«Es el hombre que me enseñó a amar las palabras», decía mi amigo, la mirada al infinito, refiriéndose a su adorado jefe en París. «Claro, claro…», asentía yo, pensando: qué cursilada, Dios mío. Ahora, varios años después de tratar al adorado amigo de mi amigo, que era José Antonio Pascual, me encuentro suscribiendo la frase, sin considerarla una cursilada, sino una verdad práctica conmovedora.
Prólogo en forma de epílogo y viceversa
- Por Salvador Rodríguez Artacho
Acababa de sobrevolar la bahía de Sídney. Allí abajo estaba ese seductor edificio. A…






