ARTÍCULO

Populismo: anatomía del espectro

 

Si 2016 fue el año del populismo, coronado por la victoria de Donald Trump en las presidenciales estadounidenses y la decisión de los votantes británicos de abandonar la Unión Europea, 2017 fue el año en que se frenó su irresistible ascenso: esperábamos lo peor y lo peor no llegó. Pese a la incesante alerta mediática, no se concretó ninguna de las amenazas previstas: el partido de Geert Wilders apenas subió cinco escaños en las elecciones holandesas, Marine Le Pen cayó con estrépito en la segunda ronda de las presidenciales francesas y Norbert Hofer, candidato de la ultraderecha a la presidencia de Austria, no logró superar al político verde Alexander Van der Bellen. A ello podríamos añadir el fracaso del procés independentista en Cataluña, fenómeno nacionalista de tintes populistas, así como la creciente sensación de que el Brexit ha sido un fenomenal error colectivo cometido en nombre del pueblo. Si el proverbial espectro recorría Europa, en fin, dejó su sitio a un hondo suspiro de alivio.

No obstante, el riesgo de contagio populista está lejos de haberse conjurado. Ya hemos tenido algún indicio de ello: mientras los populistas austríacos forman parte de la nueva coalición conservadora que gobierna su país, los líderes de Polonia y Hungría siguen empeñados en construir democracias «iliberales» sin merma de su popularidad. Por añadidura, 2018 puede traer alguna sorpresa desagradable: los Demócratas Suecos ‒que ya son el tercer partido en el parlamento‒ podrían ganar hasta cuatro puntos en las elecciones generales de este año y el Movimiento Cinco Estrellas italiano exhibe una preocupante fortaleza en las encuestas, confirmada en las elecciones legislativas del pasado 4 de marzo. Las tendencias de fondo, en fin, son las que son: de acuerdo con un estudio dirigido por el politólogo Yascha Mounk para el Tony Blair Institute, el voto populista en la Unión Europea ha pasado del 8,5% de media en el año 2000 al 24,1% en la actualidad. Así que el alivio quizá sea prematuro.

A cambio, el retorno del populismo ha servido para demostrar la capacidad de las sociedades liberales para estudiar sus propias patologías. En los últimos dos o tres años, las publicaciones académicas y los reportajes periodísticos sobre las distintas facetas del populismo han aumentado a ojos vista, nutriendo una conversación pública que también le ha prestado la atención que merece. El resultado ha sido un proceso de aprendizaje social que testimonia la potencia epistémica de los regímenes liberales. Ya no podemos decir que se ignora lo que sea exactamente el populismo, despacharlo como una mera Schimpfwort o reproche que se lanzan unos actores políticos a otros con objetivo de deslegitimarlos, ni sostener con brocha gorda que todos los partidos son populistas. Sabemos lo suficiente, y cada vez sabemos más. Cuestión distinta es esperar que las ciencias sociales proporcionen axiomas predictivos o dibujen soluciones políticas infalibles: como eso no es posible, tendremos que conformarnos con un conocimiento sistemático, que aventura hipótesis difíciles de contrastar, y con recomendaciones orientativas de las que el sistema político puede servirse.

Buena prueba del interés creciente por el problema del populismo es la aparición en España, durante los últimos meses, de los tres libros aquí reseñados. Son trabajos de distinto enfoque y extensión, que se aproximan a su objeto desde ángulos diferentes, pero complementarios. Acaso el más completo sea el volumen firmado al alimón por los académicos Fernando Vallespín y Máriam Martínez-Bascuñán, por su voluntad de aunar la teoría política con el análisis de las hipótesis empíricas y los ejemplos concretos, a partir de una revisión exhaustiva de la literatura existente. Nutrido con una amplia nómina de autores, por su parte, la Geografía del populismo editada por Ángel Rivero, Javier Zarzalejos y Jorge del Palacio es una inmejorable introducción a los abundantes fenómenos populistas de ayer y hoy, desde Getulio Vargas a Viktor Orbán, acompañada por un conjunto de consideraciones teóricas acerca de la naturaleza del tema de estudio. Finalmente, el político y ensayista José María Lassalle ha escrito un ensayo breve y condensado, prescindiendo de todo aparato bibliográfico, que indaga originalmente en las causas y los peligros del populismo a mayor distancia de los detalles compilados por los trabajos empíricos.

En todos ellos se constata una cierta preocupación por la democracia española, donde la sorpresiva aparición del populismo de izquierdas representado por Podemos ha fragmentado a la izquierda y ha sacudido las bases del sistema de partidos. Enrique Krauze advierte en su prólogo a Geografía del populismo que, si la historia política de América Latina nos sirve de guía, un gobierno populista en España sería «un suicidio». Aquí, como en otros pasajes de estos libros, se constata un cierto décalage entre el análisis y la realidad: ni Podemos es lo que parecía que iba a ser, ni Europa está gobernada por una Internacional Populista. Es un desajuste inevitable, que aflige a más de un estudio politológico en esta era de rápida combustión política. Pero no es menos cierto que la influencia del populismo no se deja sentir únicamente en el número de escaños que obtienen sus partidos, sino también en la normalización de su discurso o la cooptación de sus propuestas. De ahí que no podamos descartar del todo la inquietante hipótesis de Lassalle, según la cual el populismo prefigura un modelo de totalitarismo de baja intensidad que se plasma en una fórmula posmoderna de sociedad cerrada sustentada en el resentimiento y el miedo. Si esto puede parecer excesivo, es más difícil discrepar de Vallespín y Martínez-Bascuñán cuando dicen que el populismo puede significar una importante amenaza para algunas de las instituciones centrales de la democracia liberal, en particular aquellas que velan por el control del poder y la protección del pluralismo social. Así que el énfasis sobre el populismo, al menos por el momento, está plenamente justificado.

Si exceptuamos el menos ortodoxo trabajo de Lassalle, los libros que nos ocupan reproducen la estructura habitual en los estudios sobre el tema. Y lo hacen por buenas razones: no hay mejor manera de proceder. Esto supone que ha de responderse a tres preguntas sucesivas: qué es el populismo, por qué se produce, cómo se manifiesta. Dicho de otro modo: su concepto, causas y formas. Normalmente, y también aquí, a lo anterior se añade la pregunta sobre la relación entre populismo y democracia, incluido el interrogante sobre el modo en que esta debe tratar con aquel. Aquí nos serviremos también de esa secuencia para dar cuenta de estos trabajos, que ponen a disposición del lector en español materiales de primera calidad para iniciarse en uno de los problemas de nuestro tiempo.

La delimitación conceptual del populismo

Para comprender la importancia que tiene la fijación conceptual del populismo, basta pensar que en más de una ocasión se ha sugerido que el populismo no existe. Es decir, que el término hace referencia a una realidad demasiado abigarrada y contradictoria como para ser contenida en un mismo concepto: este confundiría más que ayudaría. A ello contribuye el empleo político de la palabra como arma arrojadiza en la contienda partidista, así como la reticencia de los actores populistas a reconocerse como tales. Algunas dificultades no son exclusivas del populismo: es el caso del «estiramiento conceptual» categorizado por Giovanni Sartori o la cualidad «contestada» de unos conceptos políticos complejos que sirven, además, para dar forma a la realidad que representan. En otros casos, las dificultades sí son específicas: por ejemplo, la confusión entre populismo y demagogia conduce a menudo a la errónea afirmación de que todos los partidos son populistas. La cuestión es que, como indican Vallespín y Bascuñán en su exhaustiva indagación del problema conceptual, si todo es populismo, nada lo es. Por eso hay que esforzarse por precisar qué sea exactamente.

Por fortuna, no es necesario caer en el derrotismo conceptual: sabemos lo que es el populismo y, por tanto, podemos identificarlo fuera de las revistas académicas. Y el populismo es, esencialmente, una ideología o lógica de acción que, organizándose alrededor del antagonismo entre el pueblo y la elite, defiende la voluntad del pueblo soberano como criterio para la decisión política. Esto viene a ser una definición minimalista, como la que podemos encontrar en el enfoque ideacional popularizado por Cas Mudde. Aunque reconocen sus bondades, Vallespín y Martínez-Bascuñán prefieren optar por un «tipo ideal» a la manera weberiana, señalando los rasgos que definirían al populismo. Para ellos, es una lógica de acción política más que una ideología, que suele responder a procesos de brusco cambio social frente a los que el populismo reacciona, recurriendo a una descripción con tintes dramáticos donde se apela a un pueblo cuyo antagonista es la elite, renegándose del pluralismo social y recurriendo a la emocionalidad y la simplificación, todo ello en el marco de una guerra de representaciones del mundo que pone en cuestión la comprensión tradicional de la democracia liberal. Y si este tipo ideal debe ser suplementado señalándose lo nuevo del populismo de nuestros días, habría que hacer referencia a su aspecto estilístico, hondamente marcado por tecnologías de la comunicación ‒analógicas y digitales‒ que potencian el aspecto performativo de la acción populista.

Sería nuclear en el populismo el discurso antielitista realizado en nombre del pueblo. Si no hay antagonismo pueblo/elite, no estamos ante un populismo

A mi modo de ver, tal vez sería preferible distinguir entre elementos nucleares y adjetivos del populismo, para así separar aquello que es intrínseco al mismo de aquello que puede compartir con otras ideologías o movimientos políticos. Sería nuclear en el populismo el discurso antielitista realizado en nombre del pueblo; serían adjetivos la simplificación, la emocionalidad, el liderazgo carismático, el uso de malas maneras o la nostalgia por la comunidad originaria. Pero la descripción de un tipo ideal presenta también notables ventajas y termina por llevarnos a un lugar parecido que, por lo demás, es un punto de partida antes que de llegada si tenemos en cuenta que las proposiciones que le dan forma también requieren de elaboración. Y no es incompatible, por lo demás, con la identificación del pueblo como centro de la apelación populista: si no hay antagonismo pueblo/elite, no estamos ante un populismo.

Sucede que la cualidad esquiva del concepto de pueblo, central a la definición misma de la democracia, nos permite explicar la diversidad de los populismos realmente existentes; aunque de paso complique la pregunta de si el populismo es una ideología política o algo distinto. Porque el pueblo puede definirse con arreglo a dos dimensiones: una vertical (pueblo/elite) y otra horizontal (pueblo/no pueblo). Las combinaciones son diversas: si los indígenas suelen formar parte del pueblo de los populismos latinoamericanos, los europeos apuestan normalmente por el nativismo que restringe la pertenencia nacional a los miembros «auténticos» del pueblo, mientras que los periodistas formarán parte del pueblo o no según con quién se alineen en su desempeño profesional. En cualquiera de los casos, como apuntan Vallespín y Martínez-Bascuñán, el pueblo se relaciona con una concepción populista de la representación que se opone a defendida por el liberalismo, que subraya su pluralidad interna. Yendo un poco más lejos, Lassalle sostiene que el populismo es «la corrupción del pueblo como sujeto político» (p. 26), en la medida en que se apela a él como víctima: sale Kelsen, entra Schmitt.

Ahora bien, en ningún caso debemos caer en la ingenuidad de pensar que el pueblo existe como tal, con independencia de la acción del movimiento o líder populista que lo convoca. Tal como señalara el teórico argentino Ernesto Laclau, el populismo realiza una operación performativa: al dirigirse al pueblo, crea el pueblo. Es algo parecido a lo que hace el nacionalismo con la nación, como apunta Javier Zarzalejos en su capítulo sobre la relación entre ambos: populismo y nacionalismo son, los dos, eso que Laclau denomina «lógicas de formación de identidades colectivas». En esa tarea, el populismo ha encontrado un aliado de la mayor utilidad en los medios de comunicación, empezando por la televisión y terminando con las redes sociales, que les permiten conectar directamente con sus seguidores. También por este camino pueden «espectacularizar el fracaso» (en expresión de Benjamin Moffitt) más eficazmente, echando mano de un lenguaje ‒verbal y no verbal‒ basado en la simplificación y la emocionalización. No digamos cuando la lógica misma del sistema mediático, al que Vallespín y Martínez-Bascuñán dedican páginas iluminadoras, empuja a dar cobertura extra a un populismo atractivo para las audiencias. Es algo que quedó claro con el 15-M español ‒aunque Carlos de la Torre tiene razón al considerarlo un movimiento o insurgencia popular antes que un populismo‒ y su posterior extensión a Podemos. Tampoco es casualidad que Pablo Iglesias y Donald Trump gozaran de amplia experiencia televisiva antes de ejercer como líderes políticos, siguiendo así un camino antes trazado por ese pionero que es Silvio Berlusconi, a quien Jorge del Palacio dedica un estupendo capítulo que incide, asimismo, en su exitosa personalización de la política democrática.

Así las cosas, ¿es el populismo una ideología, o quizás algo diferente? La discusión sobre la morfología del populismo es un elemento clásico en los estudios sobre el tema, aunque su interés quizá se circunscriba al mundo académico. Vallespín y Martínez-Bascuñán no creen que lo sea, debido a que su identidad dependerá del orden frente al que reacciona, careciendo así de la coherencia y completitud que poseen incluso las ideologías más «delgadas» (como el ecologismo o el feminismo). Sería un discurso de oposición que devalúa la democracia en nombre de la democracia, sin ofrecer alternativa alguna más allá del esfuerzo por construir comunidad. A su juicio, es una lógica de acción política: un modo de hacer. Se parecería, por tanto, a una estrategia o a un estilo político que cualquiera ‒a izquierda y derecha‒ podría adoptar. En cambio, Ángel Rivero cree que el populismo sí cumple con los mínimos que proporciona cualquier ideología a la acción política (descripción, evaluación y programa de acción), no siendo más incoherente o fluida en sus contenidos que otras ideologías. No obstante, quizá no haya necesidad de tomar una decisión: el populismo puede entenderse como una ideología delgada que busca convertir la voluntad del pueblo soberano en el fundamento del sistema democrático a través del estilo político, la estrategia o la lógica de acción que le es propia. De esta manera, podemos incorporar más fácilmente al análisis el programa alternativo que el populismo sí parece estar desarrollando, al menos en los últimos años: la desconsolidación de la democracia liberal y la construcción de regímenes iliberales donde la separación de poderes o la libertad de prensa, entre otras garantías clásicas del pluralismo social, son debilitadas so pretexto del fortalecimiento de la cohesión popular.

Las causas del populismo

Dar con las razones que explican el surgimiento de movimientos populistas no sólo satisface nuestra curiosidad intelectual, sino que debería servir para diseñar las soluciones correspondientes: sería absurdo atajar el problema actuando en los lugares equivocados. Ni que decir tiene que el problema estriba en determinar esas causas con precisión. Tal como apuntan Vallespín y Martínez-Bascuñán, pasar de las correlaciones a la causación no es nada sencillo. ¿Cómo evaluar el peso relativo que tienen la crisis económica, la defensa de la identidad cultural, la globalización o la insatisfacción con los rendimientos de la democracia? Sencillamente, es imposible. Pero no estamos a ciegas: si exceptuamos al populismo nativista de derecha, relativamente estable desde hace décadas en el centro y el norte de Europa, la actual explosión populista es una respuesta a la crisis económica que estalló tras la caída del gigante financiero Lehman Brothers hace ya casi una década. Los historiadores del populismo, como Loris Zanatta, han insistido en la vulnerabilidad de las sociedades que se encuentran en tránsito hacia la modernidad y ven sacudidas sus estructuras de valores. Y aunque no sería éste el caso de las democracias occidentales, el daño psicopolítico infligido por la Gran Recesión ha propagado una desconfianza letal, pronto traducida en un fuerte sentimiento anti-establishment con reverberaciones a izquierda y derecha del espectro político.

Vallespín y Martínez-Bascuñán agrupan los posibles factores causales, muy razonablemente, en tres categorías: socioeconómicos, culturales y psicosociales, políticos. Todos ellos, hay que entender, complejamente entrelazados en el cuerpo social, donde las finas distinciones académicas jamás se manifiestan con limpieza. Sea como fuere, pese a que los factores socioeconómicos son los que más directamente remiten a la crisis económica, no se agotan en ella: las transformaciones inducidas por la robotización y la globalización, ascenso de China incluido, han contribuido a generar ansiedades económicas en varios grupos sociales con independencia de la coyuntura oficial reflejada en el PIB o el déficit comercial. Por eso, la alusión a los perdedores de la globalización ha sido matizada con posterioridad para hacer sitio a la hipótesis de que estamos menos ante «perdedores radicales» (por usar el concepto de Hans Magnus Enzensberger) que ante personas cuyas expectativas de mejora futura se han visto bruscamente frustradas. Se configura así un «proletariado emocional», al decir de Lassalle, formado por aquellos que se sienten «desposeídos de la plusvalía de felicidad y esperanza que la Modernidad les dijo que tenían derecho a materializar» (p. 49). Esta decepción ha intensificado y sacado a la luz una doble línea divisoria geográfico-sociológica que Vallespín y Martínez-Bascuñán discuten por extenso: de un lado, la que separa a la elite cognitiva urbana de los trabajadores no cualificados, sobre cuya importancia ha insistido Charles Murray; de otro, la que separa las ciudades del interior. Y a ello hay aún que sumar el conflicto generacional entre baby-boomers y millennials, agravado, si cabe, cuando estos últimos viven en las ciudades y aquellos en el campo.

En todo caso, estos factores socioeconómicos traen consigo efectos culturales y psicosociales que no tienen por qué responder necesariamente a las condiciones objetivas existentes. En Francia, por ejemplo, la crisis no hizo descender el gasto social; la aparición en Alemania de los populistas de Alternative für Deutschland difícilmente puede achacarse a un empeoramiento de la situación económica; y la tasa de paro de los trabajadores blancos en Estados Unidos ronda el 4,3%. Más bien hablamos aquí de una malaise, una autoestima dañada que se traduce en resentimiento y produce nostalgia por el pasado glorioso: el deseo de regresar a una comunidad originaria regida por el Estado soberano que, en las versiones del populismo conservador, aparece étnicamente purificada. ¡Babel siempre tendrá enemigos! La paradoja, señalada por Vallespín y Martínez-Bascuñán, es que en todas las versiones de populismo funciona una visión de la propia cultura distinta de la difundida por unas elites intelectuales occidentales que son universalistas y cosmopolitas, de manera que la desoccidentalización del mundo (ante el ascenso de Asia, la inmigración musulmana y el crecimiento de América Latina) coincide con la renacionalización de Occidente. De Dunquerque a la denuncia de la imperiofobia, pasando por el debate alemán en torno a la Leitkultur o el elemental Make America Great Again, el giro introspectivo es evidente y empieza a cuajar la idea de que el liberalismo ha desatendido los aspectos afectivos y simbólicos ligados a la comunidad: el sueño del cosmopolitismo habría engendrado la pesadilla del desenraizamiento.

Pero quizá no haya mayor desenraizamiento que el que experimentamos cuando nuestro propio cuerpo parece desvanecerse. Así reza la original hipótesis que plantea Lassalle cuando conecta al populismo con las nuevas tecnologías digitales. A su juicio, vemos cómo se dibujan ante nosotros unos «horizontes de posthumanidad» que se manifiestan en la transformación digital de la persona y su correspondiente virtualización. Los nuevos modelos de identidad masiva y virtual, advierte, pueden desestabilizar un relato ilustrado cuyo presupuesto siempre fue la existencia de un cuerpo capaz de sentir dolor y felicidad. Las consecuencias de lo que Lassalle percibe como difuminación progresiva del cuerpo están por discernirse, pero su parecer es que no podemos descartar una hibridación de populismo y tecnología que conduzca a «una sociedad de la indignación impulsada por las smart mobs, o multitudes inteligentes» (p. 93). Francamente indemostrable, la sugerencia de Lassalle pasa por alto los rasgos más positivos de la digitalización y sobreestima la ansiedad ciudadana ante una revolución tecnológica que la gran mayoría parece abrazar con entusiasmo, pero queda en el aire como una inquietante pregunta en busca de respuesta.

Partidarios del Brexit se manifiestan en las calles de Londres

Más clara parece, en principio, la sobrevenida aprensión de las mayorías hacia el futuro. Vallespín y Martínez-Bascuñán se hacen eco de las tesis de Oliver Nachtwey sobre la «descivilización»: el miedo al futuro estaría afectando a la estructura psíquica del sujeto contemporáneo, que se encuentra «huérfano de futuro» y obligado a dar él mismo un sentido a su existencia. De ahí el recurso del populismo a la retórica «declinista», una consecuencia directa del abandono ‒o el descrédito‒ de la idea de progreso. Para Lassalle, el miedo es hoy una de las principales fuerzas motrices del mundo y el origen de este sentimiento puede encontrarse en el atentado yihadista contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001: «En aquella experiencia televisiva se dibujó el cuadro del naufragio del progreso» (p. 29). Nada hizo por mejorar las cosas el «romanticismo conservador» que, con su reacción apasionada en aquel momento de alto voltaje emocional, dio un giro sentimental y orientalista a la política occidental. Así lo ve Lassalle, que encuentra una conexión inédita que será imposible corroborar pese a su aparente plausibilidad: la que lleva de Bush a Le Pen. Por lo demás, cargar ahora contra el triunfalismo liberal ‒o neoliberal‒ de los años noventa es comprensible, pero también algo artificioso. Pero no porque no existiese o careciese de consecuencias negativas, sino porque los lunes todos acertamos la quiniela: es fácil caer en la distorsión retrospectiva cuando juzgamos una época a partir de unas consecuencias negativas que entonces no se dejaban avizorar tan fácilmente.

Nuestros autores encuentran así una influencia mutua entre decadentismo, privaciones relativas y populismo. Pero se echa de menos, al respecto de la crisis de la idea de progreso, una atención más explícita al proceso mediante el cual se difunde esa cosmovisión pesimista al margen de unos datos que no avalan semejante derrotismo. No es de extrañar que haya surgido en los últimos tiempos un movimiento, el de los llamados «nuevos optimistas», que, con pensadores del fuste de Steven Pinker a la cabeza, tratan de demostrar ‒bien pertrechados de datos estadísticos‒ que nunca hemos vivido mejor. El populismo alimenta la percepción contraria: la de que las cosas van terriblemente mal. Para ello cuentan con la inestimable colaboración de los medios de comunicación, cuya lógica de lo peor contribuye en buena medida a difundir una visión tremendista de la sociedad occidental, atrapada entre el empobrecimiento irremediable y la islamización desnaturalizadora. En el relato populista, el ciudadano nunca es responsable: sólo el establishment y los ocasionales enemigos externos tienen que dar explicaciones. Recordemos el ejemplo de Islandia, un país minúsculo cuyo PIB creció de manera desproporcionada sin que nadie hiciese preguntas, pero que montó un proceso al presidente en cuando estalló la burbuja financiera que había hecho ricos a sus cuatrocientos mil habitantes. Por eso las emociones negativas, con el resentimiento a la cabeza, tienen tanto peso en el repertorio afectivo del populismo: el votante populista no quiere ser responsable ni dialogante con aquellos a los que achaca su malestar, nos dice Lassalle, sino que quiere convertirse en un problema para ellos. Para Rivero, aquí queda clara la conexión entre populismo y antipolítica: «La política y los políticos se convierten entonces en los chivos expiatorios que dan curso a la frustración y a la angustia de las sociedades que atraviesan por momentos difíciles» (p. 45). Algo que, como muestran los capítulos de Geografía del populismo, es una constante histórica no exenta de ironías: los votantes británicos más proclives al rechazo de la inmigración son los que menos contacto tenían con los inmigrantes en sus localidades.

Esta emocionalización de la esfera pública tiene consecuencias inmediatas. El resentimiento se convierte, como señala Lassalle, «en un artefacto psicológico que impide cualquier negociación democrática» (p. 80). La ruptura de la confianza en las elites, alimentada por el discurso populista, conduce asimismo a la desconfianza en los expertos y al surgimiento de eso que se ha llamado «posverdad», o verdad sentida, que reemplaza a la verdad observada. Esta aversión al experto, cuya palabrería se interpreta como cortina de humo que tapa una gran conspiración oligárquica, tiene efectos peculiares que Vallespín y Martínez-Bascuñán formulan así:

La contradicción es abrumadora: vivimos, se supone, en la «sociedad del conocimiento», nunca el orden del mundo ha sido tan dependiente del orden cognitivo y resulta que éste es desprestigiado y subvertido después en nuestro espacio público (p. 175).

Ni que decir tiene que la digitalización del espacio público, al que estos mismos autores prestan la atención debida, desempeña un papel importante en el proceso mediante el cual las creencias se blindan afectivamente contra la información. Al mismo tiempo, rumores y fake news circulan libremente por las redes, creando nuevas formas de conexión del ciudadano con la política y dando pábulo a las hipótesis sobre la democracia de audiencia (o democracia ocular, en la más reciente formulación de Jeffrey Green). El ciudadano se convierte en público, si no en ese «fan político» descrito por Cornel Sandvoss. Emociones y redes actúan así a la vez como causa y consecuencia del fenómeno populista.

Finalmente, tenemos el factor político: la crisis de la democracia liberal. Se trata de la hipótesis sobre la que se inclinan más decididamente Vallespín y Martínez-Bascuñán, para quienes el populismo responde a una crisis de la democracia más honda de lo imaginado. Ante la aparente incapacidad del Estado para liderar a su sociedad, sobre la que aplican soluciones precarias que sólo sirven para reparar temporalmente las averías, se produce «una descompensación entre el principio de legitimidad democrática y los requerimientos de la eficiencia económica» (p. 26). Ningún ejemplo mejor que el famoso referéndum griego sobre el programa de rescate europeo: los ciudadanos se desahogaron votando no, pero su gobierno, que lo había convocado, hubo de decir so pena de precipitarse en la ruina económica. Y aunque es verdad que la democracia siempre ha estado en crisis, ahora parece estarlo realmente debido a las disfunciones que procesos como la europeización o el neoliberalismo habrían causado en el principio de representación. La política como administración se habría impuesto sobre la democracia como redención o narración y, en el trade-off entre eficacia sistémica y popularidad, se habría apostado por la primera para terminar por perder también la segunda. De ahí que

la causa del actual malestar democrático tendría menos que ver con la democracia que con la política misma; es en ella, en su incapacidad o impotencia para imponerse sobre los constreñimientos que le imponen otras esferas, donde estaría el auténtico problema (p. 135).

La ola populista, entonces, sería consecuencia, pero no causa, de la crisis de la democracia. También para Lassalle la incapacidad de la democracia para gobernar una complejidad creciente hace mella en la confianza ciudadana. Rivero, en cambio, se muestra más escéptico ante la idea de que la economía haya matado a la política; es una pena que no desarrolle lo suficiente su objeción. A decir verdad, el aumento de la complejidad social es un hecho bien poco discutible: que la democracia pierda con ello capacidad para moldear sus sociedades es inevitable. Pero no puede decirse que nuestras sociedades exhiban peores registros que las de hace un siglo o dos, así que quizás el problema está en la sensación de que los acontecimientos ‒como la crisis‒ están fuera de nuestro control, operando en una escala que nos hace añorar los viejos buenos tiempos del Estado soberano. Y con todo, la tesis del malestar democrático presenta un flanco débil: los ciudadanos no se quejaron mientras los rendimientos del sistema parecían adecuados. De hecho, la tentación autoritaria regresa allí donde esos rendimientos más se deterioran. Podríamos concluir entonces que al ciudadano no le interesa tanto la democracia como el bienestar; o que le interesa la democracia ‒la democratización‒ sólo en la medida en que le traiga más bienestar. ¿O no? Quizá los actores democráticos podrían sincerarse con los electores y reconocer que el escenario tardomoderno presenta más incertidumbres de las deseables. Pero, como señalan Vallespín y Martínez-Bascuñán, la democracia no es imaginable sin promesa. Aunque se prometa aquello que en ningún caso se pueda prometer.

Es difícil, en definitiva, identificar una sola causa del populismo. Parece más razonable entender que las situaciones de crisis constituyen su causa mayor, algo que resulta evidente en el caso de la Gran Recesión, entendiéndola a su vez como catalizador psicopolítico de transformaciones y malestares más amplios y acaso más difusos. En todos los casos, sin embargo, se aprecia un anhelo de simplificación y claridad: como si las complejidades de la modernidad nos abrumasen y añorásemos las consoladoras certezas de la comunidad tradicional. Al menos, cuando las cosas se tuercen.

Formas de populismo

Al populismo le sucede como al nacionalismo: no puede estudiarse al margen de sus manifestaciones históricas. De hecho, el cuerpo doctrinal del populismo es aún más débil y el intérprete depende en mayor medida del desenvolvimiento de sus líderes y movimientos; con la excepción tardía de Ernesto Laclau, existen pocos teóricos del populismo que sean, además, sus defensores. En este terreno, en el que también se adentran Vallespín y Martínez-Bascuñán, el volumen colectivo aquí reseñado es el que ofrece una mirada más amplia, hasta el punto de que no parece dejarse en el tintero ningún populismo occidental (tal vez habría sido interesante disponer de alguna nota sobre el caso filipino, por introducir a Asia en la ecuación). A través de capítulos breves e informativos, el lector obtendrá una recomendable visión de conjunto sobre la praxis populista.

Huelga decir que España recibe una atención especial: Vallespín y Martínez-Bascuñán han podido incluso entrevistar a Pablo Iglesias. Claro que el populismo tiene algunos singulares precedentes en la España democrática, como se encarga de recordarnos Manuel Álvarez Tardío en un capítulo que describe la exitosa experiencia populista del GIL en Marbella, cuya estrategia pasaba por un discurso antipolítico que vendía la idea de la buena gestión tecnocrática. La Tele 5 de Valerio Lazarov sirvió de escaparate a su líder, Jesús Gil, cuyo éxito no pudo ser replicado posteriormente por los no menos singulares José María Ruiz-Mateos y Mario Conde. Este mismo autor señala que las movilizaciones del 15-M, primero, y las convocadas por Podemos, después, están prefiguradas en las protestas callejeras protagonizadas por PP y PSOE entre 2001 y 2010, años en que los principales partidos españoles se echaron desvergonzadamente a la calle. En cuanto a Podemos, Vallespín y Martínez-Bascuñán coinciden con Rivero en apuntar que su éxito reside en la instrumentalización del 15-M, movimiento popular que apenas transformó por sí mismo el paisaje político español. Buena parte del éxito de Podemos se ha cifrado, de hecho, en el éxito de esa idea: en la imposición del marco más favorable a su imagen. Se los describe aquí como una «práctica política en reconstrucción constante», pues no en vano han terminado por abandonar un populismo a la Laclau que hizo explícito Íñigo Errejón, instalándose en un nicho que corresponde, mutatis mutandis, al de la vieja Izquierda Unida. Y aunque parecía que sus contradicciones territoriales serían su tumba electoral, el reciente sondeo del CIS de febrero de 2018 aún les concedía nada menos que un 19% en intención de voto: para desmayo del PSOE, han venido para quedarse.

Al populismo le sucede como al nacionalismo: no puede estudiarse al margen de sus manifestaciones históricas

La diversidad de los populismos suele abordarse distinguiendo entre los populismos históricos y los populismos contemporáneos. Es así como procede el volumen editado por Ángel Rivero, Javier Zarzalejos y Jorge del Palacio. Tras una jugosa introducción al populismo ruso del siglo XIX (Mira Milosevich), Javier Redondo se ocupa del populismo norteamericano de ayer y hoy, recordándonos la peculiaridad del caso: debido a una combinación de factores históricos e institucionales, la cultura política norteamericana habría asumido de manera natural el discurso anti-establishment, como puede verse en cualquiera de las películas políticas de Frank Capra. Por eso el gran politólogo Seymour Lipset incluía al populismo entre los elementos de la «excepcional» cultura política de aquel país, llamando de paso la atención sobre la necesidad de tener en cuenta las variables nacionales a la hora de evaluar y comparar entre sí los distintos populismos. En un capítulo de notable interés, por su parte, Ángel Rivero se ocupa del peronismo argentino, al que considera responsable de la creación del lenguaje populista. En el Perón de 1943-1955 podríamos ver la imagen arquetípica del populismo convertido en movimiento político: un conductor carismático convierte a la masa en pueblo, y presenta la democracia como la comunión entre el pueblo y el líder, juntos contra la amenaza común de la oligarquía. Juan Carlos Jiménez Redondo completa el repaso a los pioneros del populismo visitando el Brasil de Getulio Vargas, antes de dar paso a los nuevos populismos latinoamericanos: de Venezuela a Brasil, de Bolivia a Ecuador. En su texto sobre Rafael Correa, el notable teórico del populismo Carlos de la Torre hace una observación de gran interés acerca del recurso a las elecciones permanentes como medio para la construcción de una nueva hegemonía: «Las elecciones son presentadas como momentos fundacionales de la política en los que están en juego no sólo diversos proyectos políticos y de sociedad, sino la redención del pueblo» (p. 156). De ahí, claro, la afición populista por el plebiscito.

En cuanto a los populismos europeos, Vallespín y Martínez-Bascuñán se ocupan tanto de Francia como de los países del Este y, más brevemente, de Holanda, Dinamarca, Suiza y Austria. Al hilo de los casos húngaro y polaco, se hacen una pregunta capital, a saber, «si resulta posible hablar de partidos democráticos cuando estos carecen de una dimensión liberal» (p. 248). La respuesta es que no, pero esa es justamente la aspiración del populismo: desarrollar un modelo alternativo de democracia aclamativa cuyo escaso éxito puede observarse en Venezuela. Enseguida volveremos sobre esto. Ya se ha señalado que Jorge del Palacio entrega un atractivo capítulo sobre Italia, tierra de promisión para la antipolítica, entendida como discurso que integra la crítica a los partidos y a los políticos profesionales. Guillermo Graíño Ferrer nos introduce en el populismo cultural holandés y Gustavo Pallarés Rodríguez en un populismo escandinavo que gira en torno al propósito de defender su bienestar con exclusión de la población inmigrante. Algo parecido sucede en el caso francés, donde Marine Le Pen ‒como observa Ángel Rivero‒ ha conectado con el estatismo republicano de forma no universalista, sino nativista o particularista. Geografía del populismo nos ofrece también información sobre los populismos británico (ese UKIP en claro proceso de descomposición tras haber logrado su objetivo supremo con el Brexit), austríaco, polaco, ruso, alemán, suizo (Francisco Tortolero plantea la paradoja de que el 70% de los votantes que apoyan la «exaltación nacionalista neorrural» de Christoph Blocher vivan en centros urbanos), belga y húngaro, sin olvidarnos de la retórica populista empleada por Syriza en la campaña que llevó al partido de Alexis Tsipras al poder en Grecia. Para los expertos en estos países, quizás estos capítulos ‒que no incorporan trabajo de campo propio‒ no ofrezcan demasiados alicientes. Pero no tendrán precio para el lector interesado en recibir un curso rápido e instructivo sobre el populismo global en menos de cuatrocientas cincuenta páginas: el esfuerzo de síntesis abarcadora aquí realizado es más que loable.

Populismo y democracia

¿Y cómo se relaciona el populismo con la democracia? ¿Es forzosamente un mal, o hay algo que la segunda pueda aprender del primero? ¿Podría ser, incluso, que el populismo condujera a la regeneración de la democracia liberal? Tradicionalmente, sólo han defendido esta última tesis quienes ven con simpatía la aparición de un movimiento populista con el que se sienten identificados y previa denuncia del populismo de todos los partidos. Pero, así como caben pocas dudas de que el populismo es un «endemismo» de la democracia, por emplear la expresión de Ángel Rivero, indisociable de ella en la medida en que se legitima apelando a la voluntad popular que forma también el núcleo ideológico de la democracia, es, en cambio, improbable que su desenvolvimiento pueda llevar directamente a una purificación de la democracia representativa o dé la solución a los problemas que con tanto fervor denuncia. Otra cosa bien distinta es que la aparición del populismo conduzca indirectamente a una cierta regeneración democrática, al alertar sobre síntomas de deterioro del sistema y provocar la alarma en unos partidos mainstream obligados a reaccionar ante sus nuevos rivales. Es decir, que, como matiza Rivero, el populismo puede resultar beneficioso en «pequeñas dosis homeopáticas».

Tampoco cabe duda de que es preciso tomarse en serio al populismo. Sus consecuencias sobre el sistema democrático no son sólo cuantitativas, sino cualitativas: introducen nuevas ideas en la esfera pública a las que los demás partidos deben responder, a veces acomodándose a ellas, provocando así un sutil desplazamiento del centro político. Algo que no es incompatible con esa aparición del antipopulismo en la que con razón insisten Vallespín y Martínez-Bascuñán, una suerte de trampa para los partidos no populistas que, al enarbolar esa bandera, «asumen implícitamente la línea de diferenciación que interesa al adversario» (p. 15). Y, si llega al poder, el cóctel es conocido: apropiación del Estado, clientelismo, descrédito de la oposición, medidas iliberales. Va de suyo que, como nos recuerda Carlos de la Torre, los efectos del populismo son variables: no serán los mismos en una democracia asentada que en una en proceso de consolidación, ni en un sistema parlamentario igual que en uno presidencialista. Pero su objetivo pasa por generalizar el malestar y la desconfianza hacia el establishment democrático, preparando con ello el terreno para una redefinición antiliberal de sus instituciones. En palabras de José María Lassalle: «El horizonte del populismo es conseguir la desconexión entre la democracia y la racionalidad legal que la hace posible y necesaria» (p. 64). A la democracia representativa y pluralista, dotada de cuerpos intermedios e instituciones contramayoritarias, opone el populismo (como a menudo hace el nacionalismo) una democracia plebiscitaria basada en la relación emocional entre el líder y el pueblo que le pone voz; una donde las garantías liberales han sido debilitadas o eliminadas. Y ya se ha dicho que, a estas alturas de la historia política occidental, no podemos llamar democracia a una democracia que prescinda de sus elementos liberales.

Es así comprensible el escepticismo de que hacen gala Fernando Vallespín y Máriam Martínez-Bascuñán cuando cuestionan que el populismo sea un fenómeno «constructivo», por más que, desde luego, sea «comprensible» y merezca la pena verlo como un resultado de las deficiencias sistémicas de la democracia liberal. Tienen razón también cuando recuerdan que ya tenemos una teoría de la democracia compleja, densa, de la que aprendemos ‒si es que nos acercamos a ella‒ más que de cualquier populismo. Sí, los populismos indican que algo va mal, pero no son mucho más elocuentes: «¿Nos dicen algo sobre cómo reorganizar el sistema institucional, la relación representantes/representados, el control del poder?» (p. 262). Lo cierto es que no, pues el proyecto de «construir pueblo» en una sociedad compleja y plural tiene un recorrido muy corto: como le sucede al nacionalismo, el populismo tiene mucho de anacronismo. Pero es, desde luego, un anacronismo eficaz. Eso explica que la claridad analítica se vuelva borrosa cuando de encontrar antídotos al mismo se trata.

En un artículo reciente, The Economist sugería que los movimientos populistas que pueblan Europa deben verse como una llamada a la renovación de la política tradicional, pues no dejan de servir como vehículo a preocupaciones y malestares populares que aguardan respuesta. Se trataría entonces de adoptar lo mejor de lo que ofrecen y descartar el resto. Por ejemplo, ofrecer protección ante la incertidumbre (esa «Europa que protege» de Emmanuel Macron) y atender a la necesidad humana de comunidad sin, por ello, despreciar la inquietud que genera la inmigración. De qué manera pueda llevarse esto a la práctica es asunto más peliagudo. Y tampoco está claro qué aspecto tendría una democracia así reorientada: ¿no acabaría pareciéndose a la Gran Bretaña que desembocó en el Brexit o en la Hungría que avanza impertérrita hacia el iliberalismo?

La dificultad de encontrar una fórmula que sirva simultáneamente para fortalecer la democracia, frenar al populismo y mejorar los rendimientos del sistema socioeconómico es patente. En los trabajos que nos ocupan, esa dificultad se pone de manifiesto: en todos ellos se señala un objetivo deseable, sin que quede demasiado claro cómo puede articularse políticamente. Inevitablemente, hay que añadir. En coherencia con su diagnóstico acerca de la orfandad de futuro que afligiría a las sociedades occidentales (que no, por cierto, a las asiáticas), Vallespín y Martínez-Bascuñán dan en la diana cuando sugieren que, ante la Gran Regresión ‒real o percibida‒, necesitamos una política que proporcione una visión esperanzadora del futuro. Es decir, una «Gran Progresión» (p. 279). Algo que sólo podrá lograrse si, de acuerdo con la propuesta de Pierre Rosanvallon, la representación política liberal incorpora una dimensión narrativa que insufle a las frías estadísticas un aliento épico de mejora social compartida. Claro que no será fácil lograrlo en el marco de una feroz competencia electoral, intensificada si cabe a causa de la digitalización del debate público.

No está muy lejos José María Lassalle cuando reclama una asunción crítica de nuestra época que permita reescribir el relato de la modernidad, algo que no será posible sin el concurso de un liberalismo crítico que inspire «una nueva Ilustración». ¡Casi nada! Se trata de «cuidar la democracia», ya que esta no puede regenerarse: es imperfecta y ahí radica su fuerza. La alternativa democrática al populismo tendría que asentarse en

una solidaridad afectuosa de las diferencias que nos haga sentir que, con otras personas, formamos un «nosotros» que debemos preservar amistosamente unido y en paz si queremos definirnos como seres civilizados (p. 114).

Pero hay que lograrlo, añade, eludiendo tanto la sentimentalidad como la «épica musculadora de lo comunitario», algo que sólo puede hacerse a través de la idea de ciudadanía. Es patente que la dificultad consiste aquí en dotar de fuerza afectiva a una noción, la de ciudadanía, que posee una vocación neutral, pues sólo por debajo de la misma pueden cultivarse las diferencias privadas entre individuos. No hay que olvidar que el pluralismo de las sociedades liberales, que tiene su reflejo en el pluralismo político de sus sistemas democráticos, es la mejor barrera de contención del populismo. Por el momento, esta barrera sólo ha caído allí donde se la ha inutilizado recurriendo al plebiscito (Brexit) o donde, de hecho, no opera por tratarse de sistemas presidencialistas (Estados Unidos). Las sociedades centroeuropeas, por su parte, son, en realidad, insuficientemente pluralistas. Y aunque no es difícil coincidir con Lassalle cuando enfatiza la imperiosa necesidad de traer a primer plano la prosaica normalidad de la democracia, «dispositivo institucional de convivencia perfectible y falible» (p. 115), es a los votantes populistas a quienes debemos persuadir de ello.

En último término, como apuntan Ángel Rivero, Javier Zarzalejos y Jorge del Palacio, resulta difícil neutralizar un movimiento político que critica a la democracia en su propio nombre. Acaso contra él sólo quepa «exponer la verdad del populismo al tiempo que se explica qué es la democracia» (p. 398). Si es así, estos tres libros ‒brillantes y complementarios en su diferencia‒ cumplen sobradamente su función.

Manuel Arias Maldonado es profesor titular de Ciencia Política de la Universidad de Málaga. Es autor de Sueño y mentira del ecologismo (Madrid, Siglo XXI, 2008), Wikipedia: un estudio comparado (Madrid, Documentos del Colegio Libre de Eméritos, núm. 5, 2010), Real Green. Sustainability after the End of Nature (Londres, Ashgate, 2012), Environment & Society. Socionatural Relations in the Anthropocene (Dordrecht, Springer, 2015), La democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XXI (Barcelona, Página Indómita, 2016) y Antropoceno. La política en la era humana (Barcelona, Taurus, 2018).

21/03/2018

 
COMENTARIOS

Sonia Malowicki 15/11/18 13:05
Los gobiernos de Peron,Lula,Kirchner, se consideran populistas?

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