La amistad como metáfora

Amigos que no he vuelto a ver

IGNACIO VIDAL-FOL

Anagrama, Barcelona, 1997

190 págs.


Una de las revelaciones más recientes en el campo de la narrativa española ha sido el escritor, durante años corresponsal en los países del centro y el este europeo, Ignacio Vidal-Folch. Aunque anteriormente ya había publicado una novela, No se lo digas a nadie (1987) y el volumen de relatos El arte no paga (1988), ha esperado cerca de diez años para volver y ocupar un lugar más que notable dentro del panorama actual de nuestro país. Y hay que decir que pocas veces los críticos en conjunto llegan a ser tan unánimes como lo fueron al recibir su novela La libertad hace apenas un año. Relato poco usual para nuestras latitudes, la historia mezclaba de una forma inteligente y ácida el desencanto, la ironía y la crónica pre-revolucionaria, ambientado todo ello en uno de los países más pobres de Europa, Rumania, y durante los últimos coletazos de la dictadura paranoica del temible «Conducator» Ceacescu.

Aquel estilo inconfundible, es decir, unas finas y penetrantes dotes para la observación y para retratar, tanto personajes y comportamientos como el pulso general de nuestra época, aquel mismo humor entre desasosegante y desmitificador, se repite de nuevo en el conjunto de doce relatos, reunidos ahora con el título de Amigos que no he vuelto a ver. El nexo común de estos relatos será el del vaciado continuo de nosotros mismos que se va produciendo a lo largo del camino, en esta ocasión simbolizado en pérdidas humanas, pérdidas de rostros concretos y cifrables, en ausencias de voces y presencias conocidas que conformaron, habitaron o fueron, de algún modo, nuestra propia vida. La pérdida se produjo de forma tan inevitable como casual: se marcharon, se fueron a otra ciudad, se murieron, acabaron la mili y su deambular paralelo, o «cogieron otro desvío en la autopista», como se dice en el libro. Presencias que, en el negativo de las fotos, ofrecen una imagen precisa de nosotros mismos, que nos explican. Ausencias que desde el principio se instalaron con el solo objetivo de luego perderse, ya fuera en Barcelona, en Viena o en una Praga «que ya no es mágica».

Infiltrándose él mismo como un intruso, como un observador desapasionado y a la vez protagonista directo, el autor, Ignacio Vidal-Folch, se introduce como un personaje más en cada uno de los relatos, lo cual le da un tono verídico y casi escrupulosamente biográfico a cada uno de esos encuentros y desencuentros. Aunque a la vez añade un atractivo equívoco: ¿quién narra a quién?, ¿son los otros o nosotros mismos, que creemos narrarlos? Porque este libro de relatos está basado, de una forma indirecta, sobre esa relación siempre ambigua que se establece con el otro, al que se observa y se intenta descifrar, el que es una prolongación de nosotros mismos, con el que se convive y comparte intensamente algo durante un tiempo y que de repente, sin saberse bien por qué, se evapora hacia quién sabe qué otra encrucijada o qué otro lugar. Ignacio Vidal-Folch ha narrado muy bien este tipo de encuentros muchas veces fortuitos y productos del puro azar que, traducidos al presente inmediato, parecen carecer de todo sentido, pero que sin embargo también siguen teniendo el poder de arrastrarnos con ellos, o al menos de arrastrar una mínima porción de nuestro pasado. Corriente incesante de idas y venidas más o menos razonables, su ausencia deja el poso inexplicable de una especie de orfandad. Adiós continuo a muchos momentos y muchas cosas de pasados a veces no tan remotos como los mismos años setenta que forjaron una generación muy particular en nuestro país, el libro está lleno de humor y momentos muy puntuales de una suave y sutil melancolía.

De ese modo, el pasajero en el tiempo o el investido de personaje protagonista, Ignacio, periodista y corresponsal de profesión, dará vida de nuevo, se volverá a tropezar con fantasmas de la «clandestinidad heroica», con personajes de opereta antifranquista, que asoman totalmente transmutados desde «tiempos épicos» y no menos remotas y grandilocuentes «células» de partido. Habitantes suprarreales de atávicos terrenos comunes de paranoias, antiguos aprendices de contrabandistas de ideas por la República Democrática Alemana («¿se acuerda alguien de que existió ese país?») son progres reciclados en nuevos burgueses informáticos o publicitarios que han pasado, sin estación previa, de Raimon a la Jurado. Esqueletos de arrogantes y juveniles vidas de pose, especialistas en todo tipo de exilios, ex comunistas del Liceo de Barcelona o de las cervecerías de Praga, antiguos semi-artistas anarquistas de grandes gestos y exaltación indiscriminada al desorden, mutantes salidos de la «época de Julio Cortázar», todos ellos tienen en común que parecen negarse a morir por completo y recuerdan de repente, como un escalofrío, más o menos pavoroso, o más o menos compasivo, el sabor de aquellos días en los que «todo en nuestras vidas tenía que ser "peludo" y jazzístico, y à bout de souffle… Floraciones de ataúd. Tiempo perdido, dureza inútil de 1975». Espectros de un pasado estrafalario lucharán, recién salidos de las catacumbas, contra el personaje Ignacio que los narra y que a la vez lucha contra la nostalgia. Ellos serán sin embargo los nuevos resistentes que, adiposos y enfermos de las más diversas ansiedades y malas traducciones al presente, no se resignan a dejar de pegarse, como sea, de nuevo, a la vida actual, la única y lógica que corre sin ellos. Resistencia y atracción, amor y odio, repulsión y compasión que muy bien y de forma muy inteligente narra este autor que exhuma sombras sin dejarse caer únicamente en la pura y literal poesía elegíaca del recuerdo.

Ficha técnica

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