Civilización o barbarie en la era del entretenimiento

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Mario Vargas Llosa publicó en 2012 La civilización del espectáculo, un ensayo que suscitó no pocas polémicas y altas dosis de incomprensión. Vargas Llosa, un clásico vivo cuya obra sobrevivirá sin ningún género de dudas a la implacable criba del tiempo, advertía que podía cumplirse la predicción de T. S. Eliot sobre el porvenir de la cultura. En su ensayo Notas hacia una definición de la cultura, aparecido en 1948, el escritor británico-estadounidense mostraba abiertamente su pesimismo sobre la cuestión: «Y no veo razón alguna por la cual la decadencia de la cultura no pueda continuar y no podamos anticipar un tiempo, de alguna duración, del que se pueda decir que carece de cultura». T. S. Eliot consideraba que la alta cultura nunca sería un fenómeno popular, sino el privilegio de una minoría selecta. La idea de utilizar la educación como medio de propagación de la alta cultura le parecía una insensatez, pues ese objetivo solo podría cumplirse degradando y banalizando el saber. El autor de La tierra baldía consideraba que –al menos en Europa- la alta cultura era indisociable del legado cristiano, cuya fecundidad se apreciaba incluso en la originalidad de sus adversarios. Sade y Nietzsche forjaron sus ideas al calor del Evangelio, agudizando su ingenio para impugnarlo.

Después de citar a T. S. Eliot, Vargas Llosa aborda En el castillo de Barba Azul: aproximación a un nuevo concepto de cultura, un ensayo de George Steiner publicado en 1971. Steiner afirma que la cultura europea, lejos de alejar la barbarie, la había alimentado, propiciando el surgimiento de varias revoluciones sangrientas y dos guerras mundiales. La superación de ese conflicto solo podía producirse mediante una cultura que albergara «una aspiración a la trascendencia». La cultura europea había engendrado Auschwitz y el Gulag, pero no había perdido el espíritu autocrítico. Su tendencia a ejercer el examen de conciencia es una herencia cristiana. La posmodernidad no atribuye ningún valor a la tradición. Enemistada con las jerarquías, asegura que la civilización occidental no es superior a cualquier cultura primitiva, por bárbara que nos pueda parecer.

Steiner manifiesta su preocupación por el retroceso de la palabra frente a la imagen. Se trata de una competencia desleal, pues la imagen apenas exige esfuerzo. Se impone por sí sola, mientras que la palabra demanda un ejercicio de comprensión y reflexión. El entretenimiento está desplazando a la cultura, si no lo ha conseguido ya. En un mundo regulado por la ley de la oferta y la demanda, se confunde el precio con el valor, presumiendo que el éxito determina la excelencia. El concepto de cultura se ha desfigurado por culpa de la antropología, que utilizó el término para englobar el conjunto de costumbres, creencias, mitos y valores de una sociedad. Este nuevo significado ha cuajado en el imaginario colectivo y, en nuestros días, se habla incluso de «cultura de empresa». Conviene recordar que la noción de cultura surgió en Europa entre los siglos XVIII y XIX con una acepción puramente funcional. Se empleaba para designar un proceso de mejora mediante la tecnología, como la agricultura, la viticultura o la horticultura. Ya en el XIX, Matthew Arnold fue el primero en utilizar la expresión «high culture» en su ensayo Culture and Anarchy (1869). En el prefacio, Arnold definió la alta cultura como «el empeño desinteresado por la perfección del hombre» y, algo más adelante, añadió que representaba la voluntad de conocer las mejores creaciones del ser humano. Aunque aludía principalmente a las humanidades y las bellas artes, Arnold también incluía la filosofía y la ciencia en ese ámbito privilegiado. La «high culture» no implicaba hostilidad hacia la cultura popular o «low culture». La «cultura de masas» no aparecería hasta el siglo XX. Según Adorno, es un vástago del modelo de producción impuesto por el sistema capitalista para incitar el consumo y la satisfacción inmediata. Su éxito se basa en los medios de comunicación de masas y sirve para consolidar la hegemonía de la burguesía, fomentando la alienación del hombre, rebajado a mero consumidor.

No hay que pasar por alto que para los ilustrados la cultura fue sinónimo de civilización y progreso. Su perspectiva fue impugnada por los románticos, que exaltaron la cultura como la expresión del genio de cada pueblo (Volksgeist). Frente a Johann Gottfried Herder, que había sido el primero en desarrollar esta idea de la cultura, asociándola a la fecunda diversidad del género humano, se alzaron voces que invocaban el destino específico de cada nación. Nietzsche reivindicó el concepto de cultura como Volksgeist frente a la idea de civilización, una herencia de la Revolución francesa. Desde su punto de vista, la Ilustración había contribuido al afeminamiento de la especie y urgía volver a los orígenes griegos, cuando la virtud se identificaba con la fuerza y la salud. En sus Fragmentos póstumos sobre política, Nietzsche plantea claramente la alternativa a la que se enfrenta el hombre superior: «Compasión o cultura». En Más allá del bien y el mal, expresa la misma idea, pero invocando las leyes de la biología: «selección o civilización». Por selección entiende el proceso de depuración necesario, que incluye la eliminación de los débiles y malogrados para crear una «cultura superior», una «cultura aria».

Vargas Llosa no entra en estas cuestiones más que de forma tangencial, pero muestra una enorme perspicacia. Advierte que las formas de ocio actuales, fomentan el gregarismo y la disolución del individuo en la masa. Los grandes espectáculos donde circulan las drogas y el alcohol al ritmo de una música atronadora comparten el mismo propósito que las bacanales de la Antigüedad: anonadar la conciencia, eclipsar la razón, elevar el instinto por encima de la razón, abdicar de la diferencia individual en favor del éxtasis colectivo. Las grandes concentraciones en Núremberg durante la dictadura nazi desempeñaban un papel semejante: cultura frente a civilización, enajenación frente a reflexión, deshumanización frente a humanismo. Detrás de esas conductas, se esconde el miedo a la libertad del que habló Erich Fromm. Siempre es más fácil seguir directrices que trazar un rumbo. El ser humano continúa preguntándose qué puede saber, qué puede conocer, qué le cabe esperar. Ni los grandes eventos multitudinarios ni las formas más sofisticadas de entretenimiento pueden resolver estos interrogantes. Vargas Llosa afirma que solo la alta cultura puede ofrecer respuestas o, al menos, reflexiones con verdadera profundidad.

Los intelectuales han perdido la influencia que aún disfrutaban hace décadas. No hay ninguna figura como Sartre, Bertrand Russell, Thomas Mann o Albert Camus, cuyos juicios impactaban en la opinión pública, provocando reacciones que podían cambiar el curso de los acontecimientos. En España, los últimos intelectuales con un gran peso en la sociedad fueron Miguel de Unamuno y Ortega y Gasset. Los que han aparecido después solo encuentran eco en las universidades, cada vez más desligadas de la realidad social y política. Los que no se han resignado a ser irrelevantes han recurrido a la payasada o la extravagancia. Las bromas escatológicas de Camilo José Cela o los golpes de ingenio de Francisco Umbral lograron una resonancia dudosa, pues en ocasiones los acercaron al terreno de lo grotesco y esperpéntico.

George Steiner sostiene que el libro es una causa perdida. Su destino es acabar en las catacumbas. Frente a la búsqueda hedónica del entretenimiento, Vargas Llosa recuerda que «la vida no solo es diversión». También es «drama, dolor, misterio, frustración». ¿Cabe esperar un cambio de tendencia? El Nobel peruano es pesimista, pero recuerda que el futuro no está escrito. Somos nosotros los que lo elaboramos y siempre es posible rectificar, corregir el rumbo, buscar otro puerto. La posibilidad de que la pantalla digital sustituya al papel horroriza a Vargas Llosa, pues coincide con Vicente Molina Foix en que los libros producen un placer físico, sensual. Abrirlos, explorar sus índices, recorrer sus páginas, es «una manera de amar» y casi un juego erótico. El auge del entretenimiento frente a la cultura ha suscitado una paradoja. Nunca habíamos dispuesto de tanta información y nunca nos habíamos encontrado tan confusos y desorientados. La vida se ha vuelto banal e incomprensible. La frivolidad nos ha conducido al hastío, el nihilismo, la desesperanza. La decadencia del libro ha contribuido a todo eso.

No me aventuro a predecir el futuro, pero presumo que el porvenir de la cultura depende de nuestra capacidad de preservar nuestra dimensión espiritual. No me refiero a la religión, sino a esa sensibilidad que nos permite apreciar lo bueno, bello y verdadero. Sin lo espiritual, el hombre solo es una especie más. Somos los únicos seres vivientes que se preguntan por el sentido de la vida. Hasta los escépticos –o quizás ellos más que nadie- se rebelan contra la posibilidad de un mundo absurdo, abocado a la muerte térmica y el colapso gravitatorio. Si el porvenir de la Tierra es reproducir la probable evolución de Marte, que presumiblemente albergó vida y hoy solo es un desierto inhabitable, la existencia del hombre es un fútil accidente biológico. En la escala del tiempo cósmico, surgió hace un instante y está a punto de desvanecerse. Quizás el estoicismo nos ayude a soportar esa perspectiva sin caer en la desesperación, pero será inevitable la melancolía, una compañera que acaba produciendo fatiga y fastidio.

Pienso que el hombre será más feliz si la alta cultura recupera el prestigio perdido. Siempre he creído que el pesimismo se tambalea cuando reparamos en los logros del ser humano. Citaré solo tres prodigios: los diálogos de Platón, la ética de Aristóteles, las Confesiones de san Agustín. Platón nos enseñó a buscar la verdad con los otros, a esclarecer los conceptos con relatos, a confiar en la sabiduría para guiar nuestros actos y gobernar la polis. Aristóteles nos reveló la importancia del buen juicio, que nos ayuda a elegir lo idóneo –o lo menos malo- en cada ocasión. No todo es relativo, pero las certezas no surgen de posiciones inflexibles, sino de deliberaciones con un margen de elasticidad. Las Confesiones de san Agustín nos muestran que la soledad puede aplacarse con un ejercicio de introspección. Explorar nuestro interior es un viaje infinito, donde podemos toparnos con hallazgos inesperados. Dios escoge ese recinto para acercarse al hombre y salvarlo de la indigencia espiritual. Ningún entretenimiento puede prodigar regalos semejantes.

El hombre puede embrutecerse, pero la llama del asombro siempre estará ahí, invitándole a ir más allá para encontrar un sentido a las cosas. Si escoge como guías a Homero, Pascal o Dostoievski, la angustia y la perplejidad que nos produce el misterio de la existencia, se harán más tolerables y, en cualquier caso, lo mantendrán alejado de la llamada de la tribu. Nietzsche se equivocó. El dilema no es cultura o compasión, sino civilización o barbarie.

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