RESEÑAS

Dando vueltas a Cataluña y España (y viceversa…)

Andreu Navarra Ordoño
La región sospechosa. La dialéctica hispanocatalana entre 1875 y 1939
Bellaterra, Universitat Autònoma de Barcelona, 2012
296 pp. 18 €

Xavier Pericay
Compañeros de viaje. Madrid-Barcelona, 1930
A Coruña, Ediciones del Viento, 2013
400 pp. 22,50 €

Jordi Gracia
Burgesos imperfectes. L’ètica de l’heterodòxia a les lletres catalanes del segle XX
Barcelona, La Magrana, 2012
283 pp. 20 €

De un tiempo a esta parte, la cuestión de España y Cataluña es cosa tan enrevesada, enconada y propicia a todos los energumenismos, que ni siquiera sabría cómo enunciarla sin herir suceptibilidades: ¿se me aceptará el prudente término de «cuestión»? ¿Debe decirse «Cataluña», sin más? ¿Podríamos referirnos a «el resto de España», sin ofensa de tirios y/o troyanos? En Barcelona, y para diciembre del año en curso, se anuncia un congreso oficial sobre los acontecimientos de 1714 bajo el marbete de «Espanya contra Catalunya: una reflexió histórica», donde el cauteloso subtítulo queda desmentido de antemano por la rotundidad sin apelación del título (un tanto anacrónico, además, si se refiere a 1714, cuando había reinos y fueros, no Estados y naciones irredentas). Por su lado, el gobierno regional aragonés –con sede en una ciudad donde no faltan notables estudios universitarios de filología– ha incluido en el texto de una ley la tortuosa y malintencionada referencia a una «lengua aragonesa propia del Aragón oriental»… que resulta ser el mismísimo catalán occidental que se habla en Lleida, digan lo que digan sus hablantes y los diputados que les representan.

Lo cierto es que unos y otros, los organizadores de aquel congreso que se complacen en prolongar los tiempos heroicos del catalanismo follonero de finales del XIX, y los políticos regionales que se empeñan en resucitar la tradición racial del anticatalanista Antonio Royo Villanova en 1900-1936, el milagro es que haya alguien capaz de escribir algo razonable sobre el tema. Pero este ha sido, afortunadamente, el caso de dos libros recientes de muy diferente objetivo, alcance temático y temple, que no hacen mala figura junto a otros de fechas anteriores: el del alemán Horst Hina, Castilla y Cataluña en el debate cultural (Barcelona, Península, 1986); el de Borja de Riquer, Escolta, Espanya. La cuestión catalana en la época liberal (Madrid, Marcial Pons, 2001), y el más reciente de Albert Balcells, Cataluña ante España (Lleida, Milenio, 2011), todos ellos muy críticos con las tesis del centralismo, pero escritos por partidarios de la reflexión más que del dogma. De los dos volúmenes de los que ahora hablamos, el más convencional es La región sospechosa. La dialéctica hispanocatalana entre 1875 y 1939, de Andreu Navarra Ordoño, que es un libro probo, modesto, más fiado en la transcripción las voces ajenas que en la interpretación propia, quizá demasiado poco imaginativo para su propósito de síntesis. Salvo en la generosidad con el manejo de textos ajenos, no puede decirse lo mismo del otro libro de marras, Compañeros de viaje. Madrid-Barcelona, 1930, de Xavier Pericay, que es un libro brillante y mordaz, que ha preferido la microscopía de un trimestre al diorama de sesenta y tantos años, y que no alcanza a ocultar el bostezo de hastío del autor por lo acontecido desde 1930 hasta la fecha.

Historia de un desencuentro

La dependencia de La región sospechosa con respecto a las fuentes escritas le ha llevado a iniciar el proceso en 1875, cuando se aceleraba a ojos vistas la constitución del pleito: campañas regionalistas del periodista conservador Mañé i Flaquer, fundación del Centre Català en 1882, presentación del Memorial de Greuges (ante Alfonso XII) en 1885, fundación de la Lliga de Catalunya en 1887, etc. Pero el propio texto consigna precoces y significativas manifestaciones de descontento en los años cincuenta y sesenta. Y hay más, por supuesto. No se trata de retrasar el conflicto a fechas peligrosamente remotas, pero lo cierto es que no resulta comprensible sin haber mencionado aquel siglo XVIII que describió tan brillantemente la imperecedera monografía de Pierre Vilar, La Catalogne dans l’Espagne moderne. Recherches sur les fondéments économiques des structures nationales, tan certera en su título como en el subtítulo. La mezcla explosiva de una conciencia de derrota política y un vertiginoso éxito económico y social, a la vez que la colusión del pragmatismo táctico y la inteligente estrategia de buscar instituciones nuevas, condujo en derechura a un hecho inevitable: Cataluña combinó con acierto las funciones de taller industrial de la Península y, a la vez, de laboratorio de cambios sociopolíticos. No hubo región más importante en la España del siglo XIX, ni más innovadora y decisoria, porque suministró ideas a la revolución social, al centrismo pactista e incluso al tradicionalismo, a la vez que lo hacía a la idea común de España, al federalismo y a la “liberación” de Cataluña. De hecho, la conformación de los nacionalismos modernos en España y Cataluña fue llamativamente coetánea y ahí reside buena parte del conflicto que Borja de Riquer ha hecho descansar, en parte, sobre la “débil nacionalización” del Estado. Que también la hubo, por cierto, por lo que aquella función múltiple de Cataluña siguió activa durante mucho más tiempo de lo que supone, y aunque, desde 1900, la tentación de romper la baraja fuera cada vez más frecuente.

Si Navarra hubiera tomado en cuenta esa perspectiva más equilibrada de intercambios, hubiera sido más fecunda su lectura de las posiciones negacionistas españolas (la de Cánovas, desde el lado conservador y, ¿por qué no?, la de Pérez Galdós desde el lado liberal e incluso radical, que apenas se ha tenido en consideración), pero también el papel de las actitudes que defendían un regionalismo algo arcaico, en el que caben las de Marcelino Menéndez Pelayo y José María de Pereda (cuyo ascendiente en Barcelona estudió hace años Laureano Bonet). De todo este diálogo fallido en la Restauración dejaron constancia las interesantes y muy tardías Memòries, de Narcís Oller, y en buena medida, con todo, estas vacilaciones acabaron arramblando las actitudes complejas, contradictorias a veces, generosas a menudo, fascinantes siempre, de Joan Maragall. El escritor se puso a la cabeza de quienes veían fatal e inevitable la ruptura y también de quienes añoraban la sutura de las heridas y un porvenir de armonía. No sé si Navarra ha acabado de verlo así, pese a pedir justicia y atención a los artículos periodísticos del escritor; añadiré que algo parecido, salvando las distancias, se sustanció en el conflicto personal que Salvador Espriu vivió y llevó a sus poemas y dramas en torno a 1960.

Otros, por supuesto, optaron por hacer cosas. Fue el caso de Eric Prat de la Riba, de forma destacada, pero también el de Josep Pijoan, su inevitable escudero, que nunca quiso elegir entre los dos maestros que evocó de forma inolvidable en títulos paralelos, «mi don Franciaco Giner» y «el meu Joan Maragall». Eugenio d’Ors decidió por sí y ante sí, con los resultados conocidos, y se echan de menos en las páginas de este libro tanto sus primeros intentos de trasladar la buena nueva noucentista al resto de España (con mención explícita de los «castellanos» que lo merecían), como su fugaz hallazgo de otro crisol noucentista en la bilbaina «Escuela Romana del Pirineo», y como las formas de su autoritarismo de siempre en el seno de la oscura deriva que, después de 1917, se producía en el seno del nacionalismo español (que Navarra, autor de una tesis doctoral inédita sobre José María Salaverría debe conocer muy bien).

Ahí estaba el papel de Pío Baroja, cuyo análisis se pormenoriza, pero sin mejorar el que hace ya años hizo Cecilio Alonso en un libro que no se cita (Intelectuales en crisis. Pío Baroja, militante radical, Alicante, Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, 1985). E, indiscutiblemente, las de Ortega, a partir de España invertebrada y pese al intervalo optimista de La redención de las provincias. En los emergentes y turbios círculos fascistas –que se reclamaban a la vez del Baroja radical y del Ortega reformista–, el catalanismo (mucho más que el nacionalismo vasco) acabó convirtiéndose en el «enemigo interior», lo que fue un banderín de enganche eficaz, sustituto de un antisemitismo que era siempre de importación, lo mismo que el irredentismo; alguna vez se menciona a Ledesma Ramos, pero los textos más feroces están en los delirios del doctor Albiñana y en las páginas de Onésimo Redondo, lector de Spengler y regionalista agrario castellano como primera definición política. Por todo eso, no hubiera sido mala idea rematar el libro con las páginas que se dedican a la confrontación (a distancia) del sueño de etnicismo iberista que presidió la lección inaugural de Pere Bosch Gimpera en la Valencia de 1937 y el nacionalismo integrador –pero de patente matriz castellana– que Menéndez Pidal elaboró entre la publicación de La España del Cid (1929) y 1947, el momento de Los españoles en la historia. Andreu Navarra, sin embargo, ha preferido cerrar su recorrido con la conversión (como todas, llena de sombras) de Ferran Valls i Taberner, mucho menos significativa a mi juicio.

En torno al enano de la venta: recuerdos de 1930

El episodio que ha contado Xavier Pericay en Compañeros de viaje. Madrid-Barcelona 1930 figura también en unas sensatas páginas de La región sospechosa y, como este libro, tiene algún que otro antecedente bibliográfico: el más destacado, el de Joaquim Ventalló, Los intelectuales castellanos y Catalunya (Tres fechas históricas: 1924-1927-1930) (Barcelona, Galba, 1976).

En ambos se cuenta una historia que empezó en realidad en marzo de 1924, cuando un grupo de importantes intelectuales de habla castellana, impulsados por Pedro Sáinz Rodríguez, dirigió al dictador Miguel Primo de Rivera un ponderado pero firme manifiesto en defensa del uso público de la lengua catalana. Se reprodujo en La Vanguardia el día 22 de ese mes y fue comentado y celebrado por la opinión barcelonesa; en el posterior otoño de 1927, los salones de la Biblioteca Nacional de Madrid acogieron una Exposición del Libro Catalán que auspiciaron la revista La Gaceta Literaria y su director, Ernesto Giménez Caballero, quien en diciembre de aquel año giró un viaje a Barcelona, donde fue muy bien recibido y presentó una exposición de sus originales «Carteles» literarios en las Galerías Dalmau. Problemas con la autorización de algunos de ellos provocaron su efímera detención por la policía y dieron a la breve excursión el picante político que hacía falta.

Dos años y medio después, las cosas habían cambiado no poco. En mayo de 1929, Barcelona y Sevilla acogieron las inauguraciones de las Exposiciones Universal e Hispano-Americana, respectivamente, destinadas a ser el espaldarazo de popularidad del régimen, pero que, en rigor, no lo salvaron del descalabro que se avecinaba. En agosto, el socialismo y su sindicato UGT rompieron sus relaciones con la Dictadura y, en enero de 1930, una huelga universitaria marcó distancias definitivas entre la clase media y la propia monarquía; el 28 del mismo mes, Primo dimitió de la Presidencia del Consejo y el 30 fue reemplazado por el general Dámaso Berenguer. La repentina muerte del exdictador en París, el 16 de marzo, coincidió con el último y más revelador episodio de aquella confraternización hispano-catalana que –como cuenta Pericay– nació en una carta de febrero de 1930 en la que el mallorquín Joan Estelrich, factótum de Francesc Cambó en los asuntos culturales, dirigió a su amigo Pedro Sáinz Rodríguez, que –en aquel momento– estaba al frente del pujante negocio editorial CIAP (Compañía Ibero-Americana de Publicaciones), un entramado de empresas que, entre otras cosas, era dueño de La Gaceta Literaria. Se trataba de ofrecer un homenaje en Barcelona a los intelectuales castellanos, firmantes del manifiesto de 1924, y a otros que fueran invitados, lo que tendría su culminación en el banquete (y los brindis correspondientes) que se celebraría el domingo, 23 de marzo.

Esos días que transcurrieron entre el 17 de marzo, cuando la mayoría de los invitados tomaron en Madrid el expreso de Barcelona y el martes, 25, en que regresaron los últimos a casa, son aquellos sobre los que Xavier Pericay pasea su implacable lupa, sus conocimientos de los horarios de la red ferroviaria española y su prosa minuciosa y sardónica. Entre tanto, los «intelectuales» ocuparon los mejores hoteles de Barcelona (por cuenta de los hosteleros locales), fueron aclamados por un público numeroso, recibieron parabienes de todo el mundo, visitaron opcionalmente la ciudad de Sitges y el Cau Ferrat (donde les recibió el ya muy valetudinario Santiago Rusiñol) y escucharon –en el Palacio Nacional de Montjuïc– un concierto del Orfeó Català. Un programa muy completo que se gestó y cumplió con presteza y éxito admirables que acreditaban las dotes de organización de sus promotores.

En la sombra quedaron las intenciones verdaderas y las más explícitas, las reservas y las evasivas, que un grupo tan heterogéneo y una climatología política tan cambiante hacían inevitables y que Pericay ha desvelado. Cambó prefirió reservarse un segundo plano de espectador, porque estaba seriamente enfermo y porque se barruntaba que más de uno había acudido a Barcelona para conspirar contra la monarquía (los hechos le dieron la razón y aquel mismo mes de julio se acordaban los términos del que se llamó «Pacto de San Sebastián»). Pero tampoco quería perder oportunidades y, de hecho, en aquel momento tenía en prensa un libro, Per la concòrdia, que –en edición catalana y castellana– volvía sobre el viejo pleito autonomista en fechas muy oportunas. A Gregorio Marañón, los aplausos espontáneos que recibía cada vez que ponía el pie en la calle le hicieron ver, sin duda, un anticipo del carisma político que pudo ejercer, un año después, en las jornadas que antecedieron y siguieron al 14 de abril. Pedro Sáinz Rodríguez y los suyos –que acababan de inaugurar una bonita librería en la Ronda Universidad, la Librería Barcelona– advirtieron las expectativas de un buen negocio. Giménez Caballero, que había anunciado su conversión al fascismo en febrero de 1929, andaba –un tanto desquiciado– a pescar en el río revuelto y a capitalizar sus méritos de la exposición de 1927. A su lado, el despistado Ramiro Ledesma Ramos, inminente fundador de La Conquista del Estado, tomaba sus distancias. En la obsequiosidad de alguno –como Azorín y no digamos Ángel Herrera, de El Debate, y los editorialistas de ABC– había sus reservas; en el bullir de otros, se delataba la impaciencia, y en la perplejidad de algún catalanista convencido, la convicción de que aquello eran pasajeros fuegos de artificio.

Todo lo cuenta este libro que no ha escatimado visitas a archivos particulares y una lectura muy atenta de los textos periodísticos de la época. En un momento, y por cuenta de una anotación manuscrita del genialoide Giménez Caballero, Pericay trae a colación al protagonista de un dicho que era popular desde mediados del siglo anterior, «el Enano de la Venta». Recordaré al lector que el tal enano tenía por costumbre vociferar, desde la ventana de una posada, amenazas terribles a los posibles huéspedes y a cuantos pasaban, hasta que uno de estos subió adonde se encontraba y demostró a los demás que era un minúsculo hombrecillo. En la escena IV de Luces de bohemia (1920 y 1924), Valle-Inclán hizo que el poetastro Dorio de Gádex entonara unos «gozos del Enano de la Venta», que el resto de los curdas de La Buñolería Modernista corean de buena gana; sin duda se referían a Miguel Primo de Rivera. Giménez Caballero afirma, y Pericay conjetura, que, desaparecido aquel primer Enano valleinclanesco, su sucesor en los gritos y amenazas podía ser el catalanismo (o Cataluña, si se prefiere) y que la venta víctima de aquellos prodigios era Madrid, donde el enano seguirá con sus baladronadas mientras le dejen. Y concluye que el episodio de 1930, donde todos estuvieron tan encantados de haberse conocido, no hizo más llevadero un pleito inmemorial.

Sobre otro libro posible…

Puede que así sea, pero seguro que es preferible seguir hablando de ello. A la vista de estos dos libros sobre el tema, el lector perdonará mi atrevimiento de proponer la existencia virtual de un tercero, en el que alguien debería ponerse a trabajar (Andreu Navarra confiesa tener ganas de hablar de las interpretaciones de los historiadores respecto al Compromiso de Caspe, cuyo sexto centenario ha pasado con más pena que gloria en 2012: es tan mala idea, me parece, como hacerlo de 1714). No sé muy bien cuál podría ser el título del volumen, si el sintético La invención catalana de España o el más descriptivo La imagen de España en el imaginario cultural de Cataluña, pero sí tengo claros los ámbitos temáticos de algunos de sus capítulos inevitables: «Antonio de Capmany: contrarrevolución, catalanismo y españolismo»; «La empresa barcelonesa de la Biblioteca de Autores Españoles (1843-1870): Manuel Rivadeneyra y Bonaventura Carles Aribau»; «Recuerdos y bellezas de España: el programa estético nacional de varios barceloneses (Pau Piferrer, Francesc Pi i Margall y Francesc J. Parcerisa) y un carlista mallorquín (Jose María Quadrado); «Historia del cervantismo catalán»; «De cómo se inventó en Cataluña la música española: Felip Pedrell, Isaac Albéniz, Amadeu Vives y Enrique Granados»; «La España de Rusiñol: la invención de El Greco en Sitges y la serie de Jardines de España»; «Josep Pijoan y sus empresas españolas»; «Los discípulos catalanes de Manuel de Falla»; «Robert Gerhard y Frederic Mompou: sus temas españoles, desde Don Quijote a Juan de la Cruz»; «Los amigos de Dionisio Ridruejo: el mundo de Revista en 1950»; «Para una historia del flamenco de posguerra en Cataluña: de Carmen Amaya a la rumba catalana»; «Destino y la construcción del espacio liberal en los años sesenta»…

El capítulo postrero ya está escrito; buena parte de él, por lo menos, anda en las páginas de un libro sugestivo, vehemente y calculado a la vez, que es obra de Jordi Gracia: Burgesos imperfectes. L’ètica de l’heterodòxia a les lletres catalanes del segle XX. Habla de escritores bilingües que han desdeñado encasillarse en una imagen cómoda de «escritor nacional» al uso de un mercado patriótico: de Josep Pla y Joan Oliver (Pere Quart), de José Ferrater Mora y Josep Maria Castellet, o de dos espléndidos poetas en activo, Pere Gimferrer y Joan Margarit. Precisamente al último se debe el final de unos versos, «Experiència d’una patria» (Misteriosament feliç, 2008), que se refieren a una tarde «blava i rosa» del año cincuenta, en un acantilado del Port de la Selva, pero que hablan en general del peso de ser de alguna parte, cosa siempre exigente y dramática:

Hem heretat un àmbit furiós
i clàssic, rude i trist, amb nius de vespes
que sempre s’han llançat contra els poetes.

José-Carlos Mainer es catedrático emérito de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza. Sus últimos libros publicados son La isla de los 202 libros (Barcelona, Debolsillo, 2008), Galería de retratos (Granada, Comares, 2010) y Pío Baroja (Madrid, Taurus, 2012).

05/07/2013

 
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