«Hay tres cosmólogos a los que amo por encima de los demás: Jenófanes, Heráclito y Parménides». A esta confesión une Popper otra: deplora que la filosofía abandone la cosmología (conocimiento del Mundo en su conjunto), y tampoco le gusta que las ciencias, por escrúpulos de especialismo, dejen de lado la perspectiva cosmológica. Recuerdo un reproche de mi maestro Gustavo Bueno, referido a los cosmólogos de este siglo XX (expertos, sí, en física ya científica –y no jonia ni eleática– pero que, metidos a teorizar de cosmología más allá de «especialidades», reincurrirían en metafísica); decía de ellos: «¡Si es que a veces parecen presocráticos!». Muy al contrario, lo de «parecer presocráticos» sería, para Popper, un elogio. Aquellos cosmólogos audaces (y aunque