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La divinización de Jesús

Tres libros recientes, y un cuarto, de 1998, han planteado de manera diversa e interesante una de las mayores y fundamentales cuestiones de los orígenes del cristianismo: ¿cómo fue posible que un ser humano, el «rabino» Jesús de Nazaret, fuera tenido por sus seguidores, muy poco tiempo después de su muerte, no por un simple hombre sino por un ser divino? ¿Cómo puede entenderse históricamente este proceso? ¿Debe considerarse como algo único y sin parangón en la historia? Probablemente, los lectores de Revista de Libros recordarán que hace poco se comentó en estas mismas páginas el libro de Javier Gomá, Necesario pero imposible, que planteaba una cuestión análoga.

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En pleno estalinismo 

El libro de Anne Applebaum se abre con un grupo de mujeres en la ciudad polaca de ?ód? y se cierra con otro. Les separan los cuarenta y cinco años transcurridos entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la aparición de una Polonia libre, no comunista. Pero las mujeres más jóvenes han decidido empezar de nuevo en el punto en que lo habían dejado sus mayores, y evitar sus errores.

En 1945, la principal estación de tren de ?ód?, al igual que la mayoría de las estaciones polacas, estaba atestada de refugiados desesperados. «Madres hambrientas, niños enfermos y, en ocasiones, familias anteras acampaban en mugrientos suelos de cemento durante días y días, esperando el próximo tren en que poder montarse. Las epidemias y la inanición amenazaban con acabar con ellas». 

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Nadiezhda, la compañera de los días oscuros

Moscú, madrugada del 13 al 14 de mayo de 1934. Un golpe seco en la puerta marca el final de una vida y el principio de otra para el matrimonio Mandelstam. O, en otras palabras, el inicio de «un tiempo de plazos hasta la realización de lo irremediable» (p. 79). Aquella noche no estaban solos: Anna Ajmátova se encontraba en la cocina, donde la acomodaban cuando iba de visita, y un traductor al que nadie había invitado declamaba sus versos favoritos. Luego resultó que el presunto admirador era cómplice de la policía, algo, por otra parte, en absoluto sorprendente, dado que los «colaboradores» se infiltraban a discreción: «cada familia pasaba revista a sus conocidos, buscando entre ellos a los provocadores, soplones y traidores» (p. 68). La otra gran figura de la poesía acmeísta rusa recuerda que, de fondo, se oía el tañido de la guitarra hawaiana del poeta Kirsánov. No tenían nada que llevarse a la boca y, momentos antes de la funesta inspección, Mandelstam había vuelto con un huevo prestado por un vecino. 

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Lacan con grelos

Hubiera continuado en mi apacible e indocta ignorancia de Slavoj Žižek de no haber leído una crítica de sus últimos libros escrita por John Gray para The New York Review of Books. Vaya por delante que tengo a Gray por un snob; la expresión española petimetre lechuguino sería más adecuada, pero prefiero dejarlo en inglés, que da un aire más académico. Gray está siempre atento a las novedades antes que a las ideas, e igual convierte a Saint-Simon en el pensador clave de los tiempos modernos que caza talentos –como el de Žižek– en los que pocos habían reparado antes. Con elogios de media boca (con la otra media da a entender alguna disconformidad no bien explayada), Gray confirmaba una vez más su prodigioso talento para convertirse en la comadrona de cualquier parto de los montes que se tercie. Pero el personaje de Žižek me intrigó.

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El poder de las ideas: el pasado es hoy

Los continuos cambios en el modo en que los historiadores de las últimas décadas han analizado el pasado ha llevado a la gran mayoría de ellos a destacar las discontinuidades, las rupturas. El pasado, en palabras de un gran historiador, es un mundo que hemos perdido, que ha desaparecido, una tierra extraña y quizás imposible de recuperar. No sólo imposible de recuperar, sino incluso no necesaria. De acuerdo con muchos historiadores, lo que ha sucedido en nuestras sociedades en los últimos dos siglos, desde al menos la Revolución Francesa, en cierto modo ha borrado, anulado, todo lo que había sucedido con anterioridad. Las ideas políticas dominantes en nuestras sociedades han surgido en los últimos siglos, al igual que las estructuras políticas. Naciones y nacionalismo, también patriotismo, sólo existirían desde el siglo XIX, del mismo modo que el racismo y las ideas raciales. 

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Una mirada desapasionada a la desigualdad económica (II)

En la primera parte de este ensayo describía la evolución de la desigualdad desde finales de los años setenta hasta el inicio de la recesión. Contaba allí que la desigualdad, medida con el índice de Gini, había empeorado en casi todo el mundo, pero había mejorado en España; y que medida como el porcentaje de la renta total en manos de los súper ricos había empeorado (y mucho) en los países anglosajones, pero no en España. Nos queda por explicar, hasta donde podamos, los porqués de estas evoluciones. Por qué el incremento de la desigualdad en casi todo el mundo. Por qué la disminución en España. Y, claro, también nos queda por hablar de lo que ha pasado desde la recesión; y por qué.

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Cómo explotaron los ordenadores

El universo digital vio la luz, físicamente hablando, a finales de 1950, en Princeton, al final de la Olden Lane. Fue entonces y allí donde el primer ordenador genuino –un artilugio multiuso de alta velocidad y programa almacenado que realizaba cálculos digitales– se puso en movimiento. Se había ensamblado, en gran medida con componentes que procedían de excedentes militares, en un edificio de cemento de una planta que el Institute for Advanced Study había construido a tal efecto. La nueva máquina se bautizó con el nombre de MANIAC, un acrónimo –en su versión inglesa– de «integrador y computador matemático y numérico». 

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Baroja descubre la acción sedentaria

A Baroja no le gustaba Proust. Le parecía trivial, local, cursi y muy pesado. No le veía porvenir. «Últimamente, en París, ese autor estaba en la curva descendente, y entre los escritores franceses había muchos que lo tomaban a broma», escribía Baroja en los años cuarenta del pasado siglo. Y contaba una anécdota: una señora, en París precisamente, acusó a Baroja de vaguedad, de perderse siguiendo a demasiados personajes. Baroja, según sus recuerdos, contestó: «A mí me parece también muy vago y muy poco interesante un libro que le interesaba a usted de Proust». No entendía el multitudinario interés por «un personaje que, al meter una magdalena en el café con leche, recuerda hechos pasados interminables». Después de reconocer que ningún bollo le ha producido «esas reacciones de palimpsesto», Baroja expresaba su incomprensión ante el hecho de que los lectores de Proust, «todos al parecer gente distinguida, acepten que uno de los suyos moje el bollo o la magdalena en el café». Además de insoportable, Proust era un maleducado.

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Una epopeya del progreso moral

El último libro de Steven Pinker puede considerarse una descomunal, elefantiásica nota a pie de página a otro libro suyo anterior, La tabla rasa, y más en concreto a uno de los mitos que allí quedan desacreditados: el del buen salvaje. Creo que todos hemos oído o leído alguna vez que nuestros antepasados estaban sumidos en el atraso tecnológico y morían devastados por enfermedades que la medicina moderna es capaz de curar o prevenir con facilidad, pero que, a cambio de esto, estaban bendecidos por la paz social, nacían y morían en comunidades pequeñas y concordes, alejados de atracos, atentados terroristas, genocidios, guerras mundiales, amenazas nucleares y otras muchas formas de violencia que acosan a los integrantes de las sociedades modernas y «civilizadas». Quién sabe, tal vez, todo considerado, habría valido la pena vivir en ese «pequeño mundo antiguo», por emplear el título de la novela de Antonio Fogazzaro.

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Joyce y compañía

¿Qué opciones te restan si anhelas pertenecer a tu lugar de origen, y ser de hecho una de sus figuras descollantes, al tiempo que te sientes, sin embargo, amenazado y disminuido por ello? Una respuesta podría ser marcharte muy lejos, al tiempo que recuerdas constantemente a aquellas personas de tu existencia que dejaste atrás, tus ambiciones, el hecho de que tú sigues siendo uno de ellos. Pero, ¿cómo puede hacerse algo así?

Quizá podrías escribir sobre ese lugar de una manera crítica, retratándolo como un entorno con unas limitaciones asfixiantes, como una muerte espiritual incluso, un lugar que cualquier intelectual sensible habría de abandonar, pero escribir también con una insistencia, con una atención apasionada por el detalle, con una capacidad de transformar lo sórdido en lo lírico a fin de crear una atmósfera de intenso apego y nostalgia. Podrías también retratar a todas las personas que conociste allí de un modo absolutamente reconocible y, en su mayor parte, negativo, de tal modo que los viejos amigos y enemigos se mantengan constante y ávidamente atentos a todo aquello que escribas.

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Una mirada desapasionada a la desigualdad económica (I). Observando los hechos

Vivimos tiempos de desasosiego y destemplanza. No es que la miseria nos rodee, pero después de la bonanza de décadas de boom y gloria, España está hoy postrada. Revivimos una cierta escasez y el fantasma del desempleo produce angustia. Hoy, por primera vez en décadas, muchos conciudadanos viven preocupados por el bienestar material de sus familias, por la educación que tendrán sus hijos, por la atención médica que recibirán cuando les visite la desgracia y por la pensión que tendrán en su vejez.

Y, al mismo tiempo, da la sensación de que los ricos están de fiesta. No son sólo las manifiestas memeces del papel cuché, ni la insultante actitud de Urdangarín, ni que el rey escopetee elefantes en Botsuana, ni que el malnacido de Bárcenas acumule una fortuna en Suiza, ni que parezca que los coches de lujo se venden mejor que los utilitarios. No, es más. Es la sensación generalizada de que algunos han salido inmunes del descalabro. Que los «banqueros», en vez de pagar, cobran. Que los que han sabido esquivar la debacle son los mismos que la crearon. Que esta crisis la pagan los obreros.

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El mito de la promiscuidad sexual y otros cuentos

Una de las tradiciones centrales del pensamiento social, representada por el sociólogo Émile Durkheim y sus seguidores, ha defendido la radical autonomía de los procesos culturales, de manera que lo social se explica por lo social, marcando distancias casi insalvables con otras disciplinas, como las ciencias de la vida y la psicología. La idea de naturaleza humana que subyace en Durkheim se acerca mucho a la de Locke, quien consideraba a los seres humanos como una tabla rasa susceptible de ser colonizada por las distintas tradiciones culturales en que se hallan inmersos los individuos. Bajo el influjo de esta concepción, el paradigma neodarwinista, surgido a mediados del siglo pasado, aceptó en lo básico este orden de cosas en el que, de alguna manera, la cultura sustituía a la biología como el factor causal esencial de nuestro comportamiento. Sin embargo, desde hace poco más de tres décadas han surgido en amplios sectores de la biología evolutiva varios enfoques que rechazan esta concepción de la naturaleza humana y que han puesto el énfasis en el estudio de nuestra conducta y de la cultura desde una perspectiva evolucionista.

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