Marruecos, 1921: El aire de una guerra

El blocao. Novela de la guerra marroquí

JOSÉ DÍAZ-FERNÁNDEZ

Viamonte, Madrid

Con ocasión del centenario del 98, se preguntaba un historiador en una obra colectiva (Cuba, Puerto Rico y Filipinas en la perspectiva del 98, Ed. Complutense, Madrid, 1997): «¿Qué presencia tiene el desastre colonial en la narrativa de la época?». La respuesta se expresaba rápidamente algunas líneas más adelante de forma contundente: no existe la «gran novela» del 98, ni nada que se le aproxime. Tampoco nuestra «gran guerra» del siglo XX, la del 36, ha dado hasta la fecha una obra maestra indiscutida, por más que últimamente, con motivo de la reedición de Herrumbrosas lanzas, un sector de la crítica haya reivindicado tal carácter para la controvertida novela de Benet.

Entre una y otra contienda se sitúa históricamente una campaña terrible (no tanto por sus episodios concretos –aunque también–, como por su empantanamiento durante largos años), una guerra sucia (como casi todas las coloniales) rebosante de vilezas e infamias, que se prolongó en el tiempo, espasmódicamente, más que las citadas: la guerra del Rif. En realidad, más que una guerra estricta, una sucesión interminable de escaramuzas mayores y menores en una pequeña franja del territorio marroquí entre las cabilas de la zona y unas tropas españolas minadas por la desidia, la corrupción y el desconocimiento –en su más amplio sentido– del terreno que pisaban. En el plano literario, habría que seguir lamentando la escasa repercusión (hablemos claramente de sensibilidad) que encuentran dichos acontecimientos en unos escritores más pendientes, por lo general, de la innovación vanguardista que de la realidad nacional.

Entiéndase lo dicho en sus justos términos: testimonios hay muchos, los más con vocación de denuncia o clara intencionalidad política, algunos incluso de literatos menores pero no ciertamente despreciables, como Eugenio Noel o Manuel Ciges Aparicio. En esta línea cabe recordar que prácticamente toda la segunda parte de la conocida obra de Arturo Barea La forjade un rebelde (la titulada «La ruta») está consagrada a describir los episodios que el autor vivió personalmente en las ciudades y campamentos del norte marroquí. Y no puede dejar de mencionarse la que sin lugar a dudas es la plasmación más sólida y contundente de aquel triste episodio de la historia española del siglo XX, la también muy celebrada Imán, de Ramón J. Sender.

Pero incluso en esta última obra, unánimemente reconocida como cumbre de la llamada «novela social», para muchos la mejor de su autor, el lector de hoy encuentra por encima de todo un retrato ajustado de las miserias de la guerra, no muy lejos de lo que pudiera denominarse –en términos nada peyorativos– reportaje periodístico. Nada de ello menoscaba, naturalmente, el valor de Imán, relato vibrante que aún conserva parte de su magnetismo.

Lo que frente a todas ellas tiene de especial la novela que ahora se reedita, El blocao, originalmente aparecida en 1928, es el intento de romper los moldes, que terminan siendo convencionales, del testimonio atroz, del relato de denuncia, de la novela de guerra tradicional, por decirlo en una palabra. Aquí no hay un protagonista definido con el que el lector pueda identificarse, ni un proceso de iniciación o aprendizaje, ni unos personajes amigos o enemigos convenientemente perfilados. Por no haber, no hay siquiera unidad en la narración, compuesta por siete episodios independientes de desigual extensión.

La intención del autor, declarada explícitamente en el prólogo a la segunda edición, y que con buen criterio aquí se reproduce, es recrear el ambiente, la atmósfera, la angustia de la guerra, todo eso que está en el aire que se respira, en la piel, en los gestos. De todos y de cada uno, no importa de quien concreto: puede ser la mirada de una paupérrima niña mora pero también los ojos de un perro fiel al que un teniente vengativo va a sacrificar gratuitamente; la inacción exasperante de los soldados en la fortificación (el blocao) o la tensión erótica que termina por estallar bestialmente. Sobran, no ya los héroes, las gestas, las individualidades –lo cual es absolutamente obvio–, sino hasta el argumento en el sentido clásico. No hay ni interesa un antes y un después, de la misma manera que se difuminan los contornos del frente y la retaguardia, y hasta de Marruecos y la Península. Se impone permanentemente la provisionalidad brutal de la vida: la muerte acecha siempre y termina por aparecer de la manera más imprevista; así, la incertidumbre es permanente; el tedio, la suciedad y el deseo insatisfecho aguijoneando a hombres aislados, sometidos a una situación límite, sólo puede dar paso al resentimiento, la aspereza, la crueldad. Hablar en este contexto de heroísmo, o simplemente de virtudes militares, constituye una pesada broma.

Pero todo eso está expresado con una gran capacidad de síntesis y con una contención admirable, hasta el punto de que puede hallarse en los propios libros de historia (cf. el clásico Ejército y sociedad en la España liberal, de Payne) una descripción más descarnada de aquel ambiente nauseabundo: por ejemplo, el inmenso burdel que eran esas guarniciones embrutecidas por la amenaza continua, el juego y el alcohol, en las que campaba a sus anchas la arbitrariedad absoluta, el fraude masivo y hasta el asesinato cometido con la mayor impunidad.

Al final, resulta patente que El blocao no es tampoco la necesaria obra maestra que reclamaba un episodio tan trascendental de la historia española. Le falta para ello desarrollo dramático, profundidad, mayor ambición en suma. Aun así, es una novela original, en algunos aspectos casi insólita en nuestro panorama narrativo, y sobre todo constituye una aportación imprescindible para reconstruir la atmósfera de una guerra hoy casi olvidada.

Ficha técnica

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