Los otros animales

El triunfo de la compasión. Nuestra relación con los otros animales

Jesús Mosterín

Madrid, Alianza, 2014

376 pp. 18 €

Recientemente estamos empezando a considerar a los animales como algo más que «cosas» o que simplemente una propiedad nuestra. El respeto hacia el sufrimiento animal es muy reciente, no sólo en España sino en todo el mundo. Aunque suelen citarse antecedentes remotos de defensa de los animales, en realidad es sólo a partir de los años setenta cuando la consideración sobre el sufrimiento de los animales excede de los límites de pequeños grupo antiviviseccionistas, o de bienintencionados profesionales de la salud animal, y llega al gran público. Esta llegada al gran público se produce al principio a partir del activismo de sectores radicales que organizan manifestaciones y protestas de diversa índole, pero lo cierto es que, efectivamente, llevan a los habitantes de los países desarrollados, cada vez más urbanos, el problema del sufrimiento de los animales. Por ejemplo, según datos publicados por la revista Nature, mientras que en el año 2001 sólo el 28% de los jóvenes estadounidenses entre dieciocho y veintinueve años consideraban que los experimentos médicos con animales eran moralmente inaceptables, en 2012 es un 53% el que lo considera asíNature, 31 de mayo de 2012, página 553..

Jesús Mosterín, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia, hace años que viene publicando libros en defensa de los otros animales, los animales no humanos, con la pretensión de concienciar al lector sobre nuestras obligaciones éticas con estos  parientes lejanos. El libro que nos ocupa trata de diversas interacciones entre humanos y animales (el lector me permitirá que no insista en que los humanos somos también animales), y entra en los problemas éticos que se derivan de estas interacciones; por ejemplo, el sufrimiento que se produce a los animales en experimentos, en granjas o en diversiones como las corridas de toros. El libro tiene un carácter divulgativo y pretende concienciar al lector sobre el maltrato habitual que sufren los animales en sus relaciones con los humanos, pero en realidad es un libro militante que está dirigido al lector convencido, al que dará argumentos para que pueda defender sus ideas.

Jesús Mosterín, a pesar de ser un lógico más que notable, debe de creer, como Pascal, que el corazón tiene razones que la razón desconoce, porque frecuentemente se abandona a expresiones emocionales; por ejemplo, habla de que «era una gloria» ver a sus gallinas deambular por el campo, en contraposición a las gallinas que viven en «campos de concentración» (léase granjas de producción intensiva), y llega a arrebatos místicos en los que nos cuenta cómo entra en comunión con la naturaleza y la «biosfera entera». La principal debilidad del libro reside precisamente en ignorar los argumentos de quienes creen que el ser humano no es un animal más, sino algo completamente diferente. Sea cierto o no, podría ocurrir que la humanidad fuera una propiedad emergente que colocara a los humanos en un plano moral distinto al del resto de los animales. Las propiedades emergentes tienen mala prensa entre los científicos, porque suelen utilizarse para encubrir la ignorancia acerca de los mecanismos que generan esa nueva propiedad, y ese halo de misterio les perjudica; pero no tiene por qué ser necesariamente así, y hoy comprendemos bien, por ejemplo, cómo se produce la propiedad emergente de la vida a partir de materia inanimada. Dicho crudamente, no es lo mismo que la diferencia entre un humano y una vaca o un chimpancé sea de grado o que se trate de una categoría radicalmente nueva.

Aunque los humanos perteneciéramos a otra categoría, esto no nos autorizaría a hacer sufrir a los animales. Como dijo a finales del siglo XVIII el filósofo utilitarista Jeremy Bentham, «La pregunta no es: ¿pueden razonar? Ni, ¿pueden hablar? Sino, ¿sufren?» Sin embargo, el dolor de un insecto, un reptil y un mamífero no es del mismo tipo y las consecuencias morales de infligirlo no pueden ser las mismas –la vida iba a ser muy difícil si esto no fuera así–, pero lo legítimo es preguntarse en qué consiste el dolor animal para saber cuáles son las consecuencias en caso de que una acción nuestra lo produzca. La respuesta a esta cuestión no pertenece al campo de la ética, sino al de la ciencia, como también pertenecen al campo de la ciencia las respuestas a las preguntas sobre el bienestar animal. Averiguar las necesidades de las gallinas para que tengan un bienestar adecuado en una granja pertenece a un campo de la investigación científica, y no basta con ver si da gloria o no ver a las gallinas sueltas. La ganadería intensiva tiene la ventaja de producir fuentes de proteína baratas, que han ayudado a combatir la malnutrición en muchos países en desarrollo, a la par de que es menos contaminante por kilogramo de producto producido: esto es, si un pollo en ganadería intensiva tarda algo más de un mes en llegar a dos kilos de peso, y uno de ganadería extensiva tarda cinco meses, el segundo produce gases y otros contaminantes durante mucho más tiempo. Es importante que pueda haber producción animal intensiva con un bienestar animal razonable, y hacia esto se halla encaminada la legislación. El propio Peter Singer, autor de Liberación animal, libro clave en la defensa de los animales, ha reconocido en la segunda edición de su libro que esta legislación está contribuyendo decisivamente a la mejora del bienestar animal.

Las doctrinas éticas más utilizadas para la defensa de los animales son la utilitarista, que pretende evaluar el sufrimiento producido al animal y las ventajas que se derivan para los humanos, y la deontologista, que sostiene que los animales poseen ciertos derechos que hay que defender. A estas teorías, algunos hemos añadido la del acuerdo de la comunidad moral expuesta por John RawlsAgustín Blasco, Ética y bienestar animal, Tres Cantos, Akal, 2011., porque creemos que es la única manera de resolver el problema que presentan los humanos discapacitados. Dado que hay humanos con menos capacidades que ciertos chimpancés, desde el punto de vista utilitarista o deontologista no habría inconveniente en utilizarlos para experimentos científicos. Pese al tono militante del libro, el autor, como buen utilitarista, no ignora las dificultades éticas que representa el hecho de tener que hacer sufrir a ciertos animales en experimentos que conducirán a evitar el sufrimiento de muchos humanos; y aunque el autor es vegetariano, no pretende imponer su dieta al resto de los humanos, siempre y cuando los animales criados para producir carne hayan sido tratados con humanidad.

No me cabe duda de que anacronismos como las corridas de toros, el boxeo o la herencia biológica de la jefatura del Estado acabarán por desaparecer. El problema es cuánto tiempo se mantendrán. Libros como el de Jesús Mosterín no contribuyen gran cosa a adelantar el proceso, porque a quienes hay que convencer de que los animales merecen mejor suerte no es a los elegidos que logran comunicarse con la biosfera, sino a quienes, creyendo que existe una distancia insalvable entre animales y humanos, están, sin embargo, dispuestos a aceptar que no debe ignorarse el bienestar animal. Hay personas a las que no impresionan exageraciones como los pretendidos «campos de concentración» de gallinas, pero que sí pueden ser sensibles a argumentos como el que, con un coste pequeño, la vida de otros seres vivos puede mejorar sensiblemente.

Agustín Blasco es catedrático de Reproducción y Genética Animal en la Universidad Politécnica de Valencia. Es autor de Ética y bienestar animal (Tres Cantos, Akal, 2011).

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Ficha técnica

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