ARTÍCULO

La amenaza de una trilogía

Alfaguara, Madrid
480 pp. 19 €
 

Lo diré desde el principio, y así nadie se llama a engaño: si uno empieza a leer una novela y la deja por razones de tiempo y/o cansancio, u otras que no hacen al caso, y a pesar de tener la obligación de leerla –y de entregar en un plazo determinado su reseña– va posponiendo sine die la lectura, pero la agarra de nuevo y al cabo de una hora le sucede lo mismo de la vez anterior, y así un par de veces más, y además va haciéndosele callo la convicción de que no importa en qué página vuelva a abrirla (porque, por muy avezado lector que sea, no notará ni el salto ni la falta de lo que no leyó)... entonces es que esa novela, como tal, salió rana.
Por otra parte, el peor servicio que puede hacérsele a un autor de lengua española es publicar su obra envuelta en una faja donde se afirma: «El libro más importante del año (Gabriel García Márquez)». Casi automáticamente uno desconfía. Uno desconfía, aunque García Márquez haya tenido la precaución de distanciarse –en cuanto al género– de la información editorial en la misma faja: «Ursúa, la primera novela de William Ospina». Y uno desconfía porque en el ditirambo de García Márquez puede esconderse la misma astucia de Borges elogiando a Cansinos Assens y al buen Macedonio Fernández, quienes en el jamás de los jamases hubieran podido hacerle sombra.
De todas formas, como maniobra estratégica, y desde el punto de vista comercial, el reclamo parece funcionar: el libro, publicado originalmente en Bogotá en septiembre de 2005, alcanzó ya la sexta edición... o la quinta reimpresión: es un extremo que no queda claro, porque faja y colofón difieren en su taxonomía, lo cual es imperdonable en una editorial que se precie.
Pero en lo que atañe a su éxito, e independientemente del anzuelo cebado con la frase de García Márquez, no debemos olvidar que el asunto principal de que se ocupa este libro es sumamente atractivo: la vida de Pedro de Ursúa, nacido en la navarra Arizkun el año del Señor de 1525, y muerto a traición en 1561 por Lope de Aguirre y sus cómplices, en el poblado de Machifaro, a orillas del río que unos llaman Marañón y otros de las Amazonas. Una vida, la de Ursúa, que hasta ser puesta en la mira de William Ospina, casi quedaba como nota a pie de página en las descomunales hazañas de aquel otro «azote de Dios» que fuera el vasco de Oñate. (Pienso que no puede ser una casualidad, sino una confesión en clave, el hecho de que Werner Herzog, en su película sobre este tema, hiciera que Lope de Aguirre fuese incorporado por un psicópata –Klaus Kinski– y Pedro de Ursúa, quien sería su víctima, por un director de cine, Ruy Guerra. Pero ésta, seguro que sí es otra historia, my dear Rudyard.)
Ahora bien, el que la vida de Ursúa haya sido tan atractiva no genera el automatismo de que también lo sea su relato. Para ello se necesitaría un buen pulso de narrador, como el que tuvo Ramón J. Sender en La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, pero que a William Ospina, a todas luces, le falta. Ospina es un poeta de muchos quilates, y eso es harto lastre a la hora de contar una historia: el poeta corre el riesgo de emborracharse con las palabras y transmitir su embriaguez a la narración en forma verborrágica. Y lo que le salvó la vida a Sheherazade fue que no era poetisa, como el mérito mayor de Paradiso, la novela de Lezama Lima, consiste en que su autor supo darle esquinazo al poeta homónimo que le podía escupir el asado narrativo.
Un ejemplo de la impericia de esta prosa de Ospina nos lo encontramos nada más empezar el libro. En la página 23, el padre de Ursúa, Tristán, escucha el relato que hace el viejo Miguel Díez de Aux, pariente cercano de su esposa y que vuelve por primera vez a Navarra, al cabo de largos años de haber partido para las Indias, y veinte de ellos como regente de Borinquen (la actual Puerto Rico). Dice Ospina: «Tristán, el señor de la casa, lo escuchaba» y sigue un párrafo en el que este personaje, mientras oye al otro, hace la introspección de lo que ha sido su vida en comparación con la del indiano. Eso es lo que suponemos, por cómo lo cuenta Ospina, pero tras el punto y aparte, y sin decir agua va, el siguiente párrafo comienza diciendo «Miguel Díez de Aux lo escuchó sonriente», es decir, que lo narrado como una introspección en realidad no lo era, sino que Tristán de Ursúa se lo contaba en voz alta a su interlocutor.
Ocurre también que la figura del narrador mestizo –una especie de Inca Garcilaso caribe y vergonzante–, como tal narrador, suscita el recuerdo de Dickens, Balzac o Galdós mucho más que de Bernal Díaz del Castillo. Se ve claro en algunos pasajes del libro donde la dicción es anacrónica. Valga como botón de muestra esta cita jibarizada de la página 90: «Dejemos por ahora a Armendáriz y a Ursúa [...] y volvamos la vista hacia ese mar que el juez acababa de recorrer». Y por lo que se refiere a la «retaliación implacable» de la pági­na 366, lo de veras implacable es que una retaliación no es de recibo, no ya en un letrado castellano del si­glo xvi, sino ni siquiera en el xxi, dicho sea de paso.
Caso distinto es cuando la dicción suena en exceso garciamarquezina: «el clima atónito de las ocasiones solemnes»; «llevó a los soldados por barrancos espectrales y llanuras desesperadas»; «bajo la mirada egipcia de las iguanas»; «bajo una lámpara que atraía todos los insectos del mundo, y oyendo caer en la tiniebla grandes escarabajos fatales»; «las noches más negras y heladas del mundo»; «juró sobre su espada, y sobre el viento irreparable de los guerreros muertos»; y, en fin, ese final del capítulo 24 que tanto recuerda al de Cien años de soledad: «pienso en la luna de tres caras que gobierna mi propia sangre, y me pregunto, después de todo lo que he visto en el mundo, si esta malvada edad que rastrea en las venas de los hombres y maldice los ríos de su origen no se prolongará para siempre».
Y una vez puesto en claro todo lo que antecede, sería injusto no decir que en Ursúa pueden admirarse muchísimas cosas, pero sobre todo dos: la riqueza y prolijidad de la documentación histórica, y el idioma. Es bastante posible que éste sea uno de los pocos libros no académicos donde la historia de la conquista de América se nos presenta con tantos pelos y señales que, si no fuera por el lenguaje que maneja Ospina, nos podríamos creer lectores del catálogo de una exposición monográfica o de un museo especializado. Pero Ospina es poeta, y la paleta de que hace uso es verdaderamente espléndida, incluso cuando cansa, incluso cuando por el afán de escribir bellamente convierte unos pobres huesos en reliquias (p. 81). A quienes les guste este tipo de prosa, tienen aquí –para relamerse– las bodas de Camacho y el festín de Baltasar.
Por mi parte, hubiese deseado más profundidad y menos galas, personajes de carne y hueso –con bulto y con relieve– en vez de ilustraciones parlantes de viejos pergaminos, el de­sarrollo de alguna trama y no sólo la relación de unos hechos. Pero quién sabe... Pudiera ser que William Ospina haya reservado su aún inédita pluma de narrador para las siguientes entregas: en una nota final de Ursúa, nos amenaza con los dos restantes volúmenes de una trilogía. 

01/02/2007

 
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