ARTÍCULO

Arte de vagabundo

Alianza, Madrid, 432 págs.
Trad. de Manuel Talens
 

Nada como leer que La Coruña es como «un Escorial a contrapelo», o las alusiones a las iglesias gallegas «suntuosamente pobres», o a sus «ayuntamientos sin tejado» (entre otras muchas cosas), y la descripción de España como el lugar de Europa en el que «las autoridades maltratan más a los ciudadanos» (págs. 37 y ss), para comprender que el autor es de otro tiempo.
Lo fue. Blaise Cendrars, seudónimo de Fréderic Louis Sauser (18871961), hijo de una escocesa y un hombre de negocios suizo de irregular fortuna, no sólo vivió una existencia azarosa y viajera (veintisiete domicilios en Francia, donde se nacionalizó), más concebible en la primera mitad del siglo XX que ahora, sino que luego fue uno de los profetas, por así decir, de la autoficción tan practicada hoy en día. Esto es, la conversión de la propia vida en escritura ni memorialista ni de novela, sino algo a caballo entre las dos. Si a eso se añade que en su escritura pretendió introducir la relatividad, uno de los grandes descubrimientos del siglo, «como un sustrato de mis frases», el resultado no puede ser menos que un texto abigarrado en el que no es posible aislar ni el blanco ni el negro, ni estar seguro de nada.

Pero no importa: el resultado es, en el mejor sentido de la palabra, encantador. En la línea de su célebre Moravagine (1926), quizá el más conocido de los libros de un autor con frecuencia vanguardista –su Or influyó en Faulkner–, llega pronto el momento en que no sólo no importa nada si Trotamundear (bourlinguer: «arte de vagabundear») es verdad o ficción, sino que con los caudalosos recuerdos que dan pie al libro de Cendrars se puede intuir hasta qué punto la memoria es ficción o, si se prefiere, hasta qué punto la imaginación tiene siempre autoridad en cualquier escritura.

Libro almacén, cajón de sastre, dietario libre... lo que se prefiera, Trotamundear puede ser abordado desde muchos puntos de vista, formales y sobre todo temáticos, pues narra desde juegos infantiles sobre la tumba de Virgilio a la descripción de la librería más increíble de París (y del mundo). Lo que unifica todo el libro es, quizá, la alegría. Lo dice él mismo: «Hoy he cumplido sesenta años y esta gimnasia, estos malabarismos a los que me entregaba para seducir al grumete, los ejecuto ahora ante mi máquina de escribir para mantenerme en forma, con la mente alegre...» (pág. 195). Y el malabarismo mayor no es otro que el que, a lo largo de la larga primera mitad del siglo XX , y en muchos sitios, desde Italia a Brasil pasando por China, España y París, va construyendo el retrato del protagonista.

Lo interesante, claro, es que no se trata de un retrato al uso. Y no porque cuente innumerables peripecias, que en ocasiones desafían la credulidad más tenaz, como cuando el autor enumera las botellas que pueden caer en una velada con una millonaria suramericana, sino precisamente porque no hay forma de configurar un único retrato. Integrado por capítulos de extensión y naturaleza muy diversa, hasta el punto de que alguno, como París, puerto de mar, podría independizarse como libro, cuantas más páginas se suman, más difuso queda el retrato de Cendrars, uno de los escritores menos etiquetables del último siglo. El retrato de un hombre libre, si es que aún somos capaces de reconocerlo. Él decía que era el primero de su nombre, pues, en fin de cuentas, se había inventado el suyo. Que juega con ceniza (cendre), pero también con brasa (braise). Francófono de miras amplias y voracidad lectora, Cendrars tenía incrustado en los nervios una especie de nomadismo anglosajón y vivía como un marinero anarquista ruso. Y así se comportó cuando, muy joven, a comienzos de siglo, emprendió sin billete un viaje de polizón, vendiendo navajas o haciendo cualquier tipo de oficio, en trenes que le condujeron hasta Rusia y hasta China, o a Londres, donde compartió una habitación de estudiantes con un desconocido llamado Charles Chaplin. Y luego a la Legión Extranjera francesa para, en la Primera Guerra Mundial, perder un brazo y adquirir una silueta única e inconfundible. En su existencia, al parecer sólo dos palabras tenían importancia: viajar, escribir.

Aunque fue uno de los inventores de la escritura simultánea –y en la suya se puede percibir la honrada conjunción de teoría y práctica–, no es extraño que, en un pasaje que devuelve el recuerdo del mejor París literario, el maestro que reclama Cendrars sea Rémy de Gourmont, un naturalista de prosa exquisita cuyos contemporáneos jamás habrían creído que sería olvidado, como tantos.

01/12/2004

 
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