La extensión —sea cronológica, geográfica o incluso temática— de los objetos de estudio siempre ha sido motivo de controversia. Hay quienes defienden la importancia de la minuciosidad, donde cada dato o detalle, por pequeño que sea, aporta algo a esa imagen del pasado que se busca explorar. Por el contrario, otros enfoques proponen una mirada más abierta y panorámica, donde los saberes se articulan —y se seleccionan— en base a unas preguntas que no sería posible plantear empleando una lente demasiado cerrada. El libro que nos ocupa se sitúa sin duda alguna en el segundo grupo, en el de aquellos que no temen enfrentarse a un terreno amplio y diverso, pues saben que sólo desde esa posición podrán dar respuesta a sus interrogantes.
Me refiero al libro Las artes del altar en la Edad Media, obra que recoge buena parte de los resultados que su autor, Justin Kroesen, desarrolló en el marco de la Cátedra del Prado que le fue concedida en el año 2021. Kroesen es catedrático de Historia Cultural en la Universidad de Bergen y conservador científico del museo de esta institución noruega. Durante su trayectoria académica se ha dedicado a recorrer de manera incansable las carreteras europeas, con especial insistencia en la península ibérica, poniendo idéntico interés tanto en las grandes catedrales como en las recónditas ermitas que jalonan el horizonte cultural del cristianismo. Esta mirada desjerarquizada, desligada de cualquier canon historiográfico, le ha permitido construir una visión de conjunto inaudita, capaz de establecer conexiones que hasta la fecha habían quedado ocultas o nadie había percibido.
Una magnífica muestra de todo ello se puso de manifiesto en la exposición North & south. Medieval Art from Norway and Catalonia, 1100-1350 que Kroesen comisarió junto a otros colegas de los Países Bajos y Cataluña. En ella se juntaban por vez primera obras tanto de Noruega como de Cataluña, dos territorios extraordinariamente distantes geográficamente, pero unidos de forma íntima en lo artístico. La exposición proponía al espectador reflexionar sobre una serie de paradojas que hasta ese momento no habían sido atendidas y que se revelaron cruciales para el conocimiento de un paisaje artístico plagado de lagunas. La principal de estas paradojas era la constatación de que las piezas conservadas en dos territorios de la periferia europea como Noruega y Cataluña, alejados de los grandes centros de producción franceses, eran, sin embargo, capaces de informarnos sobre los objetos producidos en esos talleres y que, por distintos motivos, no han llegado hasta nuestros días. Con ello, se evidenciaba la necesidad de considerar toda una producción artística que había quedado en los márgenes de la academia, pero que, por su condición de ecos u obras derivadas, permitían rellenar esas lagunas de conocimiento que hasta el momento resultaban insalvables. Este espíritu de larga duración y esa mirada expansiva es la que domina también el enfoque de este libro.
Las colecciones del Museo del Prado son mundialmente conocidas por la extraordinaria calidad de sus piezas, cuyo germen se encuentra en las Colecciones Reales que fueron conformándose a partir del siglo XVI. Por este motivo puramente cronológico, además de otros más complejos de desgranar, el arte medieval nunca ha tenido una presencia destacada en el museo, a pesar de contar con ejemplos de gran importancia. Con el objetivo de poner el foco en estas producciones, la Cátedra del Prado del año 2021 se centró de manera íntegra en este período. A través de un extenso programa de conferencias y seminarios, cuyos resultados se recogen en esta publicación, el arte medieval conservado en el museo español salió de su letargo y entabló un fértil diálogo con otras producciones europeas. Con ello, además, se escenificaba otra de las grandes obsesiones de Kroesen: la relación entre las iglesias y los museos (un viaje, como él propone, que siempre debe ser de ida y vuelta).
En el primer capítulo aborda una extensa reflexión sobre estos dos espacios que están obligados a entenderse, aunque pertenezcan a ámbitos tan alejados y, lo que es más importante, ofrezcan experiencias tan disímiles. Su autor no esquiva una de las principales paradojas que afloran al enfrentar esta relación: mientras que los museos han protegido y rescatado innumerables obras de la destrucción o de su venta, al mismo tiempo, las desgajan de su ubicación original provocando rupturas identitarias y emocionales que muchas veces han sido obviadas. Por ello, consciente de lo difícil que es lidiar con un material tan sensible, propone un conocimiento más complejo del arte medieval que reduzca en la medida de lo posible la dimensión de esa fractura. Los museos deben esforzarse en evocar a través de recursos museográficos los espacios y la disposición de los elementos que permitían la percepción del arte medieval. Colgar en la pared un frontal de altar, como si de un cuadro se tratase, impide a quienes visitamos estos lugares comprender algo fundamental en estas piezas, como es la unión entre la función litúrgica y su ubicación. Además, en muchos casos hablamos de imágenes que fueron diseñadas para hacer visible aquello que tiene una realidad inmaterial y, por tanto, invisible. Sin pretender recuperar una experiencia irremediablemente extinta y que sólo podía acontecer en su contexto original, el museo puede al menos ayudarnos a comprender cómo funcionaban estos dispositivos visuales y con qué propósitos fueron diseñados.

El libro continúa en su segundo capítulo delimitando la verdadera dimensión del viaje que nos propone Kroesen. No es casualidad que las primeras líneas arranquen hablando de Trondheim (Noruega), donde se encuentra la catedral medieval más al norte del mundo. Este extensísimo mapa que nos lleva desde la península escandinava hasta las costas mediterráneas busca analizar la verdadera dimensión de esa unidad cultural que trajo consigo la cristianización de la Europa occidental. Dentro de un panorama creativo aparentemente heterogéneo y dispar, el autor ha podido estudiar con detalle el constante movimiento e intercambio de modelos, motivos, tipologías o estilos que emergen como vectores poderosos dentro de este magma de retablos, frontales de altar, tabernáculos, baldaquinos, o tallas de todo tipo. Serán estos vectores los que permitirán identificar un orden subyacente, un patrón que sólo se puede comprender a la luz de una sociedad dinámica y mucho más conectada (por tierra y mar) de lo que tradicionalmente se creía. Frente a una historiografía que se ha centrado de manera insistente en la circulación de modelos e ideas a través de las grandes vías de peregrinación, como el Camino de Santiago, Kroesen nos invita a mirar hacia otros aspectos mucho menos atendidos: «las conexiones más directas no eran los caminos terrestres, como lo son hoy, sino las vías marítimas y fluviales».
En el tercer capítulo se lleva a cabo un intenso recorrido sobre las características del retablo medieval hispano, sin perder nunca de vista el marco de referencia europeo en el que se integra. Tanto este capítulo como el siguiente son tal vez los más interesantes para el público de lengua española, ya que recogen una síntesis de muchas de las aportaciones realizadas por el autor en otros idiomas. Avanza también en la cronología para adentrarse en el siglo XIV, momento en el que la homogeneidad en las artes del altar que hasta entonces había dominado el panorama creativo se abre hacia una mayor diversificación. Las diferencias comienzan a acentuarse a medida que las sociedades se van complejizando y los períodos de pestes, crisis económicas y guerras cada vez más dilatadas en el tiempo impactan de un modo más hondo. Todo ello tiene como resultado el mantenimiento o la evolución de ciertas tipologías en unos lugares, mientras que en otros surgen otras nuevas. El verdadero valor de este capítulo reside tal vez en el modo en el que Kroesen se aproxima a la producción retablística tanto catalana como aragonesa o castellana: dialogando constantemente con otras obras europeas que permiten, por un lado, contextualizar e identificar similitudes o especificidades locales y, por otro, evaluar el impacto de aquellos objetos, modelos o creadores que viajaron y nutrieron el panorama creativo.
Finalmente, el cuarto capítulo busca explicar el porqué de la notable expansión del retablo en suelo hispano. Para ello, alejado de disputas historiográficas fuertemente ideologizadas, propone dirigir de nuevo nuestros pasos hacia las iglesias para estudiar sus espacios y los hitos monumentales que los configuran (baldaquinos, coros, sotocoros, cruceros, altar mayor, etc.), para, así, profundizar en su dimensión multisensorial. A través del análisis detallado de las funciones que cumplían estos elementos, y de lo que las personas hacían en ellos, Kroesen trata de resolver interrogantes largamente discutidos por la historiografía tradicional como el sorprendente protagonismo que tuvieron los retablos en la península Ibérica al final de la Edad Media.
En los libros que se ocupan de objetos de estudio tan amplios (las artes del altar en la Edad Media europea) son muchos los aspectos que quedan desatendidos o que son abordados de un modo más superficial. Aquí no hallaremos sesudos estudios iconológicos y son numerosos los ejemplos que podemos considerar fundamentales y que, sin embargo, han quedado fuera o apenas han sido mencionados. Y aunque fuésemos a la tesis doctoral de su autor, publicada en el 2009 con el título Staging the liturgy. The medieval Altarpiece in the Iberian Peninsula, construida con idéntica ambición y espíritu expansivo, identificaríamos carencias o aspectos a los que no se ha prestado atención. Sin embargo, el valor de estos libros se dirime en un terreno distinto. Son obras capaces de construir una enorme trama, de densidad variable, en la que es posible enhebrar lugares (y saberes) que de otro modo permanecerían incomunicados. Justin Kroesen no sólo logra culminar con éxito la construcción de esa trama, sino que además consigue con ello derribar las fronteras que con tanta insistencia han parcelado el arte medieval europeo.
Gorka López de Munain es doctor en Historia del Arte por la Universidad de Barcelona y profesor en esta misma disciplina en la Universidad del País Vasco. Desde hace más de diez años es investigador en el Área de Antropología Visual de la Universidad de Buenos Aires.






