Sam Peckinpah: Duelo en la alta sierra
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Duelo en la alta sierra es un western melancólico y sombrío que narra la decadencia del Viejo Oeste. Sus protagonistas, Steve Judd (Joel McCrea) y Gil Westrum (Randolph Scott) son dos hombres de acción que han superado los cincuenta años. Sin familia ni hogar, trabajaron juntos como agentes de la ley, pero ahora sobreviven malamente, vagabundeando sin rumbo fijo. Steve Judd presta sus servicios como escolta y guardia de seguridad. Serio, parco en palabras y levemente irónico, siempre actúa dentro de la ley. No es un mercenario ni un aventurero. Aunque su cabeza se ha cubierto de canas y necesita gafas de vista cansada para leer, todavía maneja con destreza el revólver y los puños. Su autoestima se basa en la fidelidad a la palabra dada y el trabajo bien hecho. Preferiría morir antes que traicionar a quienes han confiado en él. Westrum opina de otro modo. Disfrazado de Buffalo Bill, recorre los pueblos como feriante, desplumando a los ingenuos. Su caseta de tiro al blanco proporciona beneficios porque ha trucado las armas. Acompañado por el joven Heck Longtree (Ron Starr), que utiliza la velocidad de un camello en las distancias cortas para ganar en las carreras de caballos, tiene la moral del buscavidas: no perder ninguna oportunidad, ser astuto y prescindir de los escrúpulos.
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Richard Brooks: Los profesionales
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Los profesionales (The Professionals, 1966) contiene algunos de los mejores diálogos de la historia del cine: «¡Es usted un bastardo!», exclama Joe Grant (Ralph Bellamy), un poderoso hacendado que ha contratado a Henry «Rico» Fardan (Lee Marvin) y a otros tres especialistas para rescatar a su esposa María (Claudia Cardinale) de su presunto secuestrador, Jesús Raza (Jack Palance). Fardan contesta: «Sí, es cierto, pero en mi caso es un accidente de nacimiento. En cambio usted... Usted se ha hecho a sí mismo». Al principio, Raza era un revolucionario a las órdenes de Pancho Villa, pero ahora sólo es el jefe de una partida de guerrilleros que intenta sobrevivir de cualquier modo. Aunque sigue luchando contra las tropas oficiales en nombre de la revolución, no desperdicia la ocasión de desvalijar a todo el que se cruza en su camino, especialmente si se trata de un gringo. 
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David Miller: Los valientes andan solos
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Un cowboy en mitad del desierto evoca la libertad de un tiempo sin muros, vallas ni fronteras. Cuando se rodó Los valientes andan solos (Lonely Are the Brave, 1962), el viejo Oeste ya sólo era un tímido recuerdo, pero aún quedaban cowboys que sobrevivían conduciendo rebaños o participando en rodeos. Su existencia ambulante cada vez despertaba más recelos, pues se asociaba a un individualismo irreductible que solía desembocar en reyertas y conductas asociales. John W. «Jack» Burns, interpretado por un sobresaliente Kirk Douglas, pertenece a esa clase de hombres. No tiene domicilio ni un simple papel que acredite su identidad. Profundamente apegado a su caballo «Whiskey», duerme al raso y ha descartado formar una familia. Sólo se siente a gusto en campo abierto, sin otro techo que el sol y las estrellas. Quizá por eso Los valientes andan solos comienza con un plano general del desierto. Se trata de un espacio salvaje y casi ilimitado, sin vestigios de la civilización humana.
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Robert Aldrich: La venganza de Ulzana
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Cuando se estrenó en 1972 Ulzana’s Raid (en España, La venganza de Ulzana), se acusó a Robert Aldrich de ofrecer una visión muy negativa, casi racista, de los apaches, olvidando que en 1954 había dirigido Apache, una película que describía la resistencia de las tribus de la Apachería como una gesta heroica y romántica. Ayudante de dirección de Jean Renoir, Joseph Losey y Charles Chaplin, Aldrich labró su reputación de cineasta inconformista con películas como Kiss Me Deadly (1955), The Big Knife (1955) y Attack (1956), mostrando el lado oscuro del sueño americano. El melodrama gótico ¿Qué fue de Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, 1962) representó su consagración como autor, y Doce del patíbulo (Dirty Dozen, 1967) le proporcionó el éxito necesario para financiar proyectos más personales. Con posterioridad, se reconocería que Veracruz (1954) habría preparado el terreno al spaghetti western, anticipando las dosis de comedia, cinismo, suciedad y crudeza que caracterizarían a las películas del Oeste rodadas –en su gran mayoría‒ en Cinnecittà (Italia) y España. 
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John Ford: Río Grande
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John Ford finaliza su trilogía de la Caballería con una historia de amor. Se ha acusado al cineasta de no mostrar ningún interés por las relaciones sentimentales entre un hombre y una mujer, pero lo cierto es que rodó dos de los romances más memorables de la historia del cine: The Quiet Man (1952) y The Man Who Shot Liberty Valance (1962). Con Río Grande (1950), componen una especie de «trilogía romántica». Eso sí, John Ford nunca se interesó por las pasiones que desafían a la moral convencional. Católico convencido, pero escasamente practicante, sólo hizo pequeñas incursiones en los amores prohibidos, sin disimular la turbación y el desagrado que le producían. En Mogambo (1953), el adulterio aparece bajo la sombra del ridículo, la vanidad y el egoísmo. Linda Nordley (Grace Kelly) engaña a su insípido marido, pero cuando sospecha que su amante, Victor Marswell (Clark Gable), se entiende con la seductora y buscavidas Eloise Kelly (Ava Gardner), reacciona como una histérica, revelando la inconsistencia de sus afectos. En Seven Women (1965), la pasión reprimida de Agatha Andrews (Margaret Leighton) por Emma Clark (Sue Lyon) se disfraza de puritanismo e intransigencia para ocultar su incapacidad de amar de una forma sincera y responsable. En lo que he llamado «trilogía romántica», desviándome temerariamente de la ortodoxia fordiana, las historias siempre transcurren en el ámbito del matrimonio. 
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John Ford: La legión invencible
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La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949) es un western, pero su trama se desliza en muchas ocasiones hacia la comedia y el melodrama. Segunda entrega de la trilogía de la Caballería, escoge como punto de partida el desenlace de Fort Apache (1948), donde el teniente coronel Owen Thursday (Henry Fonda), ávido de gloria, conduce a sus hombres a una masacre, atacando a los apaches de forma temeraria e irresponsable. Es evidente que la derrota de Thursday se inspira en la batalla de Little Bighorn, pero mientras que en Fort Apache se cuestiona el mito de un Custer heroico y abnegado, en La legión invencible se respeta el hito legendario, descartando cualquier atisbo de crítica. Eso sí, la épica acontece fuera de campo, creando la sensación de no pertenecer al mundo real, sino a esa mitología tan ilusoria como necesaria para forjar el espíritu de una nación.
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John Ford: Fort Apache
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Hay victorias amargas y derrotas épicas. Según los historiadores, el tribuno romano Escipión Emiliano lloró sobre las ruinas de Cartago mientras citaba un verso de la Ilíada que profetizaba la destrucción de Troya. No pensaba en Troya, sino en Roma, cuya caída presentía en un momento indeterminado –pero quizá no muy lejano− del porvenir. Su triunfo no le había nublado la vista hasta el extremo de olvidar la fragilidad de todas obras humanas, incluidas las más colosales. George Armstrong Custer, teniente coronel del Séptimo Regimiento de Caballería de los Estados Unidos, careció de esa clarividencia, que deja abierta la puerta al fatalismo. Pensó que derrotaría con facilidad a las tribus acampadas en Black Hills, añadiendo un nuevo hito en la historia de un genocidio. Su arrogancia le costó la vida y la aniquilación de su destacamento. Sólo un caballo, «Comanche», sobreviviría a la masacre. Caballo Loco y Jefe Gall desplegaron una enorme habilidad táctica, dirigiendo eficazmente a sus guerreros contra unas tropas que sucumbieron al pánico apenas descubrieron su inferioridad numérica y la incompetencia estratégica de sus oficiales. La derrota sufrida por los blancos cerca de Little Bighorn, un pequeño río de Montana, adquirió de inmediato una dimensión épica.
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Tim Robbins: Dead Man Walking
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Cuando veo una película, intento prestar atención a los aspectos formales, como la dirección, la fotografía, el formato, la iluminación, los tipos de plano, los encuadres, el montaje, pero con Dead Man Walking (Tim Robbins, 1995) el relato me atrapa de tal manera que olvido la perspectiva crítica. Profundamente conmovido por la historia, sólo me quedo con en el dolor de las víctimas y sus familias, el coraje y la clarividencia de la monja católica Helen Prejean, la ofuscación moral del asesino y la cruel inutilidad de la pena de muerte. La hermana Prejean entiende que la mirada genuinamente cristiana no se fija tanto en el pecado como en el sufrimiento. El dolor es una experiencia individual, pero el grito de las víctimas nos incumbe a todos. En muchas ocasiones, la hermana Prejean ha aclarado que asiste a los reos condenados a la pena capital para ofrecerles compañía, consuelo, alivio, y no para aleccionarles o instigarles sentimientos de culpa: «Mi trabajo con los presos que están en el corredor de la muerte es acompañarles; no aconsejarles ni convencerles de que preparen su alma… No, es sólo acompañarles; como una hermana, como una amiga».
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Fritz Lang: The Big Heat
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Casi todas las películas contienen una escena memorable que compendia su espíritu: Scarlett O’Hara (Vivien Leigh) clamando al cielo para jurar que jamás volverá a pasar hambre en Lo que el viento se llevó; Ilsa Lund (Ingrid Bergman) pidiendo a Sam que toque otra vez «As Time Goes By» en Casablanca; el sheriff Will Kane (Gary Cooper) avanzando por una calle desierta con el rostro ensombrecido para enfrentarse con una cuadrilla de forajidos en Solo ante el peligro. Sería imposible escoger una sola escena de The Big Heat, que en España se tituló Los sobornados, pues abundan los momentos inolvidables que expresan su trágica visión del ser humano: las lágrimas contenidas de Dave Bannion (Glenn Ford) al contemplar la vivienda vacía donde compartió muchas horas de felicidad con su esposa asesinada; el rostro desfigurado por la ira de Vince Stone (Lee Marvin) poco antes de arrojar café hirviendo a la cara de su novia, la frívola e inmadura Debby Marsh (Gloria Grahame); la expresión risueña de Katie (Jocelyn Brando), la joven esposa de Bannion, al atrapar al vuelo las llaves del coche de la familia, sin sospechar que explotará una bomba al arrancar el motor.
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Kon Ichikawa: El arpa birmana
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«Roja es la tierra de Birmania y rojas son sus rocas», leemos al comienzo de El arpa birmana, la película con la que Kon Ichikawa consiguió el premio San Giorgio del Festival de Venecia en 1956. De fondo, escuchamos la banda sonora de Akira Ifukube, llena de patetismo y melancolía. Aunque la película se rodó en blanco y negro, el plano frontal del yermo birmano que sirve de preludio transmite el dramatismo y la vitalidad de un color habitualmente asociado a la violencia de la guerra, pero también a la tenacidad de la vida. La fotografía de Minoru Yokoyama capta la tragedia de una bella y misteriosa tierra que apenas ha conocido la paz. El imperio británico necesitó tres guerras para someter al país. Cuando, en 1942, el imperio del Japón acabó con la dominación inglesa, la población nativa osciló entre la indiferencia, la resistencia y el colaboracionismo. Muchos opinaron que sólo habían cambiado de amo y se limitaron a observar los acontecimientos. Tres años después, los soldados japoneses regresaban a casa, vencidos y desmoralizados. El arpa birmana narra las penalidades de una compañía que intenta cruzar la frontera de Tailandia para huir del avance de los aliados. No es una compañía cualquiera, sino un grupo de hombres abatidos que se refugian en la música para no caer en la desesperación. 
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