Episodios nacionales

Adiós, Padre eterno

PEDRO MOLINA TEMBOUEY

Alfaguara, Madrid, 1997

No abunda en nuestra novela la reflexión sobre aquellos años finales de la dictadura que trajeron consigo, entre otras cosas, un barullo de grupúsculos políticos (que crecían como sectas, o setas bajo la lluvia), y siglas a porfía, en dura competencia por situarse el recién llegado más a la izquierda aún que sus predecesores. No abunda, digo, aunque sí existan muestras de interés. Así Historia de No de Mercedes Soriano, bien que desde una perspectiva ciertamente hermética o parabernhardiana, La quincena soviética de Vicente Molina Foix, excelente aproximación al tema desde una vía esperpéntica, o la deliciosa «nouvelle» de Antonio Muñoz Molina El dueño del secreto. En cine, al respecto, es imprescindible la película de Fernando Colomo Tigres de papel. Lo cierto es que aquella dictadura, chocarrera y soez, fue capaz de inspirar una contradictadura –la de los grupúsculos referidos– en la que se imitaban hábitos y costumbres totalitarios, solamente que desde la acera opuesta. No sorprenderá que muerto el caudillo las susodichas organizaciones cayesen en el olvido más displicente. Sin que hubiera, todo hay que decirlo, ni humillados ni ofendidos. Las cosas eran así y aquel sarampión izquierdoso (más que izquierdista), ya enunciado en estricta parodia por el Juan Marsé de Últimas tardes con Teresa, no podía ser otra cosa que un capricho temporal. Ahora, con la perspectiva que da, no sólo el tiempo, sino el haber vivido aquellas circunstancias un poco de refilón, pues nació en 1955, Pedro Molina Temboury ha publicado un libro exacto y cruel, grotesco y chocarrero (como la vida misma) que se llama Adiós, Padre eterno. El ajuste de cuentas filial es doble: por un lado se plantea la figura del dictador, por el otro la del padre, bien que adoptivo, del protagonista. Las dos figuras paternas se hallan unidas por un a modo de cordón umbilical, que cual en ciertos hermanos gemelos provoca en el uno las convulsiones y dolencias que el otro sufre. Lo que dará mucho juego al autor en el final del libro, como no podía ser de otra manera coincidente con los meses de octubre y noviembre de 1975. Pero antes, Molina Temboury ha puesto en marcha la recreación de un tiempo histórico, el del franquismo y sus prolegómenos, que si bien admite muchas lecturas adquiere su tono justo cuando se le somete a aquella óptica convexa que tan bien manejara Valle-Inclán para un período anterior. Si acaso Molina Temboury carga demasiado las tintas en la ironía, un poco a la manera del Luis Martín Santos de Tiempo de silencio, lo que inevitablemente distancia y deshumaniza a sus personajes, metáforas por otra parte vivas del paisanaje de un país secuestrado. De esta manera aquí no hay carne o pulpa sino cáscara (amarga, por cierto) de unos individuos que ya, a partir de sus sobrenombres de ópera bufa, muestran su intención de huida del control paterno. Que luego entren a formar parte de otra carnavalada, la de las organizaciones ultraizquierdosas, es otra historia, y por cierto que la más brillante del libro. Un libro que, pese a contar con toda la materia prima para ello, no provoca la carcajada –e insisto, podría– sino una sonrisa más bien amarga.

Aun cabría hablar del ánimo totalizador que mueve a Molina Temboury, capaz de comprimir en este denso libro la historia de un período infame, incluyendo el conflicto civil del cual surgió, e incluso sus antecedentes republicanos. Esto es mucho, pero también la capacidad sintética de Pedro Molina Temboury para reflejarlo. Tanto que, sospecho, nos hallamos ante una especie de episodios nacionales tamizados –en este caso– por el sexo. Un sexo, desde luego, sórdido y muy a tono con las circunstancias y las citas (no las menos regocijantes las de Mao Tse-Tung) que Molina Temboury intercala y de las que da cumplida relación tras el remate de la novela.

Ficha técnica

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