En la loca fiesta trágica

LA COMEDIA SALVAJE

José Ovejero

Alfaguara, Madrid

398 pp. 19,50 €

Dado que en la literatura española contemporánea disponemos de una copiosa y plural nómina de libros –de ficción o testimonial: memorias, crónicas o autobiografías– que versan sobre la Guerra Civil –algunos aparecidos ya en los años de la contienda, sin interrumpirse el flujo a lo largo de la posguerra, ni mucho menos durante la Transición o la democracia, pese a lo que incomprensiblemente se haya dicho o escrito por ahí–, no es fácil que una nueva novela sobre esa parte de nuestra historia arranque el entusiasmo de esta lectora a menos que le resulte, efectivamente, nueva (distinta de lo previsible y manido): sea por los personajes que la protagonizan (sus perfiles y experiencias y conflictos), por los sucesos que recoge (grandes o pequeños), o, muy importante, por su factura literaria.
 

La comedia salvaje, de José Ovejero, es nueva en los tres aspectos citados, sobre todo en el tratamiento literario que el autor imprime a la materia extraída de la realidad a partir de la peculiar perspectiva que adopta. Para empezar, el protagonista de La comedia salvaje, Benjamín, es un joven inteligente pero insignificante, culto –cursa estudios de Filosofía y Teología–, pero torpe e inútil, a quien don Manuel Azaña elige papa desempeñar una misión cuya finalidad es detener la Guerra Civil. Para ello, habrá de ir a Burgos al encuentro del general Cabanellas, republicano y masón, a quien deberá hacerle una oferta aprovechando las dudas y el malestrar registrado en algunos sectores de los militares rebeldes, que creyeron que sólo iban a dar un golpe de Estado que en dos días les llevaría al poder y ahora se encontraban en medio de una guerra que podía llevar años y hacerlos copartícipes de las salvajadas cometidas por el ejército nacional. De aceptar Cabanellas la oferta, Benjamín debería partir después en busca del filósofo Ortega y Gasset para proponerle la presidencia, por ser «de los pocos a los que respetan la derecha y la izquierda moderadas».

Esta misión lo obligará a emprender un periplo por media España durante el otoño de 1936, a lo largo del cual irá encontrándose a una pintoresca caterva de personajes en la que se incluyen tanto a los combatientes de uno y otro bando –falangistas, legionarios, carlistas, comunistas, anarquistas, milicianos, brigadistas– como a los que viven en la retaguardia; hombres de perfil público y cierto protagonismo, por un lado, y gentes humildes y seres anónimos –un cura, un artesano, un vendedor ambulante, un boticario, un inventor, un tabernero–, por otro, además de a la joven Julia, que acompañará a Benjamín en su aventura, durante la cual se suceden los más dispares y disparatados episodios: unos sustentados en la realidad histórica y otros fruto del delirio y la fabulación. Así, los que retratan las pullas y rivalidades o las divisiones internas entre facciones de un mismo bando, el caos y la indisciplina que reina en algunos frentes, las alocadas estrategias que algunos iluminados proponen durante el asedio al Alcázar de Toledo, la reacción de los milicianos ante los poetas que los visitan para enardecerlos con sus rimas, o la presencia de un Comité Antiimperialista Revolucionario Latinoamericano llegado a España para conquistarla, aprovechándose de las luchas internas, dado que «ésa fue la estrategia de Cortés con los aztecas y le fue bien».

Estas aventuras transcurren en diversos escenarios, casi todos simbólicos: inmensos espacios abiertos, arrasados, y yermos y despoblados, que testimonian los desastres de la guerra; submundos desquiciados –cuevas, fosas, túneles, trincheras– o cobijos y refugios –granjas y casuchas, un hospital, la cárcel, un hotel, el Museo del Prado– alejados de la línea de fuego. Es en estos últimos, cuando se suspende la acción (con su tanto de épica bufa, de tragedia grotesca y de farsa y comedia y tragicomedia), donde brotan los relatos: las historias que cuentan los ocasionales compañeros de viaje y que se interpolan en la novela, textos que a su vez generan las correspondientes disputas sobre el arte de contar, tejiendo así una divertidísima veta metanarrativa en la que se discute sobre la utilidad de contar historias, los modos de contarlas, la naturaleza de los contenidos y episodios, la importancia de los detalles al servicio de la verosimilitud, las descripciones, la función del narrador, la dialéctica entre verdad y mentira, o el registro –¿cómico o grotesco?– que debe emplearse para hablar del dolor y el sufrimiento, como en La comedia salvaje, novela en la que el humor, la ironía, la parodia y el sarcasmo es de la más genuina estirpe cervantina, así como el andamiaje narrativo de esta estupenda novela, tan quijotesca como goyesca y valleinclaniana.

Esta plural perspectiva desde la que José Ovejero se acerca a la Guerra Civil, la exclusión en ella de la falacia patética y lo políticamente correcto (lo que más suele abundar por ahí), la habilidad y pericia del autor en la manipulación de materiales y recursos, y la valentía con la que hurga en ciertas llagas, hacen de La comedia salvaje una novela memorable por la visión ácida, cruda, sombría, grotesca, tierna, mísera, conmovedora, doliente, estrafalaria, triste y alucinatoria de aquella España en armas.

Ficha técnica

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