Una fábula dialéctica

LA HIGUERA

Ramiro Pinilla

Tusquets, Barcelona

264 pp.

17 €

No hay duda de que en numerosas ocasiones el tiempo interviene de manera provechosa en la justicia literaria. Después del unánime prestigio crítico alcanzado por Ramiro Pinilla y el conjunto de su excelente obra publicada desde la década de 1960, el tiempo ha situado al autor entre los novelistas más valorados por el público gracias a su trilogía Verdes valles, colinas rojas, que obtuvo el pasado año el Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa.

Estas distinciones han contribuido al conocimiento de unos méritos literarios sobrados que para muchos lectores, por falta de promoción o a causa de modas pasajeras, eran poco menos que inexistentes e insospechados. Entre esos méritos y cualidades cabe destacar tres: un espléndido uso del discurso narrativo, capaz de ajustar cada palabra y cada frase al contenido que se transmite; un tono épico que expresa sin fisuras el devenir y el sentido de los pueblos, siempre con una proyección simbólica, como ocurre en la trilogía citada, en sus títulos más conocidos y en otros que gozaron de menos fortuna (véase Huesos), y una enorme capacidad para crear personajes de gran encarnadura (ahí están sus novelas de la década de los setenta, entre las que debe citarse la estremecedora Antonio B, «El Rojo», extrañamente omitida en la nota biobibliográfica de la editorial).
 

La higuera contiene con holgura las características anotadas y ha de figurar entre las obras sobresalientes de Pinilla, ya que, además de su espléndida escritura, alcanza el tono épico simbólico que indaga en el sentido de la vida de los pueblos, de sus habitantes, a partir de un hecho histórico tan determinante como la Guerra Civil; y sobre todo construye un personaje complejo que va transformándose por diversas razones en un ser más imprevisible de lo que en principio podría esperarse.

La novela, narrada en primera persona por el protagonista en su desarrollo argumental, y por otro personaje testigo, Mercedes Azcorra, en una introducción y una conclusión, lo que culmina una estructura cerrada y encuadrada, cuenta la historia de Rogelio Cerón desde la Guerra Civil hasta 1966, una historia que encierra de forma simbólica las huellas del miedo a la venganza y las consecuencias irreversibles de la culpa. Rogelio es un falangista vasco de Getxo empeñado, junto a sus correligionarios, en dar el paseo nocturno a los rojos del lugar hasta dejarlos muertos en descampados y cunetas. En una de las razias, la mirada fría de un niño de diez años que pierde a su padre y a su hermano será la causa de que la vida del protagonista cambie de objeto y dirección.

El arranque narrativo es suficiente pretexto para que Pinilla se introduzca en la mente de Cerón y sea él quien, con su voz, vaya creando no sólo su peripecia, sino más aún, su carácter como personaje complejo y dinámico. No es este el momento de desvelar el argumento de la novela, el decurso vital del protagonista, su papel en la trayectoria del niño Gabino, las reacciones de los otros falangistas o el móvil de un personaje miserable como Joseba Ermo. Toda la trama evoluciona agrandándose por la casualidad y el azar. Lo que importa es señalar la tipología de Rogelio como personaje dialéctico enfrentado a su conciencia, a sus convicciones ideológicas, a su miedo a la venganza, hasta el punto de convertirse en un ser imprevisible, más acosado por sí mismo que por los demás.

También importa indicar el múltiple simbolismo de la higuera. Plantada sobre una tumba, no sólo significa la nueva vida que fluye de la sangre derramada de los muertos, sino también el testimonio de la barbarie y la sinrazón, de la culpa y de la memoria que se niegan a de­sa­parecer, al tiempo que representa la sombra de un secreto que a muchos implicados en la brutalidad les interesa ocultar.

Pinilla construye alrededor de esta higuera misteriosa y metafórica un entramado histórico, religioso y social que retrata el oscurantismo de los pueblos y las gentes. Cerón, apostado durante años al lado de la higuera (por lo que se le conocía como Chumbo) fue para unos, habitantes de Getxo, el recuerdo perenne de la guerra y el Txominbedarra, el trébol que con la siembra de la patata se convierte en plaga que agota los campos; pero para otros, muchos venidos de fuera, una especie de ser mítico que supera la rea­li­dad, el ermitaño transfigurado en santo por la superstición popular y religiosa que hace de él objeto de culto.

Y es aquí, en las distintas visiones de la realidad fabricadas por las distintas gentes que pueblan la novela, hacia donde Pinilla apunta sus más genuinos dardos críticos sociales, políticos y, sobre todo, ideológicos. Nadie en la novela es inocente ni nada resulta neutro, incluido el protagonista. Los personajes, que parecen seguir creencias e ideo­lo­gías, a la larga definen sus peripecias por causas que nada tienen que ver con las convicciones, de modo que los hechos suceden acordes con las embaucaciones y con los comportamientos simulados.
 

La higuera es, en consecuencia, una fábula dialéctica de proyección simbólica y metafórica que se sustenta en una mirada nada complaciente sobre la historia reciente de España, ya que, según se desprende de la novela, el curso de esa historia ha tomado a la inautenticidad como bandera y motor de muchas transformaciones que han determinado el presente. Pero, además, es una excelente novela que confirma a su autor como uno de los nombres esenciales de la narrativa española contemporánea. 

Ficha técnica

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