ARTÍCULO

RAMÓN BUENAVENTURA. EL AÑO QUE VIENE EN TÁNGER

El año que viene en Tánger, ha sido publicada por Debate.
 

No cometeré de inicio la torpeza de intentar clasificar este libro, es decir, de interrogarme acerca de si es o no es una novela, porque el mismo autor se ocupa de definirlo: «El retrato de un personaje quizá contradictorio, pero desde luego rotundo en su coherencia de triunfador: capitán general de los negocios y de los pechos femeninos decide, ya en las primeras estribaciones de la senescencia, amansarse a vivir con su linda noviecita de juventud. Y fueron felices y comieron perdices y a mí no me dieron porque yo no quise». Incluso el peculiar castellano de este párrafo da la medida del estilo de todo el libro.

El libro no sólo no transcurre como una narración al uso sino que parece más bien el material de trabajo de una biografía encarpetado por secciones. El narrador es el propio autor, que se presenta como tal hasta en detalles mínimos, que se pone sistemáticamente por delante del material (iba a decir: de la historia) y lo acota y puntualiza cuando lo considera oportuno. Y a tal extremo se identifica que incluso se trae a tomar copas a la novela a algunos amigos, personas reales e igualmente identificables.

Además, considera que su sola presencia y la de su personaje es suficiente y, así, todas las referencias locales, espaciales, temporales y personales son menciones puras y duras, apenas hay descripción, pormenores, antecedentes, consecuentes; es decir: si para por la calle tal, pues es la calle tal y punto. Lo cual supone que la mera mención ha de actuar sobre la imaginación del lector que se vería, el pobre, obligado a poner él todo lo demás; eso si es contemporáneo del autor porque, si no, necesitará consultar fuentes para poder situarse. Para colmo, las distintas voces que hablan en el libro tienen una más que sospechosa procedencia común, un indisimulable parecido intelectual.

En otras palabras: no hay ley de la narración que no haya sido transgredida por Ramón Buenaventura para contarnos la historia de un hipotético amigo suyo, nacido un mes más tarde que él en la ciudad de Tánger, a quien conoce desde la infancia; aunque haya dejado de verle, un día reaparece en su vida para contarle que ha venido a reunirse con un viejo amor de treinta años antes al que no supo amar entonces. El lector se dispone a conocer la interesante vida y personalidad de este tal León Aulaga que tan sugestivamente se nos presenta. Y no hay nada; el tal Aulaga, por sí, es un ser ininteresante cuyo único mérito –aparte de ganar dinero y acostarse con cientos de mujeres– es el de ser amigo de Ramón Buenaventura. Y, aún peor, de personaje tan ininteresante se nos dice de continuo que es real, que existe tanto como el autor, pero que ha debido ser velado para que no se lo pueda reconocer.

¿A qué viene este ataque de pudor en un libro que opera «como un libro abierto», que nos mantiene deliberadamente en el plano de lo real –es decir: de lo no literario– y que se niega a ser una narración en sentido estricto? Yo creo que en esta pregunta está la clave del libro.

Porque, desde mi punto de vista, el interés del libro radica en que León Aulaga, el protagonista, es el único personaje ininteresante del libro. Si es o no es un alter ego del autor, o sólo una parte del ego, o un personaje real disfrazado, o el mecanismo que engrana la historia, me parece un asunto menor. Lo importante es que ese personaje real cuya real presencia se vela para no ser reconocido, queda, por efecto de la veladura, reducido a casi nada mientras el resto de los personajes, incluidas las amantes del fichero (sí, hay un fichero de amantes) construyen en torno a él, con Ramón Buenaventura a la cabeza, una imagen del mundo. Si me apuran, y recordando la escena final en que León Aulaga intenta impedir la publicación del libro y el autor, simbólicamente, lo mata como amigo real y lo instaura como personaje, esa imagen contiene la idea de que el mundo es, en buena parte, mentira y la literatura es, en buena parte, verdad.

Lo que pasa es que esa opinión está sostenida por alguien que es (si se puede ser) poeta y no novelista. Y aquí sí entro en el asunto de si estamos o no estamos ante una novela. El libro es una desmesura que no se organiza como narración –y con esto me refiero tanto a la narración tradicional (un Conrad, por ejemplo) como a la tentativa (un Claude Simon)– sino como al desarrollo impulsivo de modos de la realidad en torno a un referente. Un referente que es Aulaga y Buenaventura a la vez; es decir: Tánger. «Una ciudad que ya no existe / en un país que entonces no existía.» De este modo, Tánger se convierte en un vacío simbólico que hay que llenar por la vía doble de la realidad y de la ficción. Semejante impulso sólo puede ser poético, es decir: la cualidad de lo poético primará sobre la organización de lo narrativo. Y si alguien piensa que el relato está escrito con inmediato realismo me atrevería a contestarle que, en mi opinión, eso se debe a la voluntad de hacer no una novela sino, en el fondo, un experimento poético radical. Es más, me pregunto si el poeta Ramón Buenaventura no compartirá mi aprecio por Los reconocimientos de William Gaddis.

Dice la solapa del editor que este es «un libro para instalarse en él y hacer amigos o enemigos y pensar en ellos mucho tiempo, con ganas de quedar a tomar unas copas». Pues también, pero estoy convencido de que en esa reunión se terminará necesariamente hablando sobre el lugar de uno, sobre mentira y verdad, sobre realidad y ficción. Y sobre copas, donde a menudo se juntan realidad y ficción, aunque de otro modo.

01/12/1998

 
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