ARTÍCULO

Los verdugos de Stalin

 

Aunque el estudio de la Rusia moderna y la historia soviética ha declinado en los últimos años, de resultas del colapso de la Unión Soviética, los trabajos sobre el estalinismo prosiguen muy activamente. Toda una serie de nuevos libros sobre Stalin y el estalinismo han aparecido últimamente en diversos idiomas occidentales. Este nuevo estudio de Stalin y sus jefes de seguridad lo firma un distinguido catedrático de literatura rusa y georgiana de la London School of Economics. Hasta ahora, como más se ha conocido probablemente a Donald Rayfield es por sus estudios biográficos y literarios sobre Anton Chejov, pero puede que haya sido su trabajo en el ámbito del idioma y la cultura georgianos lo que desató su interés por el más siniestro de todos los georgianos. En su nuevo libro revela que su talento como historiador corre parejo a su labor como estudioso de la literatura. Al principio Rayfield declara que su motivación para escribir el libro fueron los nuevos datos archivísticos disponibles desde 1991 y su esperanza de poder proporcionar al lector un acercamiento nuevo a Stalin y a su sistema de represión tratando estos temas por medio de un enfoque biográfico. Aunque en los términos más amplios esta historia trata de las instituciones de represión soviéticas de 1918 a 1953 –instituciones conocidas por sus acrónimos como CheKa, OGPU, NKVD y MVD–, su modus operandi es abordarlas desde el ángulo de la biografía a través de las vidas de sus dirigentes y sus relaciones personales con Stalin. El objetivo deseado es explicar y contextualizar la obra del aparato de seguridad soviético de un modo nuevo. El libro comienza con un relato de setenta y cinco páginas de los primeros años del propio Stalin y a continuación avanza inexorablemente surcando ríos de sangre hasta el último año de Stalin, incorporando durante este recorrido los perfiles biográficos de sus cinco jefes de seguridad: Félix Dzierzynski (19181927), Viacheslav Menzhinski (1927-1934), Guénrij Yagoda (19341937), Nikolái Yezhov (1937-1938) y Lavrenti Beria (1938-1953). El libro se basa en un vasto conocimiento de la literatura publicada en ruso y en inglés, especialmente los nuevos estudios aparecidos en los últimos quince años, así como en nuevas investigaciones llevadas a cabo en los archivos rusos y georgianos. El modelo global de represión soviético y la evolución de la política de seguridad son, por supuesto, aunque sea sólo en líneas generales, muy bien conocidos, al menos para los especialistas, y la principal pregunta que debe plantearse ante este libro es: ¿en qué medida aporta una nueva perspectiva y ofrece nueva información? La respuesta a esta cuestión es algo compleja. Por un lado, aquí no hay ninguna perspectiva completamente nueva, si bien al mismo tiempo Rayfield ha escrito un libro fascinante que esclarece numerosos temas y detalles, al tiempo que otro de sus grandes logros es entrelazar las biografías e interacciones personales de los principales protagonistas. En este sentido, el libro es único y puede ser leído tanto por especialistas como por lectores más generales procurándoles disfrute y aprovechamiento. El estilo es eminentemente accesible, más directo y vívido que en la mayoría de los relatos históricos. El aspecto más original es cómo se entrelazan las biografías de los cinco jefes de seguridad. Esto resulta especialmente original y satisfactorio en el caso de los tres que han recibido una menor atención por parte de los historiadores: Menzhinski, Yagoda y Yezhov. Es poco lo nuevo que se añade cuando se ocupa de los quince años de Beria, el más longevo políticamente hablando, aunque las 150 páginas que se le conceden le prestan más atención que a cualquiera de los otros. Sin embargo, comparadas con su larga permanencia en la cúspide y la diversidad de puestos importantes que ocupó, apenas resultan suficientes. Por ello, el tratamiento de Beria no va en su mayor parte mucho más allá de la mejor biografía disponible, Beria, Stalin's First Lieutenant (1993), de Amy Knight. Rayfield no ofrece grandes revelaciones sobre Stalin, pero su tratamiento del dictador soviético es sensato y objetivo, y su relato de los primeros años de Stalin está libre de la tendenciosidad de algunas de sus biografías. En este aspecto, el conocimiento del autor de la historia y la cultura georgianas ha sido muy útil, y este tratamiento puede recomendarse como el mejor estudio breve de los primeros años de Stalin. Está libre de las exageraciones freudianas relativas al carácter patológico del entorno familiar de Stalin que se encuentran en Stalin (1977), de Edvard Radzinskii, o la monomanía al hilo de las supuestas relaciones de Stalin con la Okhrana que figura en The Secret File of Joseph Stalin (2001), de Roman Brackman. El hecho de que admita que sea quizá plausible una cierta relación entre Stalin y la policía secreta zarista es característico del análisis prudente y objetivo de Rayfield, aunque éste se niega a aventurarse en una posición peligrosa. Las diferencias de personalidad, e incluso hasta cierto punto de estilo, entre los jefes de policía de Stalin fueron sorprendentes. Dzierzynski fue un idealista fanático y puritano, un ideólogo que reflejaba en gran medida lo que Hegel llamó en cierta ocasión «la tiranía del pensamiento abstracto». Todos sus sucesores fueron mucho más cínicos y autocompasivos, y utilizaron sus poderes para inflar su estilo de vida y satisfacer igualmente sus apetitos sexuales. Menzhinski, al igual que su predecesor, era polaco, no ruso, pero por lo demás era completamente diferente, ya que fue una persona literaria y un bohemio, más un hombre de mundo. Su función fue completar la plena institucionalización del sistema de seguridad, pero también perfeccionar su capacidad para la manipulación, así como para la pura represión, además de completar el desarrollo de sus servicios de inteligencia. Por contraste, el judío Yagoda encajaba mucho más en el perfil de un burócrata puro. El único ruso, Yezhov, en menos de dos años mató proporcionalmente a más rusos y otros ciudadanos soviéticos que cualquiera de los demás, erigiéndose en representante del burócrata como terrorista totalitario. Beria fue el más importante y el más complejo. Absolutamente despiadado, aun en comparación con algunos de sus predecesores, parece haber tenido poco o ningún interés en la ideología marxista-leninista, sino que fue más bien un puro tecnócrata del totalitarismo más extremo. El uso sin escrúpulos del poder al enésimo grado fue su especialidad, y uno tiene la impresión de que podría haber sido igual de feliz sirviendo a Adolf Hitler. De hecho, Stalin lo presentó en una ocasión a Franklin Roosevelt como «mi Himmler». Rayfield concluye su estudio con un capítulo sobre «Los cien días de Beria», los extraordinarios tres meses posteriores a la muerte de Stalin en que Beria emergió brevemente como el más fuerte líder soviético, tratando de liberalizar –para sorpresa y estupefacción de todos– aspectos fundamentales de la política soviética. En cuanto tecnócrata y no ideólogo, Beria había llegado aparentemente a la conclusión de que los extremos del totalitarismo eran irracionales y destructivos. Sus colegas lo eliminaron rápidamente antes de que pudiera, desde su punto de vista, minar el sistema, subrayando que «Beria no es un comunista». Es posible que no, pero había sido el architecnócrata del totalitarismo soviético, un vasto sistema de represión vívidamente retratado en el fascinante libro de Rayfield.

01/05/2004

 
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