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La novela-confesión polifónica de Svetlana Aleksiévich

«Soy la típica filóloga»: así contestó hace años Svetlana Aleksiévich cuando le preguntaron cómo dio el salto del periodismo a la literatura, en referencia al origen griego del término, «amor o interés por las palabras». «Escribí mi trabajo final de carrera sobre Dmitri Písarev», un filósofo y nihilista ruso: «Me atraía su manera de pensar radicalmente diferente». Licenciada en Periodismo en Minsk en 1972, cuatro años más tarde leería el libro que marcaría su proyecto como escritora: Soy de una aldea en llamas, de Alés Adamóvich. En esta narración documental, se rescataban casi trescientos testigos directos del genocidio perpetrado por los batallones punitivos nazis en las aldeas bielorrusas. El epítome de estas masacres fue el pueblo arrasado de Jatín, cuya población fue exterminada en la primavera de 1943. 

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Diario de verdades

Conocida por ser una de las poetas más singulares del pasado siglo, Tsvietáieva fue también una de las mejores escritoras autobiográficas en lengua rusa: diarios políticos, memorias familiares y ensayos consagrados a figuras destacadas de la Edad de Plata forman parte de su producción en prosa. Este pequeño volumen aglutina piezas y notas diarísticas escritas entre 1917 y 1921, años en los que quedó atrapada en Moscú.

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Las vidas de Dostoievski

La biografía de un autor literario, género cuya forma moderna nace en el siglo XVIII, lidia con una intrincada red de interrogantes, falacias y contradicciones. El investigador procura esclarecer las incógnitas de partida con la ayuda de fragmentos dispersos en archivos, bibliotecas y hemerotecas, consultando testimonios, la correspondencia y las obras del escritor. Por la condición fragmentaria del material a su alcance, siempre topará con ángulos ciegos donde no se refleja ninguna imagen, lagunas intrínsecas al trazado de la cartografía íntima de un individuo. 

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Autodesechos

En Artistas sin obra, «I would prefer not to», un ensayo vestido con traje académico y adornado con alguna nota de color ficcional, Jean-Yves Jouannais (Montluçon, 1964) mezcla la especulación filosófica, el bosquejo biográfico, la teoría estética y la obra de catalogación sin cerrar la puerta a la ficción metaliteraria.

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Malévich y la consagración del suprematismo

No hay polémica que cien años dure. Tampoco en el mundo del arte. El tiempo, con su ejército de teóricos, expertos y comerciantes, se encarga de quitar aristas y de suavizar el vértigo que provocaron algunas obras cuando fueron expuestas por primera vez al escrutinio del público. El pasado 29 de mayo se cumplió un siglo del estreno de La consagración de la primavera en el teatro de los Campos Elíseos de París. Aquella noche, con las notas iniciales del fagot, arrancaron los primeros abucheos de la platea. El malestar no se apaciguó con la coreografía de Nijinsky, que desafiaba los postulados clásicos y respondía a la llamada de la tierra y de los dioses paganos, ni tampoco con el torrente de notas disonantes del joven Stravinsky, quien afirmaba que en su partitura no había «regiones para la búsqueda espiritual».

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Nadiezhda, la compañera de los días oscuros

Moscú, madrugada del 13 al 14 de mayo de 1934. Un golpe seco en la puerta marca el final de una vida y el principio de otra para el matrimonio Mandelstam. O, en otras palabras, el inicio de «un tiempo de plazos hasta la realización de lo irremediable» (p. 79). Aquella noche no estaban solos: Anna Ajmátova se encontraba en la cocina, donde la acomodaban cuando iba de visita, y un traductor al que nadie había invitado declamaba sus versos favoritos. Luego resultó que el presunto admirador era cómplice de la policía, algo, por otra parte, en absoluto sorprendente, dado que los «colaboradores» se infiltraban a discreción: «cada familia pasaba revista a sus conocidos, buscando entre ellos a los provocadores, soplones y traidores» (p. 68). La otra gran figura de la poesía acmeísta rusa recuerda que, de fondo, se oía el tañido de la guitarra hawaiana del poeta Kirsánov. No tenían nada que llevarse a la boca y, momentos antes de la funesta inspección, Mandelstam había vuelto con un huevo prestado por un vecino. 

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