Toda representación cultural es también una manifestación política. Es igual que sea una cultura comprometida o escapista, con todas las variantes que podamos encontrar por el medio. Incluso aquellos que no lo pretendan han de resignarse a que su creación tenga una lectura política. Particularmente en los escritores, esta condición es consustancial porque trabajan con los significados que atribuimos al mundo y con las representaciones de la realidad. Si elegimos «gestionar» en lugar de «controlar» o «regir» para referirnos a la conducta, a los estados de ánimo, a los desequilibrios psicológicos, o «empatía» en vez de «misericordia», estamos estableciendo, quizás sin querer, una posición estética y política. Para un autor, la literatura y la escritura son su manera de estar en el mundo, y esa manera posee, irremediablemente, un carácter político. Esto podemos hacerlo extensivo a otros agentes que participan del hecho literario, los editores, por ejemplo.