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Rey Naranjo Editores de Colombia: una idea a la vez

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La concreción de un proyecto es una suma de ideas, de intenciones, de avances y, sobre todo, de mucho trabajo. Esto corresponde a la frase hecha de «uno por ciento de inspiración y noventa y nueve por ciento de transpiración», que se puede aplicar casi que a cualquier oficio. La creación de una empresa nos puede llevar una gran cantidad de esfuerzos y pequeños avances que, al culminar una meta, nos parece una sucesión de certezas, pequeñas victorias en medio de la incertidumbre. Una vida, como bien lo saben los buenos novelistas, es la suma de una sucesión de eventos inconexos y sin sentido. Con unos pocos palos escarbamos en su significado a través de lo que conocemos como destino. Mirando atrás, al borde de mis cincuenta años y después de una ardua pero fructífera Feria del Libro de Bogotá (en su trigésima quinta edición), me invitan a escribir este texto con la pretensión de contar cuál ha sido el proceso de la editorial independiente Rey Naranjo en sus primeros trece años. También es la oportunidad de agradecer a mis socios, Carolina Rey y Raúl Zea, y a todos los colaboradores que a través de esta historia nos han acompañado.

Toda buena historia siempre empieza con un buen libro

Corrían los primeros meses de 2009. Yo acababa de ser despedido del diario más grande de Colombia y tenía una hija de menos de un año. En las primeras horas de la tarde y en medio de una ducha impertinente ―por la hora y por la intención de hacer una pausa en la vorágine en la que estaba convertida mi vida en ese momento―, tuve una revelación: «¿Y si hago el libro de Ricardo Soca?». Yo divagaba entre las posibilidades reales que tenía de marcharme a la Universidad de Rochester, donde me habían concedido una beca; las casi nulas opciones laborales en Bogotá, después de salir de El Tiempo, y un libro que llevaba rondando mi cabeza por más de una década. En esa ducha me di cuenta de que toda mi carrera me había preparado para hacer ese libro La fascinante historia de las palabras, el cual podría ilustrar con mi propia mano, diseñar y editar. Solo había dos pequeños problemas: no conocía de nada al autor y mis ahorros se escapaban tan rápido como el agua por el sifón de la bañera; con ellos se diluían las opciones de emprender cualquier proyecto.

Hay autores que manifiestan que sus obras les vienen en sueños, o que les son dictadas por ángeles que les hablan al oído. También hay quienes piensan que son producto del azar o de «accidentes». En el trabajo creativo, he descubierto que son fundamentales el valor de divagar y la capacidad de conectar las cosas más entreveradas. En esa ducha del 2009 no me hablaba un ángel, ni era víctima de un feliz accidente. Quien me hablaba al oído era yo mismo, el John Naranjo de 1996.

El origen de las palabras

En ese ya lejano 1996 había descubierto un portal de internet con noticias del castellano. En ese entonces, colaboraba diseñando Número, una prestigiosa revista de izquierdas que entre varios notables del mundo del arte y de las letras sacaban adelante a marchas forzadas. Lo hacía desde el taller de Diego Amaral, un conocido diseñador y editor que fue pionero en Colombia a la hora de introducir la computación en el mundo de la información impresa. Fue allí, en Zona, su taller, donde descubrí elcastellano.org, el portal de noticias sobre el castellano que había creado Ricardo Soca, un uruguayo que en ese entonces vivía exiliado en Brasil. Para promocionar el portal y por su afición a la etimología, Ricardo creo «La palabra del día», una lista de correo en la cual enviaba una etimología diaria. Durante años seguí su portal y fui fiel lector de su diario etimológico.

Volviendo al 2009, contacté al autor y tras un par de correos nos pusimos de acuerdo en editar su libro de etimologías para Colombia. Yo empecé a ilustrarlo. Me lo imaginaba como una nueva entrega de la Enciclopedia de Diderot, con unos grandes ladillos donde poner las ilustraciones y una columna de texto lo suficientemente robusta para contener una gran cantidad de información. Fue así como nació la versión colombiana de La fascinante historia de las palabras. Hice una maqueta y se la mostré a diversas empresas de emprendimiento y de capital semilla. También hice un plan de negocios y un proyecto de edición a cinco años, pensando en recopilar recursos. Todos me cerraron la puerta en la cara. Era el año 2010 y, así como ahora nos tienen girando alrededor de la Inteligencia artificial, en ese entonces auguraban la muerte del libro físico. Incluso un gurú le había puesto año al deceso: 2015.

Desafortunadamente, los niveles de lectura en Colombia son precarios. La lectura es un hábito difícil de formar y es exigente. Los jurados que evaluaban los proyectos no ocultaban su cara de fastidio al ver un proyecto de libros; una editorial les parecía anacrónica y fuera de moda. Era evidente que los grandes ejecutivos que fungían como jurados no eran lectores. En uno de los concursos a los que me presenté, le dieron un premio de un poco más de cien mil dólares a un proyecto de un helicóptero supersónico fabricado en Colombia; a mí, debo reconocerlo, me dieron los cimientos para mi formación como empresario, pero no me concedieron ni un centavo. Pese a las negativas y al ambiente de matoneo contra el libro físico, seguí adelante, pues algo en mi interior me decía que tenía un gran producto entre las manos. Antes de la impresión del libro contacté a Felipe Ossa, director de la Librería Nacional, una de las dos grandes cadenas de Colombia. Le mostré la maqueta y fue amor a primera vista. Con su olfato de librero, no solo anticipó el éxito del libro, también nos volvimos amigos y me presagió un futuro como editor. Cuando empecé el proyecto de impresión y volví a pisar una imprenta, el taller de mi amigo y compañero de universidad Óscar Coca, la desaparecida Torreblanca, sentí un déjà vu que me transportó a 1983.

Amor por la imprenta

La primera vez que puse un pie en una imprenta quedé maravillado. Tenía diez años y acababa de ser aceptado en un colegio salesiano que tenía un taller de artes gráficas para que los niños se formaran como técnicos en la materia. No sabía qué era nada de lo que se me presentaba en ese momento, sonaban unos timbrecitos dulces, como de aeropuerto o de tren, de esos que en las películas anuncian «próxima parada…». Todo estaba impecable, como un laboratorio farmacéutico; una señora negra, guapísima, enfundada en una bata blanca y con un gorro de científica, dirigía un ejercito de mujeres en lo que, después me enteré, era el taller de encuadernación y manualidades. Lo que más me sorprendió, y el recuerdo más profundo que tengo grabado en mi mente, es ese aroma dulzón del papel recién llegado de la fabrica, el cual apilaban en torres que se levantaban como atalayas infranqueables fuera de toda proporción humana. Eran pliegos y pliegos de papel estucado que pacientemente esperaban a pasar por unas máquinas mágicas, las que emitían esos soniditos aflautados, que los convertían ya en libros de jurisprudencia, ya en catecismos salesianos, ya en las famosas «Memofichas», producto editorial inventado por algún genio maligno que, en forma de copialinas, o chuletas, intentaban condensar el conocimiento académico de la secundaria en pequeños bolsillitos de plástico. Así fui feliz durante mis años de bachillerato, enfundado en mi bata azul de aprendiz, componiendo lingotes de texto en la linotipo, desempastelando los moldes de tipografía, quemando planchas en fotomecánica, limpiando la Roland Favorit de cuatro colores, verdadera pieza de ingeniería japonesa que permitía imprimir una policromía en una sola pasada y que utilizaba unas planchas de zinc que podían usarse hasta en doscientas mil impresiones. Entre las cuatro canchas de futbol ―la verdadera razón por la que escogí el colegio―, el taller de artes gráficas y las aburridas clases académicas, se me fueron pasando mis años de adolescencia sin saber que había sido seleccionado por el sino de los libros. Aún, hoy en día, cuando entro a un taller de impresión, cuando siento el aroma dulzón de papel recién cortado y escucho el tiru riru de la máquina offset cuando termina su labor, me es imposible no transportarme emocionado a mis felices años de infancia.

Es paradójico que mi colegio, el Centro don Bosco de Bogotá, se empeñara en influenciarnos para no seguir estudiando en la universidad. Los salesianos de aquella época entendían su misión en cuanto a preparar a las juventudes para el trabajo, ya sea desde el taller de artes gráficas, desde la metalistería, la electricidad o la ebanistería. Nada de entrar a la educación superior. Yo, con mi necesidad patológica de llevar la contraría, decidí entrar a estudiar diseño gráfico en la Universidad Nacional de Colombia donde, de forma inconsciente, seguí con mi formación de editor.

Educación superior

Siempre he sostenido en mis clases universitarias, cuando fui profesor, o cuando he tenido la oportunidad de contar mi historia, invitado a dictar charlas o conferencias sobre lo que significa para mí el mundo editorial, que, en mi caso, no fui yo quien escogió la vocación de los libros, sino que los libros fueron quienes me escogieron a mi. En mi infancia no abundaban, ni en mi casa ni en mi escuela. Mis padres no eran especialmente aficionados a la lectura. La literatura empezó a entrar a mi hogar por mi hermano mayor, quien siempre ha sido mi héroe y que fue el primero de mi familia grande, esa que incluye tíos y primos de padre y madre, en tener acceso a la universidad. A través de él y de sus lecturas pude acercarme a Andrés Caicedo, prototipo de escritor maldito en Colombia, quien vivió intensamente, escribió unos cuantos cuentos y una novela y es el gran animador de muchos lectores jóvenes en mi país. También conocí a Flaubert, su Madame Bovary y su Educación sentimental y, por supuesto, a García Márquez y sus grandes alas que cobijan muchas de las letras latinoamericanas. Siendo así, nunca tuve una formación rigurosa en literatura, ni en el colegio ni en la universidad. En esta última, tuve una formación sólida en filosofía, paradójicamente en mi pensum de diseño gráfico que es mi pregrado, tenía una fuerte columna estudiando a los franceses del posmodernismo que estaban tan en boga por los tempranos años noventa, así como tuve un acercamiento maravilloso a la historia del arte.

Allí aprendí que Gutenberg no era precisamente un hombre de libros. No lo podía ser, pues era un orfebre y los libros en su época eran artículos de lujo extremo, accesibles únicamente a las altas esferas del poder económico, a la realeza y a los religiosos. Tal vez desde su oficio maquinaba la forma de producir esos productos de élite. Tal vez por eso es por lo que la famosa Biblia de Mazarino o de 42 líneas es un artefacto a medio camino entre un libro impreso y el tradicional libro iluminado; es, por un lado, fabricado industrialmente, con su invento de tipos móviles, pero, por el otro lado, no dejaba atrás el engorroso proceso de iluminación, el cual dilataba la entrega de los libros, demora que fue aprovechada por Johan Fust, su socio capitalista, para quedarse con el negocio. De todas formas, en tan solo quince años la producción industrial de libros, después del invento de Gutenberg, pasó de cero a veinte millones de ejemplares. Grandes casas editoriales se formaron alrededor de las cortes más poderosas, como los Elzevir en Holanda o el magnífico Aldo Manucio en Venecia. Este último es el editor por excelencia: innovador en todas las vertientes del libro, editor de Erasmo, inventor de las itálicas, santo patrono de los editores agnósticos. (El santo patrono de los tipógrafos es san Juan Bosco, fundador de la orden Salesiana, quienes acaban de instituir una universidad en Bogotá).

Tal vez sea inmodesto pretender que, en nuestro oficio de editores, respondemos a un linaje que nos lleva a Diderot, Manucio o Gutenberg. Yo, modestamente, me siento un servidor de ellos y un siervo de la historia del libro; un afortunado auxiliar de artes gráficas que escuchó el llamado del libro y que lo buscó incansablemente. A través de la escritura de estas líneas me he dado cuenta de que, así como fui llamado por la vocación de los libros, de mi parte me he encargado de buscarlos, de seguirlos. Ha sido un trabajo arduo pero gratificante.

Una vez lanzado nuestro primer libro, La fascinante historia de las palabras entró a la lista de los más vendidos de no ficción. Hubo un reconocimiento general, de la crítica y comercial. Al sol de hoy, seguimos editando el libro con sus dos tomos hermanos que desarrolló Soca y que nosotros compilamos en El origen de las palabras, que cuenta con innumerables ediciones y reimpresiones en Colombia y España. Sin saberlo, editamos lo que los especialistas en edición llaman un back list,que es un libro de fondo del catálogo que se vende continuamente (fue uno de nuestros libros más vendidos en la pasada Feria Internacional del libro de Bogotá de 2023), y que nos ha servido como base para editar más de 150 títulos de los cuales hemos vendido cerca de dos millones de ejemplares. En nuestro recorrido inédito de hacer libros en un país como Colombia, que no lee y que tiene un sesgo colonialista aún con las multinacionales de la edición y con lo que se consume dictado desde la península, hemos logrado que nuestros libros circulen en más de 50 países y que nuestros cómics, libros infantiles y libros de ficción hayan sido traducidos a mas de 22 lenguas. Es una lucha dura y desigual la del mercado editorial hispanoamericano, pero si estamos a bordo de un objeto fabuloso, bien escrito y bien diseñado, estamos seguros de que llegaremos a un buen puerto.

John Naranjo es, junto a Carolina Rey, creador de Rey Naranjo Editores. En la actualidad es su director editorial.

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Foto del equipo editorial. Imagen: Rey Naranjo
Foto del equipo editorial. Imagen: Rey Naranjo

Ficha técnica

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