Agosto 2017
Revista de Libros
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RESEÑAS

Basso ostinato

Mathias Enard
Brújula
Barcelona, Literatura Random House, 2016
Trad. de Robert Juan-Cantavella
480 pp. 22,90 €

«¿Cuánto tiempo me queda por vivir? ¿Qué hice mal para encontrarme aquí solo en la noche?» La cercanía o la amenaza de la muerte como detonante del análisis minucioso de la existencia: ese socorrido recurso es el que da pie al despliegue de Brújula, una novela crepuscular que le valió a su autor, el francés Mathias Enard, el premio Goncourt en 2015.

A lo largo de una noche de insomnio en su apartamento de Viena, el musicólogo Franz Ritter se da al recuento de toda una vida marcada por una obsesión: el Medio Oriente. Así van develándosenos las venturas y desventuras de un grupo (casi clan) de orientalistas europeos que terminan perdiendo el norte rumbo al este: Bilger, el arqueólogo megalómano que acaba loco; Faugier, opiómano y especialista de la prostitución en Oriente; la divina Sarah, que, buscando curar sus males existenciales, se aleja cada vez más hasta hallar refugio en Borneo, estudiando ritos fúnebres espeluznantes; o el propio Ritter, forzado por una grave enfermedad a recluirse en su casa.

La novela recorre varios registros (relato de viaje, correspondencia, semblanza, diario, cuento, monografía), guiada por oraciones largas y sinuosas, que se avienen con su tono digresivo: un flujo irrestañable de elucubraciones, recuerdos, alusiones, sucesos. Y su ritmo lánguido queda plasmado en la espléndida traducción de Robert Juan-Cantavella. Una prosa, pues, que aspira a lo exhaustivo, a lo excesivo. Con los riesgos y aciertos que ello entraña. Por momentos da con el detalle ingenioso: «con el fin de que, volando, por así decirlo, sobre las piedras, la máquina vibrase mucho menos y los pasajeros no sufriesen el vaivén como en una infernal butaca de masaje». Por momentos cae en la prosodia ampulosa: “Veía a Bella, sola, comiendo esa carne y bebiendo ese vino mientras pensaba en el duque de los gitanos, este padre cuyo cadáver iba a tener que arrancar de la horca para confiárselo al torrente, un torrente tan poderoso que tenía el poder de devolver los cuerpos al otro lado del Mediterráneo, a Egipto, patria de los muertos y de los bohemios».

Se verán desfilar así viñetas de Alepo, Palmira, Damasco, Teherán, Estambul, a la par de una relación cuasiexhaustiva (que emula el catálogo de naves de la Ilíada) de orientalistas y otros personajes insignes (y no tanto) que han padecido el hechizo de Oriente: Goethe, Hugo, Bizet, Balzac, Joseph von Hammer-Purgstall, Liszt, August von Adelburg, Jane Digby, Ismaÿl Urbain, Félicien David, Felix Mendelssohn, Karol Szymanowski, Ella Maillart, lady Hester Stanhope, René Guénon, Enno Littmann, Marga d’Andurain, Alois Musil. Y una infinidad más.

Y es que Brújula intenta recrear la compleja trama de las relaciones entre Oriente y Occidente

–«a menudo lo que se considera puramente “oriental” no es, de hecho, sino la recuperación de un elemento “occidental” que modifica en sí mismo otro elemento “oriental” anterior, y así sucesivamente»– para dejar claro que «Oriente y Occidente no acontecen nunca por separado, que siempre están mezclados, presentes el uno en el otro». Aún más, al referirse a las tinieblas en que se ha sumido Siria, parece que estuviera entonando un réquiem de ese extraordinario mosaico de culturas. La ambición del proyecto señala, sin embargo, sus propias limitaciones. Al explicitar durante más de cuatrocientas páginas su propósito, Brújula se confina a una novela de tesis. La trama, los personajes, terminan reducidos a meros pretextos para el despliegue de todo un manifiesto: el de la diversidad, la interculturalidad. Las dotes narrativas de Enard, que asoman por pasajes (la noche con los beduinos, la cagalera de Faugier en plena ruta de montaña, el recuento de las andanzas de Marga d’Andurain, los atisbos de la vida en Teherán), se ven atenazadas por las exigencias didácticas: «Habló largamente [...] de la cuestión del imperialismo, de la diferencia, de un siglo XXI en el que, frente a la violencia, necesitábamos más que nunca librarnos de esa absurda idea de la alteridad absoluta del islam y admitir no sólo la aterradora violencia del colonialismo, sino todo cuanto Europa le debía a Oriente, la imposibilidad de separar al uno del otro, de la necesidad de cambiar de perspectiva». Y en estos diálogos –que en realidad son la variación de un mismo monólogo, pues apenas difieren– se empantana el libro.

Aun lo que podría ser el nudo narrativo –el amor frustrado o postergado entre Franz y Sarah– se limita a una réplica del viejo esquema proustiano (el niño de mamá, enclenque, temeroso, a la espera de la amada inasible, fugitiva), pero sin los sedimentos que en Proust dan espesor a esta gramática del amor. Y todo cae una vez más en la explicitación: «Para Sarah el amor no es más que un haz de contingencias, en el mejor de los casos el potlatch universal, en el peor un juego de dominación en el espejo del deseo [...]. Trata de protegerse del dolor de los afectos, está claro. Quiere controlar cuanto pudiese afectarla; se defiende de antemano de los golpes que pudiesen darle. Se aísla». Además, los paralelismos trazados continuamente entre la relación de Sarah con Ritter y la de precedentes literarios o históricos acentúan el carácter tipo de los protagonistas, más que personajes, marionetas. Bien podría aducirse que es ésta justamente la autopercepción de un hombre, como el narrador, ensimismado en un mundo de libros y discos. Pero ni siquiera a ello nos induce la aproximación a Ritter.

Será que los designios de la novela están íntimamente ligados a la erudición aplastante en que se sustenta: los primeros derivando de la última. Tal parece que, ante la islamofobia rampante por toda Europa, el autor cediera a la tentación de hacer uso de su saber enciclopédico a fin de dar cuenta de la necedad de sus contemporáneos. Nada ilegítimo en ello. También Flaubert se desvelaba con la estupidez humana. El problema radica más bien en el procedimiento. Que en una novela quepa de todo –ahí está la riqueza misma del género– no implica que pueda caber de cualquier modo. Y, respecto a los usos del saber, supone un equilibrio delicado en el que la sugestión debería evitar la dilucidación. Precisamente Flaubert, en Bouvard y Pécuchet, afrontaba el tema, paseándose por esa frontera en que idiotez y saber se confunden: idiotez resultante aquí de una saturación de datos o, si se quiere, de la incapacidad de procesarlos o bien, por el contrario, de someterlos a la reiteración infinita. Al igual que el protagonista de La réfutation majeure, de Pierre Senges –otro francés de lecturas incontables–, quien pretende a mediados del siglo XVI demostrar que la existencia del Nuevo Mundo es pura superchería, la urdimbre de una vasta conjura. Esta suma filosófica, acompasada por tratados de geografía, de política, se pertrecha en lo absurdo, pero es a la vez la reconstitución magistral del imaginario de la España de Carlos V y una indagación sin igual en la paranoia.

El propio Enard, en Zona (2008), ya había ensayado el recuento de una experiencia histórica de magnitud inagotable: el inventario de la violencia política en la cuenca del Mediterráneo. Pero aquí, a diferencia de Brújula, el narrador, atrapado por su pasado en el conflicto yugoslavo, se limitaba a la exposición de un caos que lo superaba, acuñando apenas una constante: sangre y más sangre. La erudición era el fundamento y no mera ilustración. Puesto que a esto se reduce en última instancia Brújula, a la sucesión de ejemplos de un gran malentendido: la separación entre Occidente y Oriente. Esta recopilación que acaba por lastrar la propia tesis, pues, a fuerza de exhaustividad, se echa de menos alguna profundización en las dinámicas que han conducido al desprecio de Oriente (o, siendo exactos, por Medio Oriente), ya que, en fin de cuentas, tal embrollo es el protagonista. Curiosamente, pese a las continuas referencias a las relaciones peligrosas entre orientalismo e imperialismo, al optar por un registro indiferenciado de anécdotas, como si las incidencias del imperialismo se redujeran –o fueran más que todo– a las chifladuras de sus emisarios, el texto se decanta por una exaltación ingenua del multiculturalismo, por una llamada a la memoria de lo que ambas civilizaciones se deben: la reconciliación de la mano de la recuperación. Esto es una simple petición de principios. Y más sorprendente aún cuando se toma en consideración a la «santa trinidad poscolonial, Said, Bhabha, Spivak». Como si las configuraciones que rigen los destinos colectivos dependiesen de la buena voluntad y no de relaciones de fuerza (políticas y económicas, que se vuelven simbólicas). No puede ser otro el resultado cuando se privilegian las pinceladas en detrimento de la veta ensayística.

Y, sin embargo, Brújula, con su letanía, termina infundiendo la tristeza que deja toda pérdida: la sospecha de que en los escombros de Alepo, de Palmira, hay mucho más que la destrucción irreversible de los vestigios de una antigua civilización, el temor de que esas ruinas presagien la nuestra. Se impone a la fuerza la sensación de que estas páginas no han sido en vano. En ellas se asoma el crepúsculo. Y no es poca cosa. Volvamos al inicio: ¿cuánto tiempo nos queda por vivir?

José Antonio García Simón es un escritor cubano residente en Ginebra. Es autor de la novela En el aire (Ginebra, Albatros, 2011).

06/03/2017

 
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