ARTÍCULO

ALEJANDRO AMENÁBAR. Tesis

 

En Tesis uno de los personajes comenta lo aburridas que resultan las películas españolas y el público ríe la gracia. Y no crean que es fácil provocar tal efecto hilarante. Han sido precisos al menos dos requisitos. Primero que la película fuera española; imagínense ese mismo comentario en una película americana, sería poco menos que un casus belli contra nuestra industria cinematográfica. Pero también que la película sea de un autor joven, porque sólo un joven puede hacer tal declaración inocentemente, siquiera sea para anunciar que quiere romper con un modo de entender el cine, o de hacerlo, del que no se siente responsable.

No he visto otras películas de directores jóvenes, salvo la de Agustín Díaz Yanes, por tantos motivos elogiable. Así he dejado pasar El día de la bestia, Hola, ¿estás sola? y desde luego otras, que se me han ido quedando transconejadas, supongo que por la mayor dificultad que tiene el espectador de topárselas en sus carteleras habituales, en contraposición a la consabida oferta norteamericana. Pero Tesis puede tomarse como muestra representativa de tal tipo de cine, que no es preciso ver para atisbar algunas de sus mejores cualidades, pues la más sobresaliente de ellas es apriorística, quiero decir que ni siquiera pertenece al ámbito del cine, sino a un modo de estar en la vida propio de cada generación. De aquel cine gracioso y costumbrista del franquismo, salvadas naturalmente cuantas excepciones haya que salvar, pasamos a un cine sorprendentemente creacionista –el creacionismo no fue un fenómeno exclusivamente poético– impulsado paradójicamente por hombres que se decían no sólo de izquierdas, sino muy de izquierdas, un cine en el que el ombligo del autor era tan grande como el sol, y, claro, todo giraba en torno a él, derrochando presupuestos en la elaboración de sinfonías plásticas, con más contenido autista, por no decir autístico, que artístico, eso sí, muy jaleadas por los medios.

Acaso más que pericia, o talento, lo que nos ha faltado aquí es modestia. Nos ha faltado modestia y nos han sobrado complejos. Han tenido que pasar muchos años, más de veinte desde la muerte de Franco, para que esto se haga evidente. Por eso es celebrable el desparpajo de estos jóvenes, su ausencia de prejuicios, para hacer sin miedo lo que les venga en gana, un cine para un público. Y eso es Tesis: desparpajo, porque el talento ha de suponérsele, como el valor al militar, a quien se le entrega la dirección de una película, claro que hay que felicitarse de las dosis de lo uno y de lo otro que ha mostrado el joven Amenábar. Es la suya una ópera prima casi con el planteamiento industrial de una práctica fin de carrera, como algunas de las que se realizaban en aquella vieja escuela oficial de Génova, rodada incluso mayoritariamente entre los muros de la Facultad de Ciencias de la Información. Y, sin embargo, ese escenario, tan limitado y específico, refuerza, por contra, la atmósfera espiritual de la película, la vida en la gran urbe, con su gran dispersión de tipos humanos, representada por estudiantes y profesores. Sin trascendentalismo, sin que asome la oreja una ideología determinada, sin carnaza en escenas de cama, sin abusar de la sangre, a Tesis le basta y le sobra, por ejemplo, con la banda sonora para agobiar al espectador. Hay ritmo en la narracción, ritmo, y el espectador sigue la ley del cine, no la ley del autor. Algo que viene siendo casi de precepto en cualquier película norteamericana.

La aventura de Tesis la protagonizan estudiantes de la Facultad de Ciencias de la Información, lo que no es lo más novedoso, sino que el papel principal sea el de una chica, si no recuerdo mal la primera protagonista femenina española de estas características, que investiga por su cuenta y riesgo una red de asesinos de chicas jóvenes. Pues bien, lo que en la vida real tal vez no resulte creíble, en el cine sí. Y algo que sólo unos años antes podía provocar la risa, trastocando los objetivos de cualquier realizador, como esas obras de teatro que hacíamos en el colegio donde en el momento de mayor dramatismo se nos caía la barba postiza y todo eran risas en el patio de butacas, aquí no se da. En Tesis no hay risas. O hay las justas, las que pretende el director, pues desde la primera secuencia el terror se aliña con una leve comicidad distanciadora, no tan refinada como la del maestro Hitchcock, pero más que notable, lo que se ve ya en la primera secuencia, cuando el vagón del metro se para entre estaciones y el jefe de tren pide a los viajeros que salgan a pie sin mirar a su derecha porque hay un cadáver partido en dos. El personaje interpretado por Fele Martínez es básico a esos efectos, él polariza la identificación del espectador con la película al recrear a un tipo humano singular, con todas las variaciones que se quiera, que pulula con bastante frecuencia por nuestras universidades.

Hay en Tesis, dentro de un elevado nivel de calidad, secuencias memorables, como esa huida por los ominosos pasillos de la facultad a oscuras, con Fele Martínez encendiendo una cerilla tras otra, llevando a su lado a Ana Torrent, aterrorizados ambos, ella sin disimulo y él liberando su miedo con ocurrencias graciosas. Amenábar, con los siete goyas de Tesis, se ha situado a la vanguardia de esa generación de cineastas que están logrando algo, hasta hace bien poco, insólito en nuestras películas: meter a los españoles en el cine. Y no hablo de taquilla, sino de narración cinematográfica.

Amenábar, y algunos otros directores, han conseguido que los españoles sean también ciudadanos de ficción creíbles. Tesis, desde el principio una historia que se sabe de ficción, está dotada de una verosimilitud cinematográfica muy convincente. Y eso es simplemente lo que tiene que ser y que no siempre es. Porque no en vano el cine es por antonomasia el mundo de los sueños. Y los sueños hay que creérselos, al menos mientras se sueña.

01/03/1997

 
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