«Es el hombre que me enseñó a amar las palabras», decía mi amigo, la mirada al infinito, refiriéndose a su adorado jefe en París. «Claro, claro…», asentía yo, pensando: qué cursilada, Dios mío. Ahora, varios años después de tratar al adorado amigo de mi amigo, que era José Antonio Pascual, me encuentro suscribiendo la frase, sin considerarla una cursilada, sino una verdad práctica conmovedora.
Cincuenta años después
- Por Lorraine Daston
Cuando recibí la amable invitación de Hasok para que viniera a ayudar a celebrar…






