ARTÍCULO

Tabucchi y la política

Traducción de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira Anagrama, Barcelona, 1998
165 págs. 1.500 ptas.
Sellerio, Palermo, 1998
 

Para algunos, los que quizá no conozcan la obra del italiano Antonio Tabucchi en toda su extensión, hay un antes y un después de su Pereira, personaje que simbolizaría toda una declaración de principios. Sin embargo, la primera obra de Tabucchi, Piazza d'Italia, de 1975, editada ahora por primera vez en nuestro país, desmiente esta impresión. Allí latía ya una preocupación cívica, el autor se planteaba un interrogante sobre el devenir de su país y no se arredraba en el momento de la polémica. Tabucchi defendía una «función» (esporádica o no) de los intelectuales, de la que todos los italianos de su generación se sienten huérfanos, desde la desaparición de conciencias, o centinelas de la conciencia colectiva, de la talla y el carisma de Pasolini y Sciascia.

«A menudo la crítica algo snob de los periódicos de izquierda me ha atribuido un presunto hiperliterarismo, demasiado cosmopolita. La acusación era que mis libros no hablaban suficientemente de la realidad. El cosmopolitismo era una injuria utilizada por los estalinistas en los procesos contra los intelectuales disidentes que se preocupaban por el mundo en general...» Con este párrafo de su artículo «Catullo e il cardellino», publicado en un número de la revista Micromega de Paolo Flores d'Arcais dedicado a «La cultura y el compromiso», Tabucchi confirmaba, para quienes no lo tuvieran claro, el malestar que en él provocaban ciertos comentarios que lo trataban de «esteta literario», como si fuera un decadente a lo Mario Praz o un exquisito posmoderno a lo Alberto Arbasino, escritores de los que siempre se sintió en las antípodas. En ese artículo citaba a sus dos modelos fundamentales de lo que tiene que ser un escritor, y en especial la figura dual y complicada del escritor/intelectual. Ellos eran, por supuesto, los ya citados Pasolini y Sciascia. Pero no los dejaría allí. En su última y pequeña obra, o pamphlet, Lagastrite di Platone, nacida en Francia a instancias de su amigo el escritor Bernard Comment, la explícita dedicatoria («a la querida memoria de Leonardo Sciascia y Pierpaolo Pasolini, con mucha nostalgia») no deja lugar a dudas de la orfandad que muchos sienten. Por un lado, Sciascia «que desde Sicilia, y su metáfora, consiguió elevar a su país a símbolo universal del mal» (Micromega) y, por otro, Pasolini, «nuestro amado Pasolini, que afirmó "yo sé" sobre todos los misterios de Italia, que opuso a la lógica de Wittgenstein del silencio un conocimiento conjetural y creativo» (La gastrite di Platone). Tabucchi dirige su carta «sobre la figura del intelectual en nuestros días» al cautivo y célebre dinosaurio de Lotta continua en prisión, auténtico símbolo de los anni di piombo en Italia: Adriano Sofri, supuesto ideólogo e inductor del asesinato en 1972 del comisario Calabresi. (A este mismo caso le ha dedicado todo un libro Carlo Ginzburg, el famoso microhistoriador hijo de Natalia Ginzburg: Il giudice e lo storico, de 1991, traducido en Anaya/Mario Muchnik, en 1993.)

Ese librito es en realidad una contestación a un artículo provocador, reeducador y con intención de rapapolvo goliárdico, firmado por Umberto Eco, en su página de colaboración habitual del semanario L'Espresso. El artículo llevaba por título algo que Eco ya ha venido proclamando de una manera u otra en los últimos años: «El primer deber de los intelectuales: estar callados cuando no sirven para nada». O sea, zapatero a tus zapatos, intelectual a tu obra. Es ya famoso este papel que Eco se ha impuesto en su país, de un modo contundente, aunque siempre salpicado de innumerables sarcasmos e imágenes ocurrentes: actuar como comisario antipolítico frente a los ardores de la participación (injerencia, según él) pública de los intelectuales, como guardián celoso de la impenetrabilidad, o mejor, de la esencia intransferible de la política. Eco adopta una sensatez populista, neoconservadora; si no represiva, sí «preventivo» contra la irreflexión y el infantilismo embrollador («los intelectuales, por oficio, crean las crisis, no las resuelven»), nostálgico, de sus antiguos compañeros de libertinaje utópico e izquierdista de los años setenta. Eco presentaba la situación en forma de fábula no carente de cinismo: «Cuando una casa se quema, el intelectual sólo puede buscar comportarse como una persona normal y de buen sentido, como todos, pero en cambio si cree tener una misión específica, se hace ilusiones, y quien lo invoca es tan sólo un histérico que ha olvidado el número de teléfono de los bomberos». La respuesta de Tabucchi a Eco evoca famosas polémicas habidas en Francia en su día, como la de Maurice Blanchot, cuando respondió en un artículo de la revista Débat de 1984 a otro de François Lyotard titulado Tombeau de l'intellectuel. Lyotard se remitía al ideal del siglo XVIII, en el que se habría dado «una unidad totalizante, una universalidad, que a partir de la segunda mitad del siglo XX desaparece del pensamiento», para defender el papel del intelectual como «funcionario de la cultura». La respuesta de Blanchot (reeditada en Francia no hace mucho: Les intellectuels en question, Fourbis, 1996) se oponía frontalmente a esa reducción del intelectual a la condición de simple gestor.

De esto mismo trata Michel Winock en su monumental obra Le siècle des intellectuels, consagrada a los intelectuales franceses de este siglo. Tras ocuparse de los años Barrès y de L'action française, de Péguy y de Julien Benda, de Gide (antes y después de su Retour de l'URSS) y la NRF y, por fin, de la posguerra con la hegemonía sartriana, Winock le dedicará un epílogo al final de los intelectuales. ¿Por qué, se pregunta, en el duelo final del caótico y errático siglo de las ideas, plagado de voluntarias y enardecidas «milicias espirituales de lo temporal» (en palabras de Benda) vence un Raymond Aron al ahora ya impronunciable Sartre? Oponiendo al Sartre seductor o flautista de Hamelín de las revoluciones, un Aron racionalista y representante de la inteligencia empírica, Winock concluye así sus predicciones de un futuro cercano: «Moral sin moralismo, compromiso sin ceguera, voluntad de preferir lo real a lo imaginario, moderación afirmada..., todo lleva a pensar, tras la muerte de Raymond Aron, que si este modelo se acababa imponiendo, se podía estar asistiendo al fin de los intelectuales como conciencia colectiva de la sociedad. No es que se les prohíba la política, sino que se ocuparán de ella, cada uno con su propia competencia, con sus certezas y dudas personales, por su cuenta y riesgo, y no en filas cerradas, detrás de la Idea». Winock propone de este modo una «vuelta al Yo». Intelectuales «creadores de utopías minimal», reunidos puntualmente en Bosnia o en otros lugares muy concretos, «sin tener nada que ver con la política, y donde la moral universal por definición puede aliarse a una acción concreta». ¿Y qué más mínima y lícita aspiración que el sentirse bien en su propia piel, ejercitada por cada uno? Lo dice Adorno en su recién reeditada Minima Moralia (editorial Taurus): «El espíritu práctico del message, la sólida demostración de cómo se deben hacer las cosas, pacta con el sistema en la ficción de que el sujeto social total, que en modo alguno existe en el presente, puede ponerlo todo en orden si cada cual se adhiere a él y se hace una idea clara sobre las raíces del mal. Uno se siente bien donde puede mostrarse como alguien excelente».

Utopías traicionadas; todo un largo siglo de historia que Tabucchi narraba en su obra Piazza d'Italia a través de un minúsculo núcleo de desheredados. La construcción de Italia («aquí, o se construye Italia o se muere», según la frase adjudicada por la tradición a Garibaldi) partiendo de los ínfimos niveles: una familia de anarquistas y perdedores, que persiguieron la tradición y sueño mazziniano, y más tarde republicano y garibaldino. Y unos destinos tejidos y cumplidos, a través de la superstición, los horóscopos, el azar de idas y venidas al núcleo materno, al pequeño pueblo del que sus hijos parten en busca de fortuna a Suramérica, en medio de la dominación a sangre y fuego del invasor alemán, y a través de todos los cambios políticos. Unos cambios que pasan junto a ellos engulléndolos y negándolos a la vez, haciendo de ellos unos extraños, unos incoherentes de la Historia, hasta en el momento mismo de morir: el extrañamiento les hace murmurar un «¡abajo el rey!» fuera de lugar, pues corre el año 1946, el rey ya ha hecho las maletas e impera la constitución de la república fundada en el trabajo... Pero sobre todo, la bala que acaba por fin con el desgraciado de Garibaldo, de nombre sintomático y heroico, «no procedía de un mosquetón de la guardia real», sino de un desconocido, permanente enemigo al acecho.

01/04/1999

 
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