Toda representación cultural es también una manifestación política. Es igual que sea una cultura comprometida o escapista, con todas las variantes que podamos encontrar por el medio. Incluso aquellos que no lo pretendan han de resignarse a que su creación tenga una lectura política. Particularmente en los escritores, esta condición es consustancial porque trabajan con los significados que atribuimos al mundo y con las representaciones de la realidad. Si elegimos «gestionar» en lugar de «controlar» o «regir» para referirnos a la conducta, a los estados de ánimo, a los desequilibrios psicológicos, o «empatía» en vez de «misericordia», estamos estableciendo, quizás sin querer, una posición estética y política. Para un autor, la literatura y la escritura son su manera de estar en el mundo, y esa manera posee, irremediablemente, un carácter político. Esto podemos hacerlo extensivo a otros agentes que participan del hecho literario, los editores, por ejemplo. En este momento, estamos reproduciendo el modelo editorial de finales de los años 70. El auge del ensayo ha llevado a que ciertas editoriales manifiesten una determinada intención política. En aquella década la gama ideológica era más limitada: editoriales de izquierdas, de derechas o de ultraderecha; ahora se le añade la variedad de identidades sexuales o culturales: LGTBIQ+, los feminismos, la diversidad, las minorías; también la identidad nacional: catálogos de autores árabes, escandinavos, centroeuropeos. Esa pretensión política la reconoce Enrique Murillo en la magna obra de la que nos ocupamos: «En los años de Los libros del lince, publiqué mucha no ficción porque era mi manera de habitar críticamente el mundo […] a menudo he procurado hacer política desde la edición de libros, convencido de que si tenemos instrumentos que nos ayuden a pensar, los seres humanos podemos cambiar algunas cosas» (pág. 488). Por eso, algunas casas editoriales nos piden en su página web que revisemos su catálogo y seamos cautos a la hora de enviarles el manuscrito —cosa que no hacemos ninguno—, pues casi seguro que no coincidirá con su política editorial.
Enrique Murillo ha sido de todo en el mundo de la edición desde que comenzara a hacer informes de lectura para Carlos Barral en 1969; de todo menos gerente o administrador, por los que no manifiesta excesivas simpatías, habida cuenta de que suelen ser personajes más preocupados por afincarse en el puesto o mover del suyo —con poca «empatía» o «misericordia», elijan— a jefes o directores que odian, o a subordinados que podrían llegar a hacerles sombra. Desde el principio, se refiere a sí mismo como un «personaje secundario» en ese mundo, ya que ha trabajado para sellos medianos, grandes y pequeños, siempre al servicio de un superior —excepto en la última etapa, la de Los libros del lince, editorial fundada por él—, lo que le ha proporcionado un conocimiento mucho más amplio, no centrado, únicamente, en la cuenta de resultados, a pesar de que siempre ha sido consciente, y así se lo avisa a sus alumnos del máster de edición, de que el editor no debe olvidar que aquello es un negocio, que han de existir libros rentables que permitan publicar otros. Si solo publicas libros para satisfacer el mercado, acabarás aborricado; si se te olvida el dinero, terminarás sin editorial y en la ruina. No debe de ser nada fácil encontrar ese punto de equilibrio.
Para Enrique Murillo, editar libros ha sido su modo de intervención social. En este sentido, cabe destacar dos momentos. Uno en que ese interés por participar en el cambio del modelo de sociedad es, sobre todo, estético. Es la época de Anagrama, donde comenzó traduciendo y acabó siendo un chico para todo: corrector, lector, traductor, mediador con la prensa, consejero. Normalmente, su criterio a la hora de publicar un libro acababa siendo aceptado. Me ha resultado llamativo el modo en que el dueño de la editorial, Jorge Herralde, solía quedar en un segundo plano ante cualquier discusión puramente literaria o estética, aventurando, muy pocas veces, una opinión o una argumentación sobre alguno de sus libros. Es Murillo quien impulsó y bautizó con el sintagma Nueva Narrativa Española a todo un grupo de escritores de los años 80 que encontraron en Anagrama —se sumaron Tusquets y Lumen—, hasta entonces dedicada al ensayo, una editorial literaria dispuesta a hacer ver que el casticismo costumbrista de pesada prosa, engordada de sebo o remilgada de casino, ya no representaba el gusto de los lectores españoles. Martínez de Pisón, Adelaida García Morales, Paloma Díaz-Más, Vila-Matas, Álvaro Pombo, Javier Marías y muchos otros comenzaron a integrar la colección Narrativas Hispánicas, creada al modo de Panorama de Narrativas, los libros amarillos dedicados a autores extranjeros, con los que los españoles querían medirse y en los que buscaban sus referentes. «Mis sueños de la época de Anagrama parecían haberse cumplido, y aquella tarea ya estaba dando resultados y tenía consecuencias en cómo escribían y narraban los españoles» (pág. 382). La frase podría parecer algo megalómana, pero esto funciona así: la promoción de una determinada poética, la adopción de ciertos temas, convierte a los editores en integrantes de la historia de la literatura. Y así se hace explícito en los últimos manuales, como el de Jordi Gracia y Domingo Ródenas (Historia de la literatura española, 7. Derrota y restitución de la modernidad 1939-2010, Madrid, Crítica, 2011), donde aparecen varias secciones dedicadas a las editoriales del momento en el primer capítulo: «Historia y sistema literario». El propio Murillo reconoce que no llegó a publicar alguna obra interesante porque no se ajustaba a su idea de una narrativa que se dedicara a eso —valga el pleonasmo—, a narrar dejándose de embrollos vanguardistas. A alguno le puede parecer injusto que se publique y promocione una literatura concreta, pero es el gusto, la moda, la potestad del editor, el signo de los tiempos si se quiere. Como escritor, si te atreves a correr algún riesgo, si te merece la pena el riesgo, tienes que estar preparado y dispuesto a que te dejen fuera del corro.
El segundo momento al que venía a referirme es al final de su carrera, en el que la intervención política con la publicación de libros es más explícita, pues tiene que ver con la puesta en marcha de Los libros del lince, una editorial de no ficción con la que se adelantó al boom de nuestros tiempos con este género. Fue un estimable proyecto —vendida en 2016— que dio con algunas obras de éxito como las del economista Santiago Niño-Becerra, aunque considero más valiosa la dimensión literaria que le añadió después, que sirvió para impulsar a escritoras que en aquel momento estaban comenzando: Raquel Taranilla, Marina Perezagua. Y es que la no ficción que se escribe muy apegada al momento, sin darle mayor vuelo, envejece con facilidad.
Entre esos dos momentos hay una corta etapa en la que el autor dirigió la revista El Europeo e inició el suplemento cultural Babelia del diario El País. Por cierto, cuenta que la propuesta para el nombre era Babel, marca que no podían usar porque ya había sido registrada por el Grupo Zeta. Alguna de las firmas del periódico que se acercó por allí mientras trabajaban, nombra a Manuel Vicent, soltó que, si no podía ser Babel, pues Babelia, y así se quedó. No pasó del primer número, solo estuvo trabajando para El País un año; parece ser que se encontró con demasiados jefes pendientes de él. De todas maneras, las discusiones para confeccionar el suplemento no acababan de gustarle; tenían poco que ver con la cultura. Eran los enemigos y los amigos, las modas, los odios y favores los que se llevaban la mayor parte del tiempo.
Como editor, también probó las mieles de trabajar para la gran industria: Plaza & Janés, Alfaguara, Planeta. A la primera le salvó las cuentas en un mal momento con varios best sellers: las novelas de John Le Carré, Isabel Allende, pero, sobre todo, El Rey de José Luis de Vilallonga, 300.000 ejemplares iniciales. Curiosamente, apareció primero en francés y luego en español, como ha vuelto a suceder recientemente con Reconciliación, las aireadas memorias de don Juan Carlos. Tuvo su continuación con La Reina de Pilar Urbano, 500.000 ejemplares iniciales. Quizás una etapa intensa que le permitió conocer las envidias y miserias de los ejecutivos, aunque siempre quiso mantener una colección literaria en la misma Plaza & Janés, donde aparecieron novelas de los principiantes Ray Loriga, Benjamín Prado, Félix Romeo.
Los cinco años de Planeta le sirvieron para dar con Jonathan Franzen, lanzar al estrellato a Terenci Moix y encontrarse con el falso libro de Ana Rosa Quintana. Suele mantener la suficiente distancia consigo mismo como para reconocer casos de superventas que pasaron por sus manos sin llegar a enterarse. Son los éxitos de Irene Vallejo y Carlos Ruiz Zafón, pero eso sería hablar de números, no de literatura.
Enrique Murillo es un «personaje secundario» que no olvida el trabajo de los scouts —dedicados a rastrear libros y autores en distintos países—, de los impresores, agentes literarios, distribuidores que en más de una ocasión lo han salvado y, sobre todo, de aquellos en los que recae una gran responsabilidad que no está ni medianamente bien pagada: correctores y traductores. Traducir del inglés fue uno de sus comienzos en el mundo de los libros, y siempre parece haber guardado ese gusto por una buena traducción y la reivindicación de un trabajo extenuante que solo da para malvivir. Y digo que sobre ellos pesa una buena dosis de responsabilidad porque son quienes fijan el texto, y, en particular, los traductores, el estilo y el mundo de un autor, de tal manera que, si se hace con desidia —el mercado está lleno de malas traducciones—, se está condenando a la irrelevancia a un escritor y su obra. Un clásico puede sobrevivir a una mala traducción porque, antes o después, otro vendrá a corregirla, pero un autor contemporáneo difícilmente.
Los nuevos editores harían bien en leer este libro para conocer algunos fundamentos de su negocio, desde cómo calcular el porcentaje de tiradas y ventas, hasta estrategias para promocionar una obra o adular a un autor para atraérselo, pues lo esencial de ese difícil negocio, en el que hay que equilibrar dinero y calidad literaria, no parece haber cambiado tanto. En la cubierta vemos al autor en una fotografía de 1984 con un cigarrillo, un cenicero y medio vaso de whisky, sentado sobre el fondo oscuro de unas estanterías, con una barra negra cubriéndole los ojos, como si se tratara de la portada de un noir, quizá por el subtítulo que se usa: La oscura trastienda de la edición. Sin embargo, no he sentido que el libro pueda llegar a hacer verdadero daño a alguien, pues no descubre nada, aunque sí confirma todos los rincones más inquietantes del mundo editorial. Quizá lleguen a sentirse escandalizados esos autores de las 1320 novelas que se presentaron a la última edición del premio Planeta. Me asombra que todos ellos crean todavía que tienen alguna posibilidad. La mayor parte de los premios literarios en España son convocados por la editorial que los ha de publicar, y algunos tienen en su jurado al propio editor o a alguien muy próximo. Es decir, el premio forma parte del negocio y de la promoción, es una manera de darle al autor su anticipo por una obra añadiéndole la promoción del premio, una anomalía en el mundo editorial europeo y anglosajón. Cuenta alguna apertura de plica, delante de él, antes del fallo, para que el editor pudiera estar seguro de con quién se estaba jugando el premio. Puede sorprender la escena y el personaje. También es sabido que es fácil escamotearle al autor parte de las ventas de sus libros. Insiste Murillo en que la ley obliga a que aparezca el número de ejemplares impresos en las liquidaciones que se hacen a los autores. Por favor, revisen sus certificados de ventas; yo, al menos, nunca he visto ese dato, sí se me ha dado de palabra. Sin embargo, todos aquellos que justifiquen sus rechazos con la convicción de que las editoriales no leen los manuscritos deberían comenzar a dudar de sí mismos. Es cierto que no los leen, pero no es menos cierto que a todos, normalmente, se les echa un vistazo, y si tu novela no es capaz de aguantar esa ojeada de alguien que se pasa el día leyendo, es seguro que la lectura completa del manuscrito poco va a mejorarla. Con todo, a pesar de que cada vez son menos las editoriales que admiten manuscritos, no hay que perder la esperanza, pues Enrique Murillo asegura que no hay mayor satisfacción para un editor que la de dar con un manuscrito anónimo que te llegue a conmover. Lo dice un editor que ha descubierto a muchos de los escritores que llevas leyendo desde hace años; claro que, a todos los que vienen escribiendo desde los años 80, es muy probable que les haya rechazado en algún momento uno, o varios…, o todos los manuscritos que hayan enviado a las editoriales más señeras. No le tengas rencor; ha sido su trabajo, piensa si es tu destino.
Manuel Sánchez-Campillo es escritor, autor de Una vida; mil fantasmas (Ediciones Azimut, 2021) y El aparecido (Libros Indie, 2023).










