Manhattan: fábula y signo

El hombre que inventó Manhattan

RAY LORIGA

¿Quién no guarda en la memoria mil imágenes de Nueva York, sean directas y objetivas, transmitidas por el periodismo gráfico o el reportaje documental, sean imágenes sublimadas por el arte, el cine o la literatura? Incluso en la nuestra, tan poco cosmopolita, y en fecha tan temprana como 1916, por los «cansados ojos indolentes» del poeta recién casado, resbalaron cien imágenes de las «constelaciones nuevas». Al poco, Julio Camba atrapaba otras tantas visiones de la «ciudad automática». Después, en 1929, Lorca forjaba allí su mejor poemario. Y luego, y hasta ahora, tutti quanti. Ray Loriga, afortunadamente, no secunda esas sendas, aunque haya en su última novela, como en las anteriores, ráfagas de alta poesía. Por el contrario, El hombre que inventó Manhattan tiene el aire de familia de algunas piezas «raras» por infrecuentes en nuestra tradición literaria, que no discurren por los cauces del secular realismo y que participan de un humor lúdico e irreverente. Hablo de Cinelandia, de Ramón Gómez de la Serna; de Los dominios del lobo, de Javier Marías; o de Nunca voy alcine, de Enrique Vila-Matas.

Partiendo del cine y de la literatura (y seguramente también de la experiencia propia), Loriga construye una peculiar perspectiva desde la cual narrar las fábulas y signos del Manhattan inventado por un hombre: Charlie o Gerald Ulsrak (pues ese es su verdadero nombre), un emigrado rumano que trabajaba como superintendent de un bloque de apartamentos, cuyo mejor amigo era «el bueno de Chad» o «el viejo Chad» (es decir, Pedja Rusesky), que tenía dos hijas o quizá sólo una (dudosa la paternidad de la segunda), que era como un James Dean calvo porque físicamente no se parecía en nada al mítico actor, pero al mismo tiempo era una réplica exacta de sus poses, y que el día de Año Nuevo de 2002 amaneció colgado de una viga del techo.

Así, desde la ambigüedad, el desdoblamiento especular, los paralelismos al revés, la realidad y la ficción, va construyendo Loriga todas las historias de este libro, estructurado en capítulos muy breves (algunos de corte escénico, casi enteramente dialogados), al modo de gags o microrrelatos, todos ellos precedidos de un título revelador: «Peces voladores», «Crimen imposible», «La zorra del campus», «Sombreros»… Historias que se van alternando con irregular frecuencia, puestas en labios de un narrador cuya figura algo esquiva, a pesar del descaro con que a menudo interviene en el relato («en fin, para no eternizarnos, diremos sólo que…»), corresponde a un inquilino del inmueble donde vive y trabaja Charlie, un hombre joven (o al menos con un hijo pequeño) que residió allí durante cinco años y que se presenta como destinatario u oyente de unas historias que «son parte del sueño de Charlie»: historias inventadas, aunque muchas, la mayoría, sean ciertas, asegura. De ahí que este narrador-transmisor, que supuestamente nos lega lo que oyó, escuchó o vio un día, se muestre desde un plano supranarrativo (de sesgo autorial), y se permita intervenir con desparpajo, como se ha visto, opinar sobre ciertas expresiones (por ejemplo, la frase «rodeada de la crema de la crema» le parece absurda), parodiar otras voces, guiar la lectura, cambiar de cláusulas narrativas («si esto fuera una película, […] podríamos rodar esto en blanco y negro») o establecer con el lector cierta complicidad juguetona: «Cuando Laura llegó, Simonetta ya estaba allí» (invirtiendo el orden y el sentido del celebérrimo cuento de Monterroso). Y por eso este narrador, en este sostenido juego de duplicaciones y paralelismos directos o invertidos que encierra El hombre que inventó Manhattan, se permite a su vez ceder la función narrativa a otras voces, destacando la historia de la muerte del gángster Dutsch Schultz contada por William Burroughs en el urinario público del Lower East Side.

Un urinario público, un salón de pedicura, cementerios, la suite de un hotel de lujo, atrios y salas de museos, un centro de desintoxicación, una autopista, restaurantes, clubes nocturnos y garitos infectos, taxis, calles, interiores domésticos, edificios anónimos o con historia (el Dakota, el Ansonia)… En cualquier caso, siempre espacios poderosos, incluidas las emblemáticas torres gemelas que Arnold Grumberg –un patético vendedor de pianos muerto en extrañas circunstancias– intenta inútilmente atravesar en sus frecuentes paseos hacia el río. Las mismas que, accidentada y atrapada en su coche, colgando cabeza abajo, Martha –esposa del abogado Andreas: quince años de psicoanálisis que no modifican las dimensiones de su pene– divisa invertidas, justo cuando de una de las dos torres salía «un humo negro como si se tratase de una gran chimenea, y al poco vio venir un avión cruzando el cielo y hasta creyó ver claramente cómo el avión se inscrustaba en el edificio».

Torres gemelas o un signo más de la duplicidad especular que vertebra estas páginas, rasgo que afecta a las voces narrativas, a los espacios, al tiempo, a los objetos, a los animales (ahí está la fábula del ratoncillo Missy, versión neoyorquina del tradicional «El ratón de la ciudad y el ratón del campo»), y, naturalmente, a los personajes. Paralelas a las torres, se alzan las enigmáticas gemelas coreanas o discurre, algo más soterrado, el cainismo de Laura y Simonetta, o de Andreas y Ullrich. La octogenaria y descreída irlandesa Molly tiene el don de la ubicuidad: puede estar a la vez en la barra del Barney's Castle y en el cementerio de Trinity, porque el tiempo real nunca coincide con el tiempo de los relojes parados y porque su deambular por el barrio casi siempre es imaginado. Pletórica de firmeza, ruda, imperiosa, la ex-alcohólica señora Heather, de Tennessee, cuenta fabulosas historias de tiburones en el Hudson y rechaza el «tratamiento oficial» (es decir, el real, el verosímil) que le dispensa su cuidador Ramón Romero (o Ramón Corona, según el papel que haga), para seguir escurriéndose por su fantasía. Esta tensión que en los personajes de mayor edad pivota entre memoria y vida, en el grupo de los jóvenes se tensa entre la realidad y los deseos. Así, Simonetta, la redactora jefa de la revista Amazonas sofisticadas, seguirá buscando el punto exacto en que murió el poeta Robert Lowell, en un inútil y ridículo esfuerzo por prolongar sus investigaciones filológicas de juventud, mientras su hermana Laura se lleva a la cama al joven actor mexicano que inicia su carrera estelar. Todas estas criaturas tienen alguna noción inexacta de sí mismos; todos los personajes padecen «el vértigo de quienes tratan de mirar rascacielos a los ojos»; todos deambulan o dormitan en esos escenarios, impulsados o paralizados por la rutina, la incertidumbre, la banalidad, el sexo, la frustración, la envidia, los complejos, el crimen, los recuerdos, la ambición, el hastío… Criaturas que viven boca abajo, como Martha; absurdos mundos paralelos que dibujan una imagen continua, dinámica y mutante de Manhattan. Vidas que en ocasiones colisionan o se mezclan entre sí porque la metrópolis es trajín y trueque: intercambios de fantasías, palabras, memorias, culpas… También el narrador se lleva algo de allí: «Una imagen empañada en la que uno puede imaginar lo que no acaba de ver del todo. Un Coney Island de la mente, como decía Ferlinghetti. Con esa idea se marcha uno de casa. El verdadero exiliado sueña con el lugar que ha dejado atrás, el exiliado voluntario sueña con el lugar en el que está. Es aún más extraño. Con el tiempo se empiezan a sufrir los rigores de la fantasía. Se cambia una tiranía por otra. Se adueña uno del simulacro».

Ficha técnica

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