La máquina revolucionaria

Che Guevara. Una vida revolucionaria

Jon Lee Anderson

Anagrama. Barcelona

Trad. de Daniel Zadunaisky y Susana Pellicer

760 pp.

25 €

Es 1959. La revolución ha triunfado en Cuba. Los principales esbirros de Batista han logrado escapar. Se juzga a «agentes, chivatos y torturadores policiales». John Lee Anderson explica el proceso: «Los juicios comenzaban a las ocho o nueve de la noche y generalmente se llegaba a un veredicto a las dos o tres de la mañana. Duque de Estrada, encargado de reunir pruebas, tomar declaraciones e instruir los juicios, ocupaba el estrado junto al Che, el fiscal supremo, quien tomaba la decisión final sobre la suerte de aquellos hombres. «El Che consultaba conmigo –dice Duque–, pero estaba al mando y como comandante militar tenía la última palabra. Estuvimos de acuerdo en casi el cien por ciento de las decisiones. En unos cien días llevamos a cabo unas cincuenta y cinco ejecuciones por fusilamiento y recibimos muchas críticas por eso, pero dábamos a cada caso la debida y justa consideración y nunca tomábamos decisiones a la ligera». Unas líneas más adelante, John Lee Anderson afirma que «durante los meses siguientes, varios cientos de personas fueron juzgadas y fusiladas en todo el país». Pero, eso sí, recalca, fue mediante «procesos sumarios, pero legítimos, con abogados defensores, testigos, fiscales y público».

Hasta que leí estos pasajes, justo en la mitad del libro, el relato de la vida del Che, Ernesto Guevara, me estaba resultando completamente indiferente, y creo que tampoco le apasionaba a John Lee Anderson: su vida familiar en Argentina, sus tonterías de adolescente pijo, su formación «intelectual», los poemas que escribía, sus viajes por América, sus estudios universitarios, sus aventuras amorosas, su continua denegación de apoyo a los amigos que se embarcaban en movidas políticas, su estancia en México…, incluso su llegada a Cuba, su abrazo de la «fe» revolucionaria y su incorporación a los barbudos de Castro en Sierra Maestra.

Porque el Che no es nadie hasta que la Revolución triunfa en Cuba, hasta que tiene que dejar de fantasear con lo que hará y tiene de verdad que hacerlo. Y lo primero que hace es convertirse en juez y dictar sentencias: cincuenta y cinco fusilamientos «en unos cien días». (No resulta raro, tras conocer estas espeluznantes cifras, que a John Lee Anderson le merecen escasísimos comentarios, que los dirigentes soviéticos le parecieran unos blandos, aunque el primer regalo con el que le obsequiaron fue una pistola de la que nunca se desprendió, y prefiriera la mano dura de Mao.)

Sabemos muy bien la imagen que tenía de sí mismo en ese tiempo, porque se la describió a su madre en una carta: «El Departamento Industrial fue mi propia creación; lo entregué a medias, con el dolor de un padre agotado, para hundirme en mis aparentes dones divinos para las finanzas. También tengo el puesto de Jefe de Instrucción del E. Rebelde y el mando directo de un regimiento en Oriente. Caminamos sobre pura historia de la más alta categoría americana; somos el futuro y lo sabemos, construimos con felicidad aunque hemos olvidado los afectos individuales. Reciban un abrazo de esta máquina que dispensa amor calculador a 160 millones de americanos».

Sus «dones divinos para las finanzas» los aprendió a toda velocidad de la mano del economista mexicano Juan Noyola. Resultaron ser bastante más humanos, y por eso bastante más desastrosos de lo que creía el Che, y provocaron «escalo­fríos en la comunidad financiera y empresarial». Su política industrial provocó desde el principio «caos y desastres», y cuando planteó proyectos fabriles a los soviéticos para que los financiaran, como la creación de industria metalúrgica, lo miraron primero alucinados y luego trataron de aplicarle paños calientes.

John Lee Anderson no lo aclara (porque prefiere, aunque no siempre los datos apunten hacia allí, mostrar a un Che que sirve de vanguardia y baluarte ideológico de Fidel Castro), pero, siguiendo el relato de la historia, cuando Fidel consiguió hacerse con todo el poder en Cuba, decidió que el Che le sería más útil en su política exterior, y lo puso a viajar por el mundo. Pronto, la actividad diplomática del Che también chocó con Fidel, al preferir el modelo chino al modelo soviético.

[Auto]descartado para la acción del gobierno revolucionario y [auto]descartado como diplomático, el Che vio (o le hicieron ver) que su camino estaba en la lucha activa guerrillera y no en los despachos y en la burocracia. Y, por eso, viajó a África, a extender la revolución en el Congo. El relato que hace John Lee Anderson de ese desastre es tremendo y, no tan lateralmente como puede parecer, acierta a descubrir las causas del fracaso del Che.

El Che había negado mil veces la existencia del individuo y había afirmado otras tantas que las personas tenían que convertirse en máquinas. Los congoleños respondían así al deseo del Che de que se transformaran siguiendo su irresistible aliento revolucionario: Mimi hapana motocar. Mimi hapana motocar quiere decir: no soy un camión. Según John Lee Anderson, a partir de ese momento, «la protección y supervivencia del Che pasaron a depender totalmente de los servicios secretos cubanos. Por primera vez en su vida adulta, no era el dueño de su destino».

Su último esfuerzo guerrillero, el que llevó a cabo en Bolivia y que le acabó costando la vida, es ahora, cuando acaban de difundirse en Chile nuevas fotogra­fías de su cadáver, muy conocido, pero no lo era en 1997 cuando se publicó por primera vez esta biografía, y sin duda John Lee Anderson se emplea a fondo para presentar al Che como un héroe en esa chapuza guerrillera: el partido comunista boliviano le insistía en que estaba equivocado y los campesinos lo miraban a distancia, cuando no lo delataban.

El deseo de John Lee Anderson no era escribir una hagiografía, pero un mucho de «síndrome de Estocolmo» se siente desde la «Introducción» hasta el «Epílogo», especial para esta edición y con afirmaciones sobre Hugo Chávez, el subcomandante Marcos y Evo Morales más que de­sa­for­tu­na­das. Sólo desde ese «síndrome» se entiende su afirmación de que en el Che se combinaban «una pasión romántica y un pensamiento frío y analítico». Las razones por las que el Che se ha convertido en el mayor icono de la desazón juvenil siguen pareciéndome después de la lectura de la biografía de John Lee Anderson aún más incomprensibles. 

Ficha técnica

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