ARTÍCULO

Los últimos utópicos

Cambridge, Harvard University Press, 2018
400 pp. $35.00
 
Fiedrich Hayek
Fiedrich Hayek

En junio de 1994, Peter Sutherland acudió al estrado para impartir la Tercera Conferencia Anual Conmemorativa Hayek ante el público congregado en el Instituto de Asuntos Económicos en Londres. Un avatar de los líderes de la Posguerra Fría, Sutherland estaba acostumbrado a deslizarse de un lado a otro, pasando de los negocios globales (presidente de Allied Irish Banks, presidente de British Petroleum y, más tarde, presidente del ubicuo Goldman Sachs International) al servicio civil global (comisario europeo de Competencia, representante especial de Naciones Unidas para la Migración Internacional). Ocupó durante su vida profesional suficientes sillones de presidente como para llenar un pequeño auditorio. En Londres anunció las deudas que tenía contraídas con Friedrich Hayek, el gran pensador austríaco, al presentar un modelo de integración global que habría de resolver una búsqueda que se había prolongado durante siglos.

Fue un momento triunfal. ¿Cómo crear un mercado mundial libre de las intrusiones estatales, pero reforzado por leyes que ‒hasta entonces‒ pertenecían al ámbito de los Estados? La solución de Sutherland consistía en crear un escalón de personas ilustradas encargadas de hacer cumplir las leyes y situadas por encima de los Estados-nación, que serían elegidas por sus conocimientos técnicos a fin de que prevalecieran sobre un nuevo tipo de Estado sin llamarlo «un Estado». Seis meses después, Sutherland fue elegido director fundador de la Organización Mundial del Comercio, una institución que se encaramaba a lo más alto de un nuevo orden mundial. Las antiguas líneas divisorias quedaban atrás. Los callejones sin salida entre Oriente y Occidente estaban disolviéndose. La Comunidad Europea y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte prometían acabar con las mentalidades de fortalezas. China estaba abriéndose. La globalización presentaba el aspecto del destino. Era lo único que había, como declaró felizmente el periodista estadounidense Thomas Friedman.

Una ideología que hace de la libertad de elegir la única opción está condenada a provocar problemas. Los campesinos de Chiapas declararon que el libre comercio tenía sus perdedores. Los granjeros franceses arremetieron con sus tractores contra los McDonald’s. En vísperas del nuevo milenio, una cumbre de la Organización Mundial del Comercio que se suponía que sería el preludio de una nueva ronda de negociaciones comerciales en Seattle acabó con una lluvia de granadas de conmoción y nubes de gas lacrimógeno. Los antiglobalistas sorprendieron a la vanguardia desprevenida y con la guardia baja. Desde entonces, el impulso de «constitucionalizar» el mundo no ha dejado de avanzar a trompicones. La Ronda de Doha para la liberalización del comercio terminó sin poder alcanzar los resultados perseguidos y los electorados en los paladines del libre mercado, Gran Bretaña y Estados Unidos, votaron para que se aboliera ese orden mundial posterior a 1989 que Thomas Friedman calificó en un famoso libro de «plano».

Quinn Slobodian llama ordoglobalistas a las personas como Sutherland. Los ordoglobalistas llevan abogando desde 1919 por «recubrir» el mercado mundial, por encerrar el comercio internacional en una bóveda, por protegerlo de maleantes y predadores. La amenaza al ordoglobalismo no eran los comunistas o los anarquistas. No: el peligro provenía de los nacionalistas, de aquellos que creían que era el Estado-nación el que había de salvaguardar a los ciudadanos y proteger a los consumidores. Eran las fronteras, no los bolcheviques, las que amenazaban al globalismo liberal.

Con la globalización enfrentándose ahora a sus mayores amenazas desde 1929, ¿cuál es la perspectiva a largo plazo? Hace pocos años, la narración tenía visos triunfales. Eso se ha acabado. Slobodian nos ofrece la historia de la globalización como una idea que ha desmentido a sus profetas. Sofisticado, original, y elegantemente escrito, Globalists es el lugar para empezar a reconstruir el imaginario de un tipo de utópicos unomundistas.

Después del imperio

Quinn Slobodian cuenta la historia de una larga lucha para conciliar el comercio mundial con la soberanía nacional mediante el rescate del primero de las garras de la segunda. Nació ‒defiende Slobodian‒ en Viena tras la Primera Guerra Mundial, cuando Wilson y Lenin hicieron de la autodeterminación nacional la clave para el orden mundial en el ocaso del imperio. Los neoliberales respondieron con una visión diferente. La nación no era la solución al orden mundial; era el problema. Había poco que hacer en lo que respectaba a la nacionalización de la política; estaban dispuestos a admitir eso, aunque algunos rezongaron ocasionalmente por la tiranía de las mayorías. Pero había que hacer algo con la economía: separarla con un muro de la política, especialmente del tipo democrático. Los padres fundadores del movimiento, Wilhelm Röpke, Ludwig von Mises, Michael Heilperin, Gottfried Haberler y, sobre todo, el profesor de los trajes de tweed, Friedrich Hayek, eran hombres de las postrimerías de la época de los Habsburgo con una fe, sostenida por altos principios morales, en la capacidad del comercio para desarrollar el ingenio humano y para poner fin a la miseria. Tras la guerra, añoraron algo que reemplazara al viejo mundo de los imperios aristocráticos y cosmopolitas. Un mundo de imperios constreñía las soberanías de los Estados nacionales y se apoderaba de franjas de África y Asia y las explotaba para una misión civilizadora europea y para los mercados europeos. Los pensadores del ocaso de la época de los Habsburgo sentían más que nostalgia del imperio, compartían el recuerdo del patrón oro, su férrea disciplina, su culto al crédito y la credibilidad, y su intolerancia con la implementación de políticas caprichosas.

Slobodian cuenta la historia de una larga lucha para conciliar el comercio mundial con la soberanía nacional mediante el rescate del primero de las garras de la segunda

La primera conmoción para el sistema mundial fue la Gran Guerra y el acuerdo que llegó después, que tomaba como premisa la idea de que la autodeterminación y la soberanía nacional aportarían los pilares para la paz y la prosperidad mundial. Pero el triunfo de la soberanía nacional y popular significaba que, en vez de una sola y nueva «constitución económica» para el mundo, prevalecía un mosaico de constituciones políticas. Los ordoglobalistas habían perdido antes incluso de empezar, y desde entonces nunca han dejado de tender a situarse a la defensiva. Incluso cuando han triunfado, los adalides del mercado libre suelen tener un estilo estridente, hiperventilado. Desde Viena se abrieron en abanico hacia otros lugares: París, Londres, posteriormente Chicago y Santiago. En la sede de la Cámara Internacional de Comercio ‒creada en París en 1919 para batirse en duelo a favor del libre comercio y la inversión‒, Ludwig von Mises realizaba sus seminarios en sus oficinas de Viena en Stubenring como una «universidad alternativa». Fue allí donde puso las bases de un movimiento para liberar al comercio de la nación. Algunos de los seminarios se prolongaban hasta la una de la madrugada.

Los ordoglobalistas eran Casandras, fastidiados con el nacionalismo, los Estados amigos de entrometerse y el proteccionismo. Encontraron refugio en Ginebra, especialmente a orillas del lago, en el Instituto Graduado de Estudios Internacionales, que fue concebido como un refugio para internacionalistas. Slobodian los bautiza como la «Escuela de Ginebra». Ginebra fue el centro del internacionalismo al tiempo que la economía mundial implosionaba y se sumía en la depresión y los despotismos. Desde su retiro académico, soñaban con maneras para que el capital «volviera a ser cosmopolita». Mientras que muchos se preguntaban si seguía existiendo algo parecido a una «economía mundial», el periodista estadounidense Walter Lippmann convocaba en París una reunión de liberales alarmados en 1938, donde se acuñó el término «neoliberal».

Los pesos pesados en París fueron Hayek y von Mises. En aquel momento, Hayek se hallaba envuelto en un debate con el economista más famoso del siglo, John Maynard Keynes, y en los preliminares de la redacción de uno de los tratados más famosos del pensamiento conservador, The Road to Serfdom (Camino de servidumbre, 1944). Una larga diatriba contra la planificación, el control del Estado y las órdenes orwellianas, The Road hizo furor desde el punto de vista del marketing. Se malinterpretó tanto como se vendió. Era también, como muestra Slobodian, extrañamente no hayekiano en sus metáforas. Hayek no era muy amigo de las imágenes terrestres de carreteras o caminos del viejo mundo. En su mayor parte, Hayek pensaba en términos cibernéticos de conexiones y redes alejadas del centro: cristales, nubes, tubos, centralitas y circuitos. Esta era la retórica del sistema de precios de Hayek y Slobodian capta brillantemente sus rasgos futuristas, que a menudo se pierden dada la tendencia a leer The Road to Serfdom como un fruto de la nostalgia del siglo XIX. La centralización era anatema porque obstruía las redes, bloqueaba las arterias e interfería con la elegancia de los precios como señales, el único

Lo que preocupaba a Hayek, por encima de todo, era la compleja interdependencia mundial. Él dilucidó, más quizá que ninguna otra persona, sus significados. Podría decirse que vivimos en igual medida en el mundo de Hayek y en el de Keynes.

Desierto

El reto para Hayek y compañía era cómo gestionar la cibernética. Resulta tentador ver a estos primeros neoliberales y a The Road to Serfdom como irremediablemente desfasados. Así es como se cuenta casi siempre la historia. El ascenso del keynesianismo en Occidente, del desarrollismo en el Resto y del comunismo en el Este parecían dejar fuera a estos soñadores unomundistas. La retirada de los imperios europeos en Asia y África no hizo más que aumentar el recurso a la autodeterminación. Al fin y al cabo, el emblema del nuevo orden mundial eran las Naciones Unidas, no el Mercado Mundial. Encabezados por Hayek y respaldados por filántropos conservadores, los ordoglobalistas fundaron la Sociedad Mont Pèlerin con el fin de reunirse en su retiro alpino para refunfuñar, discutir y diseñar estrategias.

Había, sin embargo, algunas luces resplandecientes. Una era Suráfrica y Rodesia. Slobodian revela la deslumbrante fascinación de algunos neoliberales con el apartheid y los regímenes supremacistas blancos, especialmente por parte de Röpke, que fue el más explícito en la racialización de las condiciones culturales para el éxito del globalismo. Sólo el tipo adecuado de rasgos podía producir la prodigalidad del interés personal ilustrado, y sólo los poseían la gente blanca, los herederos de lo que él llamaba «la república Cristiana». Suráfrica y Rodesia se convirtieron en Estados parias. Pero para algunos neoliberales ejemplificaban sociedades de mercado abierto, favorecedoras de la propiedad, con la jerarquía adecuada para defenderse contra el mundo no blanco y el New Deal global, para acordonar la economía y ponerla a resguardo de la política. En algunos pasajes apocalípticos, Röpke dejaba claro que la supervivencia de «Occidente» dependía de la defensa de lo que él llamaba la «línea Zambezi» contra el nacionalismo negro.

La otra excepción era Hong Kong, una avanzadilla no blanca del capitalismo colonial gobernada por una camarilla no elegida y conchabada con los magnates locales. En los años setenta del siglo pasado, esta polis ‒ni nación ni Estado‒ se asemejaba a un tipo ideal. Cuando los hombres de Mont Pèlerin se reunieron allí en 1974, se deshicieron en elogios. Resulta interesante que, como nos muestra Slobodian, una razón para su entusiasmo fuera que a los hongkoneses les alegraba esta dependencia, comprendían que un lugar como este se encontraba deseoso de unir sus fortunas a las necesidades y los nichos del mercado mundial. Aquí estábamos ante un ejemplo de nacionalismo comedido y de políticas moderadas justamente dentro del molde adecuado para que la inversión y las iniciativas empresariales florecieran en el mercado mundial. Al abrazar la dependencia, los hongkoneses se entregaban a la complejidad.

¿Estaban los neoliberales tan desfasados respecto a su propia época durante el tiempo en que Keynes fue el rey? De hecho, mientras los Estados ponían a punto sus políticas macroeconómicas y abrazaban las acaloradas promesas de un desarrollo planificado, los negociadores internacionales estaban desmantelando los obstáculos al comercio. El Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, la fusión de los mercados europeos, empezando con el acero y el carbón, y fusiones como las de la industria automovilística norteamericana, apuntan a una historia global diferente. Y estaban también las instituciones de Bretton Woods dedicadas a acabar con la divergencia. Resulta demasiado simplista defender que los neoliberales tuvieron que luchar arduamente contra la soberanía nacional; eso se ajusta a su propia memoria colectiva, e interesada, de vagar por el desierto hasta que el rebaño ‒nosotros‒ pudiera entregarse a la tierra prometida de la globalización. De hecho, el boom de los años posteriores a 1945 fortaleció al mismo tiempo la descolonización y la convergencia. Los ordoglobalistas no estaban tanto desfasados como cargados de prejuicios, incapaces de enfrentarse a este tipo de compleja interacción entre Estados y mercados.

Los descontentos neoliberales no tiraron la toalla. Se organizaron. Con el respaldo de multimillonarios y fundaciones, se dedicaron a crear think tanks, desde el American Enterprise Institute hasta el Adam Smith Institute, plataformas para que los abogados del mercado libre difundieran sus ideas. También enraizaron en la academia, especialmente en los departamentos de Economía. Contaron incluso con apóstoles duchos en los medios de comunicación para divulgar la fe en la red cada vez más espesa de vehículos publicitarios hasta que se produjo el enfrentamiento final en los años setenta.

Margaret Thatcher y Ronald Reagan

Pero al tiempo que estaban organizando y expandiendo la red, los neoliberales también se escindieron y se pelearon. En la actualidad, neoliberal ha pasado a significar una creencia fundamentalista en el mercado como proveedor de todas las cosas buenas y de tan solo unas pocas malas. Slobodian se cuida de mostrar los modos en que sus figuras no abogaron en favor de mercados no restringidos. Los mercados necesitaban reglas, normas, Constituciones incluso. Necesitaban algo semejante a un Estado; restaurar la economía mundial podía ser únicamente una proposición económica. Pero Slobodian omite algunas de las disputas internas que se produjeron dentro del bando neoliberal, especialmente cuando se expandió el ala estadounidense, encabezada por un hombre de Nueva Jersey que rebosaba confianza en sí mismo: Milton Friedman. «Estoy dispuesto a asesorar a cualquiera que me lo pida», afirmó Friedman alegremente en 1976: Hayek se estremeció. Hayek solía considerar el estilo excesivamente desenvuelto y poco sofisticado de Friedman con un desdén mordaz.

Más que eso, fue el afán de libertad estadounidense y su desprecio del orden lo que sacó a Hayek de quicio y lo que acabaría provocando su desencanto. De alguna manera, el sueño abstracto de un orden espontáneo que tenía Hayek estaba fallando, aun cuando los ideólogos del mercado libre empezaran a influir en insurgentes de la derecha anglo-estadounidense, como Margaret Thatcher y Ronald Reagan. El culto a la elección individual, a convertir todo, desde los colegios a los bosques, en mercancías, era vulgar; las campañas para saciar la sed de los consumidores con chucherías y hacer retroceder al Estado del Bienestar para restaurar la jungla de los mercados del siglo XIX no era lo que soñaban Hayek y los suyos cuando ansiaban una libertad bien ordenada. El burdo individualismo no era una verdadera filosofía social de interdependencia. Hay una coda en su Constitution of Liberty (1960) en la que explica «Por qué no soy un conservador». Aquí Hayek detalla la diferencia entre conservadores que querían «aplicar el freno» a la igualdad social o a las protecciones contra los ciclos de los mercados o los costes, y los verdaderos «liberales» (no utiliza el término neoliberal). Los verdaderos liberales no son como los progresistas o conservadores, que se hallan atrapados en una batalla por «cuán lejos o cuán rápidamente deberíamos movernos». Los liberales preguntan: «¿Adónde deberíamos movernos?» Los verdaderos liberales no se encuentran simplemente en el medio; son los verdaderos soñadores, los de más amplias miras, porque comparten ideales de «libre crecimiento», un término que figura de manera más prominente en su pensamiento que el de la elección individual. El libre crecimiento depende a su vez de fuerzas espontáneas y del ajuste continuo a las nuevas condiciones que crean. Los liberales pueden encontrar almas gemelas en conservadores que denuncian el colectivismo y la intervención estatal. Pero eso es sólo una coincidencia táctica. Los liberales tienen fe en el «poder de las ideas a largo plazo». Cuanto más nos distanciamos de la visión hayekiana, más grandiosa, más abstracta y, francamente, más intransigente resulta con todo aquello que se interponga en el camino de la evolución espontánea ‒tal como él la veía‒, incluidas las mayorías que pudieran no compartir las mismas ideas poderosas. Aunque Hayek se mostraba cáustico sobre los órdenes preconcebidos, creía firmemente que el mundo necesitaba uno. Por contraste, la idea de la ciudadanía de centro comercial en los años ochenta parecía un facsímil mugriento.

Aunque Slobodian omite algunas de las luchas internas entre los neoliberales, sí que presta atención a lo que pensaban sobre la economía internacional. Resulta interesante que no fue el choque por el bienestarismo avanzado y el malestar de Occidente lo que redimió a los ordoglobalistas. Fue la sublevación del Resto. Fue en el Tercer Mundo, y especialmente en Latinoamérica, donde se crearon los primeros terrenos de pruebas para el viejo credo.

Chile fue una especie de laboratorio social para los Chicago Boys y su gurú, Arnold Harberger, un ordoglobalista de segunda generación. Hayek dejó de sentirse constreñido. «Mi preferencia personal se inclina hacia una dictadura liberal más que hacia un gobierno democrático carente de liberalismo», anunció en Santiago. El episodio chileno no recibe mucha atención, sin embargo, en el libro de Slobodian, lo que es una pena, porque las preocupaciones subyacentes en relación con la democracia y el gobierno de la mayoría que anudan gran parte del pensamiento ordoglobalista se pusieron gloriosamente de manifiesto en el apoyo incondicional a Pinochet.

La batalla por el mundo, en cambio, se desarrollaba en otros lugares. Slobodian repasa los perfiles del enfrentamiento a una mayor escala en relación con la arquitectura del Nuevo Orden Económico Internacional tal como fue defendida por los líderes del Tercer Mundo. Los llamamientos a un sistema económico mundial más justo perseguían reparar los males de la dependencia. Por contraste, los hongkoneses habían aceptado su dependencia e hicieron de su necesidad virtud. Los valedores del Nuevo Orden Económico Mundial quisieron ampliar en mayor detalle las dimensiones políticas del anticolonialismo posterior a 1945 al campo de la economía mundial. Para los ordoglobalistas, la idea era horripilante. Jan Tumlir, otro ordoglobalista de segunda generación, un checo emigrado a Estados Unidos, y «filósofo residente» del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, calificó el Nuevo Orden Económico Internacional de «un avance degenerativo». No hay que resistirse a la dependencia. Era mejor ser como Chile o Hong Kong y abrazar la dependencia, eclipsar la soberanía de la nación con la soberanía de los consumidores. La causa neoliberal emigró entonces de los enfrentamientos en las periferias a las conquistas en los centros. A la sombra política de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, el neoliberalismo se convirtió en el apodo de una nueva época. A partir de entonces, el ajuste estructural, observa Slobodian astutamente, pasó de ser un remedio temporal a convertirse en una doctrina de ajuste perpetuo.

Es ahora cuando los límites de Globalists empiezan a revelarse por sí solos. No surgen de las selecciones de Slobodian o de sus lecturas, que suelen ser irreprochables, sino de este género de historia intelectual global. Parte del problema es consecuencia de poner el foco en una única rama del pensamiento global; al situar los orígenes del neoliberalismo en Viena en 1919, es mucho lo que se pierde cuando uno se muestra decidido a mostrar un linaje.

Nacieron dos utopías de la cuna de los imperios de Europa del Este con posterioridad a 1919. Ambas tenían ambiciones de abarcar el mundo, la bolchevique y la neoliberal

Más importante aún, ¿cuán global es esta reconstrucción de un imaginario global? ¿Fue la campaña para profundizar en el comercio transfronterizo en los años setenta y situar su regulación fuera del ámbito de los Estados-nación realmente un reflejo de la angustia ordoglobalista para acabar con la amenaza del Nuevo Orden Económico Internacional? ¿Suponía incluso el Nuevo Orden Económico Internacional semejante amenaza? Al fin y al cabo, lo que rompió la alternativa tercermundista no fue la contrarrevolución de Ginebra. Fueron cómo los bruscos aumentos del precio del petróleo de la Organización de Países Exportadores de Petróleo timaron a los importadores del Tercer Mundo, los estragos causados por la fuga de capitales y la escalada de la deuda. Fueron las volátiles tasas de cambio después de que Richard Nixon suspendiera la convertibilidad del dólar en oro. Fue en Basilea (no Ginebra), sede del Banco de Pagos Internacionales, donde tomaron forma los paquetes de estabilización para gobiernos en apuros, como el del laborista James Callahan. Fueron sobre todo los modos en que se reestructuraron las cadenas de suministro dentro de las empresas. Lo cierto es que el grueso del comercio global estaba realizándose entre países, pero en el seno de las empresas. En aquel momento se produjo un enorme debate sobre el dinero, la soberanía y las corporaciones multinacionales. Merece la pena recordar que cuando China inició su largo viaje para reabrir sus mercados, comenzó con un contrato con una empresa de desguace de barcos de Hong Kong a comienzos de 1979; la anticuada flota de barcos de China se convirtió en chatarra para Hong Kong, metabolizando así las reliquias del comunismo para una nueva era global. Cabe preguntarse si los globalistas neoliberales de Slobodian llegaron siquiera a tener la más mínima idea de lo que estaba surgiendo delante de sus narices mientras departían entusiasmados en los vestíbulos de su hotel de Hong Kong. Pocos meses más tarde, China creó su primera Zona Económica Especial en la provincia de Guandong con el fin de crear plantas de montaje con mano de obra barata para multinacionales a la sombra de los oropeles de Hong Kong.

Cuando los gobernantes y expertos chinos emprendieron la búsqueda de modelos y de ayuda, no miraron a Occidente, y menos aún a los excéntricos apóstoles de la desregulación. Sí sintieron curiosidad por el programa de maquiladoras de México. Por encima de todo, dirigieron su mirada al milagro del Estado corporativo de Japón. Paradójicamente, también les preocupaba un orden europeo posimperial. Podría decirse que también ellos fueron los herederos de los tratados de 1919 que procuraron a Occidente determinación personal y soberanía nacional para sí mismo, al tiempo que la negaban para casi todos los demás.

Los últimos utópicos

Por neoliberalismo suele entenderse fundamentalismo de mercado, liberando la oferta y la demanda de las restricciones de la tradición o la política. Eso no acaba de ser lo que los verdaderos creyentes ordoglobalistas tenían en mente. Creían profundamente en las leyes, las políticas y las instituciones: eran, de hecho, vigas esenciales para que funcionara el mercado, como muestra Slobodian. Lo que querían no era menos regulación o control; lo que querían era menos política encima de la economía, especialmente el tipo de política ligada al ejercicio de la ciudadanía dentro de los Estados-nación. Eran, en cierto sentido, auténticos y congruentes soñadores unomundistas con un diseño utópico y grandioso.

El grandioso diseño no dio lugar a la encumbrada retórica de las declaraciones de independencia, sino a los tratados tecnocráticos de interdependencia. Entre la jerga jurídica se hallaba enterrada la creación de reglas y normas que sacaron el conflicto y las disputas fuera del ámbito político y los recluyeron en la invisible seguridad de los tribunales de arbitraje de diferencias inversor-Estado. Es a eso a lo que las empresas dejaron reducida la soberanía de las naciones, que es algo muy diferente de las vistosas cumbres internacionales.

Lo que ha hecho Slobodian es descorrer la cortina sobre el neoliberalismo como una ideología. No quedaba otra opción y ha sido una realidad que hemos tenido que interiorizar, amoldarnos a ella o, si no, seguir la senda de la Venezuela de Hugo Chávez. Se trataba de una idea conformadora del mundo que coexistió con otra nacida a partir del mismo momento histórico. De hecho, nacieron dos utopías de la cuna de los imperios de Europa del Este con posterioridad a 1919. Ambas tenían ambiciones de abarcar el mundo, la bolchevique y la neoliberal. Cuando 1989 derrumbó la primera, parecía estar dando rienda suelta a la segunda. Ahora todos somos neoliberales.

¿Lo somos?

Ahora, cuando los defensores de «la nación, primero» se extienden de una capital a otra, los ordoglobalistas han emprendido la huida. Esas bóvedas tecnocráticas de resolución de disputas se ven en este momento con sospecha y desdén. La globalización, y su matriz ideológica, el neoliberalismo, no son otra cosa que destino.

¿Podría ser que los ordoglobalistas tuvieran razón? Al fin y al cabo, la alternativa al globalismo, el nacionalismo malhumorado, parece peor que la jerigonza de la Ronda de Doha. No se trata simplemente de más amenazas al libre comercio; el antiglobalismo ha desencadenado el amor a la fuerza bruta, la discusión sin tapujos sobre una guerra nuclear en Corea o los ataques preventivos a Irán. Y luego está Alepo, símbolo de la vacuidad del internacionalismo de “nunca más”.

La narración de Slobodian defiende que los cruzados sembraron las semillas de su propia ruina. Pusieron el mundo en la senda del capitalismo unomundista, pero crearon el actual vacío de legitimidad. Para ser sinceros: no se pensaba que las cosas acabarían yendo en esta dirección. Slobodian se cuida de no caer en la tentación de algunos historiadores y críticos que han defendido que todo esto fue una conspiración urdida por una camarilla de evangélicos oportunistas, fabricantes de armas y capitalistas del carbón que financiaron a ideólogos de derechas porque querían que las cosas fueran así.

Pero Slobodian pierde una oportunidad para extraer algunos paralelismos sobre los utópicos en el poder. En una observación hecha de pasada, nos recuerda que Hayek no puede ser realmente tenido por un luchador de la Guerra Fría. En comparación con sus jeremiadas sobre la amenaza a la libertad procedente de un Estado de bienestar que nos mima y de los planificadores del Tercer Mundo, Hayek tenía poco que decir sobre el comunismo. Los neoliberales, como sus rivales derrotados de la Guerra Fría, soñaban con libertades universales; de alguna manera, estaban cortados por el mismo patrón. De alguna manera, compartieron destinos similares. Del mismo modo que el comunismo acabó creando una maraña de comisarios políticos corruptos, el neoliberalismo dio lugar a un mundo en la sombra de paraísos fiscales, banderas de conveniencia y capitalismo deslocalizado.

El paralelismo, sin embargo, sólo puede llegar hasta ahí. El comunismo colapsó realmente, mientras que el capitalismo parece haber entendido cómo canalizar la rabia social en regímenes políticos que ensanchan la brecha entre los ricos y los otros al tiempo que culpan a las personas llegadas de fuera, a China, a Putin, a los refugiados, a Obama, a los «hombres malos» (Trump dixit) de todas sus desdichas. El conflicto que se avecina entre Washington y Pekín ha creado, si acaso, la añoranza de una Organización Mundial del Comercio estabilizadora y unas esperanzas desmesuradas de que la insulsa visión de una Europa común de Angela Merkel modere a los infatigables gigantes.

Escena de la batalla de Seattle, 30 de noviembre de 1999

Slobodian tiene un problema político: no ha sido la izquierda, heredera de las luchas anticoloniales y los críticos de la dependencia, la que está llenando el actual vacío neoliberal. Se suponía que la Batalla de Seattle, un acontecimiento clave en la educación del autor, iba a producir, tal como él lo llama, un «arreglo desde abajo». Pero no es eso lo que sucedió. La soledad del centro comercial y los trastornos alimenticios, la soledad de la deuda estudiantil y el desempleo no han suscitado alternativas radicales, sino más bien un resurgimiento e intensificación del nacionalismo. No ha sido el arreglo desde abajo, o el chavismo, lo que confundió al homo Davos. El asalto al globalismo no está llegando de radicales con barba, sino de reaccionarios grandilocuentes. El lenguaje de la nación ha pasado a dominar el discurso de la protesta contra la integración.

Y, como guinda final, los primeros que censuraron las reglas fueron los propios ricos. La llamada Ronda de Doha terminó después de quince infructuosos años. ¿Por qué? Porque el dinero y la «inversión» se mueven más fácilmente que nunca sin metarreglas y normas que las gobiernen. Como revelaron los Papeles de Panamá, muchos capitalistas encontraron refugio no a la luz de la ley, sino en la oscuridad de compañías zombis y paraísos fiscales. Fueron los millonarios a quienes tanto idealizaron los ordoglobalistas (y de los que dependían para sus retiros y sus publicaciones) quienes fueron los primeros en comprender que podían ganar más dinero tomando las de Villadiego antes que los demás. Ahora tenemos una estampida rumbo a los paraísos fiscales. Preferiblemente, sin refugiados hambrientos por los alrededores.

Necesitamos un marco más amplio para reflexionar sobre la condición global. Slobodian nos recuerda que la interdependencia fue secuestrada por los utópicos que, en su efímero momento de triunfo, creyeron que habían derrotado a la soberanía nacional y a la política de la vida económica. En última instancia, Slobodian y los hombres que son objeto de su análisis redujeron el globalismo a una sola cosa: un impulso para salvaguardar el mercado de la política al ponerlo al cuidado de salones de juntas transnacionales, «expertos» en comercio y comisiones especiales de Naciones Unidas. El resultado fue fatal. Los liberales clásicos defendieron en un tiempo que lo único que tenía que hacer el Estado era dejar solo al mercado y preocuparse de otras cosas. Los neoliberales no se pararon ahí, porque no podían pararse ahí. Segregar la economía de la política en las democracias era algo imposible. Para sortear ese problema, exigieron que se modelara el Estado para apoyar el mercado, elaborar una regulación medioambiental, redes sociales de seguridad, recursos para escuelas, propiedad cultural, para adecuarse a las leyes naturales de la Organización Mundial del Comercio.

Se ha culpabilizado del problema a la interdependencia global, al globalismo. Podría ser que el problema radique en otra parte. Podría ser que el problema no sea la interdependencia, sino el modo en que debatimos sobre ella, que el quid radique en el fracaso de considerar la vida conjunta en este planeta de una manera que no equipara valores y precios, sociedad y mercado. Si vamos a huir del vicio de una política de pesadilla y del agotado neoliberalismo, es posible que tengamos que arrancar el globalismo de las manos de esta raza de globalistas.

Jeremy Adelman es catedrático de Historia y director del Laboratorio de Historia Global en la Universidad de Princeton. Sus últimos libros son Sovereignty and Revolution in the Iberian Atlantic (Princeton, Princeton University Press, 2009), Worldly Philosopher. The Odyssey of Albert O. Hirschman (Chapel Hill, The University of North Carolina Press, 2012) y, como coautor, Worlds Together, Worlds Apart. A History of the World: From the Beginnings of Humankind to the Present (Nueva York, Norton, 2017).

Traducción de Luis Gago
Este artículo ha sido escrito por Jeremy Adelman
especialmente para Revista de Libros

10/10/2018

 
COMENTARIOS

Giorgio 10/10/18 15:37
Reseña importante

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