Aleksandr Griboiedov: geopolítica, inteligencia y tragedia


La muerte del vazir-mujtar
Yuri Tynianov
Automática editorial, Madrid, 2021.
688 pp.

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on telegram
Share on whatsapp
Share on email
san-petersburgo_1909.

La muerte del vazir-mujtar de Yuri Tynianov (1894-1943) es una de las novelas históricas más destacadas de la literatura rusa del siglo XX.  Casi un siglo después de su aparición en 1928, se publica por primera vez en español, con una magnífica traducción anotada de Fernando Otero Macías. Tynianov no era un historiador sino un profesor de historia de la literatura. Su nombre va asociado al movimiento formalista ruso, que proclamaba que la literatura es una construcción verbal dinámica y pretendía expresar el verso más allá de sus límites métricos. 

 Sin embargo, con esta novela el autor consiguió trazar un minucioso retrato del escritor y diplomático Aleksandr Griboiedov (1795-1829), que es el que permanecerá siempre en la percepción de la gran mayoría de los lectores, con independencia de que el tratamiento del personaje se adapte en mayor o menor medida a la realidad de la historia. Tal era la opinión de Maksim Gorki, que por entonces gozaba de las bendiciones del poder soviético. El año de la publicación de la obra no era aún el del triunfo del realismo estalinista impuesto, como una asfixiante losa, sobre las vanguardias de las artes y las letras surgidas tras el final de la revolución y la guerra civil (1917-1920). La burocracia estalinista acabó con esas vanguardias, y solo dejó a intelectuales como Tynianov la alternativa de escribir novelas y biografías. En ellas, y un ejemplo destacado es El teniente Kijé, encontramos críticas a la burocracia zarista, aunque existen muchos indicios para afirmar que de ellas tampoco se libraba la burocracia de su época. La temprana muerte de Tynianov, a los cuarenta y nueve años como consecuencia de una esclerosis múltiple, le libró probablemente de estar en el punto de mira de las purgas estalinistas.

Griboiedov es un personaje fascinante, pese a su corta existencia, que terminó linchado por una multitud que asaltó la embajada rusa en Teherán el 11 de febrero de 1829. Allí ejercía el rango de ministro plenipotenciario (vazir-mujtar), aunque fue por pocas semanas, pues una turba excitada por los llamamientos a la yihad del clero chií no solo no respetó la extraterritorialidad sino que asesinó a todo el personal de la sede diplomática con la excepción del primer secretario, Iván Maltsov, que pudo esconderse a tiempo. Griboiedov había regresado a Rusia en marzo de 1828, tras negociar los términos del tratado en la guerra victoriosa de los rusos sobre el Imperio persa. El diplomático esperaba ahora un destino en el Cáucaso, particularmente en Georgia, e incluso había expuesto a las autoridades un ambicioso plan para el fomento de la industria y del comercio en unos territorios recientemente incorporados al Imperio zarista.  Al mismo tiempo confiaba en que la rígida censura estatal levantaría la prohibición de representar su obra teatral La desgracia de ser inteligente. Griboiedov no conseguiría ninguno de sus dos objetivos. Por el contrario, le enviaron de nuevo a Persia para asegurar, entre otros asuntos, el cumplimiento del tratado. Hasta el último momento el diplomático se aferró a la esperanza de que esa misión sería breve y estaría pronto de vuelta. Los fracasos de Griboiedov tuvieron probablemente su origen en su supuesta vinculación con el movimiento decembrista, el fallido intento de instaurar un régimen constitucional en Rusia al inicio del reinado de Nicolás I (1825-1855). De hecho, Griboiedov fue arrestado como sospechoso, pero se le puso en libertad al no encontrar ninguna prueba en su contra.

La lectura de este libro puede llevarnos a reflexiones de todo tipo: sobre la geopolítica y la historia, la literatura o las complejas motivaciones de los seres humanos. La obra narra los últimos meses de la vida de Griboiedov, y conforme avanzamos en el relato se percibe un aire inexorable de tragedia. No escapará de ella el diplomático, lo que explica que trate de demorar (e incluso de buscar otras alternativas) su regreso a Persia.

Geopolítica de entonces y de ahora

La primera de mis reflexiones es acerca de la geopolítica. En estos tiempos en que se habla del retorno de Eurasia al primer plano de la escena internacional y de potencias emergentes que aspiran a posiciones hegemónicas en Oriente Medio y Asia Central, es interesante repasar los conflictos y tensiones de hace dos siglos. El Imperio zarista proseguía su expansión hacia el sur, a costa de los Imperios otomano y persa. El control del Cáucaso y de la orilla norte del Mar Negro fue un tradicional objetivo de Rusia en su persistente objetivo de acceder a mares cálidos, lo que no excluía a la propia Constantinopla, la capital otomana. De hecho, casi un siglo después, la Triple Entente, establecida con Francia y Gran Bretaña (1907), podía dar esperanzas, aunque con escaso fundamento en la realidad y en la historia, al propósito ruso de extender su soberanía sobre la que fuera en otro tiempo la segunda Roma. Por otra parte, el Imperio zarista no ocultaba su ambición de asomarse a las aguas del Golfo Pérsico y el Océano Índico, lo que suponía un riesgo para la ruta hacia la India de los británicos.

Sería Gran Bretaña la encargada de frustrar las ambiciones de Rusia, tanto en el siglo XIX como después de la Primera Guerra Mundial. En La muerte del vazir-mujtar se pone de relieve que a los británicos no les interesa Persia como tal sino la India, aunque el Imperio persa debía ser un muro de contención para que el expansionismo ruso no llegara a las aguas cálidas del Índico. Sin embargo, en tiempos del zar Alejandro I a los rusos no les interesaba Persia en sí misma sino arrebatarle territorios en el Cáucaso. Una vez anexionados, en tiempos del sucesor de Alejandro, su hermano Nicolás I, Rusia tendrá el propósito de minar la influencia británica en Persia. Bien sabían los rusos que Londres quería volver a Persia en contra de Rusia. Tal y como destaca Tynianov en su novela, los británicos pretendían jugar el papel de salvadores de Persia, pero en realidad se aprovechaban comercialmente de ella: le vendía tejidos de ínfima calidad y armamento de segunda mano. Les interesaba también que los persas no tuvieran sus propias industrias textiles, de seda y papel. Además, Persia no refinaba su azúcar y tenía que importarla de la India. Las sospechas de los rusos llegaban hasta el extremo de pensar que Gran Bretaña había dado dinero a Persia para que entrara en guerra con ellos. El resultado había sido un conflicto desastroso para los persas. Los rusos les impusieron elevadas compensaciones económicas, sumadas a las pérdidas territoriales en el Cáucaso. Cuando se firmó el tratado de paz con los persas en 1828, Rusia entró por enésima vez en guerra con el Imperio otomano. Pese a todo, Londres confiaba que en algún momento persas y otomanos se aliaran contra Rusia. Eso nunca sucedería.

Napoleón estaba en lo cierto cuando afirmaba que la política exterior de un país está determinada por su geografía. Es una realidad en el siglo XXI. Estados Unidos sucedió a Gran Bretaña en aquellos escenarios y durante la guerra fría mantuvo a Turquía e Irán como aliados para contener a la URSS. La revolución jomeinista le hizo perder uno de sus socios, si bien siguió contando con Turquía. Pero a principios del siglo XXI llegaron al poder los islamistas de Erdogan, un político caracterizado por su ambigüedad e imprevisibilidad. No rompe con Washington ni con Bruselas, pues Turquía sigue siendo miembro de la OTAN y candidato teórico a la UE, pero busca mejorar sus relaciones con Rusia e Irán. Todos ellos tienen un horizonte común de rivalidad y de búsqueda de esferas de influencia: Asia Central, unos territorios en los que también hay que contar con China. Las alianzas estratégicas entre los tres países, escenificadas en cumbres calificadas de históricas, aunque en realidad no lo son más que para los acostumbrados comunicados gubernamentales, nunca podrán ocultar ni las desavenencias de la historia ni los condicionantes de la geografía. Turquía e Irán tienen una política exterior ambiciosa, de tintes historicistas, y forzosamente sus intereses chocarán con los de Rusia. El ejemplo más reciente ha sido el de la guerra entre Armenia y Azerbaiyán, en septiembre de 2020, por el enclave de Nagorno- Karabaj, que se ha saldado con la derrota de los armenios, tradicionales aliados de los rusos. Turquía prestó asistencia militar a los azeríes. Irán, en cambio, no parece haber obtenido ninguna ventaja dadas las buenas relaciones de Azerbaiyán con Israel y, por supuesto, con Estados Unidos.

Volvamos a los tiempos de Griboiedov. El joven diplomático expone al ministro de asuntos exteriores del zar, Karl Nesserolde, un ambicioso plan para el Cáucaso. Allí no existen fábricas, y la agricultura y la horticultura son escasas. Le pone el ejemplo de que los comerciantes de Tiflis van a Leipzig a comprar mercancías, que luego revenderán en su tierra y en Rusia. La solución sería crear una sociedad mercantil, siguiendo el ejemplo de Gran Bretaña en la India, y ha buscado hasta el nombre: Compañía Agrícola, Manufacturera y Comercial del Cáucaso. Será la Compañía de las Indias Orientales rusa. Muchos comerciantes de países europeos competirán por ir allí, y Rusia les ofrecerá los productos coloniales que buscan en el otro hemisferio. En la novela Nesserolde expresa sus temores de que esto puede ser negativo para las relaciones con Londres, pero Griboiedov intenta tranquilizarle asegurándole que tan solo se trata de una mera competencia comercial, y no de una cuestión política. El ministro le indica que se formará una comisión para estudiar el proyecto, que presidirá un sobrino de su mujer, que está sin trabajo. En realidad, la mujer deseaba que le dieran un puesto de secretario, pero Nesserolde ve más sencillo que presida la comisión. Griboiedov consigue incluso una audiencia con el zar, aunque a éste solo le interesa que vaya a Persia a vigilar el cumplimiento de las condiciones del tratado de paz. Nicolás I tiene ocasión de comprobar el gran conocimiento que su interlocutor tiene de aquel país, pero no le agrada escuchar que la dinastía de los Qayar, de origen turco, no es muy popular en Persia. Con esta advertencia Griboiedov pretende alertar al zar para que sea prudente en sus exigencias económicas, y éstas no desemboquen en una revuelta.

Nesserolde recibe a Griboiedov antes de partir y le nombra ministro plenipotenciario, lo que los persas conocen como vazir-mujtar. El joven parece satisfecho porque, en principio, solo iba a ser un encargado de negocios. En ningún momento se le otorga el rango de embajador, pese a que Gran Bretaña tiene destacado allí un representante de esa categoría. Pero del proyecto de la compañía no hay ni una palabra, y menos aún del levantamiento de la censura sobre su comedia La desgracia de ser inteligente. Está decepcionado, si bien acepta el nombramiento. Así empezará el viaje de Griboiedov, con una larga escala en Georgia, pues presiente lo peor. En Tiflis se enamora de Nina, una muchacha de quince años, hija de un príncipe georgiano, Aleksander Chavchavadze, que ahora es general al servicio del Imperio ruso. Se casa con ella con la esperanza de volver muy pronto a Georgia e intenta persuadirse a sí mismo de que su misión en Persia será breve y puntual. Sin embargo, el coronel Iván Burtsov, destinado en el Cáucaso, intenta abrir los ojos a Griboiedov. El proyecto de la compañía mercantil está destinado al fracaso porque el sistema político no desea la aparición de una aristocracia del dinero, que solo serviría para cuestionar un sistema feudal con campesinos sometidos a servidumbre. El poder económico y el prestigio social se sustentan en el número de siervos que se poseen, tal y como describió magistralmente Gógol en Las almas muertas. Por si fuera poco, Burtsov descalifica La desgracia de ser inteligente. Reconoce las cualidades formales de la obra teatral, pero no le gusta su desenlace. No podría recomendar que se le levante la censura.

La inteligencia derrotada

Aleksander Griboiedov ama su vocación de escritor, más que todos los cargos e influencias. De ahí que en esta novela aparezca de modo intermitente su deseo de poder ver representada La desgracia de ser inteligente. Muchos la consideran como la primera de las grandes obras del teatro ruso, pero solo se pudo representar parcialmente en 1831 y algunos fragmentos se difundieron en círculos privados de intelectuales. Se entiende que fuera así, con una breve exposición de su argumento: Aleksander Chatski, un joven que parece ser un alter ego del autor, llega a Moscú, a la casa de su amada Sofía, aunque ella ya ha elegido a otro hombre, Silencin. Sofía lo considera sereno, amable y complaciente, un ejemplo de moderación y pulcritud. En una de sus conversaciones Chatski dice a Silencin que no es partidario de mezclar el trabajo y el recreo. Pensar así convierte a Chatski en alguien demasiado serio, alguien que no es lo suficientemente ambicioso para acaparar títulos y cargos. Haber sido jefe de sección con tres ministros es un mérito para Silencin, aunque no para Chatski. Tanto el padre de Sofía como su círculo de amigos le tachan de loco y recomiendan su internamiento. Uno de ellos asegura que ahora más que nunca se encuentran locos que van por ahí pensando y actuando a su modo. Concluye que el saber es la causa de todos los males y para extirpar esa locura habría que arrojar todos los libros a la hoguera. Al final de la obra, Sofía descubre la hipocresía de Silenin, pero de ahí no surge un desenlace convencional. La familia de la muchacha, y ella misma, sigue rechazando a Chatski, alguien incómodo que dice las cosas con una inusitada sinceridad. El protagonista lanza una diatriba contra «el sinfín de indomables cretinos, listillos torpes y maléficos soplones» que constituyen la alta sociedad moscovita. Se marcha de Moscú, tras sentenciar: «Nunca más pondré aquí mis pies».

Probablemente esta obra teatral no se habría escrito sin la influencia sobre el autor de Piotr Chaadaiev, el pensador y escritor famoso por sus Cartas filosóficas, que suscitaron la cólera de Nicolás I. En ese libro hay críticas a Rusia y a su ortodoxia y una admiración por la cultura occidental. Chaadaiev inauguró en Rusia el debate entre eslavófilos y occidentalistas, si bien no se puede afirmar con rotundidad que se identificara con una de las dos posturas. Por el contrario, este autor subraya el carácter singular de la historia rusa y considera que hay un elemento «asiático» en su naturaleza. «Somos una clase defectuosa de semieuropeos», asegura Griboiedov en la novela tras una visita a Chaadaiev, recluido voluntariamente en su casa, tan hipocondríaco como agoráfobo. El filósofo no cree en la utilidad de las guerras, una expresión de vanidad territorial, y se lo insinúa a alguien que ha acaba de negociar un tratado con la Persia vencida. Llega incluso a exponer a su interlocutor la incómoda verdad de que ve en él una falta de resolución y de incapacidad para actuar. No es extraño que Chaadaiev, al igual que Chatski, el protagonista de La desgracia de ser inteligente, fuera tachado de loco. En el caso del filósofo se empleó incluso un informe médico, un método bastante extendido, por cierto, en la época soviética.

Aburrimiento y tragedia

En La muerte del vazir-mujtar encontramos una interesante reflexión de Yuri Tynianov sobre el aburrimiento que debía de padecer Griboiedov: «El aburrimiento movía su pluma, lo lanzó de mujer en mujer, lo llevó a enfrentarse en campo abierto». Tal era la vida del diplomático antes de su comprometida misión en Persia. Su notoria inteligencia le lleva a una continua necesidad de reconocimiento, sobre todo por parte de las autoridades y la gente de la alta sociedad. Lo malo es que siempre habrá alguien para recordarle que no pertenece a esa clase, y todas sus dotes de escritor, e incluso de pianista y compositor, no le abren las puertas de círculos selectos.  Su profunda insatisfacción, aunque se oculte bajo la máscara de la arrogancia, le lleva a ser un seductor de mujeres y a imaginar que el honor puede medirse con la destreza o puntería en un duelo. No parece muy distinto del personaje de Oneguin, creado por Pushkin, al que acosan el aburrimiento y la fantasía de los héroes literarios románticos. También existe similitud con otro personaje, el de Pechorin, presentado por Lermontov en Un héroe de nuestro tiempo. Estas dos obras se publicaron después de la muerte de Griboiedov, pero tienen algo en común: en sus tramas los duelos tienen un papel decisivo y sus dos autores murieron precisamente en un duelo. Son los prototipos de héroes byronianos: desengañados, emocionalmente distantes e impulsivos. En ellos el aburrimiento y la inclinación a la tragedia parecen darse la mano. Se diría que se ajustan a la imagen de Griboiedov presentada por Tynianov.

El autor de la novela se refiere además a otras formas de aburrimiento. Una de ellas es la de los estados, que les a lleva a emprender guerras de conquista. No ve mucha lógica en esos conflictos de anexiones territoriales, aunque el aburrimiento siempre ha distado de ser lógico. Otro tipo de aburrimiento, no menos peligroso, es el de ciertos ambientes sociales en los que se cultiva el engaño y la difamación gratuitos.

Finalmente, Griboiedov acude a Teherán con la esperanza de alcanzar un día no muy lejano una vida reposada en Tiflis donde pueda desarrollar su trabajo intelectual. Tanto es así que deja a su esposa Nina, que está embarazada, en Tabriz, para no exponerla a peligros innecesarios. Sin embargo, el haber acogido en la sede diplomática rusa a dos mujeres armenias huidas del harén del primer ministro Alayar Khan, precipita los acontecimientos. A esto se suma la exigencia del ministro plenipotenciario de la entrega de algunos rusos, en tiempos prisioneros de guerra, y que ahora son altos funcionarios de la corte persa. La conclusión es que Griboiedov se ha convertido en alguien incómodo para todos: para sus superiores, que desconfían de sus pasadas simpatías por los liberales decembristas; para la corte persa y sus ministros; y, por supuesto, para los británicos que no quieren ceder ni un mínimo de su influencia en el país. El paso siguiente será que algunos clérigos chiíes señalen al «infiel de gafas» como el principal culpable de las guerras, del hambre, de los abusos de los funcionarios o de las malas cosechas. Una masa «sin control» asalta la embajada y da muerte a Griboiedov arrojando finalmente sus restos a un vertedero. El único superviviente de la masacre, el primer secretario, Iván Maltsov, logra salvar su vida al atribuir toda la responsabilidad de los sucesos a «un embajador indigno».

La muerte del vazir-mujtar no desencadena, sin embargo, una nueva guerra entre Rusia y Persia. Una embajada extraordinaria de un príncipe persa, Jozrev Mirzá, llega con regalos a San Petersburgo, entre ellos un valioso diamante, para «condenar al olvido eterno el desgraciado incidente de Teherán», en expresión del autor de la novela.  En esta tragedia el diplomático Griboiedov ha sido condenado a la muerte física y a la del olvido. Sin embargo, el escritor sobrevivirá para servir de la inspiración grandes autores de la literatura rusa del siglo XIX, y en el siglo XX a Yuri Tynianov.

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on telegram
Share on whatsapp
Share on email

Últimas publicaciones

Últimos Libros