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El filósofo, su boina y un teléfono (y II)

Como todo el mundo sabe, Gila no era el típico humorista que se ponía a encadenar chistes uno detrás de otro –modelo Eugenio, para entendernos–, sino que representaba el prototipo alternativo del cómico que sale al escenario a contar su historia o sus historias, de tal manera que los chistes, si así quiere llamárseles, quedaban encuadrados en un molde narrativo específico. Este segundo arquetipo de humorista exige una personalidad más definida, con el riesgo evidente de que, si dicha identidad es muy marcada o característica, acabe convirtiéndose en una cárcel para el propio sujeto, que termina prisionero de su personaje. En el caso de Gila, el aludido escollo de la reincidencia estaba siempre presente, no ya sólo por lo ya dicho, sino porque el propio éxito de la caracterización –la más frecuente, el cateto de pueblo con su boina y su indumentaria ad hoc– llevaba a que el público esperara o pidiera más de lo mismo.

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¿Vuelve la Guerra Fría?

«Fue un sistema bajo el que vivimos bastante felizmente durante cuarenta años»Declaraciones de Douglas Hurd, secretario del Foreign Office, a Timothy Garton Ash, recogidas en “Intellectual Odyssey. Conversation with Timothy Garton Ash”, Institute of International Studies, UC Berkeley, 4 de abril de 1996.. Douglas Hurd, secretario del Foreign Office británico, rindió este pequeño homenaje a la Guerra Fría en diciembre de 1989, apenas unos días después de que la caída del Muro de Berlín pusiera fin a aquella época. Llama la atención que este destacado miembro del gobierno conservador de Margaret Thatcher tardara tan poco en reivindicar el mundo bipolar surgido de la victoria sobre el fascismo en 1945. Tal vez sorprenda menos si recordamos la Guerra Fría como una forma relativamente previsible de gobernanza mundial, que contaba con unas reglas del juego más o menos claras, unas áreas de influencia definidas y dos bloques antagónicos poco dispuestos a poner en riesgo su propia existencia por satisfacer un primario impulso hegemónico. Ese elemento de autocontención basado en lo que entonces se llamó la «destrucción mutua asegurada» (también conocida por su acróstico en inglés: MAD) actuó como un poderoso factor de estabilidad, capaz de frenar los bajos instintos de las principales potencias y de reconducir la tensión internacional cuando amenazaba la paz mundial, como ocurrió con la crisis de los misiles en 1962. Supo verlo muy bien Raymond Aron ya en 1948 al titular uno de los capítulos de su libro El gran cisma: «Paz imposible, guerra improbable»Raymond Aron, Le grand schisme, París, Gallimard, 1948..

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Macrodatos y mentiras masivas

Nuestro cerebro es la caja negra de un avión accidentado en la zona más profunda de un océano freudiano. Incluso para nosotros mismos. O, al menos, lo era hasta ahora. Porque los macrodatos (el big data, en su traducción anglosajona más sofisticada) constituyen una visión sin precedentes de la psique humana que ya habría querido para sí un psicoanalista vienés. El poder de los datos masivos puede asistirnos en cada vez más tareas pero, sobre todo, puede revelar qué pasa por nuestra cabeza, incluso si lo hace de forma inconsciente para nosotros mismos. Y en ese último punto es en el que se centra Seth Stephens-Davidowitz, excientífico de datos de Google y profesor de The Wharton School, en el libro objeto de esta reseña.

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El sexo, entre el cielo y la tierra

Hace algún tiempo me senté en una cena al lado de una joven noruega. Se había mudado a Londres y su padre estaba horrorizado con la elección de su nuevo lugar de residencia. «¿Cómo puedes soportar vivir –le preguntó antes de trasladarse– en un país tan fascista que hay clubes en los que no se admite la entrada de mujeres como socias?» «¿Y cómo puede tu padre soportar vivir –repliqué yo– en un país tan fascista que no se permite a los hombres formar clubes en los que no se admite la entrada de mujeres como socias?»

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La búsqueda del estilo

Su cuidada melena, amplia y vigorosa, ya encanecida, resaltaba en la penumbra de las primeras filas en aquel salón del palacio ducal veneciano. El acto inaugural iba a empezar en breve. Por unos momentos pensé que estaba ante un Casanova reencarnado. Hacía poco que Steven Pinker, cuya cabellera «ha sido objeto de admiración, y envidia, e intenso estudio», había sido elegido por aclamación como primer miembro del «Club del pelo fluyente y lujuriante para científicos» . Lo he fabulado en esta misma revista. Durante los tres días de convivencia que compartimos en el convento-isla de San Giorgio Maggiore, el último gran monumento palladiano, adquirí el convencimiento de que Pinker era un hombre a la captura de un estilo. En la estela de su último libro hasta aquel momento, La tabla rasa, el título de su conferencia era El nicho cognitivo: «Las palabras de su texto van apareciendo en pantalla según se pronuncian, como si un artificio electrónico conectara por vía umbilical al orador con el proyector o como si este aparato capturara sincrónicamente las ondas sonoras para transformarlas en escritura proyectable». Había algo en el rígido dispositivo de comunicación y en la muy cuidada indumentaria de Pinker que dejaba traslucir su esfuerzo y, hasta cierto punto, su fracaso en la perpetua búsqueda de un gran estilo.

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