Avisos para tomar tierra

Componer un mundo en común. ¿Por qué necesitamos a Bruno Latour?

Juan Manuel Zaragoza

Madrid, Lengua de Trapo, 2024

376 págs.

Juan Manuel Zaragoza nos ofrece en este libro una trenza de varios hilos, todos imprescindibles para entender no ya sólo a Bruno Latour, como promete el subtítulo, sino para entendernos en un mundo actual del que no sólo se han ido los dioses sino también parecen querer irse las élites, como sostiene Latour. Es, en primer lugar, una biografía intelectual del autor francés que resiste las categorías profesionales y los encasillamientos culturales en que se le ha pretendido encerrar. Un autor de acción retardada, incomprendido durante décadas por una superficial asociación bien con el constructivismo social de la ciencia, bien con el relativismo posmoderno. Un autor que, como sostiene convincentemente Juan Manuel Zaragoza, ha sobrevivido a las malinterpretaciones de su obra y sus metáforas son ahora luminosas interpretaciones de las tramas que forman la fábrica de lo real en el mundo contemporáneo, al menos en la parte en la que se desarrolla la vida humana, entre otras formas de vida.

Se van hilando las distintas obras a través de un segundo hilo, apasionante, que recorre la historia de los estudios de las relaciones entre ciencia, técnica y sociedad en el último medio siglo. Zaragoza sitúa cada libro en el contexto de las transformaciones y controversias que iban suscitando esos estudios, provocando con ellas el conflicto que se ha llamado «guerras de la ciencia» y que forma parte de las guerras culturales en las que habitamos. No menos notable, Zaragoza ha buscado que el libro tenga una fuerza pedagógica para comprender las relaciones entre la investigación y la sociedad, y para adoptar políticas públicas sobre estas relaciones en los momentos en que el Planeta se ve amenazado por procesos geológicos de origen humano que afectan a todas las criaturas humanas y no humanas que lo habitan. De ahí el deseo de «componer un mundo en común», pues la articulación, el tejido de aliados, la política de hacer presentes a los ausentes, casi siempre seres sin voz, ha sido la gran lección práctica de los casos examinados por Latour y de los que él no hizo, pero que Juan Manuel trae a la luz, como es la eutrofización catastrófica del Mar Menor. Y lo consigue. El libro tiene fuerza. Sorprende en un libro que podría quedarse en lo hagiográfico y sin embargo trasciende al personaje para reconstruir los dilemas de una época entera de reflexión sobre la civilización técnica.

El personaje de Latour atraviesa la historia de la filosofía contemporánea y de la ciencia y la cultura como un extraño fenómeno que ha de ser estudiado contra sus muchos y contradictorios enemigos. Su tesis de teología/filosofía sobre Charles Péguy indica una filiación y una alianza con la escritura al margen y la multivariedad que no le abandonará nunca. En un escrito1 para el centenario de Charles Péguy, Latour realiza una semblanza del filósofo que no oculta la profunda influencia que tuvo en su vida más en las actitudes antiacadémicas, en el estilo y la libertad de escritura siempre combativa. La reivindicación de Péguy como filósofo, aunque no haya sido reconocido en el canon francés, en este escrito, cuyo título «Nosotros, los vencidos», en el lazo que establece con el pronombre del plural, era también una clara reivindicación de su vocación y profesión de filósofo, que tampoco fue reconocido por la academia durante décadas. Ahora bien, estar al margen, ser un incomprendido, e incluso tener muchos adversarios, no son dones que por sí mismos impliquen mérito intelectual. El mundo está lleno de escritores marginales, incomprendidos o despreciados… e irrelevantes. Sólo algunos tienen el privilegio de sufrir exclusiones por haber sido capaces de trascender a su tiempo e iluminar el futuro. Péguy adelanta en su mezcla de misticismo y premiosa argumentación una crítica a la modernidad que anticipa las derivas del modernismo. Latour, en su distancia de los modos de entender la ciencia heroicos, pero también sociologizantes, fue desarrollando formas de hacernos cargo de la complejidad de las relaciones entre lo humano y lo no humano. Graham Harman le considera uno de los grandes metafísicos contemporáneos2, quizás en un ejercicio muy latouriano de ponerlo de su lado, pero Juan Manuel Zaragoza desarrolla mucho más persuasivamente la reivindicación de Latour como filósofo contemporáneo.

En su viva reconstrucción de los pasos dados por Latour, comienza recordándonos cómo en sus comienzos tuvo que nadar en el estanque de tiburones que era el mundillo intelectual de la Francia post sesenta y ocho. Su primer libro con Woolgar, La ciencia en acción, le ganó el desprecio de Pierre Bourdieu, por entonces emperador incuestionado de la intersección entre filosofía, antropología y sociología, justo el lugar donde quería habitar Latour. No es poco comenzar así una carrera. Ello le impidió el acceso a las instituciones deslumbrantes de París y, quizás como un regalo del destino, se refugió en los pasillos de la École des Mines, que le confirió independencia y la creación de una de sus primeras redes que poco a poco atraerían la atención.

Aquel libro era insólito. Y lo sigue siendo. Durante dos años, del 75 al 77, como doctor en teología y agudo observador del sistema institucional colonial de Mali, con un inglés poco fluido y ninguna preparación científica llegó por recomendación de Roger Guillemin, quien sería Nobel de medicina en 1977, al instituto Salk de investigación en California. Un malentendido, pues el neuro endocrinólogo quería incorporar un «epistemólogo» al uso para que se integrase en el instituto y Latour se dedicó a hacer etnografía del trabajo real del laboratorio, desde el personal, pasando por los animalitos, sustancias, frigoríficos, aparatos de análisis, ordenadores e impresoras y a lo largo de dos años llegó a la insólita conclusión de que un laboratorio de biología estaba en realidad dedicado a producir papeles, papers. Muchos papers. No sólo, claro. De lo que trataba la obra en la que se asoció con el sociólogo británico Steve Woolgar era de reconstruir cómo se elabora (construye) un hecho científico y un objeto (la neurohormona TRF). Fue totalmente malinterpretado. Los sociólogos reduccionistas  de la ciencia no lo entendieron y los activistas de la batalla cultural como Boghossian3 aún menos. «Constructivismo» se había convertido en un término de combate. En la segunda edición de 1986, los dos autores trataron (sin éxito) de despejar el malentendido. En la entrada «Relativism» de la Stanford Encyclopedia of Philosophy, actualizada en 2025, el libro aún se sigue considerando como ejemplo de relativismo cultural4. El punto estaba en cómo Latour pensaba en «construir». Se trata de un proceso complejo de generación de objetos, relaciones sociales de asentimiento, argumentos, financiaciones, recogida cuidadosa de objetos naturales… todo un proceso en el que, al final, todos se convencen de que hay un hecho que justifica una creencia. Sin ese trabajo, dirá Latour, y ese pecado nunca se le perdonará ni tampoco se entenderá, el hecho «no existe». Pero Latour no estaba jugando a ningún juego epistemológico, sino, por el contrario, constatando que tanto en la ciencia como en el derecho, construir un «caso» es algo complicado, como saben muy bien los jueces en el sistema continental y los fiscales en el anglosajón, y como sufren siempre los investigadores para llevar a cabo esa tarea de encontrar evidencias más allá de toda duda. Es una pena que haya tantas películas de juicios y tan poca de procesos de investigación científica. Latour se entendería mucho mejor.

A partir del capítulo 2 ―donde Juan Manuel Zaragoza narra las vicisitudes de estos primeros comienzos de investigación sobre cómo se «construyen» los hechos por parte de Latour, un trabajo que continuará revolviendo en la historia de Pasteur y sus guerras y paces para convencer al mundo del papel de los microbios― el libro se adentra en un relato que bien podría ser llamado «La pasión de Bruno Latour»: sus intentos de convencer a la gente de que su programa no tenía nada que ver con el constructivismo social. En la Escuela de Minas, tan cerca y tan lejos de la Sorbona y la École Normale o el Collège de France, Latour inicia con Michel Callon y gente variopinta el proyecto Pandora que redunda en la Teoría del Actor Red (ANT). Aparecerán a lo largo de la década de los 80 libros que, ahora sí, comienzan a recibir una nueva atención, más en sociología que en filosofía por sus poderosas metáforas y nuevos conceptos difíciles de integrar en el vocabulario estándar de las filosofías analítica y continental: «caja negra», nos explica con claridad didáctica Juan Manuel Zaragoza, es un término que refiere cómo al final del proceso de construcción de hechos se borra la memoria de ese relato y sólo queda «el hecho» como algo absoluto. Curiosamente recuerda mucho a las tesis de Marx sobre el fetichismo de la mercancía, que también alude al proceso de borrado de las huellas de la historia material de producción social. Inscripciones, traducciones, portavoces, actantes… son las nuevas palabras que Latour dispone para que se sepa que la teoría del actor red no es una teoría de la «construcción social» de los hechos, sino una caja de herramientas para mirar con cuidado los procesos de creación científica y técnica.

Latour y sus actantes habían caído en un lado en la «guerra de las ciencias» que recorrió con intensidad los años del posmodernismo. Él intentaba explicar una y otra vez que no se trataba de perder el sentido de lo real ni la confianza en la ciencia sino de estudiar sus procesos. «¿Acaso los biólogos son enemigos de la vida?», escribirá en un texto se puede leer como una especie de tragedia en prosa, una tragedia filosófica en la que parece que Latour se sabe perdedor sin por ello perder la esperanza. La esperanza de Pandora es su título, complejo de referencias, a Péguy, a su proyecto Pandora, al mito mismo. En plena ofensiva de la broma de Sokal, de los ataques de Juan Pablo II contra el relativismo y de las élites académicas contra el posmodernismo. Las guerras de la ciencia estaban mutando en guerras culturales con una cada vez más clara intención política. La década de los noventa, la era dorada de los milenials, fue el anticipo de lo que sería el siglo actual, el siglo de la polarización. Latour intentaba construir un territorio de nadie.

Había empezado una década antes, en 1991, cuando escribió lo que Juan Manuel Zaragoza considera su mejor libro, Nunca fuimos modernos, que marca un punto de inflexión, una metamorfosis de Latour hacia la política. Este giro sería mucho más acusado un par de décadas después y Latour dejaría de provocar a la izquierda para abordar un programa ecosocialista, pero, al igual que Donna Haraway, en estos años reparó en que las guerras de la ciencia unen la filosofía, la ciencia y la política. Las ciencias entran en política es su lema en su revisión del modernismo, escrito después de un quinquenio (1985-1990) en que parecía haber cambiado el mundo: el descubrimiento del adelgazamiento de la capa de ozono en 1985, el desastre de Chernóbil en 1986, la caída del Muro de Berlín en 1989, la Guerra del Golfo de 1990. Señales del fin del mundo, parecerían este encadenamiento de eventos. Y, efectivamente, lo fueron. Había comenzado el siglo XXI una década antes. Y Bruno Latour detectó cuáles eran las transformaciones metafísicas que necesitaríamos en el nuevo siglo. Abandonar las nociones de «sociedad» y «naturaleza» como instancias de seguridad ontológica. Abandonar el programa multicentenario de pretender construir una ciencia de la sociedad y una ciencia de la naturaleza como dos empeños separados de la humanidad. Como los monstruos y cíborgs de Donna Haraway, los híbridos deberían ser en adelante los trozos de realidad para componer un mundo en común.

Híbridos de humanos y no humanos, de ciencia y política, de naturaleza y sociedad. La esperanza de Pandora, escrito al final de la década es el texto más explícito sobre los híbridos y la intromisión de los no humanos entre los asuntos humanos. Juan Manuel Zaragoza nos explica muy bien el contexto de este libro que responde indirectamente al asunto Sokal y a su pretendida defensa de un neopositivismo de izquierdas. Latour lo hace con una ironía y una profundizan insólitas, releyendo el Gorgias, donde se enfrentan Calicles, representando el poder y Sócrates, representando la razón y la justicia. Sociólogos (reduccionistas, constructivistas) frente a científicos defensores de la República de las Ciencias. Apariencia de enfrentamiento, sostiene Latour, porque lo que hay por debajo es un silenciamiento de las masas de humanos y no humanos, como Platón trataba de silenciar a los partícipes en la Asamblea silenciando a los sofistas que les enseñaban a hablar. Unos y otros tienen miedo a la democracia. Este capítulo, el quinto del libro, me parece luminoso y persuasivo para volver sobre estos dos grandes textos de Latour, sobre los que se cimentan sus más recientes reivindicaciones de lo no humano en lo humano: las cosas hechas públicas, traídas al parlamento de los humanos, la extensión de las redes de acción de las mentes elitistas a las composiciones complejas de híbridos.

En los siguientes capítulos, Zaragoza articula («articulación», un término muy latouriano) la filosofía política y la epistemología en la obra de Latour en nuestro siglo. La propuesta de una «ecología política», una ecología verdaderamente política o una política verdaderamente ecológica sólo puede levantarse sobre el cadáver de la «naturaleza», un concepto construido para oponerse a la cultura, a la sociedad, a lo humano. Sólo desde la convocatoria a la acción ecológica de colectivos humanos y no humanos puede regenerarse la verdadera agencia política contra el determinismo tecnológico o el catastrofismo colapsista. Desmodernizar para reinventar lo común. Toda política posible tiene que incluir composiciones complejas y «alianzas» de palabras, artefactos, textos, seres vivos, trozos físicos de materia y energía, agrupaciones materiales y sociales.

Prepararse para las guerras culturales y ecológicas del siglo XXI. Abandonar el fetichismo de los hechos, el facticismo para entrar en las «materias de preocupación», reinventar lo que importa, reensamblar lo social. El estilo de Latour en sus últimos escritos se vuelve profético a la vez que político. Y también lo hace el estilo de Juan Manuel Zaragoza. ¡Qué bien escriben los dos, cada uno en su forma de convocar metáforas y entremezclar lo cotidiano con lo científico! Latour convoca en su programa a colectivos del presente y del pasado. A escritores que fueron marginales en su tiempo y lo han sido en la posterioridad: Spinoza, Gabriel Tarde, Whitehead.

¿Hay un proyecto realmente filosófico tras la biografía intelectual de Bruno Latour? Juan Manuel Zaragoza nos ha convencido de que sí. Coincido con él y, por mi parte, sitúo a Latour en un lugar similar al que coloco a John Dewey en el siglo pasado. El lugar de los grandes educadores de la humanidad, que es en apariencia un lugar oculto por múltiples luces de gas, como lo es el de los maestros sin los que no se habrían desarrollado muchas genialidades. Como Dewey, Latour emplaza la experiencia en el centro de gravedad permanente de la civilización y de la democracia, por no decir de la ciencia y del mundo en común.

Este libro de Juan Manuel Zaragoza no sustituye la lectura de Latour pero tiene la inmensa virtud de que cada capítulo arrastra al lector a buscar las obras de aquél. Lo hace además con una suave e irónica (en un sentido muy profundo de ironía) narrativa que ilumina las zonas oscuras de nuestro mundo y, como Latour, convoca a los que no tienen voz: los peces muertos del Mar Menor, los emigrantes ahogados en el Mediterráneo y tantos otros seres que actúan de formas oblicuas sobre nuestra esperanza. Un libro para tomar tierra con suavidad pero con firmeza. No para salir de la caverna, sino para bajar de los cielos idealistas y elitistas.

Fernando Broncano es profesor de Humanidades (cultura y tecnología) en Universidad Carlos III de Madrid.

  1. Bruno Latour, «Nous sommes des vaincus», en Camille Riquier (ed), Charles Peguy, París, Cerf, 2014. ↩︎
  2. Graham Harman, Latour. Prince of Networks, Melbourne, Re.Press, 2009. ↩︎
  3. Paul Boghossian, El miedo al conocimiento: Contra el relativismo y el constructivismo, trad. Fabio Morales, Madrid, Alianza, 2009. ↩︎
  4. Maria Baghramian y  J. Adam Carter, «Relativism», The Stanford Encyclopedia of Philosophy Edward N. Zalta & Uri Nodelman (eds.), 2005; disponible en: https://plato.stanford.edu/archives/spr2025/entries/relativism/. ↩︎
Instituto Salk de Estudios Biológicos, California. Wikimedia
Instituto Salk de Estudios Biológicos, California. Wikimedia

Ficha técnica

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