Las memorias de Antonio Gamoneda recorren algunos de los límites imposibles que sus poemas abren. O, por decirlo de otra manera, dan carnalidad a anécdotas que, rayadas en lo intransigente, habían alcanzado ya condición de mito, como la cuerda de presos que de niño veía pasar hacia el Hostal de San Marcos en León, o el cinturón de pena y la miseria en la garganta de la posguerra. Son lo que él llama «indicios de narraciones impecables». Avanzar, más que regresar, desde esa última reducción a la expansión de un relato autobiográfico era atravesar un abismo inconmensurable. Las anécdotas de sus poemas no son ni nuevas ni únicamente suyas, y corrían el peligro, al dilatarse, de dar un ligero sabor