ARTÍCULO

Un coloso de las letras y una novela «colosal»

Alfaguara, Madrid
232 pp. 18 €
Suma de Letras, Madrid
2 vols. 19,95 €
 

Mario Vargas Llosa refiere, al comienzo de La tentación de lo imposible, texto introductorio que asimismo sirve de prólogo a la reciente edición de Los miserables, de Victor Hugo, que durante el invierno de 1950, él se encontraba interno en el colegio militar Leoncio Prado, de Lima, y, en consecuencia, estaba muy decaído. Acudieron en su ayuda algunos libros, pocos, pero de considerable extensión. Sabido es que en los colegios de antes (no sé en los de ahora) estaba mal visto leer: en el mío, que no era militar, sino de dominicos, había un ilustre teólogo que afirmaba que leer novelas no era pecado, sino pérdida de tiempo, y poniéndose como ejemplo, aseguraba que sólo había leído una en su vida, Fabiola, de Wiseman, no por tratarse de una ficción ejemplar o estar escrita por un cardenal sino por un motivo útil (y aquí viene lo más sorprendente del caso): para perfeccionar su italiano. En medio de la desolación de aquel invierno, «con uniforme, garúa y neblina», Vargas Llosa encontró el consuelo en la lectura de la gran novela de Victor Hugo: «Gracias a Los miserables la vida fue para mí mucho menos miserable».Yo también leí Los miserables en edad temprana, aunque en circunstancias menos marciales que las de Vargas Llosa: porque mi madre le tenía afición a Los miserables y a Nuestra Señora de París.
La tentación de lo imposible
, la nueva obra de Vargas Llosa, estudio muy pormenorizado de Los miserables, es, tal vez, el acto de agradecimiento del joven cadete a la novela que le permitió sobrevivir razonablemente a un invierno tedioso. En ella se reproducen (p. 118) una sucesión de adjetivos anotados por Hugo como «propiedades que debían impregnar la historia de Los miserables». Entre ellos figuran «colosal», «monstrueux», «gigantesque», «difforme»... Todos ellos califican no sólo al formidable esfuerzo de la novela (a la que Vargas Llosa considera como la última novela clásica del siglo XIX , el siglo de la novela clásica, por cierto), sino también a su autor, que si como novelista era torrencial (Nuestra Señora de París y Han de Islandia no son menos elocuentes que Los miserables, aunque puede que resulten más moderadas en otros aspectos) o, como lo prefiere su glosador, oceánico; como poeta baste con citar La leyenda de los siglos para hacernos una idea de la desmesura de Hugo. La vastísima obra de Hugo, que casi abarca todos los géneros, pero principalmente la poesía, la novela y el teatro, es sin medida; nada digamos de lo que se ha escrito sobre él, y que un lector normal tardaría veinte años en leer, a razón de catorce horas diarias de lectura. «La fecundidad del poeta y dramaturgo emblemático del romanticismo en Francia produce vértigo a quien se asoma a ese universo sin fondo», escribe Vargas Llosa. Una obra como la de Victor Hugo es difícil no ya de evaluar, sino de concebir, aunque en España tenemos las obras, igualmente oceánicas y poco menos que inconcebibles por su titánica y vertiginosa extensión, de Lope de Vega y don Marcelino Menéndez Pelayo, quien, como reconoce Vargas Llosa, «tuvo que hacerlo todo por sí mismo: descubrir la cantera, amontonar y acarrear los materiales de construcción, usar la cuchara y la plomada del albañil y, por último, trazar las líneas del monumento y gobernar su soberbia arquitectura». Acaso escribir poesía, teatro o novela requiera menos tiempo que una vasta obra de erudición, pero debe tenerse en cuenta que Lope de Vega era, además, un aventurero, y Victor Hugo vivió muy de cerca los acontecimientos de su época, en tanto que la existencia de don Marcelino fue sedentaria.
Si la obra total de Victor Hugo es gigantesca, no menos gigantescas son algunas de sus obras, consideradas por separado, como La leyenda de los siglos o Los miserables. En las novelas, concretamente, y en Los miserables de manera muy especial, no sólo hay personajes, escenarios y relatos de acontecimientos, sino material de la más diversa procedencia y utilidad, que convierte al mundo clamoroso de Losmiserables en algo tan variado, complejo, multitudinario y clamoroso como la propia vida; aunque una vida tan determinada por la casualidad que tal parece a veces que en la Francia de esta novela sólo vivían sus personajes, porque tarde o temprano acaban encontrándose. Sin embargo, no es el «argumento» lo principal de las novelas de Hugo; como escribe Michel Butor: «El Hugo novelista nunca es tan grande como cuando deja de "hacer novela", cuando interrumpe su relato para describir o soñar. Lo que en otro sería un entremés, en él se convierte en lo esencial».
Estos excursos completan el escenario narrativo. Sin ellos, Los miserables sería otra cosa (además de un relato más breve, es obvio). En ellos se manifiesta de manera totalizadora alguien que es el autor, pero a quien Vargas Llosa prefiere denominar el Divino Estenógrafo, que «sabe todas las cosas y tiene una necesidad compulsiva de decirlas, de mostrar, tomándose el tiempo que haga falta, su caudalosa sabiduría». Este narrador omnisciente ocupa toda la obra, hasta el punto de parecer un personaje más, o incluso el principal: «El eje en que se apoya y gira esta desmesurada narración es el narrador, tan desmesurado como ella». Un narrador que interviene siempre que lo juzga oportuno (y a veces hasta cuando resulta inoportuno), capaz de hacer precisiones como: «Esta frase, en la que hay tantos "de", es del fiscal, escrita enteramente de su mano en la minuta», o bien de utilizar el «nosotros», en la narración, pero no como signo de modestia, sino de orgullo: «emplea el plural mayestástico igual que los reyes». Siendo novelista él mismo, a Vargas Llosa le interesa el lugar que ocupa el narrador en la novela. «Esta operación –inventar a alguien que narre lo que uno quiere narrar– es la más importante que realiza el novelista, y, sin embargo, hasta hace relativamente poco tiempo, los novelistas ni siquiera lo sabían y, como el Victor Hugo que escribió Los miserables, la llevaban a cabo de una manera intuitiva o mecánica».
La posición del narrador es la que diferencia el paso de la novela antigua a la moderna: de Los miserables a Madame Bovary, de Flaubert –aunque se publicara unos años antes, en 1857–. Pero en Los miserables no se adivina un tono crepuscular, pues el divino estenógrafo que lo puede todo, lo adivina todo y lo prevé todo, y es capaz de hacer juicios sobre todo, luce una vez más con todo su esplendor. Stendhal nos describe la batalla de Waterloo tal como la ve Fabricio del Dongo; en el Waterloo de Erkmann y Chatrian, dos espléndidos novelistas franceses, ahora poco leídos, asimismo se nos da el punto de vista del soldado. En cambio,Victor Hugo ve Waterloo en conjunto y con mucha mayor claridad que como la vieron Napoleón,Wellington o Blücheer.
Vargas Llosa, autor de un notable libro sobre novelas del siglo XX titulado La verdad de las mentiras, insiste aquí sobre el enunciado de este título: si la novela es contar mentiras de verdad o verdades de mentira. Eso está bien que se lo planteen tipos como Gonzalo Suárez cuando quieren dar la impresión de que ellos también teorizan; pero es planteamiento, a estas alturas, impropio de un autor serio. Mayor interés tiene Vargas cuando se ocupa de aspectos puntuales, analiza los personajes o llega a la conclusión de que esta novela, que pareció demoledora a los conservadores de su tiempo, hoy sólo resulta suavemente socialdemócrata. Los tiempos pasan para las posiciones políticas, mas no para la novela, que continúa resultando apasionante. Y como Los miserables es una novela muy entretenida, esta reflexión sobre ella se lee como una novela.

 

01/06/2005

 
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