ARTÍCULO

Udo Kultermann y la historiografía del arte

Akal, Madrid, 1996
Trad. de Jesús Espino Nuño
 

En España, los estudios de historia del arte han sido durante mucho tiempo –y a veces son todavía– una obra de paciencia descriptiva y memoriosa, un minucioso trabajo de atlas, herbarios y rituales. Hoy los alumnos universitarios de esta materia leen más sobre teoría y método. Pero no se les puede alimentar sólo con deconstrucción y feminismos, historia foucaultiana y psicoanálisis lacaniano; conviene que sepan algo también de la tradición intelectual de su propia disciplina. Para ello tenemos ya en castellano a Alois Riegl y Heinrich Wölfflin, Longhi y Focillon, Erwin Panofsky, Wittkower y Gombrich (aunque faltan otros por traducir, como Aby Warburg).

Una guía excelente para acercarse a estos clásicos (y a otros menos conocidos entre nosotros) es el libro de Udo Kultermann, que apareció en alemán en 1966 y se publica ahora, según la edición aumentada de 1990, en la colección «Arte y estética» que dirige Joan Sureda. Kultermann traza la genealogía de la historiografía del arte: sus remotos orígenes; sus progresos desde las vidas de artistas de Vasari, a través de las academias y los anticuarios del siglo XVIII, hasta el humanismo clásico alemán –Winckelmann, Lessing, Goethe-y el romanticismo. Recorre luego las etapas de la historia del arte «científica»: las variedades del positivismo y el atribucionismo, el método formal, la «historia del espíritu», el desarrollo de la iconología. El lugar preponderante que el libro concede a los autores en lengua alemana está justificado de sobra. El último capítulo, donde se pretende recoger el estado actual de la historiografía del arte, es muy insuficiente.

A diferencia de otros autores, como Michael Podro en su The Critical Historians of Art (que, por cierto, sería urgente traducir), Kultermann no sigue un argumento teórico ni se demora en análisis profundos de cuestiones metodológicas. Su relato sintético, dirigido a un público amplio, presenta las ideas de los historiadores del arte en el contexto de sus biografías, incluso a riesgo de abusar de las anécdotas. El autor ha querido contar, como él dice, «una aventura del espíritu a la que se entregaron diversos hombres con pasión y energía». Y el resultado, en este aspecto, es muy orientador e informativo.

01/09/1997

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