Motivos de optimismo

88 fragmentos

JOSÉ LUIS GALLEGO

Cuadernos del Vacío, Madrid, 96 págs.

«¿Qué es un ciudadano de su tiempo? Aquel capaz de explicar su tiempo a un ciudadano de otro tiempo». Esto, que dice Jorge Wagensberg en uno de sus recientes pensamientos sobre la incertidumbre , vale para José Luis Gallero, quien, con los 88 fragmentos que ha escrito, pone al alcance de la gente de cualquier siglo lo que nos ocurre en éste. No es este el primer libro de su poco difundido autor, pero sí el primero de la editorial que lo publica, que no ha tenido temor de utilizar el cedazo más fino al seleccionar su primer título y nos ha creado expectativas e impaciencias por los que seguirán a éste.

Apenas nadie habrá leído su libro de poemas La vida imposible, de tirada clandestina, pero más de un lector conocerá a Gallero por la Antología de poetas suicidas , aparecida en 1989, que los años transformaron en libro de culto, o por Sólo se vive una vez , compendio de conversaciones y documentaciones en torno a la movida madrileña, realizado a toro pasado por un extraño a ésta en 1990, o por la edición que preparó con José María Parreño en 1992 de Ocho poetas raros , concepto este que explicaban en la introducción: «celosos de su propia obra hasta el extremo de parecer insolentes». Y de los ocho raros pasamos en este libro, once años posterior, a 88 fragmentos, toda vez que la fijación en una misma cifra se ha multiplicado. Pero a la vez que ha aumentado el número, el texto que se ordena ha disminuido mucho. Se trata aquí de «fragmentos», de, por decirlo de alguna manera, escritos breves, que son además testimonio directo del autor y no documentos de otros escogidos por él.

El fragmento, como es sabido, es un género literario que cultivaron Novalis, Friedrich Schlegel y otros románticos alemanes, que consistía en lo que la palabra significa: fracción, retazo, trozo de algo que podría ser mayor, pero que dice lo suficiente sin más palabras. Aquí, con todo, denomina otra cosa, distinta a las fórmulas fragmentarias del librepensamiento puesto a disposición de la agudeza. La literatura breve de 88 fragmentos encaja mejor en lo que se entiende por aforismo, caracterizado no sólo por su concisión, sino también por proponerse como máxima que guía en algo el pensamiento, sin implicar al ingenio. Pero estos fragmentos se llaman así, porque no son más que piezas sueltas, porque no alcanzan el compendio, porque no hay doctrina que cerrar, porque no es importante cómo se llamen. «Nótulas» es como Cristóbal Serra llamó a sus aforismos, de «Anotaciones» hablaba Karl Bohrmann, y ni Bergamín, ni Antonio Porchia, ni, por supuesto, Lao Zi se atrevieron a usar el genérico «aforismo» como rótulo de sus breviarios. Otros sí, se diría que para ser lacónicos hasta en el título.

En los fragmentos de Gallero la propia ejecución del aforismo ofrece el contenido del pensamiento que transmite. «Fragmento» es lo que queda tras un reto estoico perpetrado al lenguaje. Quiero decir que la medición de la palabra es la que revela el reto vital al que ella misma somete, abriéndose desde el lenguaje al ejercicio de la libertad: «Una doble prueba: la de la precisión y la de la resistencia», dice. La misma forja de las palabras ofrece claves del comportamiento al sujeto. Incluso, conducida a lo imprescindible, la palabra sólo adquiere sentido como conducta que pregunta, porque no hay línea de meta en ese acuerdo de mínimos que es la escritura indispensable: «Ni siquiera la llaneza está exenta de extrañeza», formula, estupefacto. Esta es una característica especial de su forma de enfrentarse a la escritura. Mireia Sentís, en el epílogo de este libro, explica: «Lo que usualmente se pregunta a un escritor al final del día es: "¿Cuánto has escrito". A José Luis Gallero habría que preguntarle: "¿Cuánto has suprimido?"». A esta misma reflexión yo añadiría algo que tiene que ver con la simbiosis entre escritura y conducta. En el desbastar, quitando todo lo innecesario del lenguaje para decir con sentido, Gallero parece ir eliminando sucesivas capas que componen el ego de las palabras que comunicamos y que son parecidas a las que envuelven el corazón de una cebolla.

Es por eso que lo que esos textos quintaesenciados realizan son calas filosóficas, y los leemos y releemos por sus felices encuentros: «El sentido secreto de las cosas es inseparable del misterio que las hace transparentes. Cuanto más intensa la certeza de haber adquirido un conocimiento profundo, más insondable se revela el enigma». Toda esa filosofía es de la que interesa hoy por hoy a los poetas, entre los que Gallero es uno, pero atraerá a otros muchos más lectores.

Sus fragmentos resumen sin rodeos el sentido del largo camino de nuestro perifrasear («Buscar una aguja en un pajar es a menudo la única forma de ir al grano») y nos cuentan los hallazgos dados en medio de una esforzada ruta como verdaderas apariciones («Floración de acacias entre los relámpagos. La rutina se llena de azar»).

Con una disposición así todo son originales encuentros con las palabras, a las que se liberó de retórica. Pero también corroboran que lo que dijeron Séneca y otros en tiempos pasados tiene la misma actualidad que cuando fue escrito, y así, si Epicteto dice «No quieras que lo que sucede suceda como quieres, sino como sucede, y te irá bien», Gallero no puede hacer más que confirmarlo, pero nos ofrece una moderna formulación, en la que consigue ahorrar seis palabras: «Regla básica del optimismo: siempre es mejor lo que ocurre». Y este acicate para el optimismo no es un logro menor en tiempos de necesidad, como los de hoy.

Ficha técnica

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