Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Al servicio de Stalin

Para los comunistas europeos, la década de 1940 fue, por parafrasear a Charles Dickens en Historia de dos ciudades, «el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos». La década comenzó con el terremoto ideológico del pacto nazi-soviético de agosto de 1939, que aún sigue reverberando dentro del movimiento comunista internacional. Los camaradas tuvieron que digerir el «hecho» de que la guerra franco-británica contra Hitler no era la lucha contra el fascismo por la que habían estado haciendo campaña incansablemente en los años treinta. El Partido Comunista Francés (PCF), que previamente se había presentado como la más patriótica de las organizaciones patriotas, expresaba ahora su completo desinterés por el desenlace del conflicto. 

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Los héroes olvidados de Franco: la mula y la sardina

¿Por qué ganaron los nacionalistas la Guerra Civil? La explicación oficial de los vencedores fue inequívoca. El decreto que concedió a Franco la Gran Cruz Laureada de San Fernando al comienzo del desfile de la victoria el 19 de mayo de 1939 en Madrid hacía referencia a «el Generalísimo, iniciador y verdadero artífice de nuestro glorioso Movimiento», que «con su genio supo ganar la guerra». Los vencidos, naturalmente, estuvieron en desacuerdo. Su principal explicación se encuentra bien expresada por el líder exiliado anarquista, lleno de amargura, Diego Abad de Santillán, en sus memorias de 1940, Por qué perdimos la guerra. Para él, el resultado del conflicto fue la consecuencia inevitable de «la poderosa ayuda italo-alemana prestada a nuestros enemigos, en hombres y en material bélico» y «la complacencia criminal de los llamados Gobiernos democráticos, autores de la farsa inicua de la no-intervención».

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Vino viejo en odres nuevos

 Las denuncias de la existencia de planes rebeldes de exterminio aparecieron rápidamente en la España republicana tras el estallido de la Guerra Civil. A finales de julio de 1936, la prensa madrileña publicó las «instrucciones» que se encontraron al parecer a un oficial rebelde capturado en Guadalajara. Para El Socialista, este documento demostraba que el propósito de los rebeldes era «sembrar […] el terror por todos los medios», y fue el producto inevitable de «los elementos podridos y parásitos de una sociedad llamada inexorablemente a depurarse». Dos meses después, el purgado Colegio de Abogados de Madrid publicó un informe sobre las atrocidades rebeldes que declaraba que «la consigna de los insurrectos» era «la del más impío exterminio y terror». El

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