ARTÍCULO

Próximos y desconocidos

Anagrama, Barcelona, 1997
Trad. de Damián Alou
408 págs.
 

En este libro, eco ampliado de otros que le preceden, Sacks viaja con mucha más frecuencia que en los anteriores. Lo hace, parece, para captar en su contexto esa experiencia vital –una enfermedad, una anomalía, lo que sea– que tanto difiere de nuestras nociones de normalidad. Al modo de un etnógrafo de otra época, el neurólogo angloamericano se deleita también en el desvelamiento de los recovecos ocultos de la humanidad. Pero no hay que extremar los parecidos que sugiere el título de esta obra. Sacks no busca pueblos o colectividades, sino casos singulares de individuos concretos. El desplazamiento, además, no es sino consecuencia de lo dispersa que debe ser hoy día la clientela de un médico famoso. Y, sin embargo, logra poner ante el lector, mejor que muchos antropólogos, vivencias a cuyo entendimiento somos más bien reacios. Todo eso que solemos meter injustamente en el saco de las enfermedades y a lo que tan sólo acostumbramos a oponer nuestra cerrazón por lo mucho que nos desazona.

Hay una gran variedad en las historias que Sacks ilumina con su magia narrativa. Se trata de casos diversos en cuanto a sus etiologías, síntomas e individuos afectados. Ni siquiera el padecimiento de que se trate los identifica con un colectivo, o al menos no son o tardan en ser conscientes de ello. El único elemento común recalca, justamente, lo diverso: «Siete metamorfosis provocadas por el azar neurológico, metamorfosis que han dado como resultado estados alternativos del ser, no menos humanos por ser tan distintos». Algo que conjuga bien con una actitud chestertoniana frente a la ciencia poco afín a la fría objetividad y al distanciamiento: «No intento –decía Chesterton y recuerda Sacks– salir del hombre. Intento adentrarme en él». Sacks lo consigue sobradamente con sus relatos.

Ante todo, la lectura de cualquiera de sus libros se hace realmente apasionante. El profano en materias médicas puede adentrarse con pocas dificultades y sin enojosas aclaraciones en las complicaciones de la perturbación neurológica de que se trate. Parece que importa mucho al autor transmitir a su amplia audiencia el añejo principio médico de que no hay enfermedades sino enfermos. Esto es, seres humanos como cualquiera de nosotros, pero a los que solemos imaginar con algún tipo de limitación o de carencia. Pues bien, tal vez uno de los mayores logros de Sacks consista en hacer que nuestras convicciones comiencen a resquebrajarse tras la lectura de cualquiera de los relatos. En un doble sentido, ya que nuestra normalidad (en lo que vemos, oímos, sentimos) empieza a parecernos no poco artificiosa y, también, porque descubrimos nuestras propias carencias. El joven autista, por ejemplo, nos revela con sus dibujos la pobreza de nuestra retentiva visual; la otra autista, ingeniera y bióloga, que trata de hacer menos espantoso el destino de bestias abocadas a morir para alimentarnos, nos hace sentir la pérdida de una primigenia comunión con el mundo animal. Hasta el pobre hippie, anclado por un tumor cerebral en los sesenta, nos pone frente a un espejo y nos fuerza a reconocer cómo tratamos de detener el flujo temporal con ritos profanos y ceremonias conmemorativas.

Por otra parte, la singularidad de los relatos y la morosa delectación de Sacks al resaltar la especificidad de cada protagonista no excluye que la narración siga un esquema o patrón común. En varios relatos (de éste u otros libros suyos; el precedente más claro de esta obra es El hombre que confundió a su mujer con un sombrero) los pasos o actos del drama son muy claros: descubrimiento, súbito o no, de la perturbación, trastocación de las relaciones familiares y sociales debida a la enfermedad o accidente causantes, reintegración final en una nueva situación. La aparición del médico y narrador suele ocurrir en el segundo acto y su presencia y asistencia contribuyen al encauzamiento del problema y a su solución. En otros casos, sin embargo, el neurólogo parece actuar más bien como notario que da fe del portento que la anomalía conlleva. Al primer tipo pertenecen tres de las historias de este libro (el pintor ciego al color por accidente de automóvil, el hippie mencionado y el ciego que intenta acercarse al mundo de la visión y termina volviendo a la oscuridad). Al segundo, las de los dos autistas y la del abracadabrante cirujano touréttico, aquejado de tics que no le impiden realizar una espléndida labor profesional. Un caso intermedio viene a ser el del pintor obsesionado con el paisaje de una Italia rural ya inexistente. Con todo, la nota que homogeniza los diversos relatos (y que los une con los de otros libros de Sacks) es la búsqueda de lo que aporta, paradójicamente, la limitación de una facultad o sentido. Esto es, el portentoso desarrollo de otros sentidos o facultades.

El caso de los idiots savants (el nombre con que fueron motejados los autistas en otra época) es especialmente significativo al respecto. En otro lugarMe refiero a las interesantes páginas introductorias que el autor dedica en su El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Barcelona, Muchnik Editores, 1987, págs. 219 y ss., Sacks ha resaltado cómo los simples con talento se mueven en el mundo de lo concreto. Para bien y para mal. Algo que conecta con esa virtud, tan resaltada por Lévi-Strauss, del pensamiento salvaje como antítesis perfectamente válida del pensamiento abstracto y conceptual que impera en la filosofía y en la ciencia occidentales. Ahora bien, tendremos que desechar las polaridades estructuralistas si queremos entender algunas paradojas que los autistas nos ofrecen. Stephen Wiltshire y Temple Grandin son personajes extraordinarios. El primero, un adolescente inglés, reproduce paisajes, edificios o pinturas con asombrosa fidelidad al modelo original. El objeto de que se trate pasa al papel tal cual se percibe (dirá la madre de otro artista autista), no como se concibe (añadirá el neurólogo). Tal vez por eso no sea muy afortunada la equiparación de autistas y salvajes, a no ser que se tenga una noción roussoniana y prenatural de los segundos. Porque lo que hace de Stephen o de Grandin seres diferentes no es que pertenezcan a otra cultura, sino que la de su entorno no ha podido interferir en sus percepciones. Temple Grandin se identifica con el mundo animal en la misma medida en que se manifiesta indiferente a la emotividad habitual en otras mujeres. Una y otra historia, en todo caso, deberían obligarnos a concebir las relaciones entre cultura y biología de manera mucho más compleja de lo que solemos. El autista, excepcional o no, se nos presenta como un ser que proyecta sobre la realidad un potente foco que segmenta ésta de manera que, aunque siga siendo reconocible, se nos hace ya perturbadora en su nitidez. Insensibles a lo intrincado de nuestras existencias y percepciones, algunos autistas se mueven con facilidad en el terreno de la pura técnica o en el reino de los números, esas «ventanas a otro mundo» como los llama uno de ellosEl hombre que confundió..., cit., pág. 265..

Claro que en estas como en otras maravillosas historias de Sacks rondamos sin duda la excepcionalidad dentro del universo de casos monótonamente desesperantes. Islas de talento, los denomina el autor. Pero el prodigio no oculta el drama humano que cada singularidad acarrea. Tras los portentos, la fragilidad de Stephen o el patetismo de Temple. El ciego Virgil, al tratar sin éxito de recuperar la visión, se sitúa en un intolerable camino intermedio entre la ceguera y la luz, sin lograr «morir como ciego para volver a nacer como una persona que ve»El mundo de la ceguera aparece como el del imperio del tiempo. Es interesante tener en cuenta, como contraste, un libro de Sacks muy diferente de los que le han hecho famoso. Me refiero a «Veo una voz». Viaje al mundo de los sordos, Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 1996, y que contiene muy agudas reflexiones sobre el lenguaje en general y el de los sordomudos en particular.. Su liberación sólo vendrá, paradójicamente también, con la vuelta definitiva a la ceguera. Sin embargo, cada personaje de Sacks busca algún acomodo y alivio a sus tormentos y suele encontrarlo. El epiléptico Franco Magnani mantiene su pueblo italiano fijado atemporalmente en sus cuadros y al margen de sus avatares. La lesión en el lóbulo frontal del entrañable hippie Greg le permite encontrar la vía al santuario de la amnesia para todo lo que no sean sus años felices. Además, con una óptica amable y sarcástica a la vez, Sacks nos hace recorrer con Greg los avatares y sueños de nuestra época: desde la infancia confiada y ordenada de los cincuenta al rock, el ácido y la conciencia Krishna de turbulencias posteriores. El mundo de la acromatopía, el del pintor ciego al color tras un accidente, permite al lector rozar al menos cuestiones cruciales sobre la percepción visual, el significado y los sistemas de representación. También el pintor logra otra suerte de equilibrio: una nueva creatividad en blanco y negro.

Por otra parte, no es tan insalvable el foso entre supuestos sanos y manifiestamente enfermos. Tal vez el puente entre esos mundos –tan distintos, tan cercanos– y nosotros lo simbolice el cirujano aquejado del síndrome de Tourette. El paroxismo de la gesticulación ritual, el tic llevado a sus extremos más llamativos, se conjuga con un discurso completamente normal y una vida, familiar y profesional, nada estridente. Esas dos carasMaravillosamente aprovechadas por el batería Ray de El hombre que confundió..., «sobrio, cavilador, pausado, de lunes a viernes [...] frívolo, inspirado, los fines de semana». nos ponen ante los leves y reprimidos, pero innegables tourettismos de todos nosotros. La frontera entre estos otros cercanos y nosotros se hace peligrosamente difusa. Y como ella tantas otras que solemos trazar entre el genio y la locura, la salud y la enfermedad. Sacks nos recuerda cómo algún conocido especialista se ha preguntado si Wittgenstein y Bartok no fueron en realidad autistas y recalca también que a muchos de éstos les gusta incluir a Einstein en sus filas.

Una obra como ésta contesta bastantes preguntas y, afortunadamente, suscita muchas más. Algunas de alto calado filosófico y otras más a ras de tierra. Y no pocas dudas. Entre éstas, estoy seguro de que a más de uno se le antojarán no poco idealizadas las relaciones médico-enfermo que transparenta este libro (mucho más que otros de Sacks), sobre todo si conoce mínimamente el funcionamiento de la sanidad norteamericana. El amplio entramado de intereses económicos, la diversidad y complejidad de las instituciones hospitalarias y mil otros aspectos sociales y culturales interfieren en esas relaciones. Todo eso brilla por su ausencia en Un antropólogo en Marte. Más de una vez el lector se preguntará quién paga, cómo y a qué costo el precioso tiempo que el doctor Sacks dedica a sus pacientes. A esas preguntas no hay respuesta alguna. Eso sí, cuando el viaje no tiene claramente una misión asistencial o curativa (los casos de los autistas, el del cirujano touréttico), Sack le evoca a uno más que nunca aquellos exploradores victorianos que empleaban sus propios recursos para descubrir mundos nuevos a sus contemporáneosLos lectores de Sacks, muy diversos a buen seguro, no deben esperar ni de este ni de otros libros un aparato crítico detallado cual si se tratara de una obra para público especializado. Sus obras disponen, en todo caso, del suficiente material bibliográfico que permita tanto calibrar las fuentes como, al más interesado, ampliar sus conocimientos en un determinado tema. Quizá esa virtud del autor de penetrar en públicos muy amplios tenga en alguna ocasión la contrapartida de la ligereza a la hora de citar referencias ajenas. Tal es el caso de la incomprensible confusión (nota de pág. 158) entre dos relatos de Poe (El escarabajo de oro y La esfinge) que en nada se parecen, a no ser en el papel que dos insectos –artificial y real, por otra parte– juegan en la trama..

01/10/1997

 
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