ARTÍCULO

Tesoros del poder

 

Las exposiciones conmemorativas sobre acontecimientos o personajes históricos, tan abundantes en los últimos años, han dado lugar a un tipo de publicación que ya reclama un lugar propio dentro de la producción bibliográfica: el catálogo de gran formato, buen material, mejores ilustraciones y precio subido que, no obstante, alcanza a veces tiradas sorprendentes. Suele estar articulado en dos grandes bloques: el inventario de las piezas expuestas y una colección de ensayos a cargo de reputados especialistas en la materia. El conjunto integra así el catálogo propiamente dicho y el libro de historia, fórmula feliz donde apenas caben otras variaciones que las relativas a las dosis de calidad de materiales y escritos.

Una de las últimas producciones de esta serie es el catálogo de la exposición El oro y la plata de las Indias en la época de los Austrias, organizada por la Fundación ICO. La exposición no rememora hecho alguno acontecido en fecha acabada en 9, 99 o 999, pero no carece de oportunidad, en vista de lo que en este preciso año se ha ventilado a propósito del euro. La moneda única ha venido a recordarnos la existencia de otras monedas que fueron también «signo y símbolo del poder y de la riqueza», de «la preeminencia internacional a través de la calidad y fortaleza de las acuñaciones y sistemas monetarios», como en el caso del áureo, la libra o el dólar.

Hubo un tiempo en que nosotros mismos tuvimos, entonces en exclusiva, tales poderes en nuestras manos. Fue el tiempo llamado «de la preponderancia española», cuando junto al dominio político sobre vastísimos territorios en las cuatro partes del mundo se impuso una cierta unión monetaria, asentada sobre el quasi monopolio que la Monarquía Hispánica disfrutaba sobre las «fuentes» de oro y plata ubicadas en sus dominios de América. El auge de la Monarquía Hispánica en el sistema europeo de estados estaría en relación con el de la pecunia que según decían era nervus de su actividad bélica y diplomática. Se habla de unos Austrias «mayores» (Carlos I y Felipe II) y de otros «menores» (los Felipes III y IV y Carlos II), refiriendo el carácter «mayor» y «menor» a la cosecha larga o corta de tesoro.

De las casi 800 páginas que ocupa el catálogo que reseñamos, 650 contienen los 40 ensayos y el resto, la relación de las 500 piezas que en su día se exhibieron al público. El primer cuerpo se divide, a su vez, en siete epígrafes, que van desde las formas artísticas de la orfebrería en tiempos precolombinos hasta la distribución del tesoro por Europa. Pasando por asuntos tan interesantes como la actividad minera, el transporte del metal hasta la metrópoli, la amonedación y la orfebrería y, finalmente, el uso que de este caudal se hizo para sostener la Monarquía de los Austrias, esto es, el tema de las «finanzas imperiales».

Todo empezó con Colón. En su diario aparece ya el 13 de octubre: «Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vide que algunos dellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz, y por señas pude entender que yendo al sur o volviendo la isla por el sur que estaba allí un rey que tenía grandes vasos dello, y tenía muy mucho». Había oro, en efecto, tanto en las Antillas como más tarde en México y Perú; y Castilla, como toda Europa, andaba a la sazón más bien escasa de metales preciosos. La actitud de Colón es imitada por Cortés: «En las listas de Moctezuma mirábamos de dónde traían los tributos de oro y dónde había minas». Y aquí, en México, sí pueden destesaurizarse cantidades significativas; tanto como para que Carlos I perdone las trapacerías de Cortés. Destesaurización: es la palabra clave durante estos años. Los españoles requisan el tesoro acumulado por antillanos, mexicanos y peruanos. Las piezas figuran en el catálogo (págs. 31-60) y muestran, más allá de su belleza, que los pueblos de América no otorgaban al oro y la plata el carácter de signos monetarios (lo que no significa que no les concedieran «valor»). Los conquistadores sí lo hacían y los archivos guardan los registros que los escribanos reales confeccionaron de tal o cual depósito. Aquí puede verse una «Relaçión del oro e joyas e otras cosas» de 1496 enviada por Colón, lo mismo que otra del «oro e joyas e plata» procedentes del tesoro de Tenochtitlán (1522).

La época de la destesaurización dio paso a la del tratamiento industrial de los minerales preciosos. Los españoles usaron inicialmente técnicas y artífices indígenas, en ausencia de una sólida tradición al respecto. Dado que las vetas de plata se revelaron muy pronto como las más abundantes, fue en esta producción donde se concentraron las mejoras más sustanciales, incluso hasta pocas décadas antes de la independencia (México). Por otra parte, el hecho más trascendental durante la época de los Austrias para el tratamiento industrial de la plata fue el descubrimiento (?) hacia 1553-1554 de la amalgamación con mercurio que Bartolomé Medina dio a conocer por entonces. El episodio, de capital importancia, está recogido en diversos capítulos de la parte III del catálogo. A partir de su extensión a las riquísimas minas de Potosí, hacia 1571 ó 1572, las cantidades de plata beneficiadas crecieron de forma espectacular hasta fin de siglo. El problema no residió entonces en la cantidad en sí de mineral susceptible de beneficio, sino en la oferta que de mercurio pudieron mantener Almadén o el ya lejano yacimiento de Idria o Idrija (Eslovenia). Afortunadamente para las autoridades españolas del momento, el preciado mineral de mercurio apareció también en el mismo virreinato del Perú, en Huencavelica, cuyos filones comenzaron a ser explotados hacia 1571. El eje Huencavelica-Potosí se convirtió en un complejo industrial de primer orden, la más importante concentración de riqueza y mano de obra de la economía mundial de aquella época. El catálogo da buena cuenta de las peculiaridades de las ciudades surgidas al calor de estas actividades, como la misma Potosí, Guanajuato, Zacatecas y alguna más en Nueva España. Se echa en falta aquí, con todo, la atención al elemento humano, indígena, sin cuya participación, forzada o no, hubiera sido inimaginable el levantamiento de semejantes tinglados. El lector interesado podrá acudir a Los mineros de la montaña roja, de Peter Bakewell, si quiere conocer las formas en que se produjo la incorporación de la mano de obra indígena a los procesos industriales generados por la minería de la plata.

Esta plata nada valía, por otra parte, hasta que no se hallaba a buen recaudo en este lado del océano. Todo dependía, pues, de las condiciones de seguridad que el sistema imperial pudiera garantizar. A la carrera de Indias, habitualmente entendida como mera travesía del océano, hay que agregar, por tanto, los puertos de ambas orillas, especialmente cuando las flotas y galeones volvían de allá. Los textos del capítulo IV ("El transporte del oro y la plata a España") pasan revista así, en primer lugar, a los caminos que, por ejemplo, en el Perú aseguraban el vital suministro del mineral de mercurio desde Huencavelica a Potosí, rutas tanto terrestres como marítimas (pág. 336). A continuación, y una vez lograda la plata, era conducida por la costa del Pacífico hasta el istmo de Panamá, desde donde se reexpedía a La Habana, para seguir camino hacia el Viejo Mundo. Es sabido que ciudades como La Habana, Nombre de Dios o Portobelo, lo mismo que lugares de tránsito como el canal de las Bahamas o los aledaños de las islas de los Azores, figuraban en la agenda de los corsarios como meeting points que valía la pena frecuentar. Ni siquiera Cádiz se vio libre de acosos y saqueos.

El catálogo dedica otro capítulo, el V, a atender las dos principales «transformaciones» que el oro y la plata solían experimentar, a saber, la amonedación y el trabajo de orfebrería. Los historiadores han dedicado preferente atención a las vicisitudes acontecidas al metal –amonedado o en barras– una vez que éste llegaba al arenal de Sevilla. La propia consolidación de la ciudad del Guadalquivir como cabeza de todo el sistema colonial tuvo no poco que ver con su previa maestría en el trato financiero. Sevilla pasó, pues, a ser en la época de los Austrias el ombligo económico de una economía mundial en la que la tenencia de metales preciosos otorgaba la primacía. Con el oro y la plata de las Indias se impulsó el funcionamiento de las redes bancarias doméstica e internacional, unos crecientes niveles de circulación monetaria y, en fin, una política imperialista que nunca hubiera llegado donde llegó de no haber estado respaldada por el real de a ocho.

El capítulo final aborda «La expansión del oro y la plata por Europa» con especial atención a la dispersión del tesoro de Indias como contrapartida dineraria a la prestación de los servicios militares y diplomáticos que entonces requirió la España de los Austrias. El tesoro entra así a formar parte, como una renta más, del sistema fiscal de la Castilla de la época, lo que ineludiblemente conduce al tratamiento de loci communes como «El coste del Imperio para la economía española». El tópico interesó a los contemporáneos y sigue fascinando a los historiadores. Aquí se hallarán excelentes panorámicas del problema, junto a no pocas luces para aclararlo. Es el turno de la relación entre las disponibilidades económicas de la Monarquía y la política dinástica, sus hechos más sobresalientes. Pero no todo es tan sencillo como la mecánica contraposición entre un siglo XVI de crecientes remesas en paralelo con los brillantes reinados de Carlos I y Felipe II, y los días más tristes de sus sucesores, cuando poco a poco irá apreciándose el agotamiento de los filones americanos.

La obra, en fin, constituye la más completa puesta a punto que sobre el tema pudiera hoy demandarse. Junto con la próxima edición de las actas del coloquio que acompañó a la exhibición («Dinero, moneda y crédito. De la Monarquía Hispánica a la integración monetaria europea») y que cronológicamente supera el tiempo de los Austrias, podremos disponer de un exhaustivo inventario de respuestas a los problemas que siguen preocupando a los historiadores interesados en la aventura de la moneda.

01/09/1999

 
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