El pegujal que cultiva un filólogo en retirada. Una conversación (o entrevista) con José Antonio Pascual

«Es el hombre que me enseñó a amar las palabras», decía mi amigo, la mirada al infinito, refiriéndose a su adorado jefe en París. «Claro, claro…», asentía yo, pensando: qué cursilada, Dios mío. Ahora, varios años después de tratar al adorado amigo de mi amigo, que era José Antonio Pascual, me encuentro suscribiendo la frase, sin considerarla una cursilada, sino una verdad práctica conmovedora.

Inés Fernández Arias: En cualquier caso, aquí nos tiene a todos, ya antes de empezar, buscando en el diccionario qué es eso de pegujal…

Pero antes, permítanme: José Antonio Pascual es miembro, desde 2001, de la Real Academia Española, donde dirigió el Nuevo Diccionario Histórico de la Lengua Española. Colaboró hace mucho tiempo con Joan Coromines en la redacción de su Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, recibió el Premio Nacional de Investigación «Ramón Menéndez Pidal» en el área de humanidades, es doctor honoris causa por las universidades de París XIII, León y la Central de Barcelona. Lo presento como mi filólogo de cabecera cuando quiero impresionar a los oyentes con algunas de sus frases eruditas en un programa que tengo en Radio Clásica de RNE.

Muchas veces he podido contemplar a José Antonio explicar algo sobre las palabras, y las examina tomándolas como con pinzas de felpa, con cariño y delicadeza. Les da la vuelta con la pinza y señala, con una suavidad comprensiva: «Fíjate por aquí… pero, sin embargo, por este lado…». No dice: «En realidad esto está mal» sino «esto ha cambiado o cambió…». Él nunca descalifica las palabras. Tienen su razón de ser, y lo que nosotros tomamos por errores, él quizá lo llame evolución. En cualquier caso, las considera desde una manera muy amorosa.

José Antonio Pascual: Me lo ha dicho con menos excesos ponderativos, un buen amigo, al presentarme como el «policía bueno» de las palabras. Pero no tanto por ocuparme de ellas, sino por atender al hablante condenado, convicto de una incorrección. Lo oportuno en estos casos no es anonadarlo por el error de lesa ignorancia gramatical que se le imputa, sino tratar de que aprenda la razón de esta, para que no cometa más veces el error. No es menos importante tratar de llevarlo de ese modo a atender con más cuidado a lo que se dice. Creo que es una de las formas de salir de esa situación absurda en que el desconocimiento de las reglas no exime de saber aplicarlas.

Más que amor a las palabras es la convicción de quien ha sido profesor, de que humillar a quien desconoce unas reglas no es la mejor forma para que se avenga a respetarlas; por el contrario, este tipo de críticas conduce al desinterés del reconvenido, que puede llevarlo a encontrar refugio en el silencio. Actuar así sería como si un entrenador partiera de la idea de que «la letra con sangre entra», en vez de llevar al deportista, poco a poco, a mejorar su preparación. A menos que de lo que se trate sea de disfrutar ejerciendo el poder que nos dan nuestros conocimientos. La intransigencia con un hablante que se equivoca con el buen uso (sintagma más fácil de pronunciar que de explicar) para lo que sirve es para ejercer lisa y llanamente el poder: con el pretexto de buscar la conversión a la norma del cazado en un error.

IFA: En muchos aspectos de la vida consideramos que lo natural es lo bueno. ¿Hay acaso un lenguaje natural?

JAP: Parte ese tipo de ideas de la convicción de que el uso propio es el natural. Me he encontrado hace más de cincuenta años participando en una encuesta en Zamora, en una situación en que una nieta corregía a su abuela, al referirse esta a que algo era un disbarate. «Disparate, abuela» —le reconvenía la niña, avergonzada—, pues no podía suponer que el uso rural de aquella viejecilla era el tradicional de Teresa de Jesús o de Luis de León. El uso urbano, que es en el que se suele fijar la norma, comete precisamente disparates como este; si bien el paso del tiempo lo ha blanqueado para su empleo.

Por esto hemos de acostumbrarnos los filólogos a que, aunque podamos explicar la razón de un uso, eso no llega a los millones de hablantes de nuestra lengua y que, por lo tanto, no hemos de preocuparnos si nuestras explicaciones caen en saco roto. He ido viendo a lo largo de mi vida que hay personas cultas que cambian espurio por espúreo, al dejarse llevar por un sufijo culto en -eo, abandonando la que creen que es su pronunciación vulgar en -io, como es el caso de idóneo, que se considera vulgar si el hablante lo transforma en idonio;pero esas personas no se dan cuenta de que idóneo procede del latín idoneus, mientras que espurio lo hace de spurius. Es una forma de huir de transformaciones como la de sulfúreo o purpúreo en sulfurio y purpurio: es lo que se conoce como una ultracorrección, es decir un vulgarismo por exceso de celo en arreglar la lengua contando equivocadamente con los cánones cultos. Y, guste o no al filólogo, es de prever que no se le haga caso cuando recurre al origen para explicar la razón de lo que aparenta ser un desorden (aunque lo sea con la mirada puesta en el presente). Terminará por ocurrir que espurio se convierta en espúreo y geranio en geraneo. Porque cumple resignarnos a asistir como testigos de lo que ocurre.

Es imprevisible lo que ocurrirá cuando hay dos vías de entrada de una palabra en el diccionario, como acontece con lúdicro y lúdico. La primera tomada del latín, la segunda del francés. Con ellas nos estuvimos dando la lata varios amigos sobre si las dos merecían estar en el diccionario. Finalmente entraron y, frente a los más puristas, el que ha venido para quedarse ha sido lúdico. Claro que hubiera podido ocurrir locontrario.

IFA: Dejando de lado este desvío que has tomado del camino, ello nos lleva a que el policía bueno se conforme aquí, como en la posverdad, con que el que tiene razón es el que ha triunfado. Y el que ha triunfado es el uso urbano. Y entonces disbarate está mal y disparate está bien. O sea, lo que está mal se ha convertido en lo normal.

JAP: Sí, pero no tiene nada que ver con la posverdad. Pues esta se refiere a una situación en la que distorsionamos a nuestro antojo la realidad, con la intención de manipular la idea que los demás se hacen de esta, mientras que cambios de este tipo son lo que se conoce como errores que se convierten en norma, porque se generalizan en determinados grupos sociales. Casos como estos se deben, en efecto, a un error que ha cometido alguien, pero este se extiende de la misma forma como actúa la moda. Dejemos, pues, en paz a las palabras, que son simplemente instrumentos para poder comunicarnos, pero que carecen de alma. Mientras van rodando y rodando, evolucionan con los roces que les da el uso. Aunque no todo son errores: quien encuentre en el diccionario académico la palabra conllevancia lo normal es que no caiga en la cuenta de que la puso en marcha Ortega, y no por una equivocación, sino para hacer una distinción con el significado de convivencia; y si alguna vez entrara en el diccionario amigante, para acoger un amigode muy dudosa moral, lo puso en marcha Emilio Lledó refiriéndose a aquellos amigos que barren para lo suyo.

IFA: ¿No ves en esto bastantes contradicciones? Porque el hablante no va a poder saberlo todo.

JAP: No, para el hablante son estas contradicciones asumibles. Él tantea las distintas posibilidades por las que puede optar y lo hace con el mismo cuidado que algunos ponen para combinar el color de la corbata con el de la chaqueta que portan, hasta que al fin dan con la que les parece la elección más conveniente. El cerebro de los humanos nos permite adherirnos a una moda determinada: ¿a la culta, a la coloquial, a la tabernaria…? Y somos capaces de aplicar reglas y contrarreglas que subyacen en las capas profundas de las lenguas. Siendo estas sistemas muy equilibrados, se enfrentan con contradicciones como la que supone decir canté y no andé, sino anduve. Esta segunda forma es una excepción a la que puede tomarse como regla general (lo que llevaría a un hablante que buscara el mayor equilibrio en el uso a hacer coincidir ambos casos en la terminación), excepción debida a razones históricas que conocemos los filólogos. Lo normal es que los hablantes, casi desde los comienzos del aprendizaje de la lengua, cambien, por ejemplo, saliré o deciré en saldré y diré, rompiendo con lo que al principio tomaban como reglas formativas, pues han aprendido esa nueva posibilidad del uso de sus mayores. El hablante se maneja bien con contradicciones que ejemplificaré recurriendo al léxico del ferrocarril, en el que una parte de las voces relacionadas con élnos viene de carril, con que se designó el camino por el que se movían los trenes: ese ferrocarril alternó en sus comienzos con un hermano gemelo de contenido, camino de hierro y tiene hoy a su lado des-carrilar. Por otro lado, vía fue también otro camino de entrada con que se designó el que recorrían los trenes, que en este caso se relaciona con ferroviario (tomado del italiano), mientras que en México se sirven de una palabra de la otra rama, ferrocarrilero. Si a todo esto añades que se les une un tercer camino, el del anglicismo raíl (por dejar de lado riel, que se emplea en América), me aceptarás que no se cumplen a rajatabla esas regularidades que añoramos los hablantes, sobre todo en el léxico. Pero no es esto lo que me interesa destacar, sino el hecho de que no nos crean ningún problema estos casos de falta de economía de las lenguas. Y no por casualidad, pues el cerebro humano cuenta con espacio suficiente para ordenar y desordenar el equilibrio en que gravitan las lenguas, debido, por un lado, a la mezcla del pasado con el presente. Y, por otro, a que los hablantes son capaces de dejarse llevar por la lengua, que, como el agua, sigue su propio camino y admite solo hasta cierto punto que se la doblegue con sus ideas.

Los hablantes eligen por su cuenta los usos para expresarse, amparándose en que disponen, de un modo inconsciente, de una regla que subyace en la lengua: una regla, por la que de un verbo como cantar se puede derivar cantable y de pensar, pensable (hay casos en que ese verbo del que se deriva está en otra lengua, como ocurre con manuable, cuya base de derivación está en el francés manier, que da origen a maniable, de donde procede este manuable a que me he referido). Pero algunas personas, en otro momento, pueden no ser conscientes de la restricción de que el sufijo-blese aplique a un verboy, con ello abren la puerta apalabras comoministrable, alcaldable, rectorable y van, incluso, más lejos adoptando el orteguianismo bolsillable para ‘libro de bolsillo’. Podrá decir alguno de los osados que haya seguido nuestra conversación hasta aquí que se disponía de antiguo del término enquiridión, aunque admíteme que sería difícil contar con esa voz, conocida por pocos, para designar esa realidad del libro de bolsillo.

IFA: Y de verdad, ¿no hay ninguna solución para frenar esos desequilibrios a los que te estás refiriendo?

JAP: Podríamos escapar al desequilibrio que se debe al cambio connatural con las lenguas si los hablantes se comportaran como la máquina que nos asegura, siempre de la misma forma, que ahí tenemos nuestra bebida o que el ascensor ha llegado a la cuarta planta, pues la máquina seguirá repitiendo el mismo mensaje hasta que se estropée. Es esa tozuda insistencia la que origina que al oír repetidamente el mismo mensaje dicho de la misma manera —su-bebida-gra-cias— sintamos aburrimiento. Y no digamos nada de esos dañinos artefactos que las empresas públicas y privadas interponen con nosotros, convirtiéndonos de ciudadanos en clientes, pues parecen diseñados estos artefactos para que desistamos de comunicarnos. 

IFA: El tono sacerdotal más propio de un moralista social que acabas de emplear te presenta como un filólogo que pudiera tomarse como sacerdote de las palabras, pero si no os pronunciáis sobre si «eso está bien» o «eso está mal»; ¿cómo vais a orientar a vuestras ovejas filológicas si nos dejáis tantas veces en la incertidumbre y en la duda?

JAP: Es que no somos sacerdotes. Aunque, bueno, me parece bien jugar a convertir al filólogo en un policía bueno y, por el mismo procedimiento, presentarlo como sacerdote. Pero las cosas son más complejas de lo que supondría subir al filólogo al púlpito de los media. Por cierto, creo que se rechaza media en el diccionario; pero sirve de ejemplo de que depende de cuál de las posibles normas intentamos elegir en esta opción: esos mediasupondrán, para muchos, verse empujados por el viento de la modernidad. Pero dejando de lado el inciso, haríamos mal subirnos a ese púlpito, pues ni este ni las redes habrían de orientar al hablante, sino la escuela. 

Con todo, su tarea, por limitada que sea, es difícil, pues, como dices, para dar seguridad al hablante tendríamos que partir de lo que está bien y lo que está mal. A lo que añadiré que contar también con el humor del orientador. Lo ejemplificaré con el juicio de un escritor, que es santo de mi devoción, Julian Barnes, del que acabo de leer un libro titulado, no por casualidad, Mis cambios de opinión1, en que confiesa que entró a trabajar en el Oxford English Dictionary como un irreflexivo y normativista conservador, y salió de él como un descriptivista liberal. Pues podríamos comportarnos, tanto con la cautela del historiador del léxico, como con el cansancio del lexicógrafo cascarrabias. En el caso del filólogo, lo que importa es que, al asomarse a un lenguaje oceánico, afectado por las mareas, entienda algo de una lengua que se mueve a bandazos, pero sobre la que puede actuar muy poco. Claro que hay personas de empuje que creen poder llegar donde no llegamos los filólogos, quizá porque su fuerza procede de una filaucía mal llevada.

IFA: Me sorprende lo que dices de que la lengua se mueve a bandazos basándote en la comparación tan acertada que hace Julian Barnes con las mareas… Se me ocurre dar una vuelta más a la tuerca, planteándote si en realidad no sois los filólogos algo así como unos psiquiatras de la lengua.

JAP: Pues ahora que lo planteas, quizá seamos una especie de psiquiatras, pero, una vez más, de los hablantes. Alguien se levanta enfadado, molesto por el chaparrón que está cayendo o por el excesivo calor que nos agobia en un verano salmantino (que tanto da), fastidiado por la actuación de algunos políticos, machacado por la discusión que acaba de tener con su pareja, harto de la larga lista de espera en el hospital para una consulta urgente y peleado con su seguro de hogar, con el que no logra conectar… Al salir a la calle se da de bruces con un amigo, que soy yo, y le espeta, como consecuencia de su malestar por todo: «Es que cada vez habla la gente peor». La verdad es que estoy acostumbrado a que para iniciar una conversación anodina —de mero contacto— el recurso de dar un capón a quien se equivoca hablando sea tan socorrido como referirse al tiempo. Sonrío a sabiendas de que ese amigo que acaba de entrar en escena me mostrará después su preocupación porque la Academia no haga nada para evitar esta decadencia que sufre el idioma. Entenderás que ese mi amigo me diera hace unos años la enhorabuena cuando publiqué el libro No es lo mismo ostentóreo que ostentoso2, en el que, a pesar de que yo había puesto todo el cuidado con no meterme con nadie, me felicitó diciéndome: «¡Muy bien! Lo que hay que hacer es eso, zurrar a la gente para que aprenda». Es decir, enseñar deleitando.

Llegados aquí he de añadir algo que los filólogos debemos poner por delante: que todos nos equivocamos: Zorrilla, por ejemplo, haciendo pisar el dintel a doña Inés, al confundirlo con el umbral; confusión que compartió con el mejor filólogo hispánico del siglo XIX, don Rufino José Cuervo: todo porque se pensó, erróneamente, que ese umbral tenía que ver con la viga que corona el marco de la puerta, donde daría la sombra; de ese modo era normal que el término opuesto fuera el dintel (confusión que llevó a Cuervo por la calle de la amargura). No responde mi actitud al buenismo, sino a recordar tanto como me he equivocado yo, que estudiando en la Universidad decía arterisco en lugar de asterisco, enjuagar una deuda, en lugar de enjugarla y hasta tiempos muy recientes he tildado a ti. En lo que me han acompañado miles y miles de españoles que a lo largo de la historia han logrado que nos parezca normal que antuzano, que era el espacio que estaba ante la puerta de una iglesia, se convirtiera en altozano, que ahora se refiere a una moderada altura que percibimos en un terreno. Convengamos en que el significado actual de la voz es una construcción que nos hemos ido haciendo a lo largo de la historia, no un producto de la naturaleza.

IFA: Pero en una lengua tan extendida, ¿no hay manera de que esa norma sea común a todos los hablantes?

JAP: Incluso en una lengua poco extendida. En efecto, no hay una norma en esa entelequia que es una lengua, sino distintas normas que funcionan en distintos lugares, en distintos grupos sociales y en los distintos estilos posibles. Nos ha costado a los españoles aceptar el voseo y el seseo americanos, pero hoy lo normal es no poner trabas a estas diferencias que se mantienen en amplios territorios. Lo mismo ocurre con el yeísmo (de forma que la pronunciación mía de la ll veo que resulta, a algunos, viejuna). Un mexicano sufrirá si me oye decir yo le vi o voy a por la maleta, hechos que a muchos de mis conmilitones salmantinos en asunto de norma les suenan bien, mientras se rebrincan cuando oyen decir a un mexicano escuchar por oír o a un catalán hubieron muchas personas aquí (en que trasponen un uso del catalán) o ves allí‘ve allí’ (a causa del catalán ves ‘ve’, ves-ten ‘vete’). Si bien algunos salmantinos ―no muchos― llegan a entender que son opciones aceptables, por más que no las hagan suyas. Desempeña en esto un papel importante el número de hablantes cuyo uso desentona de los nuestros. 

Y no solo hay una variedad de normas, sino una gradación en lo que se refiere a su importancia. Tomando como orientación la escala que va de la dureza a la blandura, una cosa es no distinguir en la escritura a ver de haber o escribir lesión en vez de lección, y otra muy distinta, muchísimo más blanda, quetienelugar dentro de las normas sociales. Estas normas blandas son fuente de disputas, a veces virulentas: conozco gente que aborrece que alguien se refiera al mandil que nos colocamos al cocinar, en lugar de al delantal o a quien dice ponerse la correa, en lugar del cinturón, o se refiere a un restorán, en lugar de restaurante o a una nevera en lugar de frigorífico. Y no digamos, si utiliza apártame un poco más de ensalada. Hay razones históricas que explican estas discrepancias que algunos pretenden resolver basándose en su propio uso; solo me referiré al último caso, que no es desconocido para muchos salmantinos, sobre todo si no han perdido el contacto con el campo, empleado para lo que ahora se expresa por medio de servir(se) la comida. Y es que apartar era el verbo normal en una situación en que todos comían del mismo plato y debían conformarse con separar la porción que les correspondía; se entiende que en el uso urbano de las familias que tenían servicio, fueran los sirvientes los que servían, y que de ahí se extendiera el verbo a los casos en que uno se sirve a sí mismo esa suculenta ensalada.

La Academia no somete a norma este tipo de usos; y no porque no quiera, sino sencillamente porque no debe y ha de conformarse con describirlos. Es imprescindible tener todo esto en cuenta para entender la dificultad de contar con una norma común para todos los hablantes. Lo que explica que el filólogo renuncie a la ley del blanco y negro para orientar sobre la manera de hablar. ¿Es que un salmantino lígrimo como yo va a estar de acuerdo con dejar de decir voy a por agua y hasta a abandonar ese lígrimo que casi nadie me va a entender? De tapadillo te digo que significa ‘legítimo’. Antes se me olvidó decirte, también de tapadillo, que filaucía significa ‘amor propio’.

No olvidemos, en fin, que donde logramos acercarnos a una manera menos diferenciada en lo normativo es en el modo formal con que nos expresamos: en la literatura (con todas las desviaciones posibles del lenguaje literario, con las que los escritores practican su libertad), en la prosa científica, en el lenguaje jurídico…

IFA: Eso supone que los cambios en la lengua están provocados por la aceptación del error.

JAP: Si te parece dejamos eso para más adelante. Sigamos ahora con el filólogo psiquiatra, del que nos vamos separando, para añadir que está claro que el filólogo atiende de un modo preferente a las palabras, como no podía ser de otra forma. Y mejor que mejor si lo hace con amor; aunque el amor, que puede ser el motor para apasionarse con el trabajo, no sirve por sí solo. Siempre me han hecho mucha gracia declaraciones de este tipo, que no suelen acompañarse de las obras; sin sentir ese amor por el español, Joan Coromines escribió la obra más importante de que disponemos en la actualidad para entender los orígenes de nuestras palabras. El amor no basta a los filólogos para entender su lengua, si no tienen la curiosidad y la formación para trabajar sobre ella.

IFA: Totalmente de acuerdo. Están de moda esas comidas prefabricadas, hechas con amor. Y a mucha gente le parece una razón sine qua non, y suficiente.

JAP: Sí, me has entendido muy bien. Lo que trato es de insistir en que obras son amores. Y que en esto de la filología, como en el de la vida, las declaraciones de amor por sí solas merecen poco respeto, si no se apoyan en los hechos. Yo entre un buen cirujano y un cirujano que me aprecie mucho, preferiré al primero para que me opere, a menos que el segundo mantenga las dos condiciones. Si el amor a la literatura no conduce por sí solo a construir una buena novela, el amor a la propia lengua ha conducido a lo largo de la historia —incluso en la actualidad— a decir no pocos disparates sobre sus orígenes.

Pero voy a decirte algo que, en cierto modo, podría tomarse por lo contrario de lo anterior —no te inquietes— en cuanto que el amor a las lenguas ha sido el impulso que ha servido para su estudio científico. Pues surge este en el cultivo de lo que se ha llamado una filología connotada, es decir una filología de quien siente un profundo amor por su lengua y por ello la estudia sin reparar en esfuerzos. Mis maestros, Joan Coromines, Luis Michelena o José Luis Pensado amaban al catalán, euskera y gallego, respectivamente, lo que los llevó a acercarse a ellos de una forma que en gran medida abrió el camino a su estudio científico. Pero para lograrlo tuvieron que añadir al amor la fuerza del estudio, y no en las dosis homeopáticas con que se conformaría un diletante. 

En el fondo esa filología connotada es la continuación —pero ahora con un método científico— de aquel trabajo gramatical renacentista, que te ejemplificaré con el francés Jacques Dubois (Sylvius), en cuya Introduction a la grammaire française propone la restauración de la antigua lingua gallica, por medio de la búsqueda de las formas originales del francés, antes de que se corrompiera en distintos dialectos. Era la forma de reestablecer la lengua a su pureza antigua. Para ello proponía reformar supronunciación acercándola a la de su origen; regularizar los paradigmas irregulares aplicando la gramática a las anomalías morfológicas y a las irregularidades del sistema. La corrección del lenguaje corre paralela a la Reforma, que buscaba recuperar la iglesia originaria, auténtica, dominando los vicios de la naturaleza humana. Esa misma búsqueda de la pureza de la lengua la tuvo el nacionalismo del siglo XIX, en que se empezaron a construir los diccionarios históricos: se pretendía encontrar en ellos el sentido primigenio de las palabras, para limpiar a las lenguas de esa ganga foránea que, en su progresiva decadencia, se les había ido adhiriendo. Ese trabajo dio lugar a un método científico que permitió explicar los asuntos referidos a los idiomas dejando de lado las opiniones o deseos de las personas. Había nacido una disciplina científica.

IFA: No va, pues, en serio esto de la decadencia.

JAP: Obviamente no. Se habló de la vida de las lenguas y se tomó su evolución como la de los seres vivos. Lo malo de las metáforas es cuando los rasgos del término de que parten se vuelcan enteramente en el nuevo, como en este caso supone ver sometidas a las lenguas a una decadencia como la que acaece en nuestras vidas. No creo que se pueda ver caminar al español hacia su decadencia tomando en consideración esos jalones históricos que van de Gonzalo de Berceo a Antonio Gamoneda pasando por los escritores del Siglo de Oro (período en que se ha pensado que el español alcanzó su más alto nivel). Por eso los filólogos nos referimos al cambio, no al empobrecimiento de una lengua. Otra cosa es que, si esta se diferencia mucho, una lengua, a lo largo del tiempo, termine finalmente convirtiéndose en otra o en otras, que no son peores que la antigua: es lo que ocurrió con el latín y el castellano o catalán o francés o italiano, que no viven acomplejados si se los compara con sus antecedentes latinos.

Algo tiene todo esto que ver con la pirula que nos hace el paso de los años, que nos lleva a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. ¿Tú crees que se puede comparar cómo hablamos con cómo lo hacía Cervantes? Evidentemente no, pues es difícil saber cómo hablaba, de modo que para que la comparación no resultara odiosa, tendríamos que comparar su escritura con la deun buen escritor actual. Está por ver que hablemos peor que nuestros antepasados. ¿Todos nosotros? ¿Todos nuestros ancestros?

IFA: Si no decaen, entonces, ¿las lenguas se perfeccionan? Es como decías lo que se ha pensado de nuestra lengua en el Siglo de Oro.

JAP: Hemos de matizar. Todas las lenguas cuentan con los mismos mecanismos internos que las hacen iguales, de forma que hablando cualquiera de ellas se puede obtener el premio Nobel de física o de literatura. Pero unas están más preparadas que otras para mejorar, en el sentido de facilitar su utilización en más campos que en el meramente coloquial. ¿Te sorprende que hoy se puedan formar físicos que publiquen artículos en euskera? A mí no; y si piensas que eso no era posible hace un siglo, puedes deducir que se ha dado un cambio en el euskera: la creación de un léxico científico con que no contaba, como había acaecido antes con la nuestra, ya desprendida del latín y en contacto con otras hermanas suyas (estoy hablando del léxico, que es la piel de la lengua, frente a la sintaxis o la morfología que forman parte de los órganos más importantes de su cuerpo). Este pequeño cambio sirve para alterar el rumbo de un idioma en eso a lo que hemos llamado perfección. Claro que para conseguirlo ayuda la existencia de la literatura: resulta muy cómodo para el español contar con tantos modelos literarios, para partir de ellos (o incluso para romper con ellos). Pero siendo esto importante ello no impide que en una lengua que cuenta con una literatura menos potente se hayan conseguido obras como las de Bernardo Atxaga o Ramon Saizarbitoria, que nada tienen que envidiar a las nuestras.

IFA: Parece que estás empeñado en salirte de la carretera llevándome a un lugar al que no nos dirigíamos, desviándonos a menudo de aquello del amor del filólogo a la lengua, del que partíamos.

JAP: Volvamos, tras la parada y fonda que hemos hecho en eso de la filología connotada, después de que te dijera que contribuyó a que surgiera una filología que tiene la condición de ciencia, como la geología, por ejemplo. Pero habiendo insistido en que para el trabajo del filólogo no basta con las declaraciones de amor, lo normal es que este experimente un amor muy profundo a la lengua sobre la que trabaja y que lo demuestre, según me decías al principio con la metáfora de acariciarla, a la manera como hace —¡no sé cómo me atrevo a meterme en un terreno tan tuyo!— el pianista Christian Zacharias que da la impresión de acariciar las teclas del piano en sus interpretaciones de Schubert.

Piensa que hemos salido ya de la época heroica en que unos pioneros crearon lo que se conoce como lingüística histórica, que nos permite a los filólogos trabajar sin heroísmo, solo por el placer de conocer mejor las lenguas. Una situación a la que me he referido por vía metonímica. Aquí sí podríamos hablar de psiquiatras de las lenguas, no de sus hablantes. Lo que ejemplificaré por medio de la voz peculiar, que se refiere a lo que es privativo de la persona. Se trata de la evolución del latín peculiaris (en cuyo origen, que es muy interesante, no voy a entrar ahora) conformándome con que se refería a aquello tan propio de una persona que, incluso en el caso de un esclavo, era algo que no se le podía quitar. Ello explica el significado de peculiar en español. Por otro camino nos ha llegado pegujal, ese pequeño terreno residual, de poca importancia, cuyo dueño lo cede al guarda para que lo cultive. Tú que eres urbanita es muy posible que no lo conozcas.

IFA: No, no lo conocía; pero me orienta para saber que en el origen de las palabras podemos encontrar alguna pista para entender su significado actual.

JAP: Por ello, muchos filósofos se sirven de la etimología como argumento, como ocurre con Unamuno o con Ortega, para quien el hombre es un animal etimológico. Por no pensar en Heidegger, que no tuvo el menor reparo en dotar a la palabra que le interesaba el significado in nuce que le convenía. No sé si habrás asistido a una discusión que alguien trata de ganar absurdamente con el argumento etimológico: yo recuerdo una en que la pega que se le ponía a matrimonio homosexual era el de la etimología: ¡que procedía del latín mater ‘madre’! ¿Ha creado eso algún problema para que se haya instalado la voz en español?

Tratar de remontarnos al origen de una voz no supone que en todos los casos demos con susignificado nuclear. Mi padre me corrigió para que empleara estallar en lugar de explotar. Era no solo su uso, sino que además creía que, mientras estallar tenía una explicación razonable, explotar,en este sentido,se trataba de un engendro, debido a que se pensó erróneamente que el galicismo explosión estaba relacionado con explotar ‘sacar provecho de algo, normalmente de una forma abusiva’. Se hizo una cruzada contra ese nuevo explotar, que, tras haberlo psicoanalizado los filólogos, demostraron que se trataba de un error, pues explosión no tiene nada que ver con explotar, a pesar de las apariencias. Son muchos los errores de este tipo que se han colado en la lengua, sin que haya habido, no ya psicoanálisis, sino ni siquiera cirugía, como pretil, que debería ser petril o móvil (teléfono), que debería ser móbil como ocurre con mobiliario). Esos errores quedan en la lengua, a pesar de que su origen fornecino los desprestigie; y no solo eso, pues si yo me atreviera a emplear petril, o aquel disbarate a que me he referido antes o tobaja por toalla, se burlarían por mi mal español, como quizá alguien se burle de ese fornecino que acabo de emplear. En otros casos, la cirugía reconstructiva sí ha dado resultados por el momento, como ocurre con espurio, geranio o proboscidio, que siguen en sus trece sin ser sustituidos por las formas erróneas terminadas en -eo, que parecería que le podrían dar el marchamo de lo culto.

Pero más que amantes, policías buenos, sacerdotes, psiquiatras, cirujanos de las palabras, lo que nos corresponde a los filólogos es, sobre todo, ser testigos de los complicados pasos que ha dado una lengua en su evolución, con unas herramientas que nos permiten movernos por algunos de los recovecos por los que han tenido que caminar las palabras durante siglos. Es parte de lo que cumple hacer en esta profesión. Me sorprende, pues, que haya gente que piense que la Academia es una oficina, a la que, en lugar de dar fe de lo que va apareciendo a diario en nuestra lengua, le correspondiera darles papeles a las palabras. Son los hablantes los que se los conceden.  

IFA: Bueno, creo que ya no se necesita buscar más títulos para caracterizar a un filólogo.

JAP: Se me ocurre uno, para terminar; te aseguro que será el último: hay ocasiones en que hemos querido practicar con las palabras lo que los patólogos forenses hacen en las películas de buenos y malos. Pero, como ellos, hemos de tomar las cosas en serio, siguiendo —según se dice ahora— un protocolo. De otro modo podríamos estar trinchando palabras, a la manera como un morfólogo, el prof. Serrano Dolader, loha comparado con el troceamiento a que se somete un solomillo: sería el caso de explicar mesilla como una composición de mesa y silla, cuando se trata de una mesa a la que se le implanta un sufijo diminutivo -illo, -a. Casos como estos son sencillos; existen otros para los que se requiere de un instrumental más refinado, como ocurre con aberrante. Lo que pide el cuerpo es partir del latín aberrare, como hace el diccionario académico; pero, atendiendo a la cronología, resulta que lo primero que aparece es aberración, untecnicismo de la física tomado del inglés, en referencia a la ‘desviación aparente de los astros en su órbita’; de ahí pasa a la lengua común a significar —simplifico— ‘error del entendimiento’, ‘depravación’. En este caso, frente a lo que es normal, se ha dado marcha atrás en la formación de una palabra partiendo de aberración para explicar aberrar; para ello el cirujano ha de conducir el bisturí por un camino que no es el usual, que hubiera debido ser derivar aberración del verbo aberrar, pues los sustantivos en -ción proceden de un verbo y no al revés. En otros casos el cirujano no tiene que luchar con la morfología, sino con la fonética: me he referido antes a la idea intuitiva de que se ha tomado a veces umbral como parte superior del marco de la puerta, porque se relacionaba con el latín umbra ‘sombra’; pero es una falsa relación, pues procede del latín liminaris, que evoluciona a limnar, de donde llega a *limbrar y luego (contaminado por lumbre) se convierte en lumbral, para terminar dando umbral.

IFA: Es el momento, me parece, de cambiar de tercio y pasar a un aspecto de tu bibliografía que me ha sorprendido. ¿Cómo un castellano dedica más atención al aragonés y el catalán que al castellano y al leonés, cuyas huellas se mantienen aún en su tierra?

JAP: Sí, soy un leonés de una ciudad castellanizada hace muchos siglos, por más que queden huellas —no pocas— del antiguo dialecto, y he llegado al catalán y al aragonés por la curiosidad: simplemente porque el texto que estudié en mi tesis doctoral, sin que yo me lo hubiera supuesto al empezarla, presentaba aragonesismos y catalanismos. Me he movido por estos terrenos por pura curiosidad, por pura necesidad, para no dejar fuera de mi lengua algunos hechos con los que hay que contar para entenderla mejor. Es la misma dirección que sigue cualquier científico que ha de transitar por caminos, o por trochas, que nunca había pensado recorrer. Claro que amo mucho a mi lengua y a aquellas a las que me he tenido que dedicar para conocer mejor la mía; pues resulta imprescindible mirar más allá de lo que tenemos delante para entender lo propio. No creo, a diferencia de lo que han pensado algunos filólogos, que para poder entender a San Juan de la Cruz o a Cervantes haya que ser español: lo que es necesario es estar bien preparado para esa tarea. Lo mismo que ocurre con la poesía negra, con la literatura de las mujeres o con la de los gays: su comprensión y disfrute no es monopolio de quienes pertenecen a estos grupos sociales.

Y el hecho es que, modestamente, pues no soy un filólogo plusmarquista, he logrado entender que en sus orígenes el castellano no fue una lengua revolucionaria que caminara con sola su fuerza por la historia, sino que lo hizo en compañía de otros dialectos (he estado tentado a decir: en conserva con otros dialectos, que lo dejo así, pues ahora el diccionario se puede consultar en el telefonino). Es, pues, en sus comienzos una aventura compartida la que emprendieron nuestras lenguas, que no se termina en la Edad Media. El hecho es que todavía en el siglo XV no se puede dejar de lado la atracción que las lenguas de la Corona de Aragón ejercieron sobre el castellano, solo con prestar atenciónalos préstamos que el marqués de Santillana y su escuela tomaron de ellas.

IFA: Lo entiendo: veo que te enorgulleces de ser un filólogo, atendiendo a las palabras, a la cultura que late en torno a ellas y a los textos que las contienen. ¿En qué te diferencias de un lingüista?

JAP: No coincide plenamente en la actualidad (a diferencia de lo que acontecía en el pasado) el mundo de los lingüistas y el de los filólogos, aunque a veces se solapen sus tareas; lo que me parece muy positivo, pues no viene nada mal compartir algunos conocimientos que nos sirven a todos. Los lingüistas se asemejan a quienes en el ámbito de la medicina van descubriendo los mecanismos que dan lugar a las enfermedades (lo que los lleva a tener puesto un pie —o los dos— en la biología, en la química y hasta en la informática), con lo que logran hacer avanzar la práctica médica. Nosotros somos como esos médicos de familia, que parten de lo que se sabe para atender a los pacientes basándose en la comparación entre los síntomas. Aunque, estoy haciendo una generalización, que exigiría matizar más las cosas, pues vuelve a haber filólogos que manejan extraordinariamente bien el instrumental de los lingüistas y viceversa. Hay filólogos de muchos tipos: yo me muevo preferentemente por esa que he llamado la piel de la lengua, es decir el terreno de las palabras.

IFA: Por lo que acabas de decir, ¿no te gustaría escorarte más a lo lingüístico?

JAP: Pues a estas alturas de la vida, no. Lo bueno de ser filólogo es que cuando te haces mayor trabajas mejor que de joven (más despacio también), pues te manejas con más facilidad por los datos que has ido reteniendo a lo largo de tu vida. De mayor, el lingüista tiene un problema, que se asemeja algo al que puede afectar al matemático, al que con la edad se le va haciendo más difícil subir la cuesta deductiva de sus generalizaciones. Esto te puede dar la idea de que, llevándonos bien filólogos y lingüistas, nos distanciemos bastante en nuestro trabajo, de forma que a mí me ha bastado con moverme (ahora ya casi no bastaría) con los utensilios de una fonética articulatoria, intuitiva, así como con una morfología clásica, para comprender algunos cambios que han experimentado las palabras.

IFA: Pero el hecho de que os llevéis bien filólogos y lingüistas lo demuestra que se os haya acusado a ambos de conchabaros en la Academia contra los escritores, de forma que, por lo visto, se han formado allí dos bloques irreconciliables.

JAP: En absoluto. Mira por dónde, veo que ha prendido un bulo que no tiene el menor fundamento, pues filólogos y lingüistas hacemos nuestro trabajo sin molestar a nadie ni ser molestados por los escritores. Pero me aceptarás que, si alguien preguntara en un Pleno académico que cómo hay que pronunciar México,creo que nos toca explicar a los filólogos algo que hemos de conocer bien: que cuando la Real Academia Española, en 1815, estableció el cambio de la grafía x a j en los casos en que esa x sonaba igual que la j, y esa misma pronunciación es la de México o Oaxaca, los mexicanos terminaron por mantener la x. ¿No te parece que este tipo de excepciones se justifican como se justificaría que mantuviéramos nosotros la ñ para España? Se me concederá también que no estamos en las peores condiciones para opinar sobre si un diccionario de uso debe recoger solo el léxico de los grandes escritores, tomando el término autoridades en el sentido de la ‘evacuación’ (es el término que usan los autores del Diccionario de autoridades) que se hizo de los ejemplos de aquellos textos con que se confeccionó el diccionario’ [acepción 6.ª de autoridad] o se emplea en lexicografía en referencia al ‘poder que emanaría de esos grandes escritores’ [acepciones 1 y 3 de autoridad]. Creo que tendríamos algunas ventajas en discusiones de ese tipo, sin que ello nos pudiera convertir en talibanes por defender unas ideas que se basan en el conocimiento y no en la opinión. Aunque la cosa no debe ser tan clara, ahora que recuerdo unas declaraciones de unos pocos creadores, individuos de la Academia, que piensan que algunos escritores han de tener una situación de privilegio en la confección de un diccionario, pues contribuyen a conservar la lengua, ya que la trabajan y la proyectan así hacia el futuro (signifique todo esto lo que signifique); que yo sepa, los juristas, los biólogos, los historiadores, los filólogos y, por supuesto, el pueblo llano trabaja la lengua. Basta con acercarse a un mercado para oír metáforas que son un regalo para nuestros oídos. Los filólogos trabajamos además sobre la lengua, y no creo que por ello merezcamos lo que se dice de nosotros en esas declaraciones, tan poco exigentes con la realidad de los hechos, cuando se nos deja esquinados en las tareas lexicográficas, al relegar nuestra actuación a ‘poner los ladrillos’ del diccionario, ya que parece ser que no tenemos sentido de la lengua, del matiz de las palabras, del ritmo…

IFA: ¿Qué quieres decir con algunos individuos?

JAP: El empleo de individuos no tiene en este caso sentido negativo, pues responde a la 6.ª acepción de esta voz en el diccionario: «personas que pertenecen a una corporación», como somos los académicos.

IFA: No, me refiero al número de estos creadores que no simpatizan con vosotros

JAP: Pues creo que poco más de uno, pero hace mucho ruido.

IFA: Dejando vuestras batallitas y volviendo a los filólogos, especie a la que te complaces en pertenecer, creo que no solo os ocupáis de las palabras

JAP: De batallitas, nada. Nunca —insisto— nunca un filólogo se ha metido con un escritor, por mor de las funciones que unos y otros tenemos en un diccionario. Y lo que te acabo de decir no es una crítica a los creadores, sino una descripción de lo que llamas batallitas.

IFA: De todas formas, pienso contigo que un filólogo, como un historiador, un jurista o un científico, es también un creador. Tú no escribes mal, aunque, ante cualquier descuido, te encaminas al barroquismo y juegas con el lector a ver si logra entenderte. Lo has hecho delante de mí, aquí mismo, sirviéndote de unos términos que sabes bien que, aunque estén en el diccionario, yo los tendría que buscar allí…

JAP: Quizá sí, pero es lo que hay: soy incapaz de dejar de jugar con las palabras. De forma que en el momento de escribir, a veces lo paso mejor dando vueltas y más vueltas a la escritura que atendiendo al contenido de mi trabajo; aunque te añado que la preocupación sobre algo que no me atrevería a llamar estilo me lleva a menudo a hacer cambios en el contenido de lo que he escrito, como si tales cambios no los hiciera yo, sino que me vinieran de fuera. Es normal que alguien como yo, que tiene muy poca fijeza en lo que oye o lee, dé vueltas y más vueltas a los textos, lo que me permite despojarlos de errores en los que antes he caído. Y, sobre todo, si piensas de dónde vengo: de un empacho de prosa posmoderna que tuve en mi juventud, del que me costó curarme con mucho Galdós, mucho Baroja, mucho Delibes, mucho Ferlosio.

IFA: Hemos de terminar, y no quiero que quede pendiente una pregunta que me ha estado asaltando a menudo durante la entrevista: ¿No crees que estos cambios que por lo visto son naturales en las lenguas tienen que ver con la propia comunicación, con las dificultades que surgen en la conversación?

JAP: Pues sí… tales dificultades para comunicarnos son mayores o menores en función de la distancia social, cultural, profesional y dialectal que exista entre los hablantes. Paul Valéry, que no solo dio una vuelta a la poesía de su tiempo, sino que con sus juicios se podría hacer un tratado sobre el lenguaje, escribió: «Le langage est étourdi, oublieux… les significations successives d’un mot s’ignorent…» (el lenguaje está aturdido, es olvidadizo. Los significados sucesivos de una palabra se ignoran). Lo que tú preguntas está concentrado en ese étourdi ‘aturdido’ que está el lenguaje en un proceso que nada tiene que ver con la naturaleza ni con sus desviaciones, sino con algo tan simple como las condiciones mismas de la comunicación. Por eso querer corregir el error no supone regresar a una naturaleza no viciada, sino que implica olvidar las condiciones concretas que se dan en la comunicación humana.

IFA: Es decir, que los cambios en la lengua no se producen solo por los errores de los hablantes, sino por ese ‘aturdimiento’ que se da en la comunicación.

JAP: En efecto, con ello hay que contar, pero también con el empeño de los hablantes en ser expresivos distanciándose de lo que es normal, el aburrimiento. Diríamos, en fin, que las lenguas cambian porque los hablantes no se esfuerzan solo para hacerse entender, sino también para luchar, escapando de lo esperable, contra el aburrimiento. En estas condiciones, criticar a los hablantes por poner con sus errores en peligro la estabilidad de la lengua es tan improcedente como inútil.

IFA: Para el cambio a que están sometidas las lenguas hay que contar, pues, con la propia comunicación

JAP: La comunicación queda muchas veces difuminada o incompleta, pues no hablamos como si estuviéramos resolviendo un teorema; oímos además una parte de los mensajes y suplimos lo que falta amparándonos en nuestros conocimientos, pero es más, un hablante puede no querer ser claro a propósito o tratar de ser ambiguo. Con todo esto, el oyente puede malinterpretar lo que oye.

IFA: Yo quería que habláramos de ti y te me has escabullido moviéndote por la forma de entender la realidad de las lenguas debida a tu condición de filólogo. Pero ¿cómo es tu vida, ahora que has llegado tan entero a la edad respetable?

JAP: Me encuentro muy bien, refugiado en la filología, tras pelearme con las siglas que no entiendo, lograr entender lostérminos que desconozco, que me asaltan a cada paso cuando trato de entenderme con mi ordenador, dar con las claves de acceso, sufrir las conversaciones con máquinas con las que no puedes argumentar, vérmelas con los seguros del hogar, sentirme impotente con las goteras, desesperado con las esperas médicas… Por no hablar del ancho mundo de la política. La filología es un desahogo y ese tiempo largo que se me ha concedido, hasta llegar a esta edad provecta (signifique lo que signifique), que has adjetivado delicadamente como respetable, me ha enseñado muchísimas cosas: obligándome a olvidar algunas, pero también haciéndome dar con otras que no recordaba. Me ha enseñado a perdonarme por haberme equivocado tantas veces (quizá la esencia del vivir humano consista en equivocarse, más que en ser ese animal etimológico al que me he referido antes). Siendo un solitario compulsivo, no he perdido el placer de disfrutar con mis amigos, aunque cada vez los vea menos… He llegado a un acuerdo conmigo mismo para sentirme relativamente en paz. Y veo que no he sido tan necio como para convertir una vida llena de tropiezos en un brillante currículum y, menos aún, en una biografía, en que todo hubiera sido programado con gran cuidado, de forma que, paso a paso, se hubieran ido cumpliendo unos objetivos; tanto da que fueran los de la vida o los de la investigación. ¡Como si la casualidad no hubiera intervenido en esta larga vida!

IFA: Quiero aprovechar para deshacer o confirmar un mito urbano que corre por ahí sobre tu persona… ¿es verdad que hablas quechua?

JAP: Ja, ja, ja… [grandes risotadas].

Inés Fernández Arias estudió Literatura Hispánica en la Complutense y es Profesora Superior de Instrumento en la especialidad de Clavicémbalo por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Ha realizado conciertos y grabaciones con diversos conjuntos. Desde sus inicios, en 1979, asumió la organización del Curso de Música barroca y Rococó de San Lorenzo de El Escorial. Desde 2019 realiza el programa Ecos y Consonancias en Radio Clásica de Radio Nacional de España.

  1. Julián Barnes, Mis cambios de opinión, Barcelona, Cuadernos Anagrama, 2025. ↩︎
  2. José Antonio Pascual, No es lo mismo ostentóreo que ostentoso, La Azarosa vida de las palabras, Espasa 2013 ↩︎
Jose Antonio Pascual. Imagen de la Real Academia Española
Jose Antonio Pascual. Imagen de la Real Academia Española

Ficha técnica

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Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

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