La materia de la que están hechas las cosas

La naturaleza secreta de las cosas de este mundo

Patricio Pron

Anagrama, Barcelona, 2023

Hay muchos escritores, tal vez incluso más que lectores, pero muy pocos que sigan creyendo en el poder de la ficción. Patricio Pron es uno de ellos, y lo demuestra en cada libro que publica, sea ensayo, colección de relatos o novela. La idea de que la ficción es esencial en nuestras vidas, de que en buena medida es de lo que estamos hechos, es clave en su nueva novela, la primera que publica en Anagrama, y es evidente desde el epígrafe que abre el libro, una cita de Cuando la casa se quema, de Giorgio Agamben: «Vivimos en casas, en ciudades quemadas de arriba abajo como si aún estuvieran en pie (…)». Ese como si es la clave de bóveda de nuestra supervivencia mental. Vivimos como si las personas que queremos no fueran a morirse jamás, como si nosotros mismos no fuéramos a hacerlo, como si fuéramos otros. Hemos interpretado tantos papeles y lo hemos hecho durante tanto tiempo que nos resulta prácticamente imposible saber no ya quiénes somos, sino ser siquiera conscientes de que estamos interpretando.

Olivia Byrne, una de las protagonistas de esta novela, lo sabe bien, pues ha hecho de ser otra su profesión. Es actriz; en ese sentido, es una profesional del como si. Cuando la conocemos está a punto de entrar en terra ignota. Va a perder el control de su coche y chocar con una valla, la tenue barrera que separa la carretera por la que circula de un mundo desconocido. Se dirigía a ver a su madre, Emma, con la que no tiene una relación lo que se dice estrecha (la tarjeta de cumpleaños que le envió en una ocasión da buena cuenta de lo precario de su vínculo: «Gracias por ser como una madre para mí»). Emma es artista, suele «intervenir» en espacios donde algo terrible ocurrió en el pasado y de alguna forma perdura en el presente. Un ejemplo es su instalación en los Piccadilly Gardens de Mánchester, donde tiempo atrás algunas mujeres fueron castigadas en público para «limpiar» sus pecados y más tarde se construiría un asilo para enfermos mentales. Madre e hija tienen una concepción distinta del arte, lo que equivale a decir que tienen una concepción distinta de la vida, en parte por pertenecer a diferentes generaciones. Más allá de eso, entre ellas parece haber una distancia insalvable. Olivia está mucho más unida a su padre, Edward, también artista, a pesar de que lleva años desaparecido. De todo lo que va recordando en el trayecto aquel día trata la primera parte del libro.

Si en esta primera mitad, la más interesante estilísticamente, el texto remeda el estado mental de alguien que está a punto de salirse del camino trazado —es digresivo, zigzagueante y, sobre todo, sinuoso, en el sentido de que oculta más que revela—, la segunda, dedicada al padre desaparecido, es más sosegada. Poco a poco nos vamos enterando de que Edward colgó el pincel como quien cuelga los hábitos, por falta de fe o sencillamente porque prefirió hacer otra cosa con su vida (como, por ejemplo, colocar los bolos en una bolera). Al estado actual del arte, y a sus imposturas, le dedica la novela unas cuantas reflexiones. Una idea que se repite es que el arte ha perdido buena parte de su potencial crítico porque el mercado se ha encargado de absorberlo y ponerlo al servicio del sistema. Lo que se nos vende como una obra demoledora que hará tambalear los cimientos de nuestra maltrecha sociedad resulta ser, casi siempre, una voladura controlada cuyo impacto no es mayor que el de una bala de fogueo. Algunos ejemplos de esta idea los ofrece la propia Olivia. Uno de los dramaturgos que conoce ha conseguido llegar a la primera línea con unas obras que incomodan, ma non troppo. Lo mismo parece pensar de las instalaciones artísticas de su madre.

Sobre el mercado, en ese caso literario, ya había escrito Pron en No, no pienses en un conejo blanco (2022). También escribió sobre la desaparición de una forma de arte, la literatura, en El libro tachado (2014). Pero la literatura, y el arte en general, son un poco como esa garrapata de la que hablaba Anne Carson, suspendida entre la vida y la muerte durante dieciocho años sin apenas sustento. Así que, mientras termina de desaparecer del todo, Pron cree que es obligación del escritor proponer «nuevos juegos y nuevas conversaciones». Eso es lo que hace La naturaleza secreta de las cosas de este mundo: ofrece una nueva propuesta y abre un diálogo sobre algunos de los temas de nuestro tiempo. También conversa con otros libros. La novela no oculta que está hecha, en parte, de la literatura que la ha precedido. Los personajes recuerdan piezas de teatro, cuentan relatos a otros, hasta los policías encargados de dar con Edward hablan de la escritura… El autor incluye en el epílogo una serie de libros sobre los que se asienta o le han servido como punto de partida. Entre ellos destacan el magnífico «Wakefield», de Nathaniel Hawthorne, Al faro, de Virginia Woolf, o diferentes obras de Henry James. El radio de acción de la novela de Pron, su campo de batalla, se amplía considerablemente si tenemos en cuenta estos otros textos «que se oponen a ella, la sostienen, le sirven de fundamento, limitan con ella como los países en los mapas».

Como ocurre en los libros de Henry James, aquí la «acción» se desplaza del exterior al interior de los personajes. Desde el principio accedemos a los recuerdos de los protagonistas, al más recóndito de sus pensamientos, incluso a lo que no les es posible saber de sí mismos. Con frecuencia el narrador (implícito) señala sus puntos ciegos, dotando al texto de una profundidad psicológica inusual en estos tiempos. Las fronteras personaje/narrador se desdibujan, al igual que ocurre con los límites entre lo imaginario y lo real. En varios momentos, se nos dice que lo que los personajes imaginan tiene para ellos estatus de realidad. En ese sentido, su vida mental, como la de todos, tiene mucho de ficticia. En algún momento me ha dado la impresión de que también la habitual distinción narrador/autor se venía abajo, lo cual no sería necesariamente malo, pues, como el propio James reconocía, es inevitable que el autor deje su marca personal en su obra.

Tengo la impresión de que hemos olvidado que la ficción es un medio privilegiado para pensarnos y pensar en el mundo en que vivimos. También es —o debería ser— un espacio crítico donde poner a prueba los valores y presupuestos que sostienen nuestra maltrecha sociedad, así como una especie de laboratorio donde ensayar ideas y tantear otras formas de vivir y de ser. Novelas como La naturaleza secreta de las cosas de este mundo nos recuerdan que la literatura sirve para todo eso y que, además, puede hacerse sin renunciar al estilo.

Rebeca García Nieto es escritora, doctora y especialista en Psicología Clínica.

Autorretrato. Imagen: Hadis Safari
Autorretrato. Imagen: Hadis Safari

Ficha técnica

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