Estupor y temblores
AMELIE NOTHOMB
Anagrama, Barcelona, 144 págs.


Metafísica de los tubos
AMELIE NOTHOMB
Anagrama, Barcelona, 144 págs.

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En Estupor y temblores, la joven Amélie entra a trabajar en la compañía Yamimoto con la ilusión de que va a desempeñar un puesto acorde con su formación. Pronto comprende que esto es imposible. Su doble condición de extranjera y de mujer, y su desconocimiento del engranaje «real» de las relaciones laborales en una empresa nipona, la convierten en tan sólo unos meses en un paria. Por mucho que domine el idioma, que le fascine la cultura y que haya pasado sus primeros años de vida en Tokio, todo está en contra suya, independientemente de lo que haga. Primero, el señor Saito la someterá a prueba haciéndole repetir múltiples veces las mismas inútiles fotocopias. Luego será su jefe inmediato, la bella Fubuki, quien la traicionará revelando el informe realizado por la belga para otro departamento. Experimentará la cólera irracional del señor Omochi, el diablo de la compañía, mientras el señor Haneda es una especie de dios justo que no puede intervenir en las disputas absurdas de sus criaturas. El aparente fracaso de Amélie será un descenso a los infiernos del alma servil del trabajador japonés, pero un descenso con recompensa: la de vencer al sistema obteniendo placer en el dolor, riéndose de sí misma y de las máscaras de sus propios compañeros de trabajo y de sus superiores.

Lo mejor de esta novela es la contención del personaje al enfrentarse a su dilema. Por un lado, quiere fundirse con el ambiente sin hacer preguntas; por otro, no puede callar su postura crítica frente a una lógica que como occidental no entiende. Hay también en esta odisea de Amélie una amarga decepción al comprobar que el edén de su infancia se diluye en vapores de infierno. Cuando Fubuki, con la cual late una relación masoquista, la destina a cuidar los lavabos del piso cuarenta y cuatro, se siente como «una prisionera de guerra en un campo nipón» y acepta la injusticia «con total sumisión». En realidad, su modelo para resistir es la propia Fubuki, «un milagro de heroísmo», una bella superviviente de «coacciones, abusos, absurdas prohibiciones, dogmas, asfixia, desolación, sadismo, conspiración de silencio y humillaciones». El conflicto que tiene con su superiora en los lavabos acaba revistiendo para ella la intensidad de un drama de Racine. Se imagina que se deja caer del piso cuarenta y cuatro mientras sublima la experiencia de la degradación consentida: «lo que mi cabeza consideraba sucio pasó a ser limpio, la vergüenza se convirtió en gloria, el verdugo en víctima y lo sórdido se transformó en cómico». Sin llegar a la parodia, esta novela cumple su objetivo con una notable economía de medios, escenarios y personajes. Y tiene escenas muy logradas, como aquélla en que el gordo jefe Omochi obliga a la empleada que se despide a comer una chocolatina.

Si Estupor y temblores era una novela con muchos ingredientes autobiográficos, Metafísica de los tubos todavía lo es más, en apariencia. Se trata, como si dijéramos, de la prehistoria de una novelista de éxito. Aquí nos cuenta Nothomb sus primeros tres años de vida, transcurridos en Japón. Se mete de nuevo en la piel de aquella niña tiránica, un «tubo» que se cree el centro del mundo y que se niega a hablar hasta que emite la primera palabra gracias al chocolate belga que le trae su abuela. El tubo es un ser que conoce muy bien la psicología de sus padres y más aún los mecanismos secretos del extraño ambiente que le rodea. Japón fascina hasta tal punto a la escritora belga que le atribuye la adquisición de una sensibilidad y una actitud ante la vida al margen de lo absorbido en el ambiente familiar. Y es bien posible que así sea, a juzgar por las experiencias en torno al poder y la muerte que refiere en la novela. A punto de morir ahogada en el mar, la niña vuelve a intentarlo en el estanque de su jardín bajo la mirada impasible de una japonesa, Kashimasan. Ha aprendido a leer sin que nadie lo sepa y tiene dominada a una mujer de servicio, la cual la trata como si fuera una diosa.

En Metafísica de los tubos Nothomb consigue mantener la atención del lector mediante la técnica de hacerle odiar y amar a su héroe por partes iguales. La engañosa simplicidad de la narración alcanza cualidades notables. Nothomb basa su estética en una escritura «visual» muy depurada. Sus personajes son rotundos, sin fisuras; parecen dibujados por su compatriota Hergé pues, en realidad, tanto la empleada Amélie como la niña Amélie atraviesan una aventura interior con la firmeza y la ingenuidad de un Tintín. Basta considerar ese gesto del padre diplomático, que acepta tediosas clases de no a consecuencia de un malentendido, para pensar en el capitán Haddock y en el profesor Tornasol. Ahora bien, parece evidente que la vida literaria futura de Amélie Nothomb no se va a limitar ni a Tintín ni a Japón.

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