Como yo sabía lo secreto de mí 


Para vos nací. Un mes con Teresa de Jesús
Espido Freire
Barcelona, Ariel, 2015
326 pp. 18,90 €


Libro de la vida
Santa Teresa de Jesús
Barcelona, Lumen, 2015
520 pp. 23,90 €

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El cuerpo de aquellos que son considerados santos suele terminar despedazado. Sus disiecta membra siguen recorriendo el mundo siglos después de que sus primitivos dueños los hubieran abandonado. Lo mismo ocurrió con el cuerpo de Teresa de Jesús, fragmentado y disperso. Aún se conserva el corazón, y yo no puedo imaginarlo sin un estremecimiento. Un corazón que albergó –aceptemos la metáfora, tan vieja que es ya nuestra, tan vieja que ya casi ni es metáfora– los pliegues más recónditos de una personalidad enigmática, atractiva, poliédrica y escurridiza, de singular importancia histórica y literaria, y esto último por tantas razones y tan diversas que apenas si podremos esbozar algunas de ellas. Un corazón herido por una cicatriz (seguramente, consecuencia de una pericarditis). Un corazón rasgado. El mismo corazón que podemos fácilmente imaginar traspasado por el dardo de oro de la transverberación, tal y como la misma Teresa nos cuenta en el párrafo más citado de su autobiografía psíquica. Todo esto resulta tan inmediato que, sin apenas darnos cuenta, se transforma en símbolo. El cuerpo desmembrado de Teresa se refleja en las múltiples maneras con que nos hemos enfrentado a su figura. Porque hoy hay Teresas para todos los gustos. Igual que se trocearon sus restos, se ha hecho con su significación histórica, religiosa y literaria, y así, tenemos a la Santa Española, cumbre de la Hispanidad y gloria de Castilla, Doctora de la Iglesia y fundadora de conventos y de órdenes religiosas, o tenemos a la mística, la recogida, la defensora de la meditación –a la que ella y sus contemporáneos llamaban oración mental– y de la exploración interior, viajera de la soledad, pero, al mismo tiempo, irresistible y divertida compañera de charlas inacabables, capaz de perderse en las cocinas y encontrar a su Esposo incluso mientras freía unos huevos. Tenemos también a la escritora, fundadora no sólo de refugios para espirituales, sino también de la literatura introspectiva en nuestra lengua. A la feminista, a la empresaria moderna, a la perseguida –por la Inquisición, por su herencia judeoconversa, por su condición de mujer– o a la autora de libros de autoayuda. En fin, que cada uno puede encontrar en su obra y en su figura una Teresa con la que sentirse cómodo. Me da que a ella le habría encantado.

Tal vez sea eso lo que pretende decir Lolita Bosch cuando, en el prólogo con que se abre la edición del Libro de la vida que, celebrando el año teresiano, ha puesto la editorial Lumen en las librerías, se dirige a ella en plural: Teresas. Sí, muchas Teresas posibles, aunque no todas igual de interesantes. Una figura como la de la escritora abulense, que se ha convertido en símbolo de tantas cosas diversas e incluso contradictorias, corre el peligro de ver progresivamente oculto el verdadero significado de su obra, que, en el caso de Teresa de Jesús, es esencial, al menos, en el campo de la literatura mística y en el campo de la expresión literaria. Y todo ese fascinante camino de descubrimiento se inició, precisamente, con esta obra, que escribió por encargo de su confesor (como ocurre con el resto de su obra, todos sus libros se deben a la obediencia), pero en la que se volcó, no como quien realiza un trabajo impuesto, sino como quien se vierte por entero en él. Porque eso precisamente es el Libro de la vida, una introspección continua y sostenida, como prácticamente no se había hecho antes, en ninguna lengua europea, al menos desde las seminales Confesiones de san Agustín, tan fértiles en consecuencias para la construcción del Yo moderno como esenciales para la vocación literaria y religiosa de Teresa de Jesús, como ella misma se encarga de recordarnos: «Como comencé a leer las Confesiones, paréceme me veía yo allí» (Libro de la vida, capítulo IX). La identificación con Agustín de Hipona tenía unas raíces bien concretas (la huida a Roma del santo, dejando atrás a su madre, le recordaba a Teresa su fuga con su hermano Rodrigo en busca del martirio a tierra de infieles, del mismo modo que la conversión de san Agustín al escuchar «la voz en el huerto» evoca en Teresa la visión del famoso Cristo llagado que la transforma por entero), pero es también el molde genérico y el proyecto literario que hace posible, en un contexto de progresiva platonización del pensamiento, de la escritura e, incluso, de las formas de la espiritualidad, una obra como la de Teresa, centrada en lo que san Agustín había llamado «el hombre interior». Porque quien espere encontrar en la autobiografía de la santa un relato de las circunstancias externas de su vida, de su devenir en el mundo, de las anécdotas y circunstancias históricas a las que nos tiene acostumbrado el cultivo moderno de este género, va a sentirse decepcionado cuando se encuentre un tratado sobre las formas de la oración, y apenas nada de información factual. El libro de la vida es un análisis profundo y detallado de un paisaje interior cambiante e iridiscente, la descripción pormenorizada e intensa de la construcción de una psique y, por tanto, también de una manera nueva de estar en el mundo.

Teresa no gozó de buena salud casi nunca. La historia de sus enfermedades es bien conocida, y ha dado lugar a muchas interpretaciones, a menudo pintorescas, sobre las experiencias que nos relata. A mí me conmueven especialmente los casi tres años que pasa paralizada en la cama, entre 1539 y 1542, cuando era aún muy joven. No suele señalarse, pero tengo para mí que esos años, que desaparecen como en un agujero negro en sus biografías, resultaron, a la postre, de enorme importancia en el proceso que la conduce a refugiarse cada vez más y más profundamente en sí misma. Sin duda, debieron de ser unos años en los que la joven Teresa, activa y vivaz, sufrió muy especialmente su invalidez, pero que también le sirvieron sin duda para acostumbrarse a la soledad de su voz interior. Aunque es cierto que ni siquiera ella dice nada al respecto.

Lo que sí dice es que todo lo que cuenta proviene de la experiencia. Ella no es letrada, confiesa no entender muy bien lo que le pasa (aunque agradece las explicaciones que le dan los letrados), ni siquiera sabe cómo puede escribir lo que escribe (otro don de Dios), pero sí sabe que lo que cuenta es real, pues, como no deja de repetir una y otra vez, sólo habla de lo que ha experimentado: «que lo pruebe quien no me creyere y lo verá por experiencia» (capítulo VI); «de lo que tengo experiencia, puedo decir» (capítulo VIII); «esto no lo digo sin haberlo probado» (capítulo XIII). Esa necesidad de experiencias individuales es una característica del Renacimiento (basta pensar en la furibunda moda de los epistolarios, de las biografías de soldados o conquistadores o, sin ir más lejos, en la obra de Montaigne), pero en Teresa adquiere resonancias especialmente modernas: ella habla de sí misma, pero para que otros puedan recorrer esos mismos caminos interiores, senderos con muchos peligros para los que, como en todas las tradiciones místicas, es necesario un guía: «para esto es muy necesario el maestro, si es experimentado» (capítulo XIII) o «en todo es menester experiencia y maestro» (capítulo XL). «Buscad un guía que os muestre el camino hacia las puertas del conocimiento» leemos, por ejemplo, en el Tratado VIII del Corpus Hermeticum; «conviene elegir un maestro experimentado en la vida interior», afirma Miguel de Molinos (Guía espiritual, libro II, capítulo I). Y así el resto de las tradiciones y de los autores.

Para entender el significado profundo de las obras de Teresa de Jesús no es necesario recurrir a expedientes como su origen judeoconverso o su condición de mujer, por más que esos condicionantes ayuden a iluminar aspectos concretos de su experiencia y de su expresión. A Teresa se la entiende suficientemente bien recortada sobre el fondo de la tradición mística universal y, en particular, de la tradición cristiana (san Agustín, Francisco de Osuna o fray Bernardino de Laredo son sus lecturas fundamentales) y sobre el fondo del Renacimiento y su exploración del Yo (el arte del retrato individual, el descubrimiento de la perspectiva, la invención de la novela y del género autobiográfico). Ya hemos visto que comparte con otras tradiciones espirituales la necesidad de un guía que nos lleve por el sendero adecuado; podríamos añadir muchos otros aspectos, como el secreto para los no iniciados («me han hecho harto daño, que se han divulgado cosas que estuvieran bien secretas», se queja en el capítulo XXIII), que es el «silencio ritual» del que habla Porfirio en la Vida de Pitágoras, o el consejo de Hermes Trimegisto a su hijo Tat en el discurso secreto de la montaña («haz profesión de silenciar esta gloria, no comunicando a nadie»); las metáforas del fuego y de la luz y de la semilla y del agua; la elevación del alma, la cárcel del cuerpo, la vida como sueño y el escaso valor del mundo material y de la apariencia («el velo que todo lo envuelve en ilusión», proclama el Bhagavad Gita), el desapego de todas las cosas, incluida la propia familia (Teresa se siente ruin cuando se da cuenta, por ejemplo, de que siente apego por sus familiares, incluso siente como debilidad y falta el preocuparse por su hermana), o la necesidad de no pensar nada, concepto que toma de Osuna y que se repite hasta la saciedad en cualquier escuela de meditación («todas las señales que yo tenía en aquel no pensar nada, que esto era lo que yo más decía: que no podía pensar nada cuando tenía aquella oración», capítulo XXIII).

Y aún quedaría hablar de su estilo. Ya hace mucho que se superó el tópico de la escritora lega que escribe con la sencillez del inocente iletrado. Teresa es una mujer de letras, si no letrada, y muy buena lectora. Que su vocación por la escritura y su afición por los libros es temprana lo demuestra la novela de caballerías que escribió, junto con su hermano, en su adolescencia. También se leen ahora sus repeticiones y sus diminutivos, sus hipérbatos orales y sus elipsis como rasgos deliberados de un estilo literario propio que busca la máxima expresividad. Y, sin embargo, creo que se comete un abuso cuando se subraya alegremente la supuesta «oralidad» del estilo de Teresa de Jesús. Ni sus repeticiones ni sus frases, larguísimas y complejas en muchas ocasiones, se corresponden con un registro oral. Es seguro que Teresa no «escribe como habla». Sus hipérbatos, por ejemplo, tan desconcertantes a veces, sí tienen sentido leídos en voz alta (de ahí su auténtica oralidad), pero no como coloquialismo. A mí me recuerdan poderosamente los hipérbatos de los personajes de Álvaro Pombo. Sus diminutivos no transmiten tan solo afectividad: «todos esos diminutivos son su manera de mantenerse en ese reino de lo pequeño esencial. Lo pequeño es el símbolo de lo que está en el umbral, lo abierto a otras formas de realidad, al lugar donde viven los deseos», dice de ellos Gustavo Martín Garzo en un precioso artículo sobre la santa. La sencillez del estilo literario de santa Teresa sólo puede entenderse como ausencia de retórica. Porque lo que sí se impone en la prosa teresiana es la inmediata sinceridad que se respira en cada línea. Teresa escribe sin afeites, se lanza directamente a decirnos lo que pretende, pero su mundo interior es tan complejo que las frases se le enredan a veces, se le amontonan y se le alargan, y la magia de su prosa es que nunca se deshacen.

Según los testimonios que tenemos de sus compañeras descalzas, Teresa escribía a una velocidad vertiginosa (y así parecen confirmarlo los autógrafos que se conservan). Casi recuerda a la escritura automática de los surrealistas. Ella lo explica diciendo que no es ella quien escribe, sino su Maestro. Teresa escribe, literalmente, poseída: «cuando lo escribo […] veo claro no soy yo quien lo dice», (capítulo XIV); «cuando esto escribo no estoy fuera de esta santa locura celestial» (capítulo XVI); «muchas cosas de las que aquí escribo no son de mi cabeza, sino que me las decía mi Maestro celestial» (capítulo XXXIX). Esto significa que su tarea literaria no es independiente, en absoluto, de su experiencia interior, y que las dos se le confunden. En realidad, debemos la obra de Teresa de Jesús no sólo a la imposición de los confesores, sino al ímpetu irrefrenable de gritar su experiencia: si el Señor no le diese fuerzas, «ni sería posible poderlo disimular, ni dejar de decir a voces tan grandes maravillas» (capítulo XXXVIII).

Por todas estas razones tiene sentido leer hoy a Teresa. Gracias a su exploración interior y a su lengua podemos ahora ver en ella la más honda poesía, como reconoce Martín Garzo en el mismo artículo ya citado: «Tal es el misterio de santa Teresa, y lo que hace que cinco siglos después de su nacimiento podamos seguir leyéndola con gozo: transforma la religión en poesía. Porque religión y poesía no siempre son lo mismo (y esta es la desgracia de las religiones)».

La edición de El libro de la vida que publica Lumen viene acompañada, además del prólogo de Lolita Bosch ya mencionado, de un valioso aparato de notas, debido al trabajo de Elisenda Lobato García, que contribuyen sin duda a una mejor comprensión del texto y del contexto de la obra. Sin embargo, echo en falta que no se haya incluido el prefacio que fray Luis de León puso a la primera edición de las obras de la santa, que él tuvo a su cargo. No sólo era una ocasión inmejorable para gustar de la lengua cristalina y elegante de uno de los mejores prosistas de nuestra lengua, sino que hubiera permitido al lector de hoy comprobar cómo algunas de las interpretaciones más fértiles de la obra teresiana tienen aquí su origen. También es de lamentar que no se hayan aprovechado algunas de las mejoras que en el texto ha introducido recientemente la crítica textual (al respecto, se puede consultar la edición de la Real Academia Española del Libro de la vida), aunque es de justicia reconocer que el texto ofrecido es muy correcto, y las notas y la puntuación (uno de los caballos de batalla en la edición de los libros de Teresa) aclaran con fiabilidad las posibles dudas. El libro, por lo demás, está muy bien editado, y se recorren placenteramente sus páginas.

Pero quien busque una visión de Teresa más atenta a sus circunstancias vitales, y prefiera una lectura más mundana y actual del significado de Teresa, puede encontrar de interés el libro que Espido Freire le ha dedicado, Para vos nací (son versos de Teresa: «Vuestra soy, para Vos nací: / ¿Qué mandáis hacer de mí?»). El libro está dividido en cinco semanas (en realidad, cuatro y media, un mes completo), con entradas correspondientes a cada uno de los días de la semana. En cada uno de ellos su autora aborda un asunto diferente relacionado con la santa, desde el contexto histórico y religioso hasta el ambiente familiar, la relación con hombres y mujeres, los viajes o el dinero. Incluso hay un capítulo dedicado a Teresa como empresaria, y no podían faltar las referencias constantes a la condición de mujer y de escritora en un ambiente claramente adverso a ambas condiciones (y, además, de origen judío y sospechosa de alumbradismo o, incluso, de endemoniada). Hace bien Espido Freire en señalar que Teresa consiguió las dos condiciones que, según Virginia Woolf, necesita una mujer para ser verdaderamente libre: una habitación propia y la independencia económica. Sin embargo, el libro adolece de un tono excesivamente cercano al reportaje periodístico. Nunca se nos indican las fuentes (¿de dónde diablos se ha sacado la autora que Teresa fue excomulgada y acusada de apostasía?), y se incurre demasiado a menudo en errores de bulto, muchas veces debidos al vuelo periodístico de la prosa. Por ejemplo, cuando dice que la caída en desgracia de Catalina de Aragón causara «que todo el país se perdiera para la cristiandad» (p. 116), o que, en el hogar familiar de Teresa niña se cumplía «con las normas del concilio tridentino», algo a todas luces imposible, dado que aún faltaban bastantes años para que el Concilio abriera sus sesiones, como puede comprobarse consultando simplemente la cronología que se ofrece al final de la obra. Otras veces la imaginación de novelista le hace preferir versiones privilegiadas por la leyenda y desdeñadas por la historia, como cuando narra la muerte de Garcilaso en brazos de Francisco Borja «en plena batalla», cuando sabemos que Garcilaso murió de las heridas sufridas en una escaramuza sin importancia, y lo hizo al cabo de varios días de viajar en las condiciones en que lo hacían los ejércitos en el siglo XVI. Y lo más probable es que Francisco Borja estuviera ya para entonces embarcado camino de Cataluña, por encargo del emperador.

El estilo del libro también mantiene el tono del reportaje. Se lee con agilidad, sin demasiadas complicaciones, y está plagado de coloquialismos –los propios del medio–, como cuando nos dice que las monjas de la Encarnación murmuraban de Teresa «que se lo tenía muy creído» (p. 202), o cuando opina que el cuadro que le pintara Juan de la Miseria es «una birria de retrato» (p. 205). No hay nada de malo en emplear este tono en lo que es un acercamiento personal a la obra y figura de la santa, y que además quiere llevarse a cabo con similar sencillez a la tantas veces señalada como máxima virtud del estilo de Teresa. Sin embargo, también es un indicativo de lo que este ensayo pretender ser: un libro dirigido a un lector moderno, acaso apresurado, no muy interesado en las experiencias místicas de Teresa de Ávila, ni en sus textos –al fin y al cabo, difíciles para cualquier lector, a pesar de todo–, sino más bien en entender cómo puede interpretarse su figura en relación con fenómenos característicos de nuestros días, como pueden ser la crisis económica, los problemas de la mujer escritora o de la mujer emprendedora, o el «menosprecio de corte» propio del ecologismo de nuestros días, entre muchos otros. Opina Espido Freire, tal vez acertadamente, que su lectura puede ser útil para curar muchos de los males psicológicos propios del hombre contemporáneo. La obra de Teresa «supone, para todas las personas torturadas por cargas psicológicas, por el miedo o la culpa, por los males que este siglo ha agravado […] no sólo una pionera de la superación, un ejemplo de cómo las respuestas interiores pueden calmar las preguntas internas; en mi caso, que me encuentro, como ella cuando comenzó a ver la luz, en los cuarenta, significa una esperanza» (p. 93). Tal vez por eso la califique de «heroína-personaje». Lo malo de este planteamiento es que escora demasiado la lectura de la obra de Teresa hacia esa corriente, tan común en estos últimos años, de interpretar a los clásicos como manantiales de sabiduría en píldoras (se ha hecho con Cicerón, con Séneca, con Schopenhauer, con Baltasar Gracián) o como manuales de autoayuda.

Yo prefiero las páginas en que Espido habla de sí misma (que no son pocas), como ésas en las que nos cuenta un fascinante viaje a un monasterio mixto de monjes jóvenes en Roma o cuando, sin tapujos, nos confiesa su larga fase depresiva. Cuando narra es cuando mejor brillan sus cualidades para el detalle. Con todo, el libro abunda en las noticias concretas de la vida de Teresa de Jesús que pueden echarse de menos en la propia autobiografía de la santa, y sólo por eso puede ser un buen complemento de la lectura del texto teresiano, aunque muchos de los datos históricos y de las interpretaciones de Espido Freire deban ser revisados en fuentes más fiables.

Pedro López Murcia es escritor y autor de El asesino temporal (Madrid, SM, 1998).

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