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Me dieron pena los gresites

El desierto blanco

Luis López Carrasco

Barcelona, Anagrama, 2023

Premio Herralde de novela

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El desierto blanco
Luis López Carrasco
Premio Herralde de novela
Anagrama, Barcelona, 2023

Con un comienzo arrollador, una prueba de inteligencia y disuasión a la que se someten tanto los personajes como el lector, se inicia la primera de las cinco historias que componen este volumen que reseñamos, híbrido entre novela y conjunto de relatos, del cineasta y ganador del Premio Herralde 2023, Luis López Carrasco.

Como sucedió con su anterior libro de ficción, Europa (Ediciones Gollarín, 2013), el autor explora un mundo distópico que construye siempre impregnándolo de pasado, de cotidianidad, de una familiaridad íntima y cercana, como si López Carrasco pronosticara que, a pesar de los avances tecnológicos o de las crisis medioambientales, las generaciones se sucederán unas a otras con las mismas preocupaciones humanas: el trabajo, la amistad, las relaciones paterno-filiales, la pareja, los hijos, el domus, la casa.

Este libro está lleno de estas últimas: casas precarias donde residen jóvenes que buscan su primer empleo; la casa de la abuela; la casa de los padres; casas acomodadas de la burguesía a la que pertenece Carlos, narrador principal y nexo de las historias, y algunos de sus amigos que las protagonizan junto a él. Una burguesía nombrada en cada ocasión con un cierto sentimiento de culpa, como si Carlos se reprochase los privilegios que le ha proporcionado su origen; unos jóvenes que se educaron jugando a los videojuegos y a los juegos de rol, en un entorno de centros comerciales, que se formaron para un mundo que no les da cabida, que no los acoge.

Cinco relatos-capítulos que se entretejen a través de una eficaz estrategia narrativa, salpicada de anticipos para mantener vivo el interés del lector, que quiere saber dónde viven ahora Carlos, Aitana y sus hijos, y por qué se trata de un lugar al que su hermano mayor no puede ir; un lector que quiere saber qué sucede en esa urbanización que se vacía, que se apaga, en esa isla, en esa selección, en esas casas. También se producen en la trama saltos atrás y retrospectivas que sirven para acercarse y definir a los personajes.

El paisaje del sur, lugar de nacimiento del autor, se presenta como un protagonista más, observado y descrito con detalle en Marte florecido y en La línea del horizonte. Las imágenes lo dibujan con exactitud, podríamos decir que cinematográfica, sumergiéndonos en un entorno de calor extremo, sequía, árboles muertos, cañadas, urbanizaciones, y montañas tan azules como el mar. Descripciones prolijas que, sin embargo, no cansan sino que conducen los sentimientos y las emociones que transmite la historia.

Consigue López Carrasco impregnar su obra de una eficaz intriga. «… toda intriga se basa en la ausencia de información. Todo suspense se construye con la duda, sobre la idea de que los personajes no saben exactamente qué está pasando. Saben algo, pero no pueden contemplar la totalidad de lo que sucede», afirma Marcos en Espectro liberado, uno de los episodios más logrados, y López Carrasco la utiliza con perspicacia en esta narración coral, protagonizada por los amigos de Carlos que se reúnen una Nochevieja en el chalet de la sierra de los padres de uno de ellos, y entrecruzan informaciones en una conversación por momentos deslavazada, hasta que descubren un espacio cuya singular rareza ―restos de tecnología convertidos casi en naturaleza― le sirve al autor para regalarnos algunas de las imágenes más evocadoras. «Así nos recuerdo, dichosos como niños, despreocupados e ignorantes de los peligros que nos rodeaban, que en aquellos años no éramos capaces de ver, nombrar o imaginar» (p. 112).

Pero la belleza y la alegría se tiñen también de un profundo sentimiento de pérdida y desesperanza en un futuro lleno de incertidumbre. Un tiempo que preocupa a López Carrasco en casi toda su producción cinematográfica, no en vano una de sus películas se titula precisamente así: El Futuro (2015).

Hay un evidente homenaje a la infancia y a la primera juventud, a los inolvidables veranos de la niñez, que tiñe de nostalgia el final de esta trayectoria. Una nostalgia expresada con intensidad en las cartas del hermano mayor del protagonista, empeñado a sus cincuenta y cuatro años en regresar a la casa familiar tras ser expulsado de la universidad en el bienio ultra (y este es uno de esos datos que concretan el espacio-tiempo distópico de la novela); empeñado en volver a ese refugio, en la peligrosa tarea de cartografiar el entorno de esa casa, geografía mítica, esa especie de templo de la ficción, hasta quedar exhausto, hasta descubrir el peligro que comporta entregarse al afán de probar la veracidad de la memoria e intentar completar sus lagunas. La nostalgia, quizá un hábito que alguien me inculcó cuando era niño (p. 147), la fanática dedicación de Clodoveo81, el avatar del hermano de Carlos, que resulta casi un adolescente en sus observaciones, nos recuerdan la que sufre Pedro, el joven cinéfilo devorado por la cámara en Arrebato, la mítica película de Iván Zulueta.

Pero hay también una posible lectura metaliteraria implícita en esta trama, una poética que se desprende de ella: mezclar el futuro que representa Carlos, con el pasado que retiene a su hermano mayor, como aquí se hace, ha marcado la trayectoria como director de cine del autor de esta novela híbrida, aunque el hermano melancólico (¿acaso hay creación sin melancolía?) asegure al protagonista: «Tú siempre fuiste capaz de mirar hacia el futuro sin contemplaciones. Quizá no te quedó otro remedio. Al menos nunca has mezclado (y tus relatos son una prueba de ello) el futuro con el pasado. Quizá ese haya sido siempre mi caso». Carlos y su hermano componen una misma figura, la integración de esos dos tiempos, pasado y futuro, que se precisa para sobrevivir y crear.

«Me dieron pena los gresites», afirma este hombre-adolescente melancólico cuando tiene que romper el pavimento de la piscina de la casa familiar para construir su «proyecto». Una frase que sobrecoge y muestra por sí sola la ternura que sobrevuela El desierto blanco. Si bien, y por más pena que nos cause, ¿acaso no hay que romper los gresites del pasado para poder proyectarnos hacia adelante?

Lola López Mondéjar, psicoanalista y escritora española. Su último libro de ensayo es Invulnerables e invertebrados: Mutaciones antropológicas del sujeto contemporáneo (Anagrama, 2022).

Revista de Libros, 2024.

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Ficha técnica

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