Proporciones

Cleopatra era una mujer, su nariz era una nariz de mujer, y sus ojos, por bellos que fueran, no podrían ser mucho más bellos que los ojos de las mujeres con que uno se cruza en un paseo casual por la ciudad. Y, sin embargo, el cuerpo, los ojos y la nariz de Cleopatra se recuerdan a través de los siglos. Estoy en el metro y, de pronto, las puertas se abren y se llenan de mujeres hermosas. Hay dos muchachas que conversan frente a mí, bellas como cristales iluminados desde dentro. Una de ellas tiene los labios rojos como cerezas. Sus ojos son dorados y brillan como rescoldos. Esta muchacha es tan bella como Cleopatra, y probablemente más inteligente. Y, sin embargo, recordamos a Cleopatra y nada sabemos de esta muchacha de labios de cereza.

En la parada de metro de Sol hay unas escalinatas que descienden majestuosamente separadas por tres o cuatro descansillos. Nadie se fija en ellas y, desde luego, nadie repara en su belleza, que depende en gran medida de su tamaño. Colocadas en una pirámide maya, serían materia de asombro universal, y vendrían gentes de todas las partes del globo para fotografiarlas. Pero están en el metro de Madrid y, por tanto, son insignificantes.

Si el perrito de flores de Jeff Koon tuviera un metro de altura, nadie repararía en él. Las cosas enormes son siempre hermosas.

Ahora camino por el Paseo del Prado. ¿O es Recoletos? Confieso que no sé nunca dónde la calle cambia de nombre. Paso frente a la Biblioteca Nacional, y de pronto me doy cuenta de que este edificio que me obsesiona desde mi juventud y en el que se encierran cientos de miles de libros y muchos miles de libros que jamás ha leído nadie, no es otra cosa que una pared con dos hileras de ventanas. ¿Sólo dos pisos tiene la Biblioteca Nacional? Pero, ¿cómo puede caber en sólo dos pisos todo el laberinto que hay en el interior?

Una pared con dos hileras de ventanas podría ser la descripción de muchos edificios asombrosos y mayestáticos. El Palacio Real de Madrid tiene tres pisos de altura. También el palacio de Versalles tiene tres pisos de altura. El Escorial tiene seis pisos de altura en su fachada principal. Y, sin embargo, estas construcciones nos abruman con su magnificencia.

La Sagrada Familia de Barcelona tiene aproximadamente la misma altura que el Taj Mahal: 170 metros. Siempre he pensado que parte del incomprensible atractivo que el edificio de Gaudí tiene para tantas personas se debe a una cuestión de proporciones: parece mucho más grande de lo que es en realidad. Pero 170 metros es realmente una altura impresionante. Es prácticamente la altura máxima que puede tener un edificio.

Somos pequeños como hormigas y la altura enseguida deja de tener sentido para nosotros cuando la observamos desde el suelo. El Empire State Building, que tiene 381 metros y 102 pisos, no nos parece más grande, desde la acera, que un edificio de treinta plantas. La Torre de Valencia de Madrid, por ejemplo, tiene veintiocho plantas. La Biblioteca Nacional tiene sólo dos plantas y es un edificio monumental, mientras que la Torre de Valencia es insignificante. El máximo de asombro que podemos obtener de la altura de un edificio nos lo da la catedral gótica. Pongámonos frente a la de Burgos, la de Wells, la de Chartres. La sensación de gloria y de magnificencia que transmiten esos viejos edificios no puede multiplicarse ni acrecentarse.

Sin embargo, la catedral de Chartres tiene 113 metros de altura, y la de Wells sólo 49. Menos de cincuenta metros de altura, y ya nos sentimos admirados de tanta grandeza. Por eso Pascal decía que la nariz de Cleopatra cambió la faz de la tierra.

Dado el tamaño de la tierra, la nariz de Cleopatra y el Everest son indistinguibles.

Nada puede haber tan grande como un árbol. Un árbol inmenso con una sombra inmensa nos produce un estupor casi sagrado. Sin embargo, el techo de aluminio de una gasolinera es más grande, y no nos causa la menor impresión.

Los techos de las gasolineras son fascinantes: una única pieza sostenida por dos patas, o a veces por una pata.

Las casas colgantes de Cuenca, en cambio, son demasiado pocas y demasiado pequeñas.

¿Conocen ustedes la ciudad de Bath? El nombre proviene, precisamente, de los baños romanos, que todavía se conservan, y en los que es posible beber un vaso de agua sulfúrica y perfectamente repugnante pagando una libra. Cuando en el siglo XVIII quiso reformarse la ciudad, el arquitecto, John Wood, tuvo la brillante idea de continuar el legado romano creando una serie de réplicas nada menos que del Coliseo romano. Creó así el Circus y luego el Royal Crescent, que terminó su hijo y que es el Crescent más famoso del mundo, y seguramente el más grande que podría construirse, del mismo modo que probablemente la plaza de San Pedro de Roma es la plaza más grande que puede construirse.

También el Coliseo de Roma es el edificio más grande que puede construirse. Las réplicas romanas de Washington son mucho más grandes, pero su tamaño ya no es humano: se pierden en la distancia. Ninguna avenida puede ser más ancha que los Campos Elíseos.

En el centro del Circus de Bath hay un círculo de césped en el que crece un ginkgo gigantesco. En primavera, llena todo el espacio de frutas malolientes.

Las cuatro torres de Madrid no podrían ser más grandes. No comprendo a los que las critican. A mí me parecen un milagro. Las mire uno desde donde las mire, siempre están danzando, porque tienen formas diferentes y el ojo compone un cine con cualquier imagen consecutiva que se encuentra. Uno siempre se siente feliz al descubrirlas, al acercarse a ellas, al girar alrededor de ellas, al alejarse de ellas, al entreverlas entre los árboles, al encontrárselas milagrosamente al borde de la acera.

Me dirán que no todo es cuestión de tamaño. Que también son importantes las proporciones, la armonía compositiva, la relación del edificio con lo que le rodea. Cierto. Pero el tamaño es de crucial importancia.

Una de las páginas más hermosas de Huizinga es esa en que describe cómo eran los galeones medievales. Eran, nos dice el historiador, las construcciones humanas más asombrosas que era posible contemplar, más asombrosas incluso que las catedrales. Las banderolas multicolores que pendían de lo alto de los mástiles caían, ondeando con el viento, hasta rozar las olas. No hay nada que nosotros podamos construir en el siglo XXI que iguale o supere la vertiginosa belleza de una bandera de seda multicolor que pende desde lo alto de un palo mayor y cae hasta rozar las olas del mar.
 

Ficha técnica

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Histrión


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Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

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