ARTÍCULO

La filosofía natural de Zubiri

Alianza, Fundación Xavier Zubiri, Madrid, 1996
 

Espacio, tiempo y materia son las tres grandes nociones sobre las que se fundó el edificio de la ciencia moderna. La discusión en torno a estas cuestiones ocupa, desde entonces, un papel decisivo tanto en la física como en la cosmología y también en lo que se llamó, con terminología hegeliana, la filosofía de la naturaleza, que es el enfoque que Zubiri adopta en este conjunto de textos.

Aun no siendo su propósito inicial, la ciencia moderna arruinó la concepción aristotélica de la naturaleza sobre la que se había edificado la metafísica escolástica. A partir de ese preciso momento la filosofía ha intentado, una y otra vez, reformular una concepción global de la realidad que sea conforme a las exigencias de la ciencia pero que haga también justicia a las pretensiones de ultimidad de la metafísica. Descartes, Leibniz, Hume y Kant son los grandes nombres que protagonizan el intento moderno de pensar la relación del hombre con las cosas de manera que se pueda obtener una concepción adecuada de la naturaleza humana. Es un lugar común, no por repetido menos cierto, que cuando a la sacudida galileana y newtoniana se vino a añadir el evolucionismo darwiniano, la supuesta singularidad humana se vio conducida a un callejón sin salida.

La obra de Zubiri debe enmarcarse en ese contexto. Zubiri se ha esforzado en reformular la metafísica clásica (recuérdese el título de su primer libro, Naturaleza, historia, Dios) en un lenguaje que fuese enteramente compatible con las sugerencias de la ciencia moderna. Ha asumido, pues, una tarea que es bastante común considerar imposible. Zubiri cree que el hombre es un ser enteramente peculiar, un animal de realidades, que la mente no es reducible a la materia orgánica, que la realidad como tal es el tema irrenunciable de la metafísica, una tarea intelectual perfectamente distinta y autónoma respecto a lo que puedan pensar los físicos o los biólogos.

En el conjunto de la filosofía española el caso de Zubiri es realmente excepcional y despertó expectativas inusitadas que sus herederos intelectuales se empeñan en mantener al presentar su obra como «un hito en la literatura filosófica de la presente centuria». Discípulo de Ortega, Zubiri aparecía en los años sesenta como un pensador absolutamente contemporáneo (lo que era decir, existencialista) al que se reconocía una erudición poco común y una voluntad inequívoca de originalidad y de sistema. Su prestigio era inmenso y, en una época en que la televisión no era tan omnipresente como ahora, alcanzaba a los personajes más insólitos. Se puede recordar, a este respecto, una anécdota significativa: a fines del año de publicación de Sobre la esencia una emisora de radio preguntó al famoso extremo izquierdo del Real Madrid cuáles eran, a su entender, los acontecimientos más importantes de 1962, a lo que el jugador respondió impertérrito que, sin duda alguna, la publicación del libro de Zubiri. Parece difícil superar estas cotas de popularidad incluso con ayuda de las tertulias televisivas. Como para no desmentir tanta esperanza, los administradores del legado zubiriano han ido enriqueciendo la bibliografía de un autor que, en vida, fue bastante reacio a las prensas.

El volumen que ahora se edita consta de tres partes ensambladas por el editor a partir de textos de procedencia y datación diversa, lo que no consigue evitar ciertas repeticiones. Son textos inequívocamente zubirianos, sin embargo, en los que el conocedor de su filosofía no encontrará grandes novedades. En realidad, Zubiri se ha dedicado a aplicar las categorías de su pensamiento metafísico a estas tres cuestiones tratando de entrar en diálogo con el pensamiento científico contemporáneo tal como es formulado por sus figuras más prominentes, con fuentes que el autor maneja de primera mano. De manera que junto a Aristóteles, Descartes, Leibniz, Kant, Bergson, Husserl o Heidegger comparecen en el texto las ideas de Einstein, Heisenberg, Nagata, Smirnoff, Sherrington, Gödel o Alexandrov, con una mayor presencia de físicos y matemáticos (sobre todo, los clásicos de la topología), que de biólogos (no se menciona a Darwin, consecuentemente con las reticencias de Zubiri respecto a la evolución).

El análisis del espacio es el tema de la primera parte. Zubiri entiende que su menester como filósofo es explicar en qué consiste «la espaciosidad en cuanto tal». Nuestro autor se apoya en la diversidad de geometrías para dar por sentado que el espacio no se confunde con la estructura de ninguna de ellas y para desechar el planteamiento kantiano que, a su modo de ver, confunde lo que el espacio es en la intuición con lo que el espacio es por sí mismo. Al hilo de este análisis resplandece la distinción zubiriana entre metafísica (lo que es siempre la filosofía según Zubiri) y ciencia. Sin embargo, los ejemplos con que ilustra la distinción son bastante discutibles. Por ejemplo, el espacio euclidiano al que, como a regañadientes, reconoce Zubiri «cierta naturalidad», queda despachado como una mera cuestión de geometría, ignorando de hecho su estrechísima relación con la intuición visual (como ha demostrado más allá de cualquier duda la obra de Saumells). De este modo, algo que interesa a la filosofía de manera evidente (puesto que se trata, en último término, de una «teoría de la visión») queda reducido a una mera cuestión científica como, por ejemplo, lo es la de la naturaleza de la gravitación. ¿Qué es entonces lo que la filosofía tiene que decir en relación con el espacio? La respuesta de Zubiri se reduce a un empeño por aclarar terminológicamente la relación de lo que considera condición inadmisible (término caro a Zubiri) del espacio con los conceptos propios de su doctrina, a ubicar las propiedades de lo espacioso que se han puesto de manifiesto en las diversas geometrías en el conjunto de sus nociones sobre la realidad (sustantividad, ser, respectividad, dar-de-sí, de suyo, talidad y un largo etcétera que conoce de sobra el lector de Zubiri pero que dejarán algo perplejo al neófito). El capítulo se cierra con una enumeración un poco traída por los pelos de distintos espacios (biosfera, espacio celular, espacio ecológico, espacio interior, etc.) cuya especificidad se menciona de modo bastante ligero. Es muy dudoso que el propio Zubiri hubiese entregado a los editores lo que para él, bastante exigente con su propia rigurosidad, no pasaría de ser sino una cosa ilustrativa de un curso oral.

La sección dedicada al tiempo es seguramente más original. Zubiri afirma la «minimidad» del tiempo en un claro intento de distanciarse de dos de sus clásicos, de Bergson y de Heidegger. Sin embargo, otorga al tiempo algunas prerrogativas que ha negado al espacio: por ejemplo, afirma que, a diferencia de aquél, el tiempo tiene una dirección y es metrizable por sí mismo (mientras que el espacio carece, obviamente, de direcciones y, en él, toda metrización resulta de una determinada proyección geométrica sobre lo que de suyo es un conjunto que carece de estructura geométrica como tal). De cualquier manera, abundan en el estudio distinciones que tal vez pequen de sutiles, como por ejemplo, la afirmación de que las cosas no transcurren en el tiempo sino que transcurren temporalmente, lo que no deja de ser un reflejo de que, en el fondo, Zubiri lleva dentro a un Aristóteles que quiere hablar como si fuera un físico contemporáneo. Zubiri es incluso oportunista al apoyarse en Einstein para confirmar su punto de vista según el cual la relatividad «no es sino la respectividad del cuándo». Como siempre sucede con Zubiri, que conocía la historia de la filosofía espléndidamente, los análisis de lo que piensan del tiempo los distintos autores son muy penetrantes. A Descartes le acusa de sustancializar indebidamente el espacio, el tiempo y la conciencia que en el lenguaje zubiriano carecen de sustantividad; a Bergson le reprocha haber confundido la fluencia con el tiempo, y corrige a Heidegger al afirmar que el tiempo se funda en el ser y no al revés. Las aclaraciones positivas de su propio concepto están expuestas en ese peculiar lenguaje zubiriano capaz de poner en fuga a cualquier dilettante: por poner un par de ejemplos, la declaración de la flexividad del tiempo reza como sigue, «el tiempo como flexividad es la ulterioridad física del gerundio siendo en cuanto ulterioridad», mientras que la temporalidad del yo se elucida afirmando que «el yo es la manencia durativa de lo fluente en el Mundo». En suma, para Zubiri, el tiempo es el menos real de todos los caracteres de la realidad porque, en su lenguaje en que realidad y ser son distinguidos una y otra vez, en que el ser carece de sustantividad, el tiempo es modo no del ser, sino modo de ser, el modo mismo de ser.

La tercera y más amplia de las partes de este apretado volumen de más de setecientas páginas se consagra al estudio de la materia al que siguen dos apéndices, el primero sobre las partículas elementales y el último sobre el ser vivo. Zubiri aborda el asunto con un planteamiento que recuerda al de Bergson en Materia y Memoria, es decir, muy cercano al del sentido común que no acierta a ver un abismo entre las cualidades sensibles y las cosas materiales en sí mismas. Zubiri atribuye a la ciencia la función de explicar cómo acontece la presencia real de cualidades que no se dan por sí mismas al margen de la percepción y le parece un escándalo que la ciencia no tenga nada consistente que decir sobre este curioso asunto. En estas cuestiones su apartamiento de Aristóteles es terminante porque se opone a la conceptuación de la materia a partir de los materiales, como obviamente hizo Aristóteles (¿qué otra cosa podría haber hecho?), y porque considera un completo error la idea aristotélica de materia como receptividad. Para Zubiri, la materia es casi lo contrario; no existe materia prima sino materia segunda, la materia que es más que receptividad, que es «determinación receptual», principio de acto, casi más, pura actuidad. Partiendo de esta idea de fondo distingue Zubiri varios tipos fundamentales de «esencia materia»: las partículas elementales, los cuerpos, y la materia biológica en la que subdistingue por su distinta forma de estabilidad la materia viva (DNA, RNA, etc.) de los organismos, de acuerdo con lo que a su entender enseña la biología molecular. Zubiri sostiene que no hay en el cosmos ninguna realidad espiritual pese a que insista en que su posición no es materialista sino «materista», puesto que considera que el hombre es un ser material, pero no puramente material ya que inteligencia, sentimiento y voluntad no son realidades materiales sino potencias que no lo son en absoluto. Nuestro autor se remite aquí a su conocida doctrina de la inteligencia sentiente que es, a su modo de ver, la clave en la que apoyarse para resolver lo que se llama la inmaterialidad de la mente humana. Para Zubiri el hombre es una de las realidades que son propiamente sustantivas, «el Cosmos es una estricta sustantividad, y en ella se constituye otra sustantividad estricta, la sustantividad humana. Entre ambas están las cuasi-sustantividades puramente materiales». Zubiri aprovecha el trance para dar una nueva lanzada a la idea de sustancia (que considera contradicha por la ciencia) y al imposible intento aristotélico de pensar el movimiento desde los cuerpos, como estado de los cuerpos cuando para Zubiri no es sino una función. Todo ello es, según Zubiri, consecuencia de que la ciencia nos ha enseñado que existen transformaciones sin sujeto y otras muchas rarezas que el pobre Aristóteles no pudo ni sospechar.

El lenguaje de Zubiri es de enorme sobriedad aunque a veces se deje arrastrar hacia alguna filigrana tal vez innecesaria, de modo que su prosa resulta absolutamente impenetrable para quien acuda a leerla considerando que la filosofía es un género literario. Pero lo más importante es que el modo en que Zubiri se expresa supone toda una filosofía del lenguaje que probablemente no suscitará el entusiasmo de quienes han tematizado esta cuestión. Zubiri da siempre la sensación de creer que el lenguaje es puramente transparente, de que las palabras no le confunden jamás pues le sirven con entera docilidad aquello que exactamente quiere decir. Por ello se permite distinguir entre lo que le parece una mera ilustración lingüística, cuando recurre a sus asombrosos conocimientos de las lenguas más inusuales, y lo que a su modo de ver es una exposición rigurosa del estado de cosas que se consigue forzando el lenguaje hasta límites a veces irritantes. Pese a lo que se pudiera pensar hace treinta y tantos años, Zubiri no es ningún existencialista, pero ha heredado de esas lecturas la peculiar creencia de que se esclarece algo con tal de distinguir, por ejemplo, lo existencial de lo existenciario, distinción que aunque no es zubiriana pertenece sin duda a la progenie de las que sí lo son: lo fáctico de lo factual, la actualidad de la actuidad, o la extensión de la extensidad y de la exidad, por no espigar sino unos ejemplos. Del mismo modo se permite desdeñar como metáforas expresiones de circulación corriente entre algunos filósofos para sugerir otras sin que se pueda adivinar por qué son menos metafóricas que las que él rechaza. Por ejemplo, le parece que hablar de «floración» es metafórico (en lo que, sin duda, acierta, salvo que estemos ante una disertación botánica), pero no duda en abismarse en consideraciones acerca del «despliegue», del carácter «melódico» del cosmos o de la «elevación», que es el término de que se sirve para conceptuar la génesis de lo que llama la materia humana.

No está la filosofía española tan llena de autores de interés como para que descalificar a Zubiri pueda considerarse una tarea patriótica. Sin embargo, tal vez Zubiri esté padeciendo ahora la marea baja que frecuentemente sigue a una pleamar un poco cateta. Zubiri es, sin duda, un gran pensador, no tan decisivo como proclaman algunos de sus fieles, pero un pensador de fuste en cualquier caso, un filósofo que se siente concernido personalmente con los problemas de la realidad y con los enigmas que perennemente acosan al espíritu humano. Que su lenguaje no es el más actual es consecuencia de la velocidad de los tiempos y no de ningún equívoco de fondo; sin embargo, en una época que sospecha con vigor de la transparencia del lenguaje, su apasionado internamiento en los recovecos de la realidad de la mano de una política lingüística excesivamente cándida ha de conducir necesariamente a que muchas de sus fórmulas y soluciones se reciban con escepticismo y extrañeza. Que sus aportaciones no resuelven todos los problemas se debiera considerar una obviedad que sólo los más necios podrán desconocer. En cualquier caso, estas lecciones sobre tres de las cuestiones centrales de la filosofía moderna no son lo más granado de su producción. No es fácil evitar la sospecha que el pulcro y exquisito filósofo vasco habría sido más restrictivo con sus obras si su publicación hubiera dependido de su voluntad, como pasó con Naturaleza, historia, Dios, Sobre la esencia y Cinco lecciones de filosofía.

El mejor Zubiri no está en estas páginas más que de paso. Tal vez Zubiri fue víctima de un aislamiento pernicioso y de una adulación excesiva que le ha hecho aparecer, tras su muerte, como una especie de prontuario universal de respuestas originales cuando había sido sobre todo un excepcional estudioso de una apretada gavilla de cuestiones difíciles, nada más, pero nada menos.

01/12/1997

 
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