrad Adenauer, de que un partido de derechas que quiera estar en el poder debe tener únicamente un muro a su derecha». Ley y Orden se convirtió prácticamente en el único partido de la derecha iliberal polaca con representación parlamentaria. Esta posición se reforzó con el accidente aéreo del Tu-154: el avión que trasladaba al todavía presidente Lech Kaczyński a celebrar el sexagésimo aniversario de la masacre de Katyn (el exterminio de más de veinte mil polacos por los soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial, llevado recientemente a la gran pantalla por el director de cine Andrzej Wajda) se estrelló sin supervivientes el 10 de abril de 2010 cerca del aeropuerto de Smolensk, en Rusia. Por mucho que la investigación forense concluyera que la catástrofe se había debido a la negligencia del piloto, Jarosław Kaczyński sostuvo que su hermano había sido objeto de un complot internacional en el que estaban implicados Vladímir Putin y el entonces primer ministro polaco, Donald Tusk.

Ley y Justicia volvió al poder en 2015. Habían cambiado su programa económico, prometiendo en la campaña electoral un salario mínimo por hora, la jubilación de las mujeres a los sesenta años y de los varones a los sesenta y cinco, un subsidio mensual del 500 złotys (115 euros) por hijo, etcétera. Pero su programa político-cultural seguía intacto, en palabras del ministro de Asuntos Exteriores, Witold Waszczykowski:

Como si el mundo debiera evolucionar, según un modelo marxista, en una sola dirección: hacia una mezcla de culturas y de razas; un mundo de ciclistas y de vegetarianos que no utilizarían sino las energías renovables y combatirían toda forma de religión. Todo eso no tiene nada que ver con los valores polacos tradicionales. Eso va en contra de lo que la mayoría de los polacos tienen en su corazón: la tradición, la conciencia histórica, el amor de su país, la fe en Dios y la vida normal en familia, entre un hombre y una mujer.

Una de las primeras medidas que propuso el gobierno fue restringir el aborto en caso de malformación del feto, una ley que fue rechazada en octubre de 2016 después de una manifestación de mujeres vestidas de luto en las principales ciudades del país. Durante el período comunista, las polacas tenían la libertad de interrumpir cualquier tipo de embarazo, pero en democracia sólo se les ha reconocido ese derecho en caso de malformación, riesgo para la salud de la madre, violación o incesto. Ahora bien, en las zonas más conservadoras del país, muchos cirujanos se atienen a la objeción de conciencia o pierden las veintidós semanas legales con análisis complementarios, de modo que el número de abortos legales en Polonia ha descendido de ciento treinta mil en toda la década de 1980 a aproximadamente dos mil en lo que va de la presente década.

Y es que la sociedad polaca se ha derechizado sustancialmente en los últimos años. En las elecciones de 200,7 el voto joven, movilizado por la campaña de Donald Tusk sobre la «política del amor», fue crucial para echar al tripartito iliberal de las instituciones; ocho años después, un 60% de los menores de treinta años votaron a Beata Szydło, la candidata de Ley y Justicia a primer ministro. Y con la crisis de los refugiados sirios, las expresiones xenófobas se multiplicaron. En noviembre de 2015 se quemó a un judío en efigie en una plaza de Wrocław durante una manifestación antirrefugiados y Jaroław Kaczyński argumentó contra el derecho a asilo afirmando que los sirios traían a Europa «varios parásitos y protozoos», esto es, la disentería y el cólera. Mientras tanto, el gobierno de Ley y Justicia ha propuesto una ley que castiga la «difamación a la nación polaca» con penas de hasta tres años de cárcel y ha iniciado un conflicto con el Tribunal Constitucional que, según la Comisión de Venecia, amenaza con «socavar los tres principios básicos del Consejo de Europa», a saber: la democracia, los derechos humanos y el imperio de la ley.

Ernesto Castro es investigador en el Departamento de Historia de la Filosofía, Estética y Teoría del Conocimiento de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense. Es autor de Contra la posmodernidad (Barcelona, Alpha Decay, 2011) y Un palo al agua. Ensayos de estética (Murcia, Micromegas, 2016).

13/12/2017

 
COMENTARIOS

Emilio 15/12/17 07:07
Se puede estar de acuerdo con la tesis del artículo -el inveterado nacionalismo catolicista de Polonia rezumante de antisemitismo- y los que conozcan bien la historia de Polonia podrán diferir en los detalles, pero lo que no se entiende es que un investigador sin ninguna relación con Polonia, que no habrá por tanto podido consultar ninguna bibliografía en polaco, se saque de la manga un artículo tan detallado sin citar las fuentes que ha consultado.

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