John Ford: Pasaporte a la fama
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Se ha dicho que John Ford nunca rodó un film noir, pero Pasaporte a la fama (The Whole Town’s Talking, 1935) es una película parcialmente ambientada en el mundo del hampa. Un inspirado Edward G. Robinson interpreta a dos personajes completamente distintos, pero físicamente idénticos. Por un lado, es el inofensivo y dulce oficinista Arthur Ferguson Jones. Por otro, el sanguinario gánster «Killer» Mannion. Jones vive en un modesto piso de soltero, trabaja en una oficina como contable y come solo en una cafetería. No tiene amigos, ni familia. Sólo cuenta con el afecto de su tía Agatha, que lo visita de tarde en tarde. «Killer» Mannion se mueve en escenarios totalmente diferentes: el patio de la cárcel, sucios callejones, un sótano que sirve de refugio entre crimen y crimen. Jones tiene un canario y un gato, a los que cuida con ternura. Intenta escribir una novela, pero nunca pasa del primer párrafo. Está secretamente enamorado de la joven y atractiva señorita Clark (Jean Arthur), una mujer ingeniosa, mordaz e independiente. Todo en él es limpio y claro, pero también un poco triste. De «Killer» Mannion no sabemos gran cosa, salvo que vive de robar y asesinar, que no le importa disparar por la espalda y que sólo le interesan las mujeres para pasar un buen rato. Su vida es turbia, sucia y violenta. Se ríe a menudo, pero su sonrisa hiela la sangre.
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John Ford: La taberna del irlandés
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Después de rebasar los cincuenta años, resulta más fácil apreciar la grandeza de las obras menores. A esa edad, las palabras solemnes y los argumentos pretenciosos pierden su discutible encanto, revelándose como simple y huero artificio. 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) tiene la apariencia de una obra maestra y deslumbra sin mucho esfuerzo a una mente adolescente, pero cuando pasa el tiempo y examinas su metraje con más atención, sólo adviertes una insoportable pedantería disfrazada de discurso filosófico. En cambio, el tiempo ha sentado muy bien a La taberna del irlandés (Donovan’s Reef). Se trata de una deliciosa comedia de John Ford ambientada en una paradisíaca isla de la Polinesia francesa. Se estrenó en 1968, cosechando críticas desiguales. Por esas fechas, Ford ya soportaba la absurda acusación de ser un reaccionario con un estilo caduco y previsible. La taberna del irlandés rebate esas objeciones, evidenciando que el verdadero cine necesita pocos recursos para contar una buena historia. Una inspirada obra menor siempre es más atractiva que una película de tesis.
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John Ford: Siete mujeres
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Seven Women es la última película de John Ford. Se rodó en 1966, cuando la lucha por los derechos de las mujeres y de las minorías raciales ya había transformado el paisaje social de Estados Unidos. Narra las peripecias de una misión protestante en un contexto histórico difuso. Una iglesia reformada ubicada en Boston ha enviado a China a un grupo de voluntarios: cuatro mujeres y un hombre que realizan un trabajo de evangelización mediante labores humanitarias y una pequeña escuela infantil. Es la época de la invasión japonesa de Manchuria y de la lucha de Mao Zedong contra el Kuomintang, pero John Ford elude esos conflictos, limitándose a relatar las ficticias depredaciones de Tunga Khan (Mike Mazurki), un bandido que asalta pueblos y ciudades, cometiendo toda clase de atrocidades. Su violencia romperá la rutina de una misión cristiana, donde los voluntarios no pretenden cambiar el mundo, sino huir de sus problemas, adoptando un estilo de vida incompatible con la pasión, el cambio o el riesgo.
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Elvis Presley, el artista adolescente
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La primera vez que vi a Elvis Presley yo era un niño de pantalón corto y el corte de pelo a tazón. En la España de finales de los años sesenta ya se había producido una tímida apertura, que –entre otras cosas‒ había permitido que en 1965 los Beatles actuaran en la Plaza de las Ventas ante un público de cinco mil jóvenes. No conservo ningún recuerdo de ese evento, pues en esas fechas yo sólo contaba dos años, pero en algún momento de mi niñez apareció la imagen de John Lennon con sombrero cordobés, guitarra eléctrica y armónica. No me impresionó gran cosa. En cambio, mi primer contacto con Elvis me produjo una auténtica conmoción. Encendí la televisión –un Telefunken en blanco y negro‒ y apareció cantando uno de sus números más famosos: el «rock de la cárcel». Con uniforme de preso y un llamativo tupé, su voz de barítono alto y con registros de tenor jugaba con una letra por entonces incomprensible para mí, enlazando frases a un ritmo frenético. 
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Lolita en la hoguera
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

¿Qué pretendió Vladimir Nabokov cuando escribió Lolita ¿Contar la historia de una pobre niña violada una y otra vez por su padrastro desalmado? Un argumento tan pueril y trillado no habría permitido que el libro se transformara en una obra maestra de la literatura. ¿Quizá su intención era explotar una historia morbosa para ganar mucho dinero? Sabemos que a Nabokov no le molestaba el dinero, pero sería injusto y ridículo rebajar su novela a la categoría de simple pornografía. Lolita se ha convertido en una obra incómoda en la época del movimiento #MeToo. Imagino que muchos han fantaseado con prohibir el libro o arrojarlo al fuego. Sin embargo, el anatema que ya pesa sobre Lolita no puede alterar su verdadero significado, ni anular sus virtudes literarias. Si un pederasta se adentra en sus páginas, experimentará una prematura decepción, pues las proezas estilísticas de Nabokov ponen a prueba la inteligencia del lector, exigiéndole atención, sensibilidad e ingenio. La trama puede ser provocadora, pero su desarrollo no se caracteriza por un encendido erotismo. Las escenas sexuales siempre acontecen fuera de foco. Las elipsis sortean con éxito la estridencia de lo explícito. Lolita no es un canto a la perversidad, sino una desinhibida radiografía de las catacumbas de la mente humana.
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¡Qué noche la de aquel día!
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Mi primer elepé –por entonces, no se hablaba de vinilos− fue Let It Be. Mi primer single –un formato maravilloso que desapareció hace mucho tiempo− fue ¡Qué noche la de aquel día! Aún conservo esas dos joyas, notablemente desgastadas por más de cuatro décadas de fervor musical. Todavía hoy, pincho de vez en cuando sus canciones en un viejo plato que desafía al tiempo, obstinándose en funcionar más allá de cualquier expectativa racional. Su sonido no puede competir con la tecnología digital, pero posee un encanto especial que permite rescatar recuerdos sepultados por el tiempo. No es la magdalena de Proust, pero se parece bastante. El single, comprado a principios de los años setenta en Galerías Preciados, contiene cuatro temas: «Tell my Why», «And I Lover Her», «I’ll Cry Instead» y «I’ll Be Back». En esas fechas, mis conocimientos de inglés no eran ni siquiera elementales, lo cual me ayudaba a disfrutar más de las canciones. Creo que aún no había visto Bienvenido Mr. Marshall, pero ya dominaba el inglés camelo. 
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Frank Capra, o la locura de vivir
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Se acusa a Frank Capra (Bisacquino, Sicilia, 1897-La Quinta, California, 1991) de sentimentalismo e ingenuidad, pero Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace) es una comedia irreverente, chispeante y provocadora que escarnece los prejuicios y los convencionalismos de la América blanca, anglosajona y protestante. Basada en la obra teatral de Joseph Kesselring, que obtuvo un enorme éxito en Broadway, Arsénico por compasión relata la historia de dos encantadoras viejecitas que alquilan habitaciones a hombres mayores, melancólicos y solitarios, con la intención de envenenarlos. Aparentemente inofensivas, tía Abby (Josephine Hull) y tía Martha (Jean Adair) no se mueven por instinto homicida, sino por la piadosa intención de aliviar el sufrimiento de ancianos sin familia, que ya no esperan nada de la vida. Su sobrino Mortimer (Cary Grant) no sabe nada. De hecho, cree que sus tías son un ejemplo de bondad y ternura. Mortimer es un conocido crítico teatral, que se ha hecho famoso escribiendo libros contra el matrimonio, con títulos tan beligerantes como La Biblia del soltero y El matrimonio: fraude y fracaso. Su desafiante soltería se desvanecerá al casarse con la dulce y atractiva Elaine Harper (Priscilla Lane), sobrina de un pastor luterano que vive cerca de sus tías. 
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The Wire: «The game is the game»
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No es un secreto que, en el cine de las cuatro últimas décadas, el negocio del entretenimiento se ha impuesto sobre el anhelo de creatividad. Salvo excepciones, las películas y las series televisivas descuidan los guiones, intentando apabullar al espectador con sofisticados efectos especiales. No es el caso de The Wire, la serie creada por David Simon y Ed Burns, que en sus sesenta episodios emitidos entre junio de 2002 y marzo de 2008 se esforzó en elaborar una historia compleja, inspirándose en muchas ocasiones en los mitos la Grecia clásica. Así lo reconoció David Simon, periodista de The Baltimore Sun durante más de una década: «Lo que me inspiró fue la tragedia griega, donde el destino ha condenado de antemano a dioses y humanos, sin reparar en su heroísmo, fuerza de voluntad o sentido ético». Ambientada en Baltimore, The Wire se divide en cinco temporadas. Aparentemente, es una serie policíaca que recrea el trabajo de investigación de un grupo de policías para detener a los principales responsables del tráfico ilegal de drogas. El planteamiento no parece excesivamente original, pero desde las primeras secuencias se hace evidente que la serie es un fresco social, donde se abordan los diferentes aspectos de las modernas sociedades capitalistas.
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Cine políticamente incorrecto
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

¿Podría rodarse hoy en día una película como El nido, de Jaime de Armiñán? Estrenada en 1980, narra el enamoramiento entre un director de orquesta viudo y sesentón, y una chica de trece años, hija de un guardia civil. Héctor Alterio interpreta al viudo y Ana Torrent a la niña. Aunque se trata de un amor platónico, lleno de fantasía, lirismo y ternura, el espectador actual reaccionaría con horror, acusando al director de componer una elegía de la pederastia. Leonor Izquierdo también era hija de un guardia civil y sólo tenía quince años cuando se casó con Antonio Machado, un profesor de francés de treinta y cuatro. El idilio había comenzado dos años atrás, cuando el poeta se alojó en la pensión que regentaban los tíos de Leonor. Acababa de llegar a Soria y era un hombre tímido, serio, taciturno y escasamente atractivo. El matrimonio no duró demasiado. La tuberculosis acabó con Leonor a los veinte años. No es un secreto que la pareja fue muy feliz, pues la joven esposa se identificó con la labor poética de su marido, compartiendo inquietudes, anhelos y proyectos. Antonio Machado nunca superó la pérdida.
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Dunkerque: la guerra desde dentro
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La primera escena de Dunkerque (Christopher Nolan, 2017) sobrecoge con su silencio opresivo y sombrío, adelantando el estilo que se desplegará durante el resto de la película. No es una escena oscura o fatalista, sino luminosa y nítida, con unos colores hiperrealistas y unos perfiles limpios, abrumadores, casi hirientes. Rodada en 70 mm. y con tecnología fotoquímica, el grado de resolución equivale a 18K en digital. Aunque las características originales únicamente pueden apreciarse en una sala IMAX (en España, sólo hay una en Barcelona), la proyección en formato digital transmite unas sensaciones poderosas que recuerdan las explosiones de luz de la pintura impresionista. La imagen de un pequeño grupo de soldados británicos deambulando por el vacío de una Dunkerque apresuradamente evacuada evidencia la fragilidad de la vida humana en un contexto de violencia. La falta de agua, la escasez de comida, la privación de placeres sencillos, como fumar un cigarrillo o un dar un simple paseo, el anhelo de vivir libre de cualquier sombra de miedo o incertidumbre, crean una atmósfera de vulnerabilidad que adquiere una dimensión dramática con la lluvia de pasquines de las fuerzas alemanas, invitando a las tropas aliadas a rendirse para sobrevivir. 
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