ARTÍCULO

Tour de force

Alfaguara, Madrid, 1999
344 págs.
 

Si hay algo incuestionable en la larga trayectoria narrativa de José María Guelbenzu, una vida dedicada a la literatura en las distintas parcelas de escritor, ensayista, maestro de nuevas promociones y editor, ha sido el rigor por la obra bien hecha y la consciente indagación en todos los procedimientos técnicos y narrativos que contribuyeran de la mejor manera posible a la expresión del sentido unitario o plural, según los casos, de sus novelas. Un sentido, por otra parte, que deriva del pensamiento del escritor, de su visión del mundo, y que se trasluce en la relación de sus personajes con la realidad circundante, sean los demás o las circunstancias, y no el que, por razones extrañas al proceso de creación, un autor programa y acomoda al modelo que esperan el mercado comercial o el lector al uso.

Tal vez ahí reside el motivo por el que Guelbenzu no sea hoy día un novelista popular, sino más bien un narrador de culto que sólo en contadas ocasiones ha llegado al gran público, y que sus novelas, por su papel destacado en la minoritaria vanguardia renovadora de nuestra narrativa actual, no les hayan franqueado en general un acceso fácil a los lectores cómodos y pasivos. Desde 1967 hasta hoy, el escritor no ha regateado esfuerzos ni esquivado riesgos en la exploración de las posibilidades expresivas de la narración y en la maduración de sus técnicas: ha probado a yuxtaponer los puntos de vista, a disolver el yo del narrador y el personaje, a romper la rigidez de la estructura y la temporalidad, y sobre todo, a implicar al lector en los sentidos múltiples de sus textos. Cada nuevo título suyo ha sido, sin duda y con todas las consecuencias, un tour deforce.

En Un peso en el mundo, como no podía ser menos, Guelbenzu ha vuelto a arriesgar en la propia concepción de la novela y a enfrentarse al proceso de creación. Y lo ha hecho, no como suele hacerlo, es decir, buscándole las vueltas a las técnicas y las perspectivas contemporáneas, sino saliéndole al paso y abriéndole un socavón incómodo a la narrativa actual en su camino trillado de argumento transparente y estructura lineal por el que discurre el yo del protagonista. Frente a la comodidad que supone para el novelista y el lector la confluencia del narrador y el personaje en uno solo, Guelbenzu ha optado por ocultar al narrador –también al autor, por supuesto– y dejar que sean los personajes quienes, sin presentación ni acotaciones narrativas, vayan creando con su propio discurso no sólo el relato, el acontecer de su peripecia, sino también la configuración del ambiente en toda su dimensión espacial y temporal.

Ha de buscarse el carácter renovador de esta novela, por tanto, en lo que tiene de insólito e inusual en nuestros días, ya que recupera un tipo de estructura, la «novela dialogada», que ha gozado de larga tradición en la historia literaria europea y española desde hace unos cuantos siglos. Guelbenzu consigue su perfecta adaptación a los contenidos y formas de la modernidad, y más en concreto a unas inquietudes recurrentes en casi toda su obra novelística: la reflexión sobre los problemas existenciales y la comunicación dialéctica entre los seres humanos.

Un peso en el mundo, en efecto, discurre de principio a fin, con la excepción de una secuencia en monólogo interior –entre las páginas 269 y 273–, en forma dialogística. Dos personajes, un jubilado catedrático universitario de filosofía y una antigua alumna suya que ahora es profesora titular de filología inglesa, son las voces dialécticas de que se sirve el novelista, como si fueran piezas en el tablero, para contrastar las variantes del pensamiento, de la actitud vital y de la visión de la realidad. No existen datos ni referentes ofrecidos de antemano; tan sólo el decurso comunicativo de los diálogos va proporcionándole al lector los antecedentes y las circunstancias de su encuentro –un fin de semana en un pueblo del norte donde él vive retirado tras su jubilación– después de varios años de espaciada relación epistolar, las suficientes pinceladas impresionistas sobre las circunstancias espaciales y temporales del pasado y el presente, las ajustadas noticias de sus vidas y las claves imprescindibles para conocer sus triunfos profesionales y sus desencantos.

Guelbenzu ha vuelto a demostrar su gran capacidad narrativa y su maestría, porque no es nada fácil contar una historia con todos sus matices sin echar mano a un instrumento tan necesario para ello como el narrador. No es nada fácil, sin su ayuda y con el único concurso de los diálogos, llegar a construir una novela casi total, un relato que al final de su proceso ha formado en sus personajes unos caracteres novelescos expresivos, que se van creando entre y desde sus contradicciones y que evolucionan en y desde su enfrentamiento con el medio, un relato que ha manejado con pulcritud la acción, el espacio, el tiempo y todos aquellos elementos narrativos indispensables –incluido el desenlace con sorpresa–, aunque estén ocultos, como el punto de vista y el narrador. Lo demás, por ejemplo el nombre de la mujer –se llega a conocer el de su marido, el del hombre y el de su mujer casi como anécdota– es innecesario.

Y es que los dos personajes actúan y se convierten en narradores de su peripecia y de sus inquietudes. Pero sobre todo, como es lógico en esta forma novelesca, hablan y ponen frente a frente su manera de ver la vida y la realidad. El carácter total de la novela también se manifiesta en los contenidos que abordan los diálogos, una totalidad que se bifurca en la variedad de opiniones y sentimientos encontrados sobre el mal y la maldad, la verdad y la belleza, la muerte, el placer y la utilidad, la existencia, el miedo y la incertidumbre, la eternidad y la instantaneidad, la felicidad, el suicidio, la vocación, las ambiciones, las relaciones personales, el matrimonio y la infidelidad, los hijos, la cultura, la literatura o la enseñanza.

No podía ser de otro modo. En Un peso en el mundo ha elegido Guelbenzu la forma narrativa más idónea para transmitir el sentido que el autor quiso dar a los contenidos contrastivos a través de los puntos de vista de sus dos personajes. Como ya hicieran su ilustres antecesoras de otros tiempos, esta novela consigue plenamente sus propósitos dialécticos y contribuye con eficacia a la maduración de una técnica de hondas raíces hispánicas conocida de todos, el perspectivismo.

01/04/1999

 
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