Cincuenta años después

Departamento de Historia y filosofía de la Ciencia HPS, Cambridge, Celebración del Cincuentenario, 13-14 de julio de 2023.

Cuando recibí la amable invitación de Hasok para que viniera a ayudar a celebrar el quincuagésimo aniversario del Departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia, mi primera reacción fue una doble mirada ante el número 50: no la conmoción habitual de darme cuenta (una vez más) de cuánto tiempo había pasado desde entonces, sino más bien la conmoción de saber que, cuando yo llegué en septiembre de 1973, el Departamento apenas tenía un año de vida. Para un estudiante de posgrado que llegaba del extranjero, especialmente de Cambridge, Massachusetts (también conocido como Cambridge Junior), era axiomático que todo en Cambridge Senior era ipso facto más antiguo, santificado por la tradición, con orígenes que se remontaban a Guillermo el Conquistador, si no a Stonehenge. Ciertamente, las mesas desgastadas, las estanterías sin limpiar y la tenue iluminación de lo que entonces era la Biblioteca Whipple sugerían siglos de uso, y yo aceptaba todos los procedimientos arcanos y las disputas internas del departamento (de las que hablaré más adelante) como los resultados inevitables de una historia que se remontaba a la noche de los tiempos, o al menos hasta antes de la fundación de Harvard en 1636, lo que para mí equivalía a lo mismo.

Me han pedido que recuerde cómo era el departamento en aquellos días, pero todos sabemos lo traicionera que puede ser una memoria no corregida por las pruebas de archivo. Un ejemplo de ello es la creencia que mantuve durante mucho tiempo, y que ahora sé que es totalmente falsa, sobre los antiguos orígenes del departamento. Por suerte, soy un ratón de biblioteca que no soporta desprenderse de nada, y por eso mi estudio se parece a los establos de Augías. Para preparar esta charla, he desenterrado mi diario de bolsillo de 1973-74, mi año en este Cambridge. Sus anotaciones me servirán de archivo, tanto de inspiración como de control.

Viernes, 21 de septiembre de 1973: Registro en el Museo de Ciencias Whipple y visita al doctor Buchdahl.

Había llegado a Cambridge con una beca para estudiar la historia y la filosofía de la ciencia como un campo unificado, algo que no existía en Harvard, donde los historiadores y filósofos de la ciencia bien podrían haber residido en planetas distintos, y que apenas existía en ningún otro lugar de Estados Unidos. Gerd Buchdahl, a la sazón jefe del departamento, se ocupó enérgicamente de todos los trámites y me recomendó que me inscribiera en Darwin, su propio college. Aunque sólo décadas más tarde me enteré por los excelentes artículos de Anna-K. MayerAnna-K. Mayer, «Setting Up a Discipline: Conflicting Agendas of the Cambridge History of Science Committee, 1936-1950», Studies in History and Philosophy of Science 31 (2000): 655-689. y Warwick AndersonWarwick Anderson, «History and Philosophy of Science Take Form», Studies in History and Philosophy of Science 93(2022): 175-182. sobre su angustiosa trayectoria de Maguncia a Londres, a Melbourne y finalmente a Cambridge, primero huyendo de la Alemania nazi y luego deportado como extranjero enemigo a Australia, enseguida percibí algo familiar en su inglés. Era más estudiado que el de un hablante nativo, con el aprecio de un extranjero por las sutilezas gramaticales y las oportunidades semánticas, matizado con un leve acento centroeuropeo (en aquel momento, no habría podido situarlo con mayor precisión). Era el inglés de los emigrantes que me habían enseñado en Harvard el psicólogo de la Gestalt Rudolf Arnheim y el físico e historiador de la ciencia Gerald Holton, eruditos que me habían ofrecido atisbos de un mundo de ideas en el que Freud y Jung se codeaban con Mach y Einstein. Era un mundo más amplio, más profundo y más extraño que el del incondicional empirismo lógico que reinaba entonces en el Departamento de Filosofía de Harvard, donde sólo se hablaba del problema de la inducción de Nelson Goodman. Intrigada, y con la esperanza de encontrarme con más cosas en el cielo y en la tierra de las que había oído hablar en la filosofía de Harvard, decidí asistir al seminario sobre Kant de Buchdahl.

No tardé en zozobrar en los traicioneros escollos de la Primera Crítica. No ayudaba el hecho de que el propio Buchdahl pareciera a menudo mareado en el texto, haciendo pausas para revisar lo que acababa de decir o volviendo a empezar desde el principio. No se trataba simplemente de que estuviera fuera de mi alcance, aunque sin duda era cierto. Fue la inmensidad de la profundidad lo que me asombró, mi primera percepción de la profundidad en filosofía, en sorprendente contraste con la claridad plana de Hempel, Carnap, Quine y otros autores con los que me había hecho mayor en Harvard. La filosofía de Harvard de aquella época era sobre todo una filosofía de enigmas por resolver; el Kant de Buchdahl era una filosofía de problemas que quizá no tenían solución.

Pero no había cambiado de Cambridges para estudiar a Kant con Gerd Buchdahl. Había venido a estudiar filosofía de la ciencia con Mary Hesse, cuyo libro Models and Analogies in Science me había supuesto un bendito alivio tras varios semestres de estudio del método hipotético-deductivo de Hempel en mis clases de filosofía de licenciatura. Pensaba ―y sigo pensando― que se trataba de un excelente ejemplo de filosofía de la ciencia arraigada en la historia real que iluminaba la ciencia real.

Lunes, 22 de octubre de 1973, 14.30: Ver a la doctora Hesse.

Para entonces, ya había adquirido una bicicleta de segunda mano y me había preparado para circular por el lado izquierdo de la carretera, con buen tiempo y (casi siempre) con mal tiempo. Recuerdo que llegué a mi primera cita con Mary Hesse empapada, después de que me pillara un chaparrón de camino. Me recibió amablemente, me dio una taza de té y me preguntó por mis intereses. Después de saber que había escrito mi tesis de licenciatura sobre Évariste Galois y los orígenes de la teoría de grupos, me sugirió que leyera Pruebas y refutaciones, de Imré Lakatos, un diálogo imaginario que replanteaba brillantemente gran parte de la historia de las matemáticas modernas como un proceso popperiano de falsación por contraejemplo. Tanto el libro como Mary me impresionaron profundamente, aunque de maneras diferentes. A pesar de que, casi con toda seguridad, no era su intención, la reconstrucción racional de Lakatos de los debates sobre los fundamentos del cálculo me enseñó una forma de pensar las matemáticas, incluso la demostración matemática, que era genuinamente histórica. Mi tesis doctoral en Cambridge sobre la geometría proyectiva en la Francia de principios del siglo XIX se debió en gran medida a esa idea.

Lo que Mary me enseñó no es tan fácil de resumir, en parte porque sólo comprendí sus lecciones retrospectivamente. Había hecho las paces con ser una anomalía perpetua. En primer lugar, era una filósofa de lo concreto en una época de gran abstracción. En el apogeo del romance de la filosofía analítica con el formalismo, casi toda su obra tomó como punto de partida ejemplos históricos de la ciencia real. No era en absoluto reacia a las generalizaciones, pero nunca perdió el contacto con la tierra firme de lo particular. Los particulares le servían como heurística, como peldaños de descubrimiento, no como pruebas inductivas sobre casos. Era la empirista más abierta de mente que he conocido, una verdadera alma gemela de William James, y estaba totalmente en su carácter que cuando la conocí en 1973 hubiera empezado a estudiar a Jürgen Habermas sobre la emergencia histórica de la esfera pública, para evidente consternación de sus colegas.

En segundo lugar, y de forma más obvia, era una mujer académica en una época y en un campo en el que ese hecho la convertía en anómala hasta el punto de la singularidad. En un momento de toma de conciencia feminista, a principios de los setenta, a mí y a las demás estudiantes del epartamento nos decepcionó que no mostrara ningún interés aparente por estas cuestiones.  Pero, al menos para mí, sirvió como prueba de que la vida académica podía estar abierta a las mujeres en una época en la que había muy pocos ejemplos de este tipo. Cuando estudiaba en Harvard, no había visto a ninguna catedrática, lo cual no era sorprendente, ya que sólo había cinco mujeres titulares en toda la facultad de Artes y Ciencias (que entonces contaba con más de 200 miembros). Sólo mucho después, cuando volví a ese mundo académico exclusivamente masculino en Alemania a mediados de los años noventa, con una proporción de mujeres por cada hombre (cinco por 210) casi idéntica a la del profesorado de Harvard en los años setenta, llegué a apreciar lo que vivir como una anomalía debió de costarle a Mary en el día a día.

Por último, fue anómala en sus característicos esfuerzos, silenciosos pero valientes, por mantener el diálogo civilizado entre los componentes de historia y de filosofía del departamento (teoría del discurso habermasiana en acción), durante un período en el que los encarnizados debates sobre la política dentro del área polarizaron al profesorado y a los estudiantes en facciones enfrentadas, cuando no beligerantes.

Jueves, 1 de noviembre de 1973: Seminario HPS, 16.30 h.

El punto álgido de estas escaramuzas era la serie semanal de coloquios departamentales en los que miembros del departamento, tanto profesores como estudiantes, así como invitados, presentaban ponencias. Sentarse en uno u otro lado de la mesa del seminario era implícitamente declarar tus lealtades: por un lado, los comprometidos con un replanteamiento radical y en su mayor parte marxista de la historiografía de la ciencia, con el historiador de la biología Bob Young fulminando en su centro; y por otro lado, con rostro adusto y en general de mayor edad, los convencidos de que la razón misma estaba siendo atacada por los bárbaros. En una primera aproximación, se trataba de un enfrentamiento entre historiadores y filósofos. Los estudiantes, sobre todo los recién llegados, nos peleábamos por ocupar lugares oscuros y, esperábamos, neutrales, en la periferia.

A esta distancia en el tiempo, y a la luz de la evolución posterior de la historiografía de la ciencia, es difícil recrear la atmósfera en la que, por ejemplo, el artículo de J. E. McGuire y P. M. Rattansi de 1966 «Newton and the Pipes of Pan», que ahora se lee como una pieza perfectamente convencional de historia intelectual sobre la convicción de Newton de que ciertos aspectos de su propia filosofía natural, incluida la ley de la gravitación, habían sido anticipados en la prisca sapientia de Platón y los pitagóricos, podría haber sido considerado alguna vez como una bomba terrorista lanzada en medio de historiadores y filósofos de la ciencia. Pronto descubrí que el departamento, a pesar de su aparente aura de plácida antigüedad, estaba en un estado de ebullición creativa, desgarrado por debates sobre si Newton era un místico de armario, la inconmensurabilidad de los paradigmas kuhnianos, las interpretaciones marxistas de la historia de la ciencia y la medicina, y si los historiadores y los filósofos de la ciencia tenían algo que aprender unos de otros.

Estos debates se desarrollaban con una vehemencia y, en ocasiones, con un veneno que me sorprendieron bastante. Procedente de Harvard, a principios de los setenta, una época de protestas masivas y huelgas estudiantiles por la guerra de Vietnam, estaba acostumbrada a una buena cantidad de gritos sobre política. Pero era política de calle, con marchas, megáfonos y algún que otro encontronazo con la policía. A veces, la política callejera se colaba en las aulas: recuerdo vívidamente una sesión de tutoría en la que el profesor Everett Mendelsohn, que se suponía que nos estaba enseñando sobre vitalismo, describió cómo él y los otros miembros de la delegación de paz cuáquera se habían refugiado bajo una mesa durante el bombardeo de Hanói. Sin embargo, en Harvard en aquellos días había muy poca política abierta en la materia del seminario. La aproximación más cercana a ello que yo había experimentado en Cambridge Junior fue cuando Hilary Putnam, entonces en su fase maoísta, asignó Marxismo y empiriocriticismo de Lenin en su clase de filosofía de la ciencia. En cambio, la política de Cambridge Senior parecía girar en torno a la materia, cada coloquio departamental era un campo de batalla.

Una de las escaramuzas más vociferantes de aquel año tuvo lugar a raíz de una ponencia del filósofo Ian Hacking, entonces profesor en Cambridge y autor del aclamado Logic of Statistical Inference (1965), que ya era un clásico entre los filósofos más inclinados a las matemáticas y los estadísticos de mentalidad más filosófica. Hacking acababa de descubrir a Foucault, y su artículo intentaba hacer una arqueología de la idea misma de evidencia, lo que se convirtió en la idea central de su libro sobre la aparición de la probabilidad (1975). El libro se convirtió en un éxito rotundo e inspiró todo un nuevo campo de estudio; la ponencia sobre el mismo material en el coloquio HPS fue un fracaso total. Fracaso es decir poco. Ambos lados de la mesa se levantaron en cólera contra la mera idea de explorar la idea misma de evidencia. Los filósofos le acusaron de apostasía, por considerar que historizar era destruir: ¿acaso pretendía hacer saltar por los aires el concepto de evidencia? Los historiadores, por su parte, le acusaron de introducir de contrabando el idealismo en lo que debería ser una historia propiamente materialista, nada menos que el idealismo francés, trucado con una elegante jerga importada. Algunos años más tarde llegué a conocer a Ian bastante bien, y nunca le vi falto de una réplica contundente en el tira y afloja de la discusión filosófica, y mucho menos falto de palabras. Pero en aquella ocasión, tuvo que luchar incluso para que le oyeran entre los gritos de indignación. En mi supervisión del día siguiente (con Philip Pettit, según recuerdo), el veredicto fue categórico: «La peor ponencia que he oído nunca».

Martes, 4 de diciembre, 20.30 h, 12 Brunswick Walk: Discutir Goffman.

Como era de esperar, escenas como la que acabamos de describir ensombrecieron en cierto modo el debate y la exploración de ideas novedosas en el coloquio del Departamento HPS (History and Philosophy of Science). Sin embargo, en otros lugares de Cambridge, estas conversaciones se estaban filtrando. Martin Rudwick inició y acogió generosamente un grupo de lectura en su casa del número 12 de Brunswick Walk; un grupo algo más especializado en historia de la biología y la medicina se reunía regularmente en el número 15 de Romsey Terrace. Nuestras discusiones eran tan variopintas y sinuosas como nuestras lecturas: además de Presentación del yo en la vida cotidiana, de Erving Goffman, he anotado en mi diario: «Freud on Leonardo da Vinci», Contrary Imaginations de Liam Hudson, The Scientist’s Role in Society de Joseph Ben-David, Magical Medicine: A Nigerian Case Study, de Una Maclean, y, sí, Naissance du clinique, de Foucault. Aunque ninguno de estos libros aparecía en las listas de lectura de los seminarios de HPS de la época, no había nada ni remotamente subversivo en ninguno de ellos ―excepto quizás, a raíz de la desastrosa ponencia de Hacking en el coloquio, el libro de Foucault―. Sin embargo, recuerdo perfectamente la emocionante sensación de formar parte de un movimiento clandestino, haciendo circular furtivamente textos prohibidos en samizdat (autopublicación).

En retrospectiva, llama la atención cuántas de esas lecturas procedían de la psicología, la sociología y la antropología, y no de la filosofía o la historia. En 1974, la historia y la filosofía de la ciencia habían tenido su momento kuhniano, y aunque los ecos de aquellos debates todavía resonaban en la LSE y en Edimburgo, la acción estaba en otra parte. La curiosidad fluía ahora por los cauces labrados por el psicoanálisis y la etnografía, especialmente los estudios de sistemas de creencias aparentemente irracionales pero coherentes. Dado el serio compromiso de muchos miembros de nuestro grupo con la aplicación de enfoques contextualistas y de inspiración marxista a la historia de la ciencia, resulta sorprendente la ausencia de libros de E. P. Thompson, Eric Hobsbawm, Raymond Williams o, de hecho, de cualquier obra de los pioneros historiadores sociales y culturales de aquella época. Analizando ahora nuestra selección de lecturas, tras varias décadas de integración cada vez más estrecha de la historia de la ciencia dentro de la historia propiamente dicha, esas omisiones siguen siendo desconcertantes, y aún más desconcertantes cuando uno recuerda el papel destacado de historiadores como Herbert Butterfield en el establecimiento de la historia de la ciencia como campo de estudio en Cambridge.

Reflexionando sobre la historiografía de la HPS en Cambridge en un Festschrift de 1973 para Joseph Needham, Bob Young señaló que la historia social y económica también había estado ausente en un seminario de gran alcance celebrado en el King’s College en 1968 «para considerar la relación entre la historia de la ciencia y otras ramas de los estudios históricos»; continuó quejándose de que los principales historiadores marxistas como Thompson «se detuvieran en la puerta del laboratorio científico». Notablemente, Young también terminó su monstruosamente largo ensayo (casi 100 páginas, que todos leímos religiosamente) con un llamamiento a los historiadores radicales de la ciencia para que busquen inspiración en la antropología de Robin Horton y Mary Douglas más que en cualquier rama de la historiaRobert M. Young, «The Historiographic and Ideological Contexts of the Nineteenth-Century Debate on Man’s Place in Nature», en Changing Perspectives in the History of Science: Essays in Honour of Joseph Needham, ed., Mikulás Teich y Robert M. Needham. Mikulás Teich y Robert M. Young (Londres: Heinemann, 1973), 344-438, en 359-360, 421, 433-434..

Resulta revelador que Young pensara que las perspectivas «relativizadoras» de Horton y Douglas sobre las cosmologías occidentales podían combinarse sin problemas con los análisis de Alfred North Whitehead, E. A. Burtt, Gyorgy Lukács y, Dios nos ayude, Herbert Marcuse. Aunque ahora esto suene como una ensalada de pensadores incompatibles, tenían al menos dos cosas en común, ambas reveladoras de lo que se consideraba la vanguardia crítica en la EPS de Cambridge en aquellos días: en primer lugar, todos adoptaban una visión distanciada e incluso ligeramente hostil de lo que llamaban «ciencia moderna», «ciencia occidental» o «racionalidad tecnológica»; y en segundo lugar, sus objetos de análisis eran ideas y creencias, productos de la cabeza más que de la mano. El correctivo a la historia idealista de la ciencia no era una historia materialista, sino una historia intelectual perseguida por otros medios.

Miércoles, 13 de febrero, 16.00 h, encuentro con Ludi en el salón de té UL.

Por muy intelectualistas que fueran nuestros puntos de vista sobre cómo hacer historia y filosofía de la ciencia, todos vivíamos ineludiblemente en el mundo material, y era un mundo oscuro, frío y húmedo, un mundo en el que nunca había suficientes chelines para alimentar la calefacción o agua caliente para el baño. La huelga de mineros de febrero de 1974 hizo bajar la temperatura de los edificios universitarios a hasta el punto de que ya no se notaba diferencia alguna entre estar dentro o fuera. De hecho, el interior de la Biblioteca Universitaria parecía más frío que la temperatura ambiente exterior. Nadie se molestaba en quitarse el abrigo y la bufanda al entrar; llevábamos guantes con los dedos recortados para pasar las páginas de los libros, como oficinistas dickensianos. Para entonces, yo ya había empezado a investigar para mi tesis, y los libros de matemáticas del siglo XIX estaban en el rincón más oscuro y húmedo de las estanterías. A las cuatro de una tarde de febrero ya era de noche y los lectores que habían empezado a trabajar por la mañana corrían el riesgo de congelarse. El salón de té UL llamaba a la puerta, perfumado con el aroma de bollos de queso y humeante con un té caliente tan fuerte que, como dijo uno de mis amigos irlandeses, un ratón podría bailar encima. Era celestial.

¿De qué hablábamos Ludi ―Ludmilla Jordanova― y yo mientras acunábamos aquellas tazas de té entre nuestros dedos helados? Ya no me acuerdo, y mi diario no dice nada al respecto. ¿Quizás de intereses compartidos en la ciencia francesa durante el tumultuoso periodo antes, durante y después de la Revolución, donde los caminos de los protagonistas de nuestras dos disertaciones (Lamarck en el caso de Ludi, Monge y Lazare Carnot en el mío) debieron cruzarse casi a diario? ¿El último alboroto en el coloquio de HPS? ¿Una crítica de la crítica que acabábamos de leer y discutir en uno de nuestros grupos informales de lectura? ¿Cotilleos? Probablemente todo lo anterior, y mucho más, mientras la inexorable segunda ley de la termodinámica enfriaba el té caliente a la temperatura ambiente ártica del UL.

Aunque no puedo recordar los temas de las conversaciones que mantuvimos en el salón de té UL, sí recuerdo su intensidad. No hay duda de que todos charlábamos mucho sobre asuntos banales como el tiempo (malo), el mejor sitio para comer fish and chips (ese agujero en la pared de Mill Road) y los méritos comparativos de los bollos de canela Fitzbillie y los bollos pegajosos (los bollos pegajosos ganaban por goleada). Pero la impresión que perdura es la de una intensidad de megavatios, de palabras pronunciadas con énfasis y convicción sobre cosas que importaban. Y no sólo para nosotros, o para la historia y la filosofía de la ciencia, sino para un proyecto más amplio de emancipación política, transformación filosófica o revelación histórica. A cincuenta años de distancia, todo esto suena ingenuamente engreído, y probablemente lo era. Sin embargo, también era embriagador pensar que uno estaba jugando una partida con mucho en juego, incluso como el más insignificante de los jugadores de poca monta. Si mi único año en Cambridge Senior dejó una huella más indeleble en mi memoria que los cinco años posteriores en Cambridge Junior, esa intensidad fue en parte la razón.

La otra razón, relacionada con la anterior, era la sensación de que había muchas posibilidades. Posibilidad, no oportunidad: el mercado laboral académico de entonces era casi tan sombrío como el de ahora. La posibilidad se manifestaba en forma de libertad para experimentar: con enfoques tomados de la psicología y la antropología, con pensadores como Foucault, Gramsci y Habermas, que apenas estaban llegando a un público anglófono, con todo tipo de conversaciones y grupos de debate que no tenían absolutamente nada que ver con la tesis o incluso la disciplina de cada uno y, más en general, para experimentar con el tiempo: parecía que teníamos mucho. Nunca antes ni después había disfrutado de tanto tiempo para leer y pensar sin ningún plan concreto, un movimiento browniano de la mente que era patéticamente improductivo en cualquier sentido que pudiera registrarse en el currículum y que, sin embargo, ha dado sus frutos en casi todos los proyectos que he emprendido desde entonces. Me llama la atención que entre mis compañeros de aquel año en Cambridge, casi todos han acabado haciendo algo radicalmente distinto de aquello para lo que empezaron los estudios de posgrado, incluso los que se quedaron en el mundo académico. Aprovecharon al máximo esa sensación de posibilidad.

Hace cincuenta años, Cambridge era un lugar lleno de vida, donde se caminaba más deprisa, se hablaba con más entusiasmo y ya había llegado el «Next Big Thing». Esa vivificante impresión nunca se ha desvanecido. Cada vez que he tenido la suerte de volver, la última vez por la generosa invitación del departamento en la cuaresma de 2020, puedo sentir cómo se acelera el ritmo intelectual. Creo que fue uno de los futuristas italianos quien se jactó de ser la «cafeína de Europa»; para mí, el Departamento de HPS de Cambridge sigue siendo la cafeína de nuestra disciplina. ¡Feliz cincuenta cumpleaños!

Lorraine Daston es profesora del Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia, Berlín.

King's College, Cambridge. Imagen de Chris Boland
King's College, Cambridge. Imagen de Chris Boland

Ficha técnica

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Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

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